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Eduardo Hoffmann en Bellas Artes

El vacío perfecto

El mendocino Eduardo Hoffmann, que vivió en Salvador de Bahía y en París y que ahora se recluye en una casa alejada de Buenos Aires, expone por primera vez en cuatro años. Las obras de la muestra Vacío (que pueden verse en el MNBA hasta el 7 de marzo) reúnen su devoción por la filosofía budista, su atracción por los contrarios y su predilección por los espacios en blanco, “eso que está dentro del mundo del pintor pero que no fue tocado por él”.

Por Fabián Lebenglik

El Museo Nacional de Bellas Artes exhibe en el enorme pabellón de la planta baja una gran muestra de pinturas, más algunos dibujos, papeles y esculturas realizados durante el último año y parte del 2000 por Eduardo Hoffmann. La exposición, que impacta por la variedad, libertad y cantidad de obra, lleva el título paradójico de Vacío. La noción de vacío en Hoffmann toma su sentido de cierta tradición mística que, para expresar determinados fenómenos y experiencias religiosas, hace uso simultáneo tanto de la vía “afirmativa” (la saciedad, lo lleno y completo) como de la “negativa” (el vacío): fenómenos de identidad polar que incluyen los contrarios, del mismo modo que en los trabajos exhibidos en el Museo. Así, un orden de la experiencia se expresa en términos de su opuesto. Este funcionamiento paradójico y dicotómico del sentido está en el origen de los mitos y en el relato que las religiones hacen de sus respectivas cosmogonías. En el budismo -.la religión que más atrae a Hoffmann-. el funcionamiento del estado espiritual dual toma los nombres de Samsara y Nirvana como principios constructivos. En relación con las experiencias de introspección y aislamiento, Hoffmann decidió instalarse hace ocho años, lejos del mundanal ruido, en la pequeña localidad de Parquemar, cercana a Miramar y a quinientos kilómetros de Buenos Aires. La gran sala de estar de la casa del artista .-nacido en Mendoza en 1957, nieto de un pintor aficionado y de un coleccionista que tiene gran cantidad de obras de Fernando Fader-. sigue el modelo de ciertos pintores decimonónicos, porque las paredes interiores están completamente cubiertas por un inmenso fresco pintado por él mismo. La naturaleza y el arte, para este pintor, dibujante, escultor y videasta, constituyen el contexto más apropiado para la práctica artística. La enorme casa y el taller están rodeados de perros y de árboles frutales: ciruelo, nogal, manzano, higuera son parte de ese contexto -.más allá hay bosques y campos sembrados.- que incide de manera concreta en la realización de su obra. Este relativo aislamiento, sin embargo, no atenta contra la información que debe tener todo artista contemporáneo: Hoffmann la toma y recibe permanentemente a través de distintos canales, más usuales ahora que cuando apenas se mudó. Pero hace ya tiempo que es un artista del mundo: mostró su obra en la mayoría de las grandes ferias internacionales de arte. Y en estos días de un febrero maratónico para el artista, también presenta una exposición en Pinamar. Esto demuestra que los largos períodos en que el artista no muestra en la Argentina quedan, como ahora, largamente compensados con exposiciones suficientemente generosas, como la que se puede ver en el Museo Nacional de Bellas Artes. Ante las decenas y decenas de pinturas que se muestran en el Museo es difícil para el espectador sustraerse de tocar lo que se mira. Tocar es una comprobación. Tocar esas pinturas, se supone, es acercarse más a la verdad que muestran. En este caso, para constatar si todos esos colores y matices se corresponden con una textura imaginada. Es la cercanía del tacto que busca intimidad y contacto. Pero esas superficies complejas sólo se atraviesan con la mirada. La mano llega nada más que hasta ahí.


“Sin título.” Técnica mixta. 1999.

“Sin título.” Técnica mixta. 1999.

“Soy un pintor que tiende a cargar sus obras en varios sentidos y, por supuesto, con gran cantidad de materia”, dice Hoffmann. “Esta idea de vacío, que tomo del budismo, me atrae desde hace mucho tiempo: me permite liberarme o, mejor dicho, dejar los cuadros librados a mi propio gesto. Y en cuanto al vacío, me interesan mucho los espacios en blanco de la tela. Los vacíos que incluye cada obra, aquello que está dentro del mundo del pintor pero sin embargo no fue tocado por él. Creo, en definitiva, que nada existe, excepto el vacío y la belleza. Además todo este trabajo tan intenso me dejó, por un tiempo, vacío.” Hoffmann comenzó su carrera como un virtuoso y tiene una formación académica que respeta pero contra la cual al mismo tiempo lucha. Por eso, de a poco, fue exorcizando el virtuosismo, quitándole todas las rebarbasacrobáticas, hasta transformarlo en aventura. Vivió en Salvador de Bahía y en París. Tiene en su haber un excelente libro de artista en gran formato (publicado en 1991) y dos buenos catálogos de sendas muestras en la galería Der Brücke, en 1993 y 1996. Ganó, entre otros, los premios Movado (1988) y Fortabat (1991). Su última exhibición en Buenos Aires antes de ésta en el MNBA fue una excelente retrospectiva hace cuatro años en el Centro Borges: cuadros que continuaban fuera del cuadro hasta volverse esculturas; sectores agrietados del piso de los que se apropiaba como si fueran dibujos. Había logrado dominar el virtuosismo para privilegiar la pintura. Una capacidad de Hoffmann que llama la atención es que siempre está componiendo y recomponiendo dibujos: aísla imaginariamente un segmento del mundo llamado “real” -.la rama de un árbol, una semilla, un insecto, los blancos de la página de un libro, etc.-. y lo transforma en una obra propia con unos pocos trazos si se trata de un plano o con algún detalle agregado, si es un objeto. Entre lo vacío y su revés de trama, lo lleno, más que un salto hay una continuidad, una serie de variaciones y cambios que llevan de uno a otro. “Me gusta pensar que cada obra es independiente de las demás y, en primer término, de mí mismo. Claro que hay ciertos cuadros que tienen parentesco con otros, que resultan familiares entre sí y se llevan bien, pero no me gustan los mellizos. Prefiero las variaciones”, sigue Hoffmann. Pero en rigor de verdad, el método Hoffmann es el de una simultaneidad de estilos que se cruzan libremente. La naturaleza mudable de su trabajo -.que pasa de una técnica a otra-. se comprueba en las sucesivas series que agrupan conjuntos de cuadros emparentados.


“Sin título.” Técnica mixta. 1999.

“Sin título.” Técnica mixta. 1999.

Cuando el ojo se detiene en una serie que pueda ser portadora de un supuesto “estilo Hoffmann”, entonces el artista muta, busca una nueva dirección, se fuga de su propia obra. Tiene claro que el estilo es el modo en el que un artista trabaja con la verdad y la expectativa del otro, y así su producción modifica, en cada nueva exhibición, lo que se espera de él. Las superficies de sus cuadros están atravesadas por capas de materiales, colores, líneas infinitas, grillas, huellas, insectos, accidentes. Cada obra es un territorio en combustión que funciona como un lugar en el que los materiales se depositan y se mezclan. Cada cuadro podría pensarse como una colección de tradiciones estéticas: los trazos y marcas suponen al mismo tiempo una tradición gestual y un primitivismo que el artista cultiva religiosamente. A través del grosor (material y simbólico) de cada pintura se infiere un proceso no sólo técnico sino fundamentalmente cultural. Capas de materiales sucesivos y superpuestos evocan distintas capas de sentidos perdidos. Mientras tanto, en la superficie, se despliegan dibujos: toda una zoología y una botánica reconocibles, más una serie de arabescos que unas veces juegan a la simetría y otras se enloquecen en secuencias desquiciadas. La naturaleza de las obras produce la certeza del excedente. Esta sensación notoria de exceso también se ve en el montaje y la selección de la muestra. Al revés que la tendencia actual, según la cual es de rigor mostrar sólo una docena de obras por exposición, Hoffmann no dosifica y muestra todo: el comienzo, el proceso, la transición, el cambio, el paso atrás, el final, el recomienzo y así sigue. Las obras establecen un diálogo entre sí y el artista no quiere interrumpir esa trama. “Creo que las obras –termina el pintor–, siempre me exceden. Además, me gusta la idea de no reconocerme en la obra. O, en todo caso, de sentir en ellas sólo un aire de familia.”

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