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CARIBE
DOMINICANO Sol, merengue y ron En tres décadas, la pequeña aldea de pescadores del extremo oriente de la República Dominicana se transformó en uno de los principales destinos turísticos del Caribe. Hoy, Punta Cana es un gran complejo de hotelesresorts entre cocoteros y playas blanquísimas donde los huéspedes tienen una sola obligación: disfrutar de unos días de buena vida bajo el sol. Por Ariel Abramovich Punta Cana es uno de esos pocos lugares donde la naturaleza y las obras ejecutadas por el hombre pudieron combinarse en armonía. Hace unos treinta años era una zona prácticamente desconocida aunque ya se distinguía por sus pantanos con vegetación abundante, playas delimitadas por palmeras y cocoteros, arena blanca, aguas cálidas y cristalinas, numerosas aves acuáticas y un cielo brillante. En esa época estaba poblada únicamente por unas pocas familias dedicadas a la pesca; hoy es uno de los destinos de mayor crecimiento del Caribe. A pesar del desarrollo inusitado, los atractivos de la región pudieron preservarse intactos, gracias a la concepción que integra el diseño arquitectónico con el entorno tropical. Los abruptos cambios que produjeron las inversiones y la globalización tampoco afectaron el carácter cálido y hospitalario de su pueblo, para el que solamente existen dos estaciones: el verano y una vieja estación del ferrocarril abandonada. El espíritu alegre del caribeño también se mete en la piel al ritmo del merengue y el ron, las máximas pasiones dominicanas. Los casi 40 kilómetros de playas con arena suave y clara están protegidos por un barrera de coral, formada a unos 800 metros de la orilla, que transforma las olas en una especie de piscina natural. Otro beneficio generado por el arrecife es que sirve para conservar a la marea bien oxigenada y transparente. La combinación resulta perfecta para los amantes de la vida subacuática, porque se pueden admirar los cientos de cardúmenes con peces coloridos que llegan a diario, para alimentarse entre los erizos y las infinitas variantes de corales. Como muchas especies se mueven cerca de la superficie, no hace falta practicar buceo para observarlas; un sencillo equipo de snorkeling o los paseos en botes con fondo de cristal, alcanzan para disfrutar del espectáculo.
El reino del sol Punta Cana se ubica en el extremo oriental de la República Dominicana, frente a Puerto Rico, en la provincia de Higüey, que en lengua taina significa donde nace el sol. Actualmente la capacidad hotelera de la localidad supera las 12.000 habitaciones, pero a pesar de su rápido desarrollo no tiene un casco urbano que proporcione una oferta alternativa. La falencia hizo que en los hoteles se intente cubrir todas las necesidades, desde los centros comerciales hasta consultorios médicos. Los complejos respetan un criterio ecológico, que obliga a limitar las estructuras edilicias al diez por ciento de la superficie ocupada por los predios. Los materiales usados también se adaptan a las medidas ambientales, en especial para los espacios públicos, que suelen copiar el estilo de las palapas (cabañas caribeñas), con techos altos y sin paredes. Muy cerca, en el Parque Nacional del Este, está la isla de Saona. Para llegar hay que viajar en lanchas rápidas, único medio de transporte del lugar. La adrenalina producida por la travesía se esfuma velozmente ante la emoción de disfrutar el Caribe a pleno, en una isla totalmente virgen. Entre los manglares tupidos se abren calas chicas, donde las únicas construcciones son los puestos de comidas. Al bañarse en el mar hay que tener cuidado de no quebrar los corales apoyados en el fondo; sin embargo, no es difícil evitarlos porque se los distingue fácilmente en la absoluta transparencia del agua. Las playas de Punta Cana descansan sobre más de 420.000 m2 de jardines tropicales y vegetación exuberante. Como si siempre se hubiese caminado sobre la arena, enseguida uno se acostumbra a recorrer senderos ubicados en primera línea frente al mar y bordeados por cocoteros, lagos con peces y ranas, o toparse con flamencos, tortugas o pavos reales. También a las actividades deportivas y recreativas, que incluyen todas las variantes imaginables: windsurf, esquí, parasailing, buceo, snorkeling, kayak, jetsky, paseos en catamarán, voley, tenis, clases de merengue, etc, etc. Cuando baja el sol y la gente abandona los balnearios, la mejor manera de conocer la zona es en los cuatriciclos, que se alquilan a buen precio. A pocos minutos del sector turístico, los barrancos rocosos junto al mar resultan ideales para gozar el atardecer. Al volver, bordeando la orilla,se pueden recorrer algunos caseríos de pescadores, rústicos y pintorescos. Más tarde, ya de noche, no hay ningún ámbito que escape a las fiestas de salsa y merengue. Y para saciar la sed, que genera tanto ritmo y calor, sólo parece estar permitido usar bebidas preparadas en base a ron.
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