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GUATEMALA
Atardecer frente al volcán
“Descubierto” por viajeros mochileros hace unas décadas, el lago de Atitlán con los tres volcanes y los catorce pueblos de origen maya que lo rodean es uno de esos lugares donde la afluencia de extranjeros no ha alterado las profundas raíces culturales de sus habitantes. Una región de extraordinaria belleza en el centro-oeste de Guatemala. Por L.F. Después de haber recorrido 144 kilómetros desde Ciudad de Guatemala, la ruta deja atrás la planicie y empieza a ondularse cada vez más por las laderas de los cerros. A medida que se sube, el calor baja unos grados y se siente la humedad de la intrincada vegetación que bordea el camino, encerrado entre las montañas. De pronto, al pasar una curva, la aguda cumbre de un volcán aparece a lo lejos, preanunciando la meta del viaje: el lago de Atitlán. Al llegar a Solola, un pueblo del siglo XVI emplazado a 2000 metros sobre el nivel del mar, es imprescindible detener la marcha para admirar desde los balcones naturales junto al camino, el bellísimo paisaje que se abre allá abajo: el inmenso lago, apenas velado por una suave bruma blanca que parece brotar del agua, rodeado por una cadena de verdes montañas. En la otra orilla, tres imponentes volcanes cierran la escena: a la derecha, solo, el triángulo casi perfecto de San Pedro; a la izquierda, Tolimán y Atitlán. Desde allí arriba se pueden vislumbrar algunos de los pequeños pueblos que circundan el lago de Atitlán, habitados por grupos cakchiqueles, tzutujiles y quichés descendientes de los antiguos mayas y otras culturas prehispánicas que llegaron a esta región guatemalteca en el siglo XIII. Más allá del tiempo y de la historia, cada una de estas comunidades ha conservado su propio idioma, sus costumbres y sus fiestas. Y han conservado también sus maravillosas vestimentas así como los colores que predominan e identifican a cada grupo: el azul en Santa Catarina Palopó; el rojo en San Antonio Palopó; el blanco en Santiago Atitlán. Los catorce pueblos que bordean el lago siguen tejiendo y bordando en sus ropas las tonalidades, los pájaros, los peces, los animales, las flores y las plantas de la naturaleza que los cobija desde hace siglos.
Panajachel, casi a los pies de Solola, se fue convirtiendo en la villa turística del lago y es el punto de partida para conocer a los otros pueblos. Entre sus calles empedradas o sus callecitas de tierra se entremezclan la lengua totzil con el español, el inglés, el italiano, el sueco o cualquier otro idioma de los turistas que llegan de los cinco continentes. Incluso muchos europeos y norteamericanos eligieron al lago de Atitlán para quedarse largas temporadas después de haber conocido casi todos los destinos posibles del planeta. Quien llega por primera vez a Panajachel no deja de sorprenderse ante la insólita convivencia de cybercafés, restaurantes hindúes y europeos, o parrillas sudamericanas, con los puestos callejeros donde cuelgan los tejidos artesanales y las tallas de madera de un arte milenario. Sin embargo, la magia de Atitlán envuelve a unos y otros y acalla las estridencias turísticas que suelen brotar en centros de vacaciones. Sobre todo pasadas las 6 de la tarde, hora en que el sol comienza a descender hacia el Pacífico arrastrando a las nubes en su marcha sobre los volcanes. Cuando sólo la luz sobresale del perfecto perfil del volcán San Pedro, las nubes parecen encenderse sobre la cumbre: es la imagen muda de una erupción, falsas lenguas de fuego que se van apagando hasta que la noche se extiende sobre el lago y lo cubre de estrellas. Es el gran momento de Atitlán: en los muelles, la costa o los bares todo se detiene para admirar cada día el prodigioso atardecer. Cuatro kilómetros al sur de Panajachel, por una senda en las laderas de las montañas, luego de pasar pequeñas parcelas en terrazas y cañadas de 300 metros de profundidad que dan al lago, se encuentra el pueblo cakchiquel de Santa Catarina Palopó. Las mujeres, expertas tejedoras, llevan unas de las ropas tradicionales más coloridas del altiplano: falda, huipil bordado y turbante, todo en distintos tonos de azul. A la lana natural han incorporado hilos metálicos plateados que centellean bajo la luz del sol. A diferencia de los habitantes de la cuenca del Atitlán que evitan el agua del lago, los hombres de Santa Catarina siguen pescando lovina negra y cangrejos y tejen con juncos cestos y esteras que venden en el mercado. Y después están los otros pueblos con nombres de santos y apóstoles: San Andrés, San Lucas, San Pedro, San Pablo, San Marcos, Santiago, San Antonio y Santa Clara. Todos frente al gran lago que cruzan las embarcaciones cargadas de tejidos y pasajeros cakchiqueles, tzutujiles, quichés... y turistas de todo el mundo. |