Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira
 




Vale decir



Volver

La historia de “Hurricane”

Golpe a golpe, verso a verso
Cuando Bob Dylan decidió en 1976 escribir sobre el caso de Rubin “Hurricane” Carter, el boxeador encarcelado por un crimen que no había cometido, descubrió que no le era fácil volver a la canción de protesta, once años después de abandonar el género. Hasta que un amigo le sugirió que hiciera la letra como si fuera el guión de una película. Lástima que Norman Jewison no le fuera fiel en la versión cinematográfica que acaba de estrenarse y por la cual Denzel Washington está nominado para un Oscar. Ésta es la historia detrás de la historia de Hurricane.

Por RODRIGO FRESAN

La película es muy mala y se llama Hurricane. La canción es muy buena y se llama “Hurricane”. La película cuenta la historia de un boxeador negro acusado de un crimen que no cometió y que termina pudriéndose en la cárcel por culpa de la ley de los blancos. La canción también. La película es muy larga y la canción es muy larga pero la canción dura lo que tiene que durar y la película es dura de soportar. La película fue dirigida por el mediocre Norman Jewison –Jesucristo Superstar, El violinista en el tejado– y protagonizada por el noble Denzel Washington, quien continúa con su seguidilla de mártires de color, de anónimos soldados de la Guerra Civil norteamericana a Malcolm X, pasando por Stephen Biko. La canción fue escrita por el alguna vez cantor de protesta Bob Dylan quien, en 1976, sintió la necesidad de volver a denunciar injusticias para distraerse un poco de su vida privada y de las grandes e impúdicas estrofas que le inspiraba su holocausto matrimonial. La película no es más que uno de esos films para televisión con elefantiasis, y –más allá de que Denzel Washington gane o no su Oscar– se le nota un futuro inmediato como celuloide de avión o de videoclub cuando no hay otra cosa para alquilar. La canción –que aparece como una brevísima ráfaga en la película, acompañada por una imagen de Dylan en vivo y coleando– sigue sonando tan bien como entonces y, como suele ocurrir con las canciones de Dylan, tiene otra historia detrás de la historia que cuenta y canta y golpea.

CAMPANA Para junio de 1975, Dylan pasaba por uno de sus grandes momentos: otra de sus proverbiales resurrecciones. En menos de un año había vuelto del espacio exterior con Planet Waves, salido de gira con The Band para registrar el primer álbum en vivo de su historia –Before the Flood–, regresado a Greenwich Village para recuperar sus raíces y grabar el que para muchos sigue siendo su mejor disco: Blood on the Tracks. Además, finalmente había autorizado la edición de las legendarias The Basement Tapes y salía todas las noches a ver a los novatos Bruce Springsteen, Patti Smith, Television, Blondie o Ramones en el CBGB o en el Max’s Kansas City. Dylan venía huyendo de una sequía californiana y del desierto en que se había convertido su largo y legendario matrimonio con la ex modelo Sara. La mujer de los ojos tristes de las tierras bajas ya no aguantaba al hombre de la pandereta. Una cosa era clara, y sigue siéndolo: Dylan funciona mejor bajo presión o cuando está en problemas. Blood on the Tracks fue el primer capítulo de algo que –con el correr de los años– se continuaría en Oh Mercy y Time Out of Mind: capítulos difíciles de una autobiografía en constante movimiento. Las canciones casi bergmanianas en su crudeza sentimental de Blood On The Tracks le habían devuelto el respeto y la admiración de sus pares y seguidores. Pero Dylan sentía que se había desnudado demasiado y tenía ganas de volver a cubrirse. Así empieza a bosquejar la idea de un disco que sonara más como un libro de cuentos sobre otros que como un álbum de verdades íntimas. Dylan busca la compañía de Jacques Levy (coautor de canciones de The Byrds junto a Roger McGuinn y director del polémico musical nudista Oh! Calcutta!) y empieza a lanzar ideas e historias al aire. Primero llegan los aires flamencos “One More Cup of Coffee” y dos codas a Blood On The Tracks (“Abandoned Love” y “Up to Me”), descartadas por biliosas y luego rescatadas para las antologías Biograph y The Bootleg Series 1-3. La cosa empieza a tomar forma con “Isis”, otra parábola matrimonial con fugitivo pidiendo perdón envuelta en una trama de película de aventuras. Y se dispara del todo con “Joey”, la saga de un gángster romántico y maldito. Sigue el western mexicano “Romance in Durango”, la mininovela apocalíptica “Black Diamond Bay”, la turística “Mozambique” y la plañidera “Oh, Sister”. En algún momento, Levy le regala un diccionario de rimas. Dylan se muestraasombrado: que nunca había sabido de la existencia de algo semejante. “Imagina el tiempo que me habría ahorrado”, gime con esa voz mientras, por la ventanilla del micro, pasan las ciudades, todas iguales, de una gira que no se parecía a ninguna. En algún momento, a Dylan le regalan otro libro. Se titula The Sixteenth Round; su autor se llama Rubin “Hurricane” Carter y está preso y tiene ganas de salir.

SEGUNDOS AFUERA Dijo Dylan: “La primera vez que fui a visitar a Hurricane, salí seguro de una cosa... Su filosofía y la mía corrían por la misma carretera, y hacía mucho que no me pasaba algo así. Pensé que no estaría mal escribir una canción. Es un hombre brillante, uno de los más sinceros y honestos que jamás conocí. Lo amo como a un hermano. No es justo. Hay que liberarlo. Hoy”.
Dijo Rubin “Hurricane” Carter: “Las palabras son la droga más poderosa. Bob Dylan vino a verme en prisión y tuve el honor de conocer a un hombre preocupado por la vida y por vivirla, y no por la muerte y morirse. Para mí, Dylan es un dieciséis cilindros obligado por la sociedad a moverse en cuatro cilindros. Me envió un demo de la canción. ¿Cuál fue mi reacción? Ninguna. Yo nunca reacciono, ante nada. Reaccionar es negativo. Pero me hizo sentir bien. Me hizo sentir mejor”.
Dijo Jacques Levy: “Bob no estaba muy seguro de poder volver a escribir una canción así. No había quedado satisfecho con George Jackson, su primer y efímero retorno a la canción de protesta en 1971... Entonces le sugerí que lo pensara todo en términos cinematográficos: escribirla como si se tratara de indicaciones de cámara en el guión de una película. Se oyen disparos de pistolas en la noche de un bar... Entra Paty Valentine... Aquí viene la historia de Hurricane... Títulos”.
Canciones para mirar. Todas ellas iban a aparecer bajo una palabra que funciona tanto como sujeto o como tranvía de Nueva Orleáns: Desire.


Octubre de 1962. Rubin Carter noquea al cubano Florentino Fernández
en el Madison Square Garden de Nueva York

BREAK Con la satisfacción de haber compuesto –en palabras de Robert Shelton, uno de sus más dedicados biógrafos– “el J’Acusse del sistema legal norteamericano”, Dylan podía dedicarse ahora a la búsqueda y el hallazgo del nuevo sonido para sus nuevas canciones. Bien sabido es que Dylan gusta de enloquecer a sus músicos y sus productores con descartes arbitrarios, remezclas monstruosas, escasos ensayos y arreglos verité. Lo que ocurrió con Desire no fue la excepción; de hecho, se convirtió en una de las cimas del caos dylaniano. Primero reclutó a la violinista callejera Scarlett Rivera y después a la cowgirl debutante Emmylou Harris, a quien obligó a grabar su parte en una sola toma y convirtió en la primera de una larga lista de coristas condenadas a intentar seguir un fraseo impredecible. Enseguida llamó a todos sus amigos. Eran tiempos en que Dylan tenía muchos amigos y pocas ganas de volver a dormir solo a su pisito de soltero. Eric Clapton todavía tiembla al recordar esas largas noches blancas: “En un momento había veinticuatro músicos en el estudio tocando los más diversos instrumentos para grabar, por indicación de Bob, una versión disco de Hurricane. Yo dije que salía a tomar un poco de aire fresco y no paré de correr hasta llegar a casa”.
Al final, por un lógico proceso de decantación, sobrevivieron sólo los más fuertes –cuatro músicos resistentes y curtidos– y la cosa suena tan bien hoy como sonaba entonces. Por más que hoy, en perspectiva, “Hurricane” parezca una catarsis íntima más que un compromiso público. El boxeador preso como otra máscara que Dylan se pone para volver a hablar de lo que le pasa sin tener que poner la cara. En la tapa del escapista Desire aparece –luego del perfil difuso que ilustraba la cubierta del revelador Blood on the Tracks– una foto de un Dylan feliz y sonriente,con aire de montañés hippie. En algún momento de ese año, Sara perdonó a Bob y Bob decidió que el álbum cerraría con “Sara”, una canción sobre el fino arte de pedir perdón, la única historia verídica del asunto que, paradójicamente, es la que parece más ficticia e improbable.

A SUS RINCONES Dylan se había subido al ring y no tenía ganas de bajarse. El tema del boxeador como doble lo acompañaba desde que Paul Simon –por más que nunca lo admitiera públicamente– le dedicara “The Boxer”, esa miniópera mitificadora de la saga dylaniana que el mismo Bob destrozó sin piedad en su Selfportrait. El próximo paso era volver al camino. Dylan comenzó a trazarse el recorrido –por supuesto, caótico– de una súper gira con aires de caravana gitana. Los primeros en anotarse fueron Mick Ronson, Scarlet Rivera, T-Bone Burnett, Joan Baez, Roger McGuinn y un Allen Ginsberg siempre feliz de aparecer en fotos con gente conocida. La idea era tocar sin avisar donde se les diera la gana y los llevara la brújula. Conciertos de cuatro horas. Performances con canciones. Micros y autos y moteles donde Ginsberg recitaba su poema “Kaddish” y hablaba de una reconquista de América. Un alto en la tumba de Jack Kerouac, una visita de sorpresa a Leonard Cohen en su casa (que terminó con Leonard Cohen echándolos casi a patadas). Todo esto y mucho más aparece en el desopilante y por momentos patético libro/diario de viaje On the Road with Bob Dylan del periodista gonzo Larry Sloman, de Rolling Stone. El nombre del delirio es The Rolling Thunder Revue y sus miembros recorren el país y ganan dinero y lo dilapidan mientras filman un larguísimo y simbólico largometraje “dirigido” por Dylan –Renaldo y Clara– que para algunos es genial y para muchos es una mierda incomprensible y autoindulgente. A Ginsberg, por supuesto, le gustó. En algún momento de diciembre de 1975, la Rolling Thunder Revue llega a una cárcel de Nueva Jersey y toca su canción “Hurricane” frente al auténtico Hurricane. Se abre un fondo para recolectar dinero (The Hurricane Trust Fund, en cuyo directorio Dylan no figura) y se organiza The Night of the Hurricane, concierto en el Madison Square Garden donde aterriza la Rolling Thunder en pleno, potenciada por Roberta Flack, Joni Mitchell, Richie Havens y Muhammad Alí que, por supuesto, proclama desde el escenario: “Estoy seguro de que todos ustedes han venido a verme a mí y nada más que a mí, porque Bob Dylan no es tan grande como yo, que soy el más grande de todos”.

LAS TARJETAS DICEN... La moda “Hurricane” promueve una revisión de la causa –que resulta infructuosa–. Varios de los nombres mencionados –y acusados– en la canción demandan al cantante y a su compañía grabadora. Pierden. Carter no saldrá en libertad hasta 1985, María José Cantilo consigue cierta fama con su versión rioplatense de “Hurricane” y años después –¿justicia poética?- marcha presa. Antes de eso, la Rolling Thunder Revue se desbanda luego de grabar un especial para televisión y un disco en vivo titulado Hard Rain. Es hora de volver a casa. Dylan tiene otras cosas de qué preocuparse: combates más cercanos y ganchos poderosos a su prominente nariz. Sara Dylan: “Me daba miedo volver a casa y enfrentarme a sus arrebatos de furia y violencia, o encontrar a alguna mujer desconocida paseándose como si fuera la reina del lugar”. El asunto desemboca en tribunales. Dylan pierde y pierde mal. Para entonces Desire es número uno en ventas en Estados Unidos y el Reino Unido, mientras Dylan volvía a hundirse en otro de sus muchos años perdidos –ningún disco, ningún concierto– hasta anunciar que Jesucristo le movió la cama (luego del difuso y simbolista Street Legal) y que ahora es cristiano renacido por knock-out. La canción ya no es la misma pero la película sí: “A veces siento que toda mi vida es una película dirigida por otro, a la que yonada más le pongo canciones. Algún día me gustaría conocer al tipo detrás de la cámara y decirle un par de cosas”, declara Dylan.
La presencia o la música de Dylan en películas bien podría titularse “Las Relaciones Peligrosas”. Como ya se dijo, por suerte sólo sufre unos segundos en pantalla, en la agobiante Hurricane. Está formidable en los documentales Don’t Look Back e Eat the Document, excesivo en la ya mencionada Renaldo and Clara e involuntariamente desopilante en su primer protagónico (junto a Rupert Everett y la efímera Fiona) en la indefinible Hearts of Fire. Antes había aparecido, en silencioso y enigmático cameo, con el nombre Alias, en Pat Garret and Billy the Kid, de Sam Peckinpah, para acompañar su canción-hipno-himnótica “Knockin’ On Heaven’s Door”. Y no había llegado a tiempo con “Lay Lady Lay” para la banda de sonido de Perdidos en la noche. Después hizo el single “Band of the Hand” (junto a Tom Petty and the Heartbreakers) para los títulos de una mala película de igual nombre, dirigida por Paul Michael “Starsky” Glazer y producida por Michael Mann.
Buenas noticias: el mejor Dylan vuelve a oírse en una buena película de próximo estreno con una gran banda de sonido. La película se llama Wonder Boys, está protagonizada por un –dicen– sorprendente Michael Douglas, dirigida por Curtis Hanson (el director de Los Angeles al desnudo) y basada en una muy divertida novela de Michael Chabon (hay traducción en Anagrama, Chicos prodigiosos) donde se cuenta la historia de un escritor bloqueado con una novela imposible de terminar y problemas que no dejan de empezar, muchos problemas. Canciones de Leonard Cohen, Neil Young y John Lennon acompañan tres temas ya conocidos de Dylan (“Shooting Star”, “Not Dark Yet” y “Buckets of Rain”) y una canción nueva que se cuenta entre las mejores de toda su carrera: “Things Have Changed”. Un rabioso power-folk producido por Daniel Lanois de tal manera que se escuchen bien claro versos como “De pie en el patíbulo con la soga al cuello / Voy a tomar lecciones de baile para hacer el jitterbug rag”, o “Puedes lastimar a alguien y ni siquiera darte cuenta / Toda la verdad del mundo se acaba siendo una inmensa mentira / Estoy enamorado de una mujer que ni siquiera me gusta”. Y el estribillo recurrente: “La gente está loca y los tiempos están raros / Yo estoy bien encerrado, estoy fuera de alcance / Solía importarme pero las cosas han cambiado”.
Ya hay quienes le anticipan a “Things Have Changed” un próximo e inevitable Oscar a la Mejor Canción Original. De ser así, Bob Dylan tendría que subirse al escenario del Dorothy Chandler Pavillion y combatir frente a frente con U2 y su nada despreciable “The Ground Beneath Her Feet” para The Million Dollar Hotel de Wim Wenders. Es hoy a la noche. Hagan sus apuestas. Va a ser una buena pelea.

 

arriba