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PAISAJE DE CATAMARCA

Desde la tranquila y provinciana Londres, un largo viaje en auto por la Ruta Nacional 40 hacia el norte, remontando los famosos Valles Calchaquíes que, si bien nacen en Salta, llegan hasta Catamarca. Pequeños pueblos, cerros, termas, viñedos y los famosos ponchos artesanales de Belén.

Texto y fotos:
Alejo Schatzky

Los Valles Calchaquíes nacen en la provincia de Salta, rasgan apenas el territorio tucumano y van a morir en algún sitio indefinido de Catamarca. Esta indefinición parece responder más a aspectos históricos y políticos que a verdades geográficas. En principio, los valles están conformados por el valle del río Calchaquí y el del río Santa María, pero las versiones difieren en cuanto a sus límites precisos. Sabemos, sin embargo, que la Ruta Nacional 40 acompaña fielmente el curso de estos ríos y sabemos también que la mejor manera de conocer estos parajes es con un auto.

Rojo londinense Un buen punto de partida es la localidad catamarqueña de Londres, que algunos dirán que no pertenece a los valles y otros que no es punto de partida excepto para los londrinos, pero las discusiones geográfico-filosóficas suelen entorpecer los viajes así que es mejor dejarlas de lado.
Este pueblo de 2000 habitantes está dividido en dos sectores unidos por la calle principal, que es la ruta 40. En su sector norte –que en realidad es el este– se encuentra la Iglesia de la Inmaculada Concepción, declarada Monumento Histórico Nacional, y en su sector sur (oeste) la Iglesia de San Juan Bautista, ambas testimonios de la arquitectura religiosa que distingue a la provincia.
Con la historia de sus múltiples fundaciones y de las batallas que allí se libraron llenan sus páginas los folletos de turismo. Baste decir que su primera fundación data de 1558, que en 1632 fue escenario y víctima del Gran Alzamiento Calchaquí y que debe su nombre a que su primer fundador, Don Juan Pérez de Zurita, la llamó “Londres de la Nueva Inglaterra” en homenaje a María Tudor, que en ese entonces era esposa de Felipe II, príncipe heredero de la Corona Española.
Situado a orillas del río Quimivil, Londres es un pueblo de calles de tierra roja y casas de adobe rojo rodeado de cerros que a la luz de un sol atardecido tiñen el paisaje de un único bermellón; pueblo de siestas largas y silencios hondos apenas perturbados –o evidenciados– por el rumor del agua que corre por las acequias y riega los campos del valle.
Uno de los atractivos principales de Londres son las ruinas de Shincal, cuatro kilómetros al sur del pueblo. El sitio ocupa veintitrés hectáreas en las cuales hay dos cerros ceremoniales y más de setenta recintos. La versión oficial dice que éste era un asentamiento incaico construido poco antes de que comenzara la decadencia del imperio. Otras versiones ponen en duda su incacidad y arriesgan que se trata de un asentamiento diaguita. En el Museo Arqueológico de Londres se exhiben los objetos encontrados en Shincal, entre ellos puntas de flechas, vasijas, urnas y una gran variedad de utensilios y herramientas.


Telares de Belén, la “cuna del poncho”.

Artesanos de Belen Quince kilómetros al norte de Londres está Belén, conocida como “La cuna del poncho”. “Pero se está quedando la cuna sin ponchos –dice don Hilario al pie del telar, con un notorio gesto de tristeza y resignación–, y es que para hacer un poncho hacen falta mucho trabajo y mucho cariño. Antes todo el mundo tejía. Hoy la gente tiene otros intereses y sólo algunos viejitos seguimos tejiendo, y así el poncho artesanal va a desaparecer.”
Aunque lo que dice don Hilario es verdad, y a pesar de pronósticos tan poco alentadores, los ponchos de Belén siguen siendo de los mejores del país. Es posible visitar a los teleros en sus casas-talleres y aprender, entre los obligados mates de cortesía, las diferencias entre los distintos tipos de lana y los secretos del teñido natural.
Pero el poncho no es el único motivo de orgullo para los belenistos. Lo son también sus dulces, y con justa razón. Si los tucumanos hacen el mejor turrón de caña de azúcar y los cordobeses los mejores alfajores, los catamarqueños hacen los mejores gaznates (masa levemente anisada con forma cuadrada unida en dos extremos opuestos rellena de dulce de leche) y los mejores bombones de nuez. Frente a la terminal de ómnibus se encuentra el Museo Provincial Cóndor Huasi, que posee una valiosísima colección de objetos de cerámica pertenecientes a los cuatro períodos de las culturas diaguitas. Estos son: período Inicial (años 300 a.C. a 300 d.C), período Temprano o cultura Cóndor Huasi (300/600), período Medio o cultura Aguada (600/1000) y período Tardío o culturas Belén y Santa María (1000/1500). Se destacan las urnas funerarias, los instrumentos musicales, unas tabletas que se utilizaban para aspirar un polvo psicotrópico que se preparaba con las vainas del cebil, mascarillas y piezas de metal.


Una cruz de flores en el cementerio cercano a la Puerta de San José.

Con la brujula, siempre al norte Desde Belén hay dos posibilidades: abandonar los valles y tomar la ruta provincial 46 hacia Andalgalá atravesando la impactante Cuesta de Belén o seguir al norte por la ruta 40 que de aquí en adelante –salvo pequeños tramos– es de ripio.
A escasos quince kilómetros de marcha, en la Puerta de San José, se ve una iglesia a mano izquierda. Aquí nace un camino que lleva a varios pueblitos (Las Barrancas, Las Juntas, Las Granadillas), dibujando un complejo circuito que termina en el punto de partida. El camino es muy bonito pero es muy fácil perderse y muy difícil encontrar a alguien que nos pueda orientar. Es recomendable entonces llevar un termo con agua caliente, bastante yerba y unos gaznates y disponerse a dedicarle al recorrido el tiempo que se merece sin temor a equivocarse de camino, porque todos los caminos llevan a donde queremos ir cuando no queremos ir a ningún lugar en particular.
La ruta 40 sigue hacia el norte descubriendo unos paisajes que parecen ser el testimonio innegable de la existencia de una divinidad. En momentos se impone parar el auto, cerrar los ojos, pensar en cosas chiquitas –semillas de sésamo o protozoarios–, repetirse que no puede existir tanta belleza, abrir los ojos, convencerse y seguir la marcha.

Viñedos, minas y termas Tras andar unos pocos kilómetros se llega al pueblo de Hualfín, un oasis entre tanta piedra y soledad. Extensos viñedos que auguran buen vino patero bordean el camino y aportan un verdor inusitado que la calidez de la gente magnifica. Verdaderamente atentos y gentiles reciben al desconocido y se brindan con confianza, porque donde no es preciso respirar las catingas ajenas o clavar el codo para llegar primero, todo encuentro se celebra, al menos con un saludo breve y una sonrisa apenas asomada. En Hualfín hay un Monumento Histórico Nacional (la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, del siglo XVIII), un río y mucho tiempo para la contemplación.
Siguiendo por la 40, a los pocos kilómetros aparece un camino a la derecha que lleva a las minas de Farallón Negro, que se pueden visitar. Un poco más al norte cerros y camino adquieren un color terracota profundo. Gigantescos paredones enmarcan la ruta y al poco tiempo de marcha llegamos a Los Nacimientos de Arriba, donde funciona un modesto complejo termal que amerita detención y baño en las renovadoras aguas sulfurosas.

Montañas majestuosas El camino sigue su marcha sinuosa por pedreríos y guadales desiertos. Un poco antes de llegar a Punta de Balasto la ruta provincial 47 ofrece un desvío hacia el sur: son cien kilómetros hasta Andalgalá pasando por Capillitas. El paisaje de la 47 es sobrecogedor pero es necesario recorrerla con un vehículo de doble tracción, o al menos con una camioneta.
Si la 40 es poco transitada, la 47 es una ruta fantasma donde en cinco horas de obligada marcha lenta no se ve un solo vehículo y los pocos ranchos que orillan el camino están deshabitados. Sin embargo la aventura es bien recompensada. Desde la bifurcación hasta Mina Capillitas el camino es de un ripio poco mantenido y subida constante. A partir de la mina las condiciones mejoran y comienza la Cuesta de Capillitas que asciende hasta los 3100 metros sobre el nivel del mar y allí comienza el descenso entre montañas majestuosas. A medida que vamos bajando los cerros áridos de piedra monocroma se van vistiendo de verde oscuro; del polvo del camino nacen ahora algarrobos y quebrachos y el aire se humedece de fragancias de incayuyo y palo amarillo.
Del desvío hacia el norte la soledad de la 40 se ve perturbada por unos ranchos que anuncian la aparición de algún poblado y del tan esperado pavimento. Los pueblos se suceden uno tras otro, distinguidos apenas por los carteles que los nombran: La Puntilla, Casa de Piedra, Palo Seco, San José. De aquí a Santa María, el último punto catamarqueño dentro de los Valles Calchaquíes, restan tan sólo quince kilómetros.
Hacia el sur se ve el camino recorrido, la promesa de un incierto retorno. Hacia el norte, las tierras áridas de Tucumán y Salta, el futuro indefinido que reclama, nos invita a continuar el juego y nos seduce con la fuerza avasallante de lo desconocido.