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Por RODRIGO FRESáN, desde Barcelona

Se los compara con El señor de los anillos y La historia intermi-nable. Se venden como pan caliente. Se dice que son mucho más que “libros para niños” y ya comenzó la mitificación en torno de su autora: que era una escocesa desempleada, que escribía en servilletas de bar y que nadie quería publicarle. La pregunta es: qué hay detrás de Harry Potter, y en dónde radica su encanto. Rodrigo Fresán recoge el guante y rastrea las resonancias del universo potteriano, desde Dickens a Roald Dahl, desde Lewis Carroll a los mitos según Joseph Campbell.

La historia empieza así y es una historia verdadera: estoy parado frente a una lata marca Campbell en la exposición de Andy Warhol en el Guggenheim de Bilbao y aparece una nena –una de esas nenas de ocho años y de cuento de Salinger– y me pregunta si me gusta la sopa. Le contesto que sí. Me mira sin decir nada. Me pregunta qué leo y yo miro el libro que tengo en mis manos (uno siempre mira el libro que está leyendo cuando le preguntan qué lee, por más que lo sepa a la perfección; por respeto o cábala, uno siempre necesita volver a leer el título del libro que está leyendo, antes de responder) y le contesto con esa voz horrible que a veces nos sale cuando le hablamos a alguien mucho más bajo que nosotros: “Estoy leyendo un libro que se llama Harry Potter y la piedra filosofal. ¿Lo has leído?”. La nena me responde que no. La madre de la nena me vigila desde una prudente distancia –parada junto a un retrato de Marilyn Monroe– con cara de me parece que ese tipo es un degenerado que va a los museos con un libro infantil bajo el brazo y...

EL NIÑO QUE LLEVAMOS FUERA
La madre de la nena a quien llamaré Campbell se equivoca. Yo no soy un degenerado y los libros de Harry Potter no son libros infantiles. De acuerdo, están escritos para lectores jóvenes (¿cuál será la edad de un lector joven?, ¿existe un lector viejo?) pero son aptos para todo público, y en este caso son los adultos quienes se esmeran por parecer más chicos y así quedar autorizados para entrar al espectáculo mágico, luego de intentar y rebotar varias veces con el hombre de la entrada que les dice que no tienen la edad correspondiente. Los libros de Harry Potter son ese tipo de libros que dan ganas de volver a ser niños para poder leerlos mejor, para disfrutarlos todavía más. No caeré en el empalagoso lugar común de decir que los libros de Harry Potter están escritos para el niño que todos llevamos dentro, el niño que sigue vivo en algún rincón de nuestro corazón y bla bla bla. Diré en cambio que los libros de Harry Potter están escritos para ese niño que llevamos fuera y que vive en todas partes y que nos provoca la inequívoca sensación de querer tener un hijo –un amigo– para poder leérselos, pero en realidad mejor no; porque así no hay que esperar a que el cretino vuelva del colegio y se vaya a la cama para saber quién ganó el partido de quidditch sobre escobas voladoras.

LA FELICIDAD ES UN LIBRO CALIENTE
Algunas explicaciones pertinentes. Los libros de Harry Potter son, hasta ahora, tres y van a ser siete. Los dos primeros –Harry Potter y la piedra filosofal (en la edición norteamericana el Philosopher fue suplantado Sorcerer –“brujo”–, suponiendo que la filosofía es un tema opaco y aburrido para los jóvenes de Estados Unidos) y Harry Potter y la cámara de los secretos. Los dos han sido traducidos al español y a otros veintinueve idiomas, y se consiguen en su librería amiga. El tercero –Harry Potter and the Prisoner of Azkaban– apareció en inglés en octubre del año pasado. Hasta hace días –y por primera vez en la historia de la literatura– los tres libros de Harry Potter ocuparon los tres primeros puestos de la lista de best-sellers del New York Times. Ahora hay nada más que dos y son varios los editores que han iniciado una campaña para pedirle al New York Times que descalifique de la lista a los libros de Harry Potter, con el argumento –un tanto escandaloso– de que se tratan de “libros para niños”. No hubo caso. Ahí están y ahí van a quedarse hasta que –seguro– el cuarto Potter ocupe el primer puesto y arrastre colina arriba a los libros anteriores. Lo que equivaldrá a muchos millones de libros comprados por millones de niños gastando los millones de sus padres. Lo que equivale a que, por una vez, todos son felices. los mundos reales El primer libro de Harry Potter apareció en junio de 1997 en Inglaterra con los modales humildes y tímidos de cualquier otro libro infantil. Semanas más tarde encabezaba la lista de best-sellers para adultos. La misma vieja magia negra: hay libros pequeños que se convierten en libros grandes. Ocurrió con Matilda (de Roald Dahl) y con La historia interminable (de Michael Ende). Ocurre ahora con los Harry Potter. Y desconcierta, cuando no debería desconcertar tanto, porque ¿hay algo más necesario que una buena historia bien contada? Lo cierto es que las aventuras y desventuras de Harry Potter son una historia muy bien contada que rescata elementos de películas como La guerra de las galaxias así como de clásicos infantiles y no tanto del tipo El mago de Oz, Alicia en el país de las maravillas o esas sagas de mundos alternativos –El señor de los anillos y Las crónicas de Narnia– elucubradas por académicos un poco locos como J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis. Con una pequeña y decisiva diferencia: Harry Potter tiene diez, once y doce años en sus libros –Harry Potter crece a medida que pasan los libros– y la visión del mundo que lo rodea es la visión de un niño nunca traicionada por los tics de la adultez de quien lo crea y lo cuenta. El modo en que sus ojos hacen congeniar las diferentes realidades –el mundo real con el mundo mágico, el mundo de los niños con el de los adultos– es el tema en Harry Potter. Y lo bueno de leer a Harry Potter es que –automáticamente y por arte de magia– uno vuelve a tener la edad de Harry Potter, alguien capacitado para creer en lo imposible y hacer que nosotros creamos en él.

EL CENICIENTO
Harry Potter vive con los Dursley –unos tíos espantosos y un primo repelente– y duerme en un pequeño y oscuro placard bajo las escaleras. Los Dursley son muggles, gente normal y sin poderes. Los padres de Harry Potter murieron en un accidente, o al menos eso le contaron sus tíos. Lo que no le contaron es que sus padres no eran muggles y que Harry es un hechicero por nacimiento, hijo de dos célebres magos asesinados por el maléfico Lord Voldemort (quien, al intentar acabar con Harry le dejó una cicatriz con forma de relámpago en su frente y retrocedió, impotente y aterrorizado por algún extraño motivo, sin terminar su trabajo y convirtiendo a Harry Potter en una leyenda en el mundo de los brujos, una especie de Mesías al que se espera con ansias y esperanza). Así, al principio de todo, Harry es una especie de ceninicienta torturada por su familia postiza a la espera de que algo ocurra. Y ocurre: un buen día Harry Potter es convocado por la escuela de magia y brujería Hogwarts y descubre otro mundo que está en éste. Cada uno de los libros de Harry Potter narra las vicisitudes de un año escolar en Hogwarts, ese castillo de más de mil años de antigüedad al que se llega en un tren que parte del andén invisible número 9 y 3/4 de la estación King’s Cross. Cada uno de los libros de Harry Potter avanza y va completando –bajo la tutela un poco descuidada del hechicero mayor Albus Dumbledore– el mapa de una juventud y una educación plagada de peligros y alegrías y miedos. Cada uno de los libros de Harry Potter trata de un nuevo intento por parte de las fuerzas oscuras para destruirlo. En cada uno de los libros de Harry Potter, al héroe le cuesta cada vez más escapar sano y salvo. Ya comienza a insinuarse la existencia de una veta no demasiado luminosa en Harry Potter. Y, también –en Prisoner of Azkaban– nuestro pequeño héroe empieza a mirar con algo más que cariño a Cho Chang, la única chica en el equipo rival de quidditch. Por si eso fuera poco, ya ha sido anunciado que en la cuarta aventura de Harry Potter habrá muertes, que el héroe se enamorará de la persona equivocada, que las cosas se van a poner todavía más difíciles.

LOS SECRETOS DE HARRY
En una reciente edición del New York Review of Books a propósito de la Pottermanía, la escritora Alison Lurie se preguntaba por qué será que la mayoría de los clásicos de la literatura infantil son norteamericanos o ingleses. De acuerdo –admite Lurie–: están los cuentos de Andersen y las aventuras de Babar y Pinocho, pero no mucho más fuera de las fronteras del idioma inglés. Tal vez –propone Lurie– el asunto tenga que ver con el hecho de que los adultos ingleses y norteamericanos nunca terminan de crecer del todo y que Estados Unidos y el Reino Unido son de los pocos lugares donde la infancia sigue siendo un territorio maravilloso y digno de ser vivido a fondo. Puede ser, pero no alcanza para explicar del todo el encanto de Harry Potter. Ya se dijo que en Harry Potter abundan los ecos y resonancias de mundos anteriores, que van del célebre “los adultos son los malos o, por lo menos, tontos” de Roald Dahl, salen al recreo de las micro sociedades escolares tipo El señor de las moscas y La guerra de los botones, hacen un alto en los huérfanos épicos de Dickens y en el Enrique IV de Shakespeare y siguen camino hasta hundirse en la oscuridad de los mitos primigenios examinados por Joseph Campbell en El héroe de las mil caras. La clave está en saber combinar todos estos factores para conseguir que niños escriban sus primeras cartas de gratitud –algunas de ellas reproducidas al final de la edición paperback de Harry Potter y la cámara de secretos– a la bruja que revuelve el caldero de esta historia. La bruja que se llama J. K. Rowling.

LA DAMA EN LAS SOMBRAS
Joanne K. Rowling es la autora de los libros de Harry Potter y su nombre no ha sido mencionado antes porque cuando un héroe es tan bueno como el que ella creó, el nombre de la sombra que maneja los hilos es lo que menos importa. Al menos eso es lo que piensa J. K. Rowling, quien ha hecho lo imposible para que su historia personal no opaque a la historia de su personaje. No ha sido fácil, claro, porque pocas cosas más atractivas que descubrir que la hoy millonaria escritora escocesa era hasta hace poco uno de esos personajes deprimentes dignos del nuevo cine inglés de cámara en mano y bajísimo presupuesto: una madre joven y divorciada, viviendo de la seguridad social y garrapateando las tramas del ciclo Potter en servilletas de pubs de Edimburgo frente a una lacrimosa cerveza o a un café bebido de a sorbos para que durara más. En algún momento Rowling consiguió una beca del Scottish Art Council y terminó el primer Potter, pero su manuscrito fue rechazado por nueve editoriales antes de ser aceptado por Bloomsbury, quienes imprimieron una pequeñísima edición pensando que no ocurriría gran cosa. La historia de Rowling tuvo entonces un giro decididamente potteriano y ya es historia conocida: ediciones para adultos un poco más caras, cuya única diferencia reside en una tapa sin dibujitos (para que nadie tenga vergüenza de leerlos en el subterráneo); celebratoria portada de Time; cientos de sites en Internet (muchos de ellos creados por niños); miles de cartas de padres agradeciendo a la autora que sus hijos hayan hecho varias cuadras y horas de cola para comprarse Harry Potter and the Prisoner of Azkaban el día de su puesta a la venta; reinterpretaciones que van de lo gay a lo miltoniano y preindustrial (en Hogwarts no hay electricidad y mucho menos computadoras) a lo largo y ancho de infinitos papers universitarios; una película en proceso de producción (se habla de Steven Spielberg, Jonathan Demme y Rob Reiner entre los candidatos a dirigirla); y varias tribus de cristianos fundamentalistas del Sur norteamericano –los mismos que siguen negando a Darwin y el Big-Bang– predicando contra esa “apología de la magia negra y la hechicería” y condenando a esos padres que permiten que sus hijos se peguen en la frente una calcomanía con forma de relámpago.

HARRY POTTER VA AL MUSEO
Ahora, Campbell me explica que está enojada con sus padres porque no le compraron “un Furby” o algo que suena así (Campbell tiene un complejo y metálico entramado de ortodoncia en sus dientes). Le pregunto qué es eso y me contesta que se trata de “un robotito que canta, juega y hay que cuidarlo muy bien”. Lo venden en la juguetería de El Corte Inglés, me informa. “Ah, una especie de Tamagotchi”, digo y Campbell me mira con ese asco infantil que a veces los niños dedican a todo aquel que es inexorablemente grande y desinformado. “Ya tuve un Tamagotchi. Ahora quiero un Furby”, me dice Campbell separando bien las sílabas, hablándome despacio para que la entienda. Decido no sacar el tema de Pokémon y le pregunto por qué mejor no lee un libro. “Un libro es como un Furby pero no necesita baterías y que te puede llevar a otros mundos”, sonrío sin poder creer las estupideces que estoy diciendo. Decido pasar de la teoría a la práctica y le muestro mi Harry Potter y la piedra filosofal. Me falta una página. La leo rápido mientras la nena toca el cuadro de una lata de sopa con un cartel que dice prohibido tocar. “Te lo regalo”, le digo a Campbell, que lo agarra como si le hubiera dado a sostener algo muy pesado y que huele muy mal. Me pregunta para qué sirve y le digo que sirve para leerlo. “Ah...”, dice Campbell y lo abre y empieza. La madre se acerca y me pregunta qué le acabo de dar a su hija. Le digo que es una novela para niños que acabo de terminar de leer y que, seguro, le va a gustar mucho a Campbell. La madre me mira de arriba abajo y le tranquiliza apenas el hecho de que yo no lleve un impermeable cerrado hasta el cuello. “A ver”, dice, y le pide el libro a Campbell. La madre es de esas madres que leen moviendo los labios y en voz bajita. Decido alejarme, pero antes de salir del museo las miro de nuevo. Ahí están. La madre sigue leyendo con una sonrisa fascinada en sus labios mientras Campbell se cuelga de su falda gritando que el libro es de ella y nada más que de ella. “Bueno, ¿qué te parece si lo leemos juntas?”, pregunta la madre y yo –después de haber hecho mi buena acción del día– vuelvo caminando al hotel, caminando cada vez más rápido adonde me esperan otros dos libros de Harry Potter.

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