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Alrededor de la
JAULA

Fundado por Sarmiento donde estaba la quinta de Rosas, el Zoológico encontró su figura más prominente en su segundo director, Clemente Onelli, un italiano dispuesto a pasar horas en vela para dormir a sus monos. El Elefante Blanco acaba de editar los inefables dos tomos de sus cuadernos personales, Idiosincrasias de los pensionistas del Jardín Zoológico. María Moreno reconstruye la increíble historia del zoo alrededor del cual se aglutinaron psicoana-listas, cuidadores enamorados, militantes políticos y los mismos animales que cada tanto se pasean por República de la India.

POR MARIA MORENO

Como los restos arqueológicos de un pasado art nouveau que sobrevive en la estatua de alguna ninfa con pechos discretos de nodriza, en los bajorrelieves de un templo indostano o en los biombos de cedro policromado de un carrusel de frisos con la imagen de Los tres chanchitos, en el Zoo 2000 de avenida Sarmiento y Las Heras sobrevive la historia del antiguo zoológico municipal. Ése donde se paseara el príncipe Humberto de Saboya y Victoria Ocampo recibiera un sopapo por infiel frente a la jaula de la jirafa (su amante Julián Martínez la había pescado flirteando con un aviador). Había nacido como gesto de apropiación simbólica del presidente Sarmiento –en ese predio estaba la casa de verano del restaurador Don Juan Manuel de Rosas– y no fue hasta 1875 que se inauguró con modestas especies locales (se trataba de que en la tierra adonde los querandíes y los diaguitas se comían a los peludos, los ñandúes y las mulitas, estas presas salvajes pasaran al status de especies autóctonas). Para afianzar su ademán civilizador, Sarmiento lo hizo bautizar Parque Tres de Febrero, fecha de la batalla de Caseros. También se lo fundó en nombre de la vida decente y de los principios del higienismo que iban a dominar a la Argentina en los años sucesivos. Por ese entonces, un periodista argumentó: “Las damas distinguidas de nuestra sociedad deben permanecer recluidas en sus propias quintas, o vagar sin objeto por las poco atendidas calles de la ciudad, llenarse de polvo o barro y exponerse al peligro de hacerse pedazos con el coche, entre los baches de las carreteras”. Era conveniente -.era casi un acto fallido– mandarlas al zoológico. Si bien el primer director del establecimiento fue Eduardo Ladislao Holmberg, su figura más sobresaliente fue el segundo, el doctor en ciencias naturales Clemente Onelli, un italiano petiso, delirante y “hágalo usted mismo”. Nacido en Roma en 1864, había venido al sur en nombre del Museo della Sapienza, para intercambiar especies europeas por locales. Aquí se hizo amigo del Perito Francisco Pascasio Moreno, a quien acompañó en su famosa comisión de límites. Antes el sur ya lo había tentado con sus promesas de oro fácil y de aventuras vernianas .-no en vano había leído extasiado en su infancia Las aventuras del capitán Grant- aunque volvió con sólo 14 gramos de oro, pero eso sí, con una notable colección de cráneos tehuelches y el infaltable gran danés que había adoptado sólo porque su admirado Gabriel D’Annunzio tenía uno. Era un hombre extravagante, etólogo de ingenio que aprendió antes el tehuelche que el castellano y que vivía en el mismo zoológico, en una casita adonde las víboras se enrollaban bajo los muebles y la criada atendía a las visitas con un cachorro de puma en los brazos. Usaba anteojos (por eso los indios lo habían bautizado Moliñé, que quiere decir “Cuatro ojos”) y tenía una pasión platónica por una mona orangutana llamada Jacoba, a la que atribuía la costumbre filantrópica de liberar a otros monos y cuya muerte describió como si fuera la de la dama de las camelias: “El 7 de julio, cuando la luz del día se tardaba en vencer el espeso y triste velo de niebla del zoo, la orangután, la dulce Jacoba, reclinada la cabeza, expiraba plácidamente entre los brazos de su director. Dos horas más tarde, por la ventana abierta, cuando el sol triunfó del gris y húmedo celaje, sus rayos pálidos y sin fuerza doraron por un momento las fulvas guedejas de la pequeña muerta, en su mísero lecho de harapos, y ya, allí mismo, buscó en sus entrañas el mal que fue con ella inexorable, desapareció nuevamente el sol tras el tristísimo celaje”. El encanto de las aventuras de Onelli figura en la recopilación de sus Idiosincrasias de los pensionistas del Jardín Zoológico que realizó la editorial El Elefante Blanco, una necesidad básica para los contaminados por Pokémon y sus padres progresistas, pero con sentido del humor.

FUGA DE CUERPOS Y TRAFICO DE CEREBROS
Los sabios del 80 solían intercambiar trofeos científicos que certificaban la vigencia internacional de la Argentina. El célebre doctor Jacob del laboratorio de anatomía patológica del Hospicio de las Mercedes recibía fetos del Hospital Rawson y del Rivadavia, niños muertos de la Casa de Expósitos, embriones anormales de la Maternidad Sardá y cuerpos de las propias dependencias, como los de un idiota y un paranoico crónicos a los que se les habían practicado, respectivamente, cortes verticales y horizontales de los hemisferios cerebrales y de los ganglios infracorticales. El doctor Onelli enviaba cráneos humanos a su mentor Cesare Lombroso, que le agradecía con cartas de este tenor: “El regalo que usted me ha hecho del cráneo del indio tehuelche, ilustrado de antemano en su libro Trepando los Andes, es precioso para mí... Hemos encontrado tesoros en su Revista del Jardín Zoológico; yo he encontrado en ella preciosos datos que me servirán en los nuevos estudios sobre los delincuentes”. A su querido elefante Sayán, Onelli lo hizo pedazos científicos: le regaló el esqueleto a Florentino Ameghino, las vísceras a la Facultad de Veterinaria; el cerebro, al Hospicio de la Mercedes y los microbios, al profesor Ligniers, quien los cultivaría y estudiaría amorosamente. Pero las verdaderas fugas en el zoológico eran de cuerpo presente: en 1958 el mono François llegó hasta la calle Canning, se metió en el taller de un electricista al que, del susto, hizo caer por la escalera. En 1977 dos liebres patagónicas, bajo sospecha de monarquismo, se refugiaron en el Monumento de los Españoles. Roberto Bonada, cuarta generación de cuidadores de zoológico, cuenta que una vez tuvo que ir a rescatar a un puma que se había infiltrado en la cancha de Ferrocarril Oeste. Mientras lo traía, y sabiendo con quiénes trataba, les dijo a los policías que lo escoltaban: “Yo, del puma, qué voy a tener miedo, pero ustedes me pueden matar en el camino”. También hubo robos oportunistas como el de cuatro lampalaguas, a las que luego se descubrió trabajando como curiosidades en un cafetín del Paseo de Julio. Y en 1915, ya creado el Hipódromo de Palermo, los burreros, persuadidos por los avisos de manosantas y curanderos, que ya por entonces poblaban la prensa, de que para acertar una carrera mejor que una fija era contar con una pluma de caburé, se dedicaban a manguear a Onelli. Quien, si presionaban demasiado, los contentaba con plumas de gorrión, animal que el primer director del zoológico, Eduardo Ladislao Holmberg, consideraba resabio dejado por la barbarie: “¡Guerra al gorrión! ¡A la sartén los pichones! ¡Abajo los intrusos inútiles e hipócritas que hacen sus nidos hasta en los faldones de los curas!”.


Clemente Onelli caracterizando al “Cacique O’Lele, indio gringo, reportero
del Diario del Zoo en La Plata y adulón del Interventor” (Onelli dixit).

PAREJAS FUERA Y DENTRO DE LAS REJAS Antes del zoológico la calle República de la India se llamaba Acevedo y era un barrial que, según el historiador Diego del Pino, autor de Historia del zoológico municipal, cuando el río subía era posible atravesar en canoa. Cuando la zona se puso de moda entre los profesionales de copete, los analistas actuaron como los Estados Unidos, invadiendo. Es que desde su fundación los miembros de la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina) tendían a hacer todo en grupo, desde ir a bailar a Gong, asistir al Club Hindú y compartir cerveza en Adams hasta analizarse entre ellos. Pocos saben que, si se toman vacaciones en febrero, es porque uno de sus maestros, el doctor Angel Garma, eligió ese mes para pasar su temporada anual en la playa. Ojo, estamos en febrero y en “lo de Onelli” sólo queda la barbarie no analizada, es decir los animales. Como si fuera un profeta de las obsesiones que se escucharían, pasando las rejas del zoológico, entre cuatro paredes y con uno de los interlocutores acostado, Clemente Onelli comenzó a reconocer en las parejas naturales y encerradas el desamor humano. “En el jardín el divorcio no lleva a segundas nupcias, no tan sólo por falta de ejemplaressino por complicaciones genealógicas y herencias posibles”. Convivencias forzadas de seres a quienes el furor de primavera sólo despierta una pasajera complicidad que puede terminar al borde de la tragedia. Por ejemplo, en una ocasión el elefante macho condenado a una abstinencia irritante por una compañera que “no se dejaba”, primero por estar embarazada la friolera de casi dos años y luego por estar “molesta” debido a los ocho meses de amamantamiento del “producto”, se puso tan violento que estuvo a punto de ser fusilado por un grupo de hombres que habían obtenido un primer premio de tiro en Villa Devoto. Luego de voltear a un par de empleados de circo disfrazados de hindúes, el patriarca de dos pisos se rindió a las paulatinas dosis de opio administradas con miel. Onelli observó la conducta basada en las apariencias que la mayoría de las parejas zoológicas llevan fuera de la época del celo e imaginó en ellas los males del matrimonio moderno, pero también el eterno malentendido entre los sexos que preocupa hoy a los habitantes de los consultorios de la calle República de la India: “A la osa malaya, solterona sur le retour, momento psicológico en el cual cualquier candidato es bueno, se le ofreció un joven y hermoso oso malayo, casi un niño, que al meterlo en la jaula corrió confiado a echarse en los brazos de su nueva compañera, vagamente instigado por la simpatía de la infancia hacia el otro sexo y más bien con ademán de hijo que busca el abrigo del regazo materno. Fue un escándalo. La muy pulcra señorita mostró, a su manera, un pudor fuera de lugar, rechazó violentamente al niño atrevido y como éste no entendiera mímicas tan sin razón, volvió confiado a implorar la amistad, y ella, furibunda, asió de una mano al adolescente y lo hirió lastimosamente; la feroz virginidad de la ya provecta pensionista quedó afirmada y se tuvo que apartar al recién llegado para curarlo e impedir la muy dramática historia de Virginia, ultrajada en tiempo de Tarquinio. Una sola reja separa a la víctima del victimario y detrás de ella la vieja osa malaya pasa todo el día con los ojos llenos de una pasión tardía, siguiendo amorosa todos los pasos del que fue por una hora su prometido: la favorable reacción producida y los sentimientos más expresivos que los de una arrepentida nos convencieron de que Eros había arrojado su flecha haciendo mosca de francotirador: la reja fue levantada; tímida, la osa se acercó al macho que aplicó enérgica ley del Talión. Dulces son los castigos que aplica el bien amado pues ella, más corpulenta y más fuerte, no quiso defenderse y llevó por algunos días una conducta tan humilde, tan apegada a ese ahora niño mimado que éste, al fin, se resignó al papel de marido. La dificultad está ahora en saber si los aspavientos y la feroz defensa que hizo de sí misma la osa al principio fueron debidas a que ese abrazo le pareció demasiado filial para su edad, o porque ese desconocido (antes de recapacitarlo) era para ella ignoti nulla cupido (no se desea lo que no se conoce)”. Feminista a su modo, el doctor Onelli también les cortó la cola a los pavos reales –”esos groseros tontones”– alegando que las colas jactanciosas son “como el bigote en croche de algún pretencioso, o como la barba fluyente de algún caudillo. ¿Puede uno imaginarse a un Moisés afeitado y arrojando sobre las cabezas de Israel las Tablas de la ley?”. Más idílicas suelen ser las relaciones amorosas entre un humano y un animal de diferentes sexos. Roberto Tedesco, nieto de un cuidador de felinos y sobrino nieto de uno de monos, cultiva un amor platónico con la tigresa Betty: cuando ella, luego de parir dos tigres blancos de muy comentada promoción en los diarios, no reconoció de inmediato eso que los humanos conservadores llaman “instinto maternal”, él hizo de padre sustituto. Pero el gran amor de Roberto fue la elefanta Norma, que murió en 1977 y para la que, durante un día en que los proveedores no entregaron los pedidos del zoológico porque un cambio de director les hizo sospechar que no les pagarían, juntó donaciones entre los panaderos y carniceros dela zona y alimentó a su preferida, que lo miró entrar en la jaula con tristeza y lo topó con la trompa, como si dijera “Mirá los sacrificios que hacés por mí”. Con inmensa pena Oscar Alvarez, que fue fundamentalmente cuidador de aves del jardín, tuvo la ingrata tarea de descuartizar a Norma, ya que durante muchos años compartió su empleo en el zoológico con uno en una carnicería. No era cuestión de dinamitar un terreno para las exequias de tamaño cadáver. Roberto Bonada, jefe de cuidadores, jugó durante mucho tiempo con un oso pardo una variante del juego de la escoba: los dos se corrían por turno persiguiéndose con ese artículo de limpieza propio de las brujas y no de los osos. En su hogar, sostuvo durante años que en el zoológico había un cisne que lo abrazaba. Su mujer quiso ver al rival con sus propios ojos y comprobó que el hecho era cierto. Quedó perpleja. ¿Debía iniciar un juicio por zoofilia y homosexualidad? Estas son parejas armónicas si se tienen en cuenta las que llegaron a armarse entre psicoanalistas de la APA. Con alguna variante, los ex miembros de la institución suelen contar el caso del doctor X que se estaba analizando con el doctor Y, con quien además había hecho un “didáctico” –un tratamiento terapéutico que además se habilita en calidad de formación– que lo acreditaba como miembro de APA. Un buen día el doctor X descubrió que su esposa era amante del doctor Y. Primero furioso y luego con ánimo de reparación, en este caso más semejante a una vendetta que a una posición kleiniana, decidió recurrir a la institución. Los didácticos reflexionaron largamente antes de llegar a la siguiente conclusión: si el doctor Y era amante de la mujer del doctor X, éste había hecho un didáctico perverso, por lo tanto no se lo podía reconocer como tal y entonces el doctor X no podía seguir siendo miembro de APA. El doctor Y no fue expulsado, pero se le exigió, puesto que se habría tratado de un falso didáctico, que devolviera al doctor X una suma de dinero equivalente a la que éste había desembolsado en siete años de sesiones. Síntesis: el doctor X se compró un departamento con terraza y cochera en Barrio Norte, muy cerca de “lo de Onelli”, lo que se llama toda una “reparación”.


Clemente Onelli a pocos días de asumir como director.


Años después, Onelli a pocos meses de dejar el Zoo.

DEL PLESIOSAURO PERDIDO A LA SELVA DE PORTLAND
La nostalgia por el fin de siglo anterior nos hace imaginar al antiguo zoológico como un lugar inocente adonde los niños se empachaban con las galletitas en formas de animales –¡quién pudiera probar las más ricas, las rosadas en forma de rosca!– y daban vueltas en lomo de elefante sin que nadie pensara en el terror que despertaba entre las jaulas -.en palabras de Onelli– “un médano que pasa”, escenas que tan bien reflejaban los simpáticos sociales publicados en la Revista del Zoológico, tan alejados de Pokémon: “Por orden del facultativo, la orangutana Jacoba guardó cama 3 días debido a un fuerte resfrío. Desaparecida la dolencia, volvió a pasearse por los árboles del parque”. O: “Por incompatibilidad de carácter se debió deshacer el hogar de los guanacos; el macho fue separado por sevicias comprobadas”. Concebir, en cambio, al actual zoológico como un shopping de naturaleza adonde la huella de Sofovich supera a la de la pata de cualquier animal encerrado. Una feria de basura ordenada por basureros de Animal Planet –que guillotinan los dedos del prolijo en cualquiera de sus compartimentos ecológicos (plástico, papel, orgánico)– y selvas tropicales de guacamayos tan petrificados como pinches de maceta y piso de cemento adonde se han fraguado huellas de mono con un sello y los compartimentos se separan con cortinas de polietileno. Sin embargo, Clemente Onelli fue un hábil precursor del Zoo 2000 y no su versión humanista y superada. Y para hacer del Jardín de 1900 un ejemplo internacional no vaciló en convertir el paseo en un show. Diez años más tarde, en la conmemoración del Centenario, logró una adhesión del Negus de Abisinia mediante un desfile de guerreros somalíes y de cabras de caranegra. Un año después expuso 13 ponies mongoles y perros de trineo tomados prestados a una expedición alemana destinada a viajar al Polo Sur. Pero su gran inversión de marketing fue un fracaso: desde la Patagonia que había recorrido con el Perito de ingrato segundo nombre llegaron noticias “científicas”. El inglés apaisanado Martin Sheffield le escribió a Onelli diciéndole que había encontrado en algún lugar de la zona huellas que ni los patudos onas, algún pellejo inidentificado, caca rara. Onelli soñó con un animal de cabeza de reptil y cuerpo desproporcionado para su vocación de herbívoro (un plesiosauro), pero sobre todo soñó con atraparlo para convertirlo en el prisionero más notorio y desafiar con su posesión a los big brothers zoológicos internacionales, que sólo concebían la fauna del fin del mundo en forma de humildes vizcachas, escupidores guanacos y fieras del tamaño de un gato. ¡Un plesiosauro! De la misma manera que los seguidores de Fabio Zerpa son capaces de probar la existencia de los platos voladores hasta en los papiros egipcios, se abrieron archivos que demostraron que, al menos, en 1900, una indiada perpleja había visto un animal “grandote y raro”. Aunque humilde en sus pretensiones habitacionales -.tantas veces le bastó un cuartito de las escobas con olor a formaldheído en el fondo de un museo de ciencias naturales–, hábil para el sponsoreo, Onelli logró el apoyo de un geólogo del Amherst Collage de Masssachusetts, quien se decidió a mandar una expedición a esa tierra que había armado por mérito propio una colección de soñadores que iban del bueno de Buch Cassidy hasta Macahua, una caníbal de origen mapuche que mataba turcos y colgaba sus genitales de los trinchantes de su rancho. El Times, seguro que de precoz envidia, disintió con la hipótesis del plesiosauro y calculó que, por la data, más bien se trataría de un gliptodonte. La Sociedad Protectora de Animales mandó discursos proteccionistas que pedían garantías para el prófugo antediluviano. Se organizó la cacería con la incorporación de innumerables voluntarios y bajo el mando de un tal José M. Cinaghi que cazaba animales exóticos en el Africa Central para el zoo porteño. Los porteros y barrenderos municipales hallaron en la colaboración con la aventura de Onelli ese instante de magnificencia que suele irrumpir en toda vida aunque sea la ganada a fuerza de llaves y escobillones. Pero, tal vez porque Sheffield confesara a medias que se había tratado de una broma, el asunto se diluyó y Onelli no superó su propio record de promoción del zoológico, establecido en 1912 cuando había transportado él mismo, como si se tratara de un pony, a una jirafa de cinco metros desde el Puerto de Buenos Aires a Palermo, o quizá en 1917, cuando vendió veinte centavos del vaso agua “ligeramente mineral” que se extrajo de la tercera napa del jardín y que, sin llegar a tener el valor para instalar unas termas era, según informes técnicos, buena para la colitis y la dispepsia. Otra “promo” pionera de Onelli fue llenar el jardín de estatuas que representaban beldades desnudas y cuya presencia era justificada por las madres de los pequeños visitantes por las convenciones del arte clásico o del arte en general, como la réplica del Templo de Vesta, las Ruinas Bizantinas adonde moran garzas “piantadinas”, el Templo indostánico donde tiran la manga las llamas y los cebúes o el hindú donde Alvarez descuartizó a Norma.


Caricatura de la época alusiva a la devoción que el Director mostraba por sus criaturas.

Afiche del tango “El plesosaurio”, en honor a la papelonera odisea de Onelli por la Patagonia.

POLITICA BESTIAL
¿Le disgustaría a Onelli la exposición actual de un orangután de 11 meses y 22 días en la guardería de cristal? Es cierto que no puede ser descendiente de Jacoba, que murió trágicamente virgen, pero al igual que ella imita al niño de un año: el dedo en la boca y los pucheros en puerta como si hubiera visto la película Educando a Arizona. Pero hay en su carita de ojos vidriosos un pedido de upa y una invitación a protegerlo como la que sentía Onelli ante su Jacoba cuando tenía miedo de quedarse sola de noche: “Conocí a un niño nervioso y un poco microcéfalo que a la noche, para poderse dormir, debía necesariamenterefregar y correr por entre los dedos de la mano la sábana de su camita o refregar un momento sobre la pared el dorso de su manito. Jacoba, después de tomar su tisana nocturna, al volverla a acostar y tapar con sus frazadas, saca el brazo e instintivamente hace ese movimiento (...) Pero los ruidos del silencio son muchos en un jardín zoológico y, generalmente mientras le arreglo con prolijidad sus mantas para que no sufra el frío, en el momento mismo en que siente que la voy a abandonar, si llega a su oído un rumor, se tapa inmediatamente la cabeza con sus cobertores, encogiéndose toda, tal como hace un niño asustado por algo durante la noche. Se prepara para dormirse inmediatamente, cerrando enseguida los párpados y, si levanto las colchas, la sorprendo allá abajo con sus ojitos desmesuradamente abiertos; entonces vuelvo a descubrirle la cabeza, me quedo un rato allí, fumando un cigarrillo, hasta que con mi compañía recobra la confianza y poco a poco la respiración más fuerte y más acompasada me avisa que la niña, tranquilizados ya sus nervios, se ha dormido”. Este mono posmoderno, de pelo rojo y en forma de cresta, da la espalda a su pelotero y a sus ladrillos de colores y utiliza como andador una silla que acompaña la mesa de la computadora donde seguramente se anotan sus progresos. La entrada súbita de un hombre de guardapolvo blanco interrumpe el juego de quien, para pretenderse humano, pretende no saber caminar. El orangután usa pañales Pampers -.los más caros–. “Como los tuyos Jimena”, observa una madre con una beba en brazos que debe tener la misma edad que el simio. El hombre del guardapolvo le quita la silla y el orangután se hace el distraído, asumido totalmente su papel humano de aceptar la frustración, de lo que debe hablarse mucho en los divanes alineados a lo largo de la calle República de la India. Un pizarrón consigna que el bebé orangután come mamadera con leche maternizada, yogurt y gelatina. En el show de lobos marinos Juanita y Bandido hacen pruebas en el agua excitados por un pescadito tras otro, como el pobre perro de Pavlov por la luz roja que le anunciaba la comida. Fingen aplaudirse a sí mismos, rozan una pelota suspendida en lo alto, atraviesan argollas a nado y luego besan a los niños con su hocicos húmedos. Como todo espectáculo para niños, jamás falta el ademán pedagógico. Se cuenta que Bandido fue encontrado en la Costanera en calidad de “huérfano perdido de su mamá” y que, mimado por biólogos y voluntarios, alcanzó sus mocetones 120 kilos. Dos niños seleccionados por los animadores contestan multiple-choices simples como “Dónde vive un lobo marino: ¿en el mar?, ¿en la playa?, ¿en el mar y en la playa?”. Es evidente que Bandido paga su salvación conchabado en las huestes de los que hacen pruebas de circo como el mono y el perro que acompañaban al señor Vitalis en el libro Sin familia de Héctor Malot. Y que Juanita .-como si su entrenador hubiera proyectado en ella algún rasgo de misoginia– se equivoca más que su machorrón amigo. Pero el error más preocupante ha estado a punto de suceder en el Show de las aves. Luego de que el animador anunciara que se trataba de víctimas de la caza ilegal que no podían ser devueltos a su hábitat natural, puesto que ya no sabían procurarse el alimento o podrían ser presa fácil de depredadores, quedó claro que varios guacamayos, cacatúas y loros comunes habían sido reclutados en calidad de involuntarios militantes ecologistas. La cacatúa Maggie, idéntica a la de Columbus, se recostó en una tumbadora para muñecas y bebió un supuesto trago largo servido por su entrenador. El guacamayo Montoya armó un rompecabezas de colores. Pero el que dio la nota fue Tomás, un loro vulgar de los que sacan tarjetitas de los organitos. Con voz de pastor evangélico, el animador dijo: “De la selva, un ejemplo para el mundo”. Se le acercó a Tomás un basurero de Animal Planet con su prolija bolsita de plástico adentro. Luego se le ofrecieron un montón de papeles abollados. Por el piso, frente al escenario, desfilaban unas torcazas lúmpenes que buscaban en tierra los restos alimenticios con quese alentaba a los artistas. Tomás se deliró y comenzó a picotear los papeles, a cambiarlos de lugar con gesto de neurótico obsesivo. Un entrenador le acercó disimuladamente el basurero. Minutos de tensión. Al fin Tomás se decidió e introdujo un papel en el basurero. Suspiro de alivio y cita de Borges: “Miren el tamaño de nuestra esperanza”. Y allí apareció la cacatúa Mayonesa, abriendo la cresta y las alas. Finalizado el show, y aprovechando la distracción de los animadores que estaban juntando sus bártulos, Mayonesa se deslizó entre los cables del equipo de música y comenzó a morderlos rabiosamente. Saltó una chispa. La rebelión se encuentra hasta con plumas. (Eso lo sabía Onelli: unos teros libres solían detenerse en el lago del zoológico para arengar a los encerrados que deberían aprender a leer “El Marx de los teros”). O pesando toneladas. Como el elefante Saiam, que en tiempos del italiano sabía desatornillar los grilletes que lo retenían a una pesada argolla de fierro y liberarse para dar un paseo. En todas partes hay terroristas y boicoteadores. Por eso un niño arruinó el show de los lobos marinos negándose a contestar si los delfines usaban para orientarse “mapas, las estrellas o sonares marinos”. El chico se tapó aterrado los oídos ante la salva de aplausos y terminó por limpiarse la baba dejada por un beso de Juanita. Pero ya la resistencia había puesto sus pies en el zoológico cuando, en los preparativos del ‘64 para el regreso de Perón, un grupo de compañeros peronistas comandados por Cacho El Kadri llamaron a Crónica para anunciar que en “conmemoración” de la Revolución Libertadora pensaban liberar al gorila del zoológico. Los periodistas de Crónica aconsejaron que se echaran atrás, que era muy peligroso. Entonces los muchachos se contentaron con poner el 16 de setiembre un cartel en la jaula que rezaba: “Este es el único que no quiere que Perón vuelva” (La Voluntad, Martín Caparrós y Eduardo Anguita). Durante los años de la dictadura militar la inocencia pública y poblada de niños del Jardín Zoológico lo hizo un lugar adecuado para las citas de los militantes clandestinos. Allí se realizaban los nuevos enlaces con los que volvían al país luego de haber sido liberados por el Poder Ejecutivo. También en el zoológico hubo operativos de represión: en uno de ellos “levantaron” a Mini, Adelaida Viñas, que estaba de paseo con su hija Inés. La niña tenía una medallita con su nombre y dirección colgada del cuello y fue devuelta a su familia. En los mismos años en que los chupaderos reducían a los cautivos a condiciones animales ni siquiera imaginadas por los peores zoológicos del mundo, en el quirófano del de Buenos Aires se operó a un muflón o carnero de barbería de un ojo, al que se reemplazó por una prótesis de vidrio. Pero durante esos años sobre todo se produjo un hecho que puede leerse como una insidiosa metáfora: en ese espacio donde la reproducción de las especies en cautiverio siempre constituyó una preocupación fundamental, aumentó sorpresivamente la población demográfica de una sola especie: la yarará, de la que nacieron 26 crías de una misma madre, una tal Jacinta que bien podría figurar como ejemplo junto a las madres multíparas hitlerianas. Claro, ya no eran tiempos de Onelli.


El Museo Acuario y Laboratorio Marítimo diseñado para el zoológico original.

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