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FRANCIA
La ciudad de Arles

Roma a la provenzal

Desde el anfiteatro romano, la ciudad de Arlés y el Ródano.

En Provenza, sur de Francia, Arlés conserva numerosos vestigios de su pasado romano. Sin embargo, aunque sea conocida sobre todo por esos monumentos de más de dos mil años de antigüedad, la ciudad es también un centro cultural y espiritual desde los primeros tiempos de la adopción del cristianismo en las Galias, hasta el paso por sus calles de Vincent van Gogh o Frédéric Mistral.

Por Graciela Cutuli

Al pie de los Alpes y a orillas del Mediterráneo, en la franja sur de Francia, la Provenza es muy apreciada por dos cualidades: un clima agradable todo el año y la amabilidad de sus habitantes. ¿Será entonces para ocultar una pizca de celos que el resto de los franceses gusta de hacer creer que los provenzales son gente muy exagerada? Tanto es así que corren muchas historias sobre este detalle, como en Tartarin de Tarascon, la novela de Daudet que relata las aventuras de uno de estos estereotipados provenzales (Tarascon es una pequeña ciudad a orillas del Ródano). Conociendo esto que de ellos se dice, no se puede menos que escuchar con una pequeña sonrisa a los habitantes de Arlés cuando aseguran que su ciudad sólo tiene a la propia Roma como rival si de monumentos romanos se trata.

Marsella. Con Arlés, comparten el pasado romano de Provenza.

Gracias a Cesar

Por lo menos, cuando los arlesianos hablan de la edad de la ciudad no exageran al afirmar que es una de las más antiguas de Francia. El lugar donde se encuentra ya había sido ocupado por los griegos de Phocea -.luego Massilia, y más actualmente Marsella– hace más de 2500 años. Utilizaron para su asentamiento una base rocosa de tierra firme en medio de pantanos y arenas movedizas, en el lugar donde se dividen los brazos del Ródano para formar su delta. Después de ellos llegaron los romanos, que hicieron de Provenza el primero y más romano de todos los territorios que conquistaron. El sitio pasó a llamarse Arelate, y desde entonces su historia no es más que un eterno recuerdo de esta edad de oro, cuando la ciudad era una de las más brillantes y prósperas fuera de la península italiana. Esta suerte se debe a su fidelidad hacia César, a diferencia de su protectora y capital Massilia, que tomaría partido por Pompeyo en las luchas que libraron ambos hombres por el control del naciente Imperio Romano. Al momento de la victoria, César no olvidó a sus aliados y decidió elegir Arelate y no Massilia como capital regional de la Provenza. Privilegio suplementario, la designó como colonia militar y mandó a los veteranos de su VI legión a retirarse en ella. Con la llegada de estos pobladores de grandes privilegios y de buenos sueldos, y gracias a su nuevo estatuto, la ciudad conoció una verdadera explosión demográfica, acompañada por una total transformación arquitectónica, ya que necesitaba proveerse de las infraestructuras que su nuevo rango le exigía.

Quien vivía en Arlés en estos tiempos tenía sobre todo la imagen de una gigantesca obra: como una Roma en miniatura, se levantaban templos, circos, termas, palacios, foros, de los cuales muchos atravesaron los siglos con diferentes suertes de conservación. Las ruinas más imponentes son sin duda las del anfiteatro, construido durante el primer siglo antes de Cristo, con capacidad para más de 20.000 personas. Es el monumento romano más grande de las antiguas Galias. Sus murallas exteriores están en bastante buen estado, porque en los primeros tiempos del Medioevo el anfiteatro sirvió como plaza fuerte: así, se taparon sus murallas y se levantó una pequeña ciudad en las arenas. Con el tiempo, el anfiteatro dejó de ser necesario para tal función y se le devolvió relativamente su aspecto original. En la pista se organizan regularmente corridas de toros (la corrida provenzal no mata al toro, sino que el objetivo del toreador es atrapar una cinta de lana atada entre sus cuernos), espectáculos, eventos o conciertos. Desde lo alto de sus muros, al caminar entre las viejas paredes, galerías y arcos, las vistas de Arlés que se extienden a sus pies son inigualables, con los techos de la ciudad vieja a la vista y más a lo lejos el majestuoso curso del Ródano, que luego se separa en dos brazos más pequeños.

Teatro romano de Arlés con las dos únicas columnas que quedaron en pie.

Una ciudad romana

El teatro de Arlés no tuvo tanta suerte, ya que sirvió durante siglos como cantera de piedras para la construcción de casas. Sus cimientos perdidos entre la vegetación y dos columnas que quedaron por casualidad en pie dan una idea de lo que pudo haber sido este imponenteedificio, que podía recibir a 10.000 espectadores y cuya fama había superado las fronteras de Provenza. Hoy día, las dos columnas –llamadas las Dos Viudas– tienen un innegable aire romántico, sobre el verde telón de los pinos que rodean el sitio, y detrás de los cuales aparece la punta del campanario de Saint Trophime. Es que todos estos monumentos se levantan en el corazón mismo de la ciudad, rodeados por casas de dos pisos, coronadas por techos de tejas ocres, que dibujan como un laberinto cuyo centro sería el anfiteatro.

El resto de la ciudad tiene un neto aspecto medieval, con calles angostas, casas cuyas fachadas ya vieron pasar varios siglos e iglesias que se remontan a los primeros tiempos de la cristiandad en Europa. Es el caso de Saint Trophime, la principal iglesia de Arlés, cuyos orígenes datan del siglo III. En torno a su construcción y a la vida de San Trophime, su santo patrón, se mezclan leyendas y realidades. La monumental puerta de la iglesia es una de las obras maestras del arte románico provenzal, con escenas bíblicas, en tanto su campanario cuadrado es uno de los mayores signos distintivos de la ciudad.

Frente a la puerta de la iglesia, una pequeña plaza separa el mundo temporal del divino: la Plaza de la República, que tomó partido en su nombre por lo temporal y recuerda que allí está también el Ayuntamiento de la ciudad. En el centro de la plaza, una curiosa fuente mezcla las influencias y las épocas: un obelisco egipcio (que originalmente estaba en el circo) fue incorporado en 1675 a una base monumental. El imponente edificio del ayuntamiento fue reconstruido en el siglo XVII y hoy sus anchas salas sirven cada invierno, de noviembre a febrero, para muestras de alcance internacional sobre una de las tradiciones e industrias artesanales más insólitas de la ciudad: la de los “santons”, es decir los muñequitos de terracota que forman los pesebres de Navidad.

La fuente de la Plaza de la Republique.

Campos Eliseos provenzales

La Vía Aurelia era uno de los ejes mayores de la región en tiempos romanos. Era un camino bien mantenido y muy transitado, integrado a la importante red de comunicaciones de la Provenza y del norte de Italia. Como era costumbre en el mundo romano, se enterraba a los muertos de la clases dirigentes en las afueras de la ciudad, al borde de las vías, y esta tradición perduró con la adopción del cristianismo en Provenza: por ello la Vía Aurelia siguió recibiendo, en la periferia, los sarcófagos de los primeros cristianos. A este tramo del camino se lo llamó “Alyscamps”, que en provenzal significa “Campos Elíseos”, en referencia al más allá de la mitología antigua. Hoy se conserva un corto tramo de esta vía que, dentro de un parque, lleva hasta la iglesia Saint Honorat. Las lozas romanas desaparecieron, pero los pesados sarcófagos de piedra se alinearon a ambos lados del camino. Están exactamente en el mismo lugar en que los pintó Van Gogh hace más de un siglo. En las tardes de otoño, cuando los árboles que bordean el camino toman un color amarillento que combina perfectamente con la paleta del pintor, la perspectiva de los cofres de mármol roídos por el tiempo es idéntica a la que reflejan las pinturas del genial holandés, que hizo de Arlés su última patria y reflejó en sus obras finales las caras de su gente, las estrellas de los límpidos cielos de verano, el intenso azul de los lirios dispersos en los campos, el amarillo dorado de los trigales y su propia mísera habitación, allí donde la pobreza y la locura lo llevaron a la muerte.

La ciudad pintada

Arlés es una ciudad de arte, y no sólo por el paso de Vincent van Gogh durante los 15 meses que vivió en este lugar. Además del pequeño puente de madera que se conserva intacto en las afueras de la ciudad, junto al cual fregaban la ropa las lavanderas -.una escena de Sueños, de Akira Kurosawa, lo muestra hablando con ellas antes de internarse en un campo de trigo– , o las hermosas vistas de los Alyscamps que inspiraron otras de sus telas, hay referencias directas a la ciudad en pinturas como Las arenas de Arlés y La Arlesiana. Arlés le rinde homenaje hoy en el Espace Van Gogh, un centro cultural donde varias veces al año hay eventos organizados en torno a la vida y la obra del pintor. Otro museo de arte es el Musée Réattu, por el nombre de un artista local que a principios del siglo XIX organizó este sitio para su propia colección de obras. Con los años, la muestra adquirió una envergadura más universal y hoy expone una valiosa colección con obras de Vasarely, Dufy, Léger o Gauguin. También se exhiben 57 dibujos de Picasso que él mismo donó durante una estadía en Arlés en 1971. Por fin, el Museo Arlaten existe gracias a Frédéric Mistral, uno de los más importantes escritores de Provenza, que donó el dinero de su Premio Nobel de Literatura para comprar y armar las colecciones de artes y tradiciones populares provenzales que hoy se pueden ver en sus salas.

Tal como lo pintó Van Gogh, el viejo puente de madera en las afueras de la ciudad.