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Las esculturas
sonoras
Por
Diego Fischerman
La novela
Amsterdam de Ian McEwan trata de dos amigos. Dos amigos que hacen un pacto
y terminan asesinándose mutuamente (gracias Highsmith). Pero, también,
es una novela de ideas. Y uno de los que plantea ideas es un compositor.
Para más detalles, un compositor inglés (el dato no es irrelevante)
que se considera heredero de Ralph Vaughan Williams y a quien, visiblemente,
la crítica considera conservador. Más exactamente: reaccionario.
Durante la década de los setenta, cuando él empezaba
a ser conocido, escribe McEwan, la música atonal y
aleatoria, las series (aquí la traducción publicada por
Anagrama es otra y me tomo la libertad de corregirla), la electrónica,
la desintegración del acorde (otra diferencia de traducción)
en el sonido todo el proyecto modernista, de hecho se habían
convertido en la ortodoxia enseñada en las escuelas. Sin duda eran
los defensores de este canon, y no él, los reaccionarios.
Más adelante, se dice: Cuando las historias de la música
del siglo XX en Occidente fueran definitivamente elaboradas, el éxito
se atribuiría al blues, al jazz, al rock y a las tradiciones en
constante evolución de las músicas populares. Tales formas
demostraban sobradamente que la melodía, la armonía y el
ritmo no eran incompatibles con la innovación. En la música
que podría denominarse artística, sólo a la primera
mitad del siglo se le atribuiría una importancia relevante, y apenas
se salvarían de la mediocridad unos cuantos compositores, entre
los que Clive (el personaje de la novela) no incluiría al último
Schönberg ni a músicos `por el estilo.
No importa tanto corregir aquí las incorrecciones técnicas
de McEwan -notablemente menores que la de la mayoría de los escritores
cuando se mandan la parte hablando de música y hablan de disparates
como cascadas cromáticas de notas blancas, por ejemplo
como ponerse a pensar en sus posibles aciertos. ¿Es cierto, como
la Academia enseñó en Francia, Alemania y países
ideológicamente afines como Argentina, que toda música que
se asome a la tonalidad es irremisiblemente reaccionaria? Si mucha de
la música compuesta en la segunda mitad del siglo XX puede asimilarse
más a la idea de una escultura hecha con elementos sonoros que
a la tradición acuñada en los tres siglos anteriores, ¿no
es posible que esa herencia haya continuado en otro lado?
El pensamiento adorniano y las teorías evolucionistas diseñaron
una historia altamente causal, en que una determinada concatenación
de hechos (Bach, Mozart, Beethoven, Liszt, Wagner, Mahler, digamos) sólo
podía conducir a una consecuencia precisa (Schönberg, Berg
y Webern y, más tarde, Boulez, Stockhausen y el Ircam). Las operaciones
por las cuales se legitima al presente mediante la elección de
un pasado no son desconocidas en la Argentina. Pero en este caso se trataría,
más bien, de demostrar que, al no haber más que una historia
posible, todo lo que no está incluido en ella directamente no existe.
McEwan insinúa que es en la llamada música popular donde
podría encontrarse la herencia de las viejas leyes de narratividad
musical (una nota que lleva a la otra, cierta noción de suspenso
lograda a partir de la combinación más o menos tensa de
sonidos, los ritmos relativamente regulares como literal pie en tierra
de todo el asunto). En realidad, habría que pensar que no se trata
de música popular sino de una evolución una mutación
de alguna especie de géneros en los que la función
estética como función primaria (asociada hasta la invención
de medios masivos de comunicación con la tradición escrita),
empezó a ligarse a formas derivadas de tradiciones orales y populares.
Pasa que, si se habla de especies y evoluciones, con la música
es como si se hubiera elaborado una taxonomía de los dinosaurios
(imperfecta y escrita cuando los dinosaurios ya no existían) para
aplicarla de manera aún más imperfecta a los mamíferos
superiores. Que se sepa: nunca existió una división de la
música en popular y culta (o académica,
o seria, o clásica, o eruditao como se llame). Había, sí,
música religiosa y música profana, música callejera
y música de salón, de palacio y de hogares burgueses. La
clasificación por la cual los valses de Strauss estaban más
cerca de los últimos cuartetos de Beethoven que del Cuarteto Leo
tenía más que ver con prejuicios y con cuestiones de clase
que con características de lenguaje o de funcionalidad. Charlie
Parker, Monk o algunas canciones de los Beatles, en cambio, revelaban
una intención manifiestamente artística. Era música
para ser escuchada (aunque también pudiera bailarse,
eventualmente). Resulta más claro hablar de música artística
de tradición escrita y de música artística de tradición
popular. Pero tampoco es cierto que la tradición escrita haya tenido
su continuación en una sola especie. Está todo lo que el
mercado intelectual puede consumir sin demasiada culpa como música
contemporánea pero también están Puccini, Sibelius
y, para encontrar un equivalente al Clive Linley de la novela, el inglés
Nicholas Maw. Y, por supuesto, los Beatles, Gismonti, Piazzolla o Miles
Davis. De lo que se trata es de entender que la revolución de finales
del siglo XIX proliferó en direcciones múltiples. Y que
la ñoñería de Philip Glass o Heinrik Gorecki está
lejos de ser la única alternativa musical tradicional
a las esculturas de sonidos (que también existen).
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