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el Kiosco de Página/12

La mezcla
Por Rodrigo Fresán

UNO A una semana de proclamada la nueva Ley de Extranjería no ha ocurrido gran cosa o, según se lo prefiera, han ocurrido demasiadas. El Gobierno Central no ha puesto en marcha –tal como lo aseguró– la cacería al inmigrante ilegal optando por la delicada sugerencia de que lo mejor sería que volvieran a sus países de origen para normalizar la situación y, entonces sí, volver con papeles a la Madre Patria que los parió (en el caso de los sudamericanos) o a la Tía Cercana que los invita a trabajar en sus campos que tan lindos y fértiles son (en el caso de los marroquíes). Ordenar el desorden es la idea y el lema. Por otra parte, toda la intelligentzia local se ha encargado de firmar columnas, ensayos, manifiestos y solicitadas manifestando su avergonzada indignación por semejantes medidas. Sonido y furia, en cualquier caso, mucho ruido y unas cuantas nueces que le otorgan a todo el asunto más o menos el mismo valor coyuntural que se le dedica a todos los factores que han acabado consolidando una suerte de principio de anno horribilis para el Partido Popular. Un enero negro y frío en el que un submarino atómico descompuesto en Gibraltar se llena de vacas locas mientras el Poder Judicial se “subleva” ante indultos gubernamentales y anula congelamiento de sueldos, la inflación resultó ser más alta de lo que parecía, los soldados radioactivos caen cuerpo a tierra, los hombres le pegan más a las mujeres y, en el horizonte de las encuestas, el líder de un PSOE al que hasta hace poco se suponía decapitado sube y sube y sigue subiendo.

DOS Pero lo más interesante de todo –mientras los inmigrantes ilegales en huelga de hambre comienzan a ser hospitalizados a la vez que son acusados por la Delegación del Gobierno de Barcelona, luego de haber rechazado un 70 por ciento de los trámites de regularización, como promotores de “un chantaje social inaceptable”– son los resultados de ciertas inquietantes encuestas y estadísticas y cláusulas en letra pequeña o números grandes. Ya se sabe, el material duro y frío que funciona como el andamiaje teórico y permanente de las noticias diarias y perecederas. Así, por ejemplo, nos explican que la disminución de derechos sociales de un inmigrante ilegal lo lleva al reflejo automático de la delincuencia. Nos enteramos en una carta a un periódico que “prácticamente el único derecho que tiene un inmigrante en nuestro país es el de abrir una cuenta corriente en un banco; para eso no se les pide papel alguno”. O que el 48 por ciento de los españoles se considera “bastante o muy racista”. O que, a la hora de la verdad, España “el país que tendrá la media de edad más elevada del mundo en el año 2050, deberá acoger cuatro millones de inmigrantes hasta el 2020 (doce millones durante el próximo medio siglo), si quiere mantener el equilibrio entre ciudadanos activos y jubilados. Esto plantea la necesidad de 240.000 a 300.000 inmigrantes por año”. ¿Entonces? Algunos apuntes al paso a la hora de procurar comprender un problema que aparentemente no sólo no existe sino que tiene una obvia solución: se habla, por primera vez en mucho tiempo de un “Nuevo Orgullo Español” donde todos están muy contentos y qué bueno que así sea; de un sentimiento que los más eufóricos traducen en justo derecho después de tantos años de hambruna y los más alarmados de brote nacionalista en el peor sentido de la palabra. Se trazan fronteras, se delimitan actitudes humanitarias, se niega la historia reciente y antigua, se vive una suerte de presente épico que empieza a hacer agua como submarino nuclear o a trastrabillar como vaca loca. Se escuchan, al pasar, nuevas variaciones sobre aquella modesta proposición swiftiana rebajada a chistes del calibre de “Joder, si no podemos comer más carne ahí tenemos a todos esos inmigrantes”. Se posterga el inevitable convencimiento, la bienvenida admisión de que el planeta del siglo XXI será mestizo o no será y que los países –para bien o para mal– se convertirán en habitaciones de una misma y gran casa donde resultaría desafortunado que te pidieran explicaciones cada vez que uno intenta pasar de la sala al comedor y todo eso.

TRES La semana que viene sale el nuevo disco de Jarabe de Palo, una de las bandas líderes del pop español. Una de esas bandas tan a la moda que –con astucia o con sentimiento, da igual– se las arregla para combinar sonidos de todas las partes y todos los puertos. Por ahí, en una de las canciones, se escucha, con voluntad de sofisma socrático que “En lo puro no hay futuro / la pureza está en la mezcla / en la mezcla de lo puro / que antes de puro fue mezcla”. Dicen que va a ser la canción de moda, que va a vender mucho, que se va a escuchar en todas partes y a toda hora.

 

REP

 

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