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A toda transa

Por Daniel Link

Además de fuente de todos los placeres y de todos los anhelos, la literatura también puede ser fuente de todos los bochornos, por ejemplo cuando cae en mano de los redactores publicitarios. Hace unas semanas, un corto publicitario de la empresa Renault proponía una sorprendente adaptación del cuento “La autopista del Sur” de Julio Cortázar. Lo que en Cortázar era una crítica explícita de la modernidad y la fragmentación de las experiencias en el contexto de una sociedad consumista, en la propaganda de Mégane se transformaba (cómo podía ser de otro modo) en un elogio del confort automovilístico y de la transa callejera. Una simpática simplificación, podría pensarse, a la altura de los tiempos que corren. Desde hace unos días, el políticamente correcto matutino La Nación distribuye todos los viernes su “Biblioteca La Nación”, una colección de “clásicos” (cómo podía ser de otro modo) de la literatura universal. En la edición del viernes pasado, una página entera del prestigioso matutino promocionaba la entrega semanal con el siguiente texto: “Como me perseguían, me escondí en una isla desierta repleta de gente. Ahí conocí a una chica. Y me enamoré. Estaba llena de brillo y de color. Pero no era una chica, era una filmación. Entonces me filmé yo también, para ver si me la podía levantar”. El resumen, ajustado y preciso, pretende dar cuenta de La invención de Morel, esa novelita de trama (según Borges) perfecta. Lo que el anuncio de La Nación omite no es poco: la corrupción de la carne, la inmortalidad del alma, la multiplicación de imágenes, el uso de seres vivos para experimentos fatales, el sinsentido de la vida.
Lo que queda es, una vez más, la historia de una transa o de un levante (seguramente más de un lector tendrá derecho a reclamar que le devuelvan el dinero que invirtió en una novela para nada estimulante desde el punto de vista sexual). ¿Será ése el punto de vista que mejor expresa el actual interés argentino por la literatura? En todo caso, conviene ir inventando resúmenes similares para intercambiar en los asados dominicales. Las Hortensias de Felisberto Hernández es fácil: “Un hombre casado se aburre en su matrimonio. Encarga a un fabricante dos muñecas de tamaño natural y de textura hiperrealista que rellena con agua caliente por las noches. Organiza escenas con su mujer y las muñecas”. El Quijote sería la historia de un “playboy envejecido que, loco por tener aventuras, se lanza a los caminos a levantarse muchachas de baja condición, a las que engaña diciéndoles que son princesas encantadas”. En La metamorfosis de Kafka, “un joven apocado siente tan intensos deseos incestuosos por su hermana, que se disfraza de insecto para poder lamerle el cuello mientras ella toca el violín. La hermana, culpable, le entierra una manzana por atrás”. ¿Qué decir de La Divina Comedia? “Un hombre ya maduro, separado de la mujer que ama, es conducido por un ciego perverso a través de un laberinto del horror donde todo lo que ve le quita para siempre las ganas de transarse a nadie. En esa condición de apatía sexual es conducido ante su amada, que le muestra el mundo resplandeciente en el que ella vive.” Hamlet vendría a ser un jovencito bastante irresposable que dice: “Veo gente muerta. Mi familia es un quilombo. Mejor me hago el loquito, así la paso bien y, por ahí, me la levanto a Ofelia”. Cien años de soledad no sería más que una familia donde algunos hermanos y primos la tienen grande y otros tienen una mirada penetrante. Por un azar genético, el último de la estirpe la tiene grande y, a la vez, tiene la mirada penetrante. La minita con la que transa queda embarazada y tienen un hijo mutante.
¿Tendrá sentido continuar con este ejercicio de guaranguería criolla? Seguramente los publicistas no nos ahorrarán, en las próximas semanas, versiones de “clásicos” de la literatura universal ajustados ad hoc. Cuando las novelas, efectivamente, se dedican a contar eso, es muy probable que vengan a decirnos que estamos ante un “gran fresco de la vida contemporánea y una crítica feroz a la alienación de la vida cotidiana”.
Se dice que hay que poner una zanahoria delante del burro para que avance. Entregada a la cosmetología verbal de los redactores publicitarios, que parecen pensar que el burro es más burro de lo que en verdad es, es fácil imaginar en qué se transformaría esa zanahoria.

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