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DE LA “FRACTURA SOCIAL” A LA “FRACTURA DIGITAL” EN EL MUNDO DEL SIGLO XXI
Qué fue de la “nueva economía”

La informática e Internet iban a ser la panacea del desarrollo universal. Iban a cambiar el mundo del trabajo, a impulsar el desarrollo de los sectores y países más atrasados, incluso a inaugurar una nueva civilización. Pero el sueño se quebró tras la caída del índice Nasdaq. Este es el panorama que queda luego del derrumbe.

Suplemento: “Internet es un suple-mento útil que viene a enriquecer una panoplia. Pero mayo del ‘68 no tuvo necesidad de las nuevas tecnologías para existir”.

Por Eduardo Febbro
Desde París

Hasta el tecnocrash de setiembre del año 2000 la nueva economía parecía destinada a ser el motor de lo que el presidente norteamericano Bill Clinton calificó como “la nueva edad de oro”. Los profetas de la red llegaron incluso a insinuar que el milenio naciente, estructurado en torno de las tecnologías de la información, iba a dar lugar a una “nueva condición humana”. En suma, el neoliberalismo high-tech se presentó no sólo como un innegable factor de progreso, a imagen y semejanza de lo que fue la revolución industrial, sino también como el único capaz de absorber las desigualdades sociales. Entre mediados de 2000 y principios de 2001 el discurso de los papas de la tecnología se matizó un poco y las voces que antes advertían sobre “el exceso de entusiasmo y la sobrevaluación del impacto real” empezaron a ser oídas con más nitidez. La amenaza de una “fractura digital” que vendría a profundizar la ya aguda “fractura social” entre ricos y pobres, entre quienes tienen acceso a la capacitación y a las nuevas tecnologías, entre el Norte y el Sur, es un dato que la mayoría de los dirigentes mundiales toman en cuenta.
Varios sociólogos caracterizan la división actual del mundo social no ya entre ricos y pobres sino entre “conectados y desconectados”. La pregunta “¿vamos hacia lo peor o hacia lo mejor?” ha dejado de ser un argumento de las ONGs que ponen en tela de juicio los males de la globalización. En uno de sus últimos números, la revista norteamericana Business Week hacía la pregunta siguiente: “¿La fractura digital es un problema o una oportunidad?”. Para Marc Giget, responsable de la cátedra de tecnología e información en el Conservatorio Nacional francés de Artes y Oficios (uno de los más prestigiosos centros de enseñanza de Francia), la respuesta no es inmediata: “En un determinado momento las innovaciones terminan por reducir las desigualdades sociales. Pero el problema radica en que su difusión no es instantánea”. Jean Gadrey, profesor de economía y autor de un prolijo libro sobre el canto de las sirenas tecnológicas, ¿Nueva economía, nuevo mito?, si hay una respuesta a las posibilidades y desarreglos que acarrea la nueva economía “no hay que buscarla en el discurso encantado de la nueva economía sino en el mundo real del uso social de las nuevas tecnologías”. Las cifras concretas sobre el impacto social y económico del “oro virtual” son más que modestas. En Francia, por ejemplo, el Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos (INSEE) demostró que el porcentaje del crecimiento ligado a las nuevas tecnologías asciende apenas a 0,3 o 0,4 puntos. Mucho más radical es el estudio realizado por el Bureau of Labor Statistics (BLS), un organismo estadounidense que publica anualmente proyecciones sobre el mercado del trabajo por períodos de 10 años. Según los datos del BLS, la gran mayoría de los puestos creados no salen del mundo de Internet ni de la información, sea en lo que corresponde al período 1986-1996 como al que va de 1996 a 2006. Sobre un total de 4,1 millones de puestos de trabajo, entre las diez “profesiones” más significativas al respecto sólo una está ligada a las nuevas tecnologías. Se trata del puesto de analista de sistemas, evaluado con una perspectiva de 521.000 empleos. Las profesiones siguientes corresponden a la economía tradicional: cajeros, enfermeros, vendedores, empleados de oficina clásicos, etc. Comentando esas cifras, Jean Gadrey acota: “Estamos muy lejos de la mitología de un trabajo propulsado por las nuevas tecnologías ya que siete de las 10 profesiones no exigen ninguna educación superior”.
Ningún experto ni analista niega, sin embargo, el “terremoto sociocultural” provocado por la comunicación y la economía de redes. El cambio es real, hondo y a todos los niveles. Basta con ver lo que le ocurrió a la ciudad de San Francisco, literalmente tomada por las “start-up” que desalojaron de sus barrios de antaño a los roqueros y poetas de California. El mismo fenómeno se constata en el sector este de París con la llegada de una clase social joven, pudiente y oriunda del liberalismo high-tech. El ensayista y futurólogo californiano Erik Davis, autor del libro Techgnosis y creador del foro Planet-Work que analiza el papel de Internet en el mantenimiento de un medio ambiente sano, asegura que “la aparición de las nuevas tecnologías perturba nuestro enfoque de la realidad, abre espacios desconocidos y suscita sueños utopistas y temores apocalípticos”. Una opinión matizada por el sociólogo francés Philippe Breton (ver entrevista), para quien “Internet es un suplemento útil que viene a enriquecer una panoplia. Pero mayo del ‘68 no tuvo necesidad de las nuevas tecnologías para existir”. La “trascendencia” cultural de Internet es objeto de debates pero no de dudas. “Diásporas virtuales”, conexiones instantáneas a través del planeta, producción cultural multiplicada, creatividad individual impulsada a través de la red, mundos de creación particulares, comunicación constante, hiperconexión, el balance es eterno. Jérôme Blindé, director de estudios prospectivos de la Unesco, se pregunta “qué forma de mundialización cultural van a engendrar esas culturas transversales”. Pero el planteo deja afuera un dato revelado tanto por las ONGs, las Naciones Unidas, el grupo de los 8 países más industrializados (G8) como por los países occidentales. Esa globalización “dígito-cultural” es tecnológica y no todo el mundo está al alcance de la tecnología. Una vez más, la desigualdad se acrecienta.
Un informe de la Cancillería francesa consagrado a Internet y el desarrollo revela que “en enero de 2000 todos los países de Africa estaban en la red Internet. Pero el acceso a la red sigue estando confinado a las capitales y a los grandes polos económicos, lo que excluye las zonas rurales que agrupan más del 50% de la población”. Un poco más detallado es el informe del PNUD, el programa de las Naciones Unidas para el desarrollo. Allí puede leerse: “Se estima que para acceder a los servicios de telecomunicaciones de base hace falta un teléfono cada 100 personas. En momentos en que ingresamos en el nuevo siglo, la cuarta parte de los países no alcanzaron ese umbral”. En la India, el 99 por ciento de los habitantes carece de acceso a la “información tecnológica” y sólo hay cinco millones de computadoras para mil millones de habitantes... Con estas cifras como telón de fondo, los analistas señalan que a la histórica fractura Norte-Sur se le sumó una nueva herida, “la fractura digital”. Bernard de la Chapelle, jefe de la misión para las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación en la Cancillería francesa, afirma que “las políticas de desarrollo deben adaptarse. La fractura digital es una probeta de ensayo para la preparación de una nueva forma de gobernar el mundo”. Dualismo, exclusión, polos hiperdesarrollados y otros dejados al abandono, progreso con fracturas profundas, el neoliberalismo high-tech es un pulpo con muchas tentáculos. Jean Gadrey teme que “los grandes proyectos high-tech propulsados por las grandes empresas del Norte y los Estados que las siguen terminen dejando en un segundo plano las necesidades urgentes en materia de salud, educación, infraestructuras y agua potable”. Los intelectuales y dirigentes del Viejo Continente no cesan de interrogar y estudiar el “modelo norteamericano” afín de limitar... sus malas influencias. La revolución digital es innegable, pero no por ello constituye la única necesidad del mundo. A este respecto, Jean Gadrey argumenta: “Es incontestable que hay cosas nuevas en la economía actual, especialmente bajo el ángulo de la difusión de las tecnologías de la información en las organizaciones públicas y privadas, así como en la esfera de la comunicación. Pero el modelo de la nueva economía a la norteamericana es, en el plano de lo social, un antimodelo”.

 


 

MARK MALLOCH BROWN, DEL PNUD
“Favorece la igualdad”

Por E.F.

El informe mundial sobre el desarrollo humano elaborado en 1999 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ponía de relieve “la distancia creciente entre quienes detentan un saber y quienes no tienen acceso a él”. La ya admitida “fractura digital” no torna sin embargo escépticos a los expertos mundiales de la ONU. El PNUD parece convencido que las nuevas tecnologías son una panacea posible para el desarrollo. Así lo confirma a Página/12 Mark Malloch Brown, director ejecutivo del PNUD.
–Contrariamente a muchos críticos y al mismo contenido de los informes elaborados por el Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo, usted ve en las nuevas tecnologías una posibilidad de desarrollo.
–El PNUD no alienta a los países en desarrollo a que los fondos públicos inviertan en las nuevas tecnologías. Se trata de lo contrario, de que los fondos privados acudan a esos países. Creemos que las nuevas tecnologías pueden dar lugar a una igualdad mayor siempre y cuando todos los países sigan la estrategia necesaria para equiparse rápidamente. Como las nuevas tecnologías deben suministrar servicios vitales mucho más fácilmente en sociedades que, sin esas tecnologías, nunca accederían a ellos, esas nuevas tecnologías se han convertido en un medio indispensable de la lucha contra la pobreza. Por ello el desarrollo de Internet y de las nuevas tecnologías debe ser una prioridad. Esto no quiere decir que se le consagren todos los fondos públicos. Nosotros no afirmamos que los primeros utilizadores de las nuevas tecnologías serán los más pobres. Pero es obvio que los más desprovistos serán rápidamente los beneficiarios directos ya que esas tecnologías son útiles al servicio de quienes precisamente ayudan a las comunidades más pobres.
–El papel que se le otorga a los nuevas tecnologías es doble: por un lado el de factor de desarrollo, por el otro el de integración en la llamada economía mundial. ¿Comparte usted esa clasificación?
–Las nuevas tecnologías tienen un costo mucho menor que el de las infraestructuras industriales tradicionales. Eso es precisamente lo que explica su expansión veloz en los países en vías de desarrollo. Estoy convencido de que el 95 por ciento de los países son conscientes de que los beneficios que pueden sacar de las nuevas tecnologías compensan en mucho los inconvenientes que pensaban tener. Los dirigentes chinos veían Internet como un medio de desestabilización política, pero terminaron dándose cuenta de que esas tecnologías constituyen instrumentos de la competitividad mundial.

 


 

PHILIPPE BRETON, SOCIOLOGO Y CRITICO
“Hay una utopía de la Internet”

Por E.F.
Desde París

Philippe Breton tiene una mirada menos fanática que otros gurúes de la virtualidad. Sociólogo, especialista de la comunicación y de los impactos sociales y humanos de las nuevas tecnologías, autor de varios libros (el último se llama Culto a Internet), Breton analiza con precisión, neutralidad y distancia las consecuencias de la “revolución numérica”. Frases como las del futurólogo norteamericano Erik Davis: “La posibilidad de trascender nuestra condición humana limitada por el mundo físico nos brinda el acceso a una nueva libertad”, lo dejan indiferente. En esta entrevista con Página/12, Philippe Breton desenreda las ideas que la tela de araña mundial enredó.
–Usted no parece compartir el espacio de esos pensadores que afirman en voz alta que estamos empezando una nueva era cultural.
–Los factores que condicionan el cambio en el mundo son mucho más complejos. El discurso que rodea las nuevas tecnologías acarrea muchas ideas. Pero no creo en el nacimiento de una nueva cultura cuyo vehículo sería Internet. Es cierto que Internet es uno de los medios de la tendencia mundial hacia la homogeneización, pero si observamos bien se trata de un medio paradójico, ya que el modo de comunicación social, de lazo social que propicia es un modo indirecto. El discurso dominante dice que el mundo sería mucho mejor si desarrollamos esa comunicación indirecta, todos sostienen que el futuro pasa a través de las tecnologías de la información, que vehiculizan valores esenciales. La promesa de un mundo mejor ejerce una gran presión sobre la juventud y fue la base del entusiasmo por la nueva economía. Pero ese discurso es un verdadero culto, como el surgimiento de nuevas religiones que irrumpen en un mundo que pierde sus marcas. Muchos intelectuales defienden la idea de que la humanidad podrá pasar a una nueva etapa de su evolución gracias a las nuevas tecnologías.
–Esa es la idea contra la cual usted se manifiesta en su libro. Una suerte de discurso mundial que promete un porvenir si todos estamos conectados.
–Efectivamente. Muchos intelectuales y pensadores quieren colectivizar los espíritus promoviendo una suerte de espiritualidad global en el ciberespacio. Se habla entonces en nombre de una promesa de un mundo y de un hombre mejor cuya conciencia, ampliada, estaría conectada, fundida en la conciencia colectiva. Internet acarrea la utopía de una sociedad pacificada pero renunciando al encuentro directo. El mundo exterior aparece como sucio, como amenaza permanente y peligro constante. Aquí encontramos las huellas del sistema puritano norteamericano, para el cual el mal empieza con el contacto con el otro.
–Usted tampoco coincide con otro segmento del discurso dominante que dice que gracias a Internet las ideas pueden federarse, que con Internet los movimientos de protesta a través del mundo están más cerca que antes.
–Internet es un medio que sirve para movilizar. Sin embargo, en épocas pasadas hubo movilizaciones gigantescas sin la necesidad de Internet. La Internacional comunista tuvo una capacidad de movilización mundial importantísima.

 

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