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En el corazón de la ciudad más poblada del mundo, el Zócalo es como un oasis arquitectónico donde el tiempo parece haberse detenido entre edificios coloniales y ruinas aztecas. Por Graciela Cutuli Muy poco queda hoy de lo que fue, a la llegada de los españoles, una de las principales urbes del mundo. Cuando desembarcaron los conquistadores, se calcula que Tenochtitlán, la capital de los aztecas, contaba con 200.000 habitantes distribuidos en una red urbana muy desarrollada y compleja. Hoy apenas quedan algunos de los murales de Diego Rivera, en el Palacio Nacional, o algunas ruinas que dejan adivinar con mucho esfuerzo lo que pueden haber sido los templos y las construcciones de una ciudad que, a pesar de su fuerza y magnificencia, fue conquistada y destruida por los españoles. Se perdieron las perspectivas, las pirámides, los templos y las viviendas, los jardines flotantes y los canales cruzados por puentes que comunicaban como una exótica Venecia a una ciudad que había sido levantada sobre una isla en medio de un lago en las montañas del centro de México.
Un centro provincial El lago no está más. Las islas artificiales pasaron a unirse con la tierra y el lago no es sino un recuerdo que se ve en las fachadas de los monumentos coloniales. Los edificios más antiguos de la capital mexicana, como la Catedral que flanquea el Zócalo, construidos cuando aún había agua en los subsuelos, se hunden y sus paredes se inclinan como marcadas por el peso de los siglos. Es casi una revancha para las ruinas del Templo Mayor, que es como un pasaje hacia las lejanas épocas aztecas en pleno corazón de la parte más española de la ciudad. El Zócalo es el corazón mismo de urbe, es decir, del país todo. Y, sin embargo, si bien subyuga a los visitantes por su armonía arquitectónica, también sorprende por su aire provinciano. Sobre esta enorme plaza cuadrada, la vida parece más lenta, como si el bullicio de la ciudad más grande del mundo pasara por aquí en puntas de pie. La actividad frenética de las avenidas del centro no llega hasta las calles que bordean la plaza, ni los modernos negocios que florecen en la Zona Rosa, el barrio elegante y cosmopolita donde se concentran la vida nocturna y los negocios fashion. Los puestitos que bordean las veredas le dan un aire de mercado provinciano. La baja estatura de los edificios, en toda la zona vieja, refuerza esta impresión. Al contrario de lo que ocurre en otras capitales, este centro histórico concentra a la gente humilde, como los iletrados que acuden para hacerse escribir cartas o mensajes por los evangelistas, esos escritores públicos que instalan cada día sus viejas máquinas de escribir junto a la plaza Santo Domingo, a sólo tres cuadras del Zócalo. Pero también concentra a todos los turistas que pasan por el DF, el nombre familiar que le dan los mexicanos a su capital. Para ellos, varias veces al día grupos de soldados izan una gigantesca bandera, símbolo del estado mexicano que tiene su epicentro en los edificios que bordean la plaza. Los grupos que hacen un alto en sus peregrinaciones entre el Palacio Nacional y la Catedral filman, puntualmente, el impecable ritual. Pero quienes se fastidian o aburren con la mecánica militar prefieren la alternativa de los grupos de bailarines que reviven antiguas danzas y trajes aztecas, y cada día, en las esquinas del Zócalo, reproducen gestos anteriores aun al Zócalo mismo. Todo al ritmo de instrumentos que se tocaban antes de la llegada de Cortés. Pero si estas escenas tampoco son la meta, quedan entonces los puestos de los simpatizantes del EZLN, el ejército del Subcomandante Marcos, que venden variopintos recuerdos a los turistas: posters, remeras, broches, casetes de discursos, en fin, testimonios de una más de las realidades del México de hoy, tan veraz como la bandera y sus soldados o los trajes emplumados de aquellos aztecas del 2000. En torno del Zocalo Ciudad de México no se puede reducir a las veredas que enmarcan el Zócalo, por cierto. No se puede desdeñar un paseo dominical en la Alameda, hacer compras en la Zona Rosa, tomar una copa escuchando orquestas mariachis en la plaza Garibaldi, o revivir varios milenios de historia en el Museo de Antropología, uno de los más famosos del mundo. Pero el Zócalo merece igualmente ser el punto de partida para cualquier visita de la ciudad. Se puede empezar por un café en el café de la calle Tacuba sí, el que inspiró a la célebre banda de rock mexicana y caminar por esta estrecha calle superpoblada y, como el resto de la ciudad, opacada por un manto de humo que oscurece el brillo y el azul del cielo durante los días de sol. La calle desemboca en la 5 de Febrero, que une la plaza Santo Domingo con el Zócalo, en cuya esquina se levanta la Catedral. Sus cimientos se pierden entre los de los edificios aztecas que fueron arrasados para levantar toda la ciudad colonial, pero los arquitectos que la construyeron desde el siglo XVI hasta el XIX, cuando por fin fue terminada, se ocuparon tanto de levantarla como de mantenerla en pie. Su interior es una selva de pilares y columnas de piedra, además de refuerzos con barras de metal y andamios. La falta de bases sólidas y la desaparición progresiva de las aguas del subsuelo de la ciudad hacen que sus paredes se inclinen cada una en sentido diferente, y sin mantenimiento permanente la Catedral se vería en serios problemas. Como lo hacen notar los guías durante su charla frente a la fachada, los españoles encontraron una Venecia y terminaron construyendo una torre de Pisa.... A su lado, el Sagrario es un edificio barroco que servía de archivo y tesoro de las autoridades religiosas mexicanas. Frente a este poder espiritual, el poder temporal está en el Palacio Nacional. Como para simbolizar la victoria definitiva de los conquistadores españoles sobre los aztecas, este edificio que es la sede de la presidencia se levantó sobre el Palacio de Moctezuma. Es también la sede del Ministerio de las Finanzas, y alberga un museo dedicado a la memoria de Benito Juárez. Sin embargo, se visita todo, particularmente por la importante colección de murales de Diego Rivera, entre ellos su famosa serie sobre la historia de México. Desde uno de los balcones del Palacio, cada año en la noche del 15 al 16 de Septiembre, el presidente mexicano lanza los festejos de conmemoración de la independencia. Hace sonar la campana y lanza el Grito, dos gestos con los cuales el padre Hidalgo lanzó el inicio de la lucha contra los españoles, en Dolores. El Zócalo está bordeado de otros edificios, entre los cuales los palacios municipales hay uno antiguo y uno moderno y el Mont de Piété, del siglo XVIII.
El Templo de Tenochtitlan Detrás de la Catedral, queda por ver todavía el Templo Mayor, uno de los monumentos más emocionantes de la ciudad y una de una de las pocas ocasiones de toparse con el pasado azteca. Pocas ciudades de tal importancia fueron transfiguradas de esta manera. De la colosal arquitectura de Tenochtitlán apenas si quedan estas ruinas, descubiertas accidentalmente en 1977 durante la realización de trabajos de vialidad. Después de la restauración, el sitio permite tener una idea de lo que puede haber sido una pirámide destinada a proteger dos templos, dedicados al Dios de la Lluvia y del Agua, Tlaloc, y al Dios de la Guerra y del Sol, Huitzilopochtli. Las investigaciones llevadas a cabo en el lugar permitieron descubrir una gran cantidad de valiosos objetos de la época precolonial, hoy día exhibidos en el museo contiguo a los vestigios. Caminando entre estas colecciones se toma conciencia de que México es una de las pocas capitales americanas que pueden rivalizar con las ciudades de los viejos continentes en cuanto a su memoria arquitectónica. En estas piedras se reviven muchos siglos de historia, que le devuelven su verdadera base a los barrios coloniales y modernos del México de hoy. |