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Por la vuelta

POR GUILLERMO SACCOMANNO

El tiempo se encarga de poner las cosas en su lugar. La obra de Miguel Briante, corta pero firme, parece revelar esa confianza en el trabajo del tiempo. Arrancó fuerte, adolescente, con un libro de cuentos, Las hamacas voladoras, y más tarde, una novela, Kincón. Después de ese arranque prometedor entre fines de los 60 y comienzos de los 70, Briante publicó unos pocos cuentos nuevos. Mientras se esperaba de él una continuidad de esa narrativa, Briante se concentró en el periodismo y la crítica de arte. “Yo no escribo”, decía. “Reedito.” Y era cierto. Cada tanto, se producía una reedición de sus relatos (Hombre en la orilla, por ejemplo, contiene gran parte del material de Las hamacas voladoras y de los cuentos de boliche campero que lo venían obsesionando). Si se tiene en cuenta el apuro comercial de editoriales y suplementos literarios en descubrir cada fin de semana una estrella literaria, Briante propone un modelo serio de escritor, a contrapelo de las modas. Si otra ventaja puede tener el paso del tiempo respecto de la relación entre un autor y su obra, es que el primero se va borroneando. Entonces queda de él lo que a Briante le importaba: una manera de contar. Con excepción de “Capítulo primero” (su primer cuento, el que inaugura Las hamacas voladores), Briante receló de la confesión. Prefirió andar la marca trazada por Benito Lynch, Wernicke y el Borges despojado, casi sentencioso. De Walsh y de Conti, a quienes admiraba, fue contemporáneo. Si se quiere saber en qué consistía su poética, hay que recurrir a dos prólogos. En Haciendo cuentas, prólogo a la primera antología de cuentistas premiados en el Concurso Haroldo Conti, Briante hilvana una historia escueta de la literatura argentina, desde Echeverría hasta la generación de El escarabajo de oro, que lo involucraba. Ahí Briante levanta una fórmula de Gramsci: “La forma es el fondo”. El segundo prólogo pertenece a la reimpresión de Las hamacas voladoras en el ‘87 (que mantuvo intacto en los noventa, en una nueva reedición que hizo este diario). Acotado, pudoroso, Briante esquiva allí la autocompasión una vez más. Dice: “De ese aprendizaje furioso, de ese impulso que nos hacía escribir los cuentos de un tirón, quedan rastros –a lo mejor simplemente antropológicos– que, en lo que me toca, prefiero no borrar con la mirada de veinticinco años después”. En otras palabras: el cuidado de la forma como estrategia política, la conciencia histórica. Durante años, Briante amenazó con publicar un larguísimo reportaje que le había hecho a Rulfo. Imagino que su devoción por el mexicano tenía, tiene, su explicación. Como Rulfo, después de varios cuentos y una novela, Briante pareció apartarse de la literatura. Como en Rulfo, en Briante están el paisaje duro, el estilo que articula una lengua culta y otra baja, la exasperación de un laconismo que, lejos de confundirse con “lo minimal”, dispara en otro sentido: hacia el brillo de una revelación. Briante murió hace cinco años, cuando tenía cincuenta. No es poco lo que dejó considerando que su narrativa fue tan breve, tan deliberadamente breve.