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LA ENVENENADORA DE MONSERRAT, EN LIBERTAD, CON UN NOVIO CIEGO
La otra vida de Yiya Murano

Fue condenada a perpetua por envenenar a tres personas. Desde 1995 está libre y sigue jurando inocencia. Ahora tiene novio, un hombre de 75, ciego. �Fue amor a primera vista�, explica él. Ella le administra plata y remedios. Pero en el edificio de él no están conformes: ella tiene prohibida la entrada.

En el edificio de Constitución, allí donde vive don Julio desde hace 16 años, el consorcio no acepta la entrada de Yiya.

Por Alejandra Dandan

El viejo toca la calle con el bastón sin saber que Charly lo observa desde enfrente. Apenas cruza, en tinieblas, busca la mano del dueño del bar. El lugar huele a cuerpos de bocas carmesí y remeras ajustadas. El viejo ocupa la mesa donde espera a su amor francés: “l’amour fou”, dirá, y explicará que fue un “amor a primera vista, porque ciego y todo me enamoré.” A tientas destapa un frasco lleno de las pastillas que Charly confunde con Trapax, los sedantes que lo duermen, de tarde, hasta las cinco. La compañera del viejo es esa mujer que entra, capaz de transformar en escenario cada lugar visitado. No la llaman Mercedes, como lo hace él, le dicen Yiya de Murano y en seguida, separado por comas, agregan: “La envenenadora de Monserrat.” El viejo es Julio Banin, un vencido corrector de diarios, colaborador de Timerman y de Carlos Vigil. En esa mesa de bar pasan las tardes. Yiya habla de “Julito”, de un libro y de su nueva boda con él. Allí, en Salta y Pavón, en el café, en el edificio de don Julio, en el barrio, su presencia genera las mismas ambivalencias: el trato amable y el temor nunca olvidado al cianuro en las masitas.
Yiya de Murano puede aceptarse leyenda, aunque sólo de categoría. “¿No es más interesante la vida de estas pobres putas?”, sugiere. “Que me disculpen la expresión o, como se dice ahora, las meretrices.” Página/12 estuvo con ella y con el viejo Julio Banin, veterano del gremio de prensa. De 75 años, que prefiere ocultar.

En la UTPBA

En una diagonal del microcentro está la obra social de Prensa, el edificio al que hace unos años fllegó Yiya para repetir visitas de dos y tres veces por semana de la mano de un ciego. Nunca se ocultó ni se quitó sus lentes de botella gruesa, ni la medalla de la Virgen de los Milagros enganchada al cuello. “Por favor –pidió alguna vez al médico–, no me diga Yiya, llámeme Mercedes.”
Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano hacía dos años había quedado liberada de la cárcel de Ezeiza.
En Constitución, Julio Banin pasó los últimos dieciséis años. Un mes después de la muerte de Ana, su segunda mujer, los vecinos conocieron a la señora que se ocuparía del viejo. Dijeron qué buena mujer y eso pensaron hasta verla en la tele. La vida de Yiya pasó de piso en piso. Un día, en la planta baja, le prohibieron la entrada a la casa.

Desconfío

Nadie responde el timbre en lo de Banin. Al otro lado de la puerta, una señora entretiene a dos nenes en el rellano del edificio. Enseguida abre, dispuesta como compañía hasta el piso del viejo. “Seguro que está –insiste, aunque nadie responde–: seguro, lo que pasa es que le meten calmantes y hasta las cinco no lo levantan.” Las asociaciones son inevitables, el viejo ciego toma remedios que, por las pocas informaciones reunidas hasta aquí, parecen provistos por... “Pero ella no entra –interrumpe, telepática, la vecina–: no entra desde que supimos quién era, porque acá somos una gran familia, si no, esto no funciona.”
El timbre sí funciona y por la insistencia, el viejo está bien dormido. Desde el pasillo, la mujer precisa una rutina exacta: “A las cinco, a esa hora puede encontrarlo en el bar, sino, está solo a la mañana.”
A la mañana siguiente no hay cervezas en las mesas ni mujeres disponibles para citas. Hay un rayo de sol limpísimo que empieza a colarse tibio entre las canas grises del viejo. Frente a un vaso, él destapa a tientas un frasco chiquito. “Qué estás tomando? –se inquieta Charly– ¿Son las Trapax, no?” El viejo dice no, son aspirinas.
Ahora se vuelve inevitable pensar en otro frasco, cientos de veces nombrado en las crónicas de los crímenes de Murano. Es el pastillero queYiya sacó de la casa de su prima apenas le anunciaron la muerte. El frasco tenía las pastillas que la envenenaron.
–¿Nunca desconfió, don Julio?
–Lo que pasa es que, un ciego, hay matices que no ve, no puede; tenés que guiarte por la versión oral ¿viste? A pesar de eso, nunca tuve duda, ella habla tan bien de mí, que hasta exagera.
–Pero confiar se vuelve difícil...
–Digamos que sí, pero necesito confiar plenamente aunque muchas veces yo sé que se escapa alguna mentirilla, pero qué le vas a hacer, tengo que decir a ver cómo es eso, para que repita.

L’amour fou

Una de estas tardes alguien con celular y buen auto pasó a buscar al viejo por Constitución. “Soy la hijastra –dijo y sugirió galante a los cronistas–, mejor vuelvan en otro momento.” Aquella chica, el celular y el auto trasformaban al viejo, de pronto, en un anciano con respaldo financiero.
El dinero fue uno de los móviles por los que actuó Murano. La condena a cadena perpetua incluyó homicidio y estafa en grado de reiteración. Sus amigas le habían prestado fuertes sumas de dinero que nunca devolvió. Un mes antes del vencimiento de un pagaré, su prima cayó rodando de un paro cardíaco.
Pero la economía del viejo aún es incierta. Hasta el ‘79 se sostenía con cientos de trabajos chicos. Estuvo en Humor, en La Ley y corrigió las editoriales de Timerman “cuando desaparecía gente, ¡uy Dios mío!, Jacobo se las arreglaba para poner aunque sea en tres líneas ‘desapareció fulano de tal’.”
Cuando le faltaban dos meses para la jubilación, el viejo quedó ciego. Fue en el ‘79. Ese mismo año, el 27 de abril, la Justicia probaba la existencia de cianuro en las papilas estomacales del cuerpo de la prima de Murano. Ella fue detenida. El viejo no lo supo.
–Por ese entonces yo trabajaba en Atlántida –dice–, sé que Gente había publicado algo, pero yo no recuerdo nada.
Unos años más tarde dejó su casa de la Boca y entró en un crédito por el departamento de Constitución, el barrio donde conoció a Yiya.
–Me la presentaron y charlando, charlando... En ese entonces yo tenía que ir a Prensa para ver al médico y no tenía con quién ir; mi señora trabajaba y mi hija también. Y justamente le pregunté si me podía acompañar. “Sí, cómo no”, me respondió porque es muy buena, tiene muy buen corazón. Me atiende todo el día, de eso no se le puede decir nada.
–La conoció antes de que su mujer falleciera.
–Sí, pero eso entra dentro de lo privado.
Hace algo más de dos años, Ana Cáceres, la mujer de Banin, moría de paro cardíaco. Era empleada doméstica. Desde la muerte, Yiya lleva las cuentas del viejo, cobra su jubilación y paga sus gastos de remedios. Y se los administra.
–¿Alguna vez hablan del tema?
–Sí, por la televisión lo están contando día por medio.
–Usted es un hombre preparado. ¿Por qué aceptó para cuidarlo a una persona, al menos, cuestionada?
–Al menos yo, no puedo creer que haya sido ella la causante de esas cosas, no puedo creer, yo no lo creo. Para mí es una rara metamorfosis, una historia demasiado... Pasaron tantos años y pobre, la cantidad de años de prisión. Yo no tenía opción para elegir. Ella me pidió que sea así. Bueno, tiene simpatía por mí, con los médicos es ampliamente conocida y allá la quiere todo el mundo y ¿sabe el esfuerzo que hace?
–¿No va a contar cómo la conoció?
–Fue una cosa muy... ¿sabe francés? Sabe lo que es l’amour fou, es como un amor a primera vista, digamos, eso quiere decir l’amour fou.
–Pero usted ya estaba ciego...
–Ya estaba ciego, pero ciego y todo, el amor no tiene edades.

Sin pelos

Virgen Santísima, imploró Yiya el día que lo conoció. “Yo le dije a la Virgen Santísima, poneme al lado del ser que más me necesita”. Ahora es Yiya la que cuenta la historia, sentada frente al viejo, que no volverá a abrir la boca. Ella no sabe que existió un encuentro previo, casi clandestino, con ese hombre que un día conoció –en su versión– camino a una función del Cervantes.
–Decime –quiso saber Banin cuando terminó el concierto–, ¿qué tenés que hacer mañana?
–Qué apurado, che.
–No –la despistó–, quiero que me acompañes a mi psicólogo.
“Tengo todo el tiempo del mundo para vos, le dije, y eso le encantó. Y entonces escuché el piropo más hermoso para una mujer: ‘Mirá, yo era ciego, pero desde que te conocí, vos sos mi solcito, ya no soy ciego’. Así que mirá, lo tengo que mimar a mi bebé.”
Yiya habla desde el bar repentinamente convertido en un escenario, como todos los lugares por los que suele pasar. Porque ella no transita espacios, los construye con el cuerpo. No concibe otro modo de andar, no quiere un plató fuera de cuadro. Por eso, aunque está sin un centavo, entrega cinco pesos de limosna. Por eso saluda y seduce, por eso habla y hace callar.
–Cuando lo conoció a Julio, ¿él todavía estaba casado?
–Para nada, Julito estaba viudo, el pobre.
Julio no ve y no es posible cruzar ninguna mirada con él. Oye ese dato falso, sin embargo no habla. Julio ciego no corrige, ni siquiera el lenguaje oral. Yiya lo precisa callado, para mantenerse parada en ese escenario que acaba de inventar. Tal vez, hasta lo necesite ciego. “Te digo –le reprochó un día antes al viejo–, vos andá y respondele a la chica, hacelo Julito. Pero después, acordate, a mí no me ves más un pelo. Ya lo sabés.”
Julio bajó la cabeza.

El bolero

La ficción frente a su vida, dice Yiya, queda extremadamente corta. Muchas veces le han dicho que ha vivido un cuento. Hay un bolero que en este momento se quiere acordar, se lo cantaba un antiguo amor, era Antonio Murano, su primer marido, muerto mientras ella estuvo en prisión.
El viejo ahora sí dice algo, se escucha un murmullo muy bajito en el bar: “En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse, imborrables recuerdos...”.
Ni siquiera en el final le da descanso Yiya: con un dulce codazo lo hace callar. Es que tiene algo que decir: “En abril nos casamos, ¿qué te parece la noticia?”.

 


 

UNA MUJER QUE PASO DE LOS VIAJES A LAS CARCELES
Las tardes de té en la confitería

Por A.D.

En Buenos Aires eran los años de la dictadura militar. La historia de Yiya Murano, en el ‘79, logró escandalizar a la clase media porteña que devoraba las cientos de impresiones de diarios buscado detalles escabrosos sobre un tema al que la censura no parecía limitar. Yiya aún era la señora María de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, de padre militar, familia acaudalada y señora de un doctor, Antonio Murano, abogado civil retirado. Hasta el viernes 27 de abril de 1979, fue la esposa que alternaba su vida doméstica con funciones en teatros, tardes de té en confiterías del centro y viajes a Punta del Este y Mar del Plata. A partir de ese viernes, cuando un agente de policía golpeó la puerta de su departamento en la calle México, su nombre apareció en títulos catástrofe, pero no como Mercedes, sino como Yiya, la envenenadora de Monserrat.
Después de una absolución que fue anulada, Yiya fue condenada a cadena perpetua por envenenamiento a tres mujeres. Eran tres amigas. Yiya les convidó masas con cianuro para no devolverles la plata que le habían prestado.
Sólo un mes antes de la detención comenzaron las sospechas. El 24 de marzo murió su prima Zulema del Giorgio de Venturini. En pocos días, el certificado de defunción pasó de paro cardíaco a envenenamiento. Tres días después de la muerte, vencía un pagaré concedido a Yiya por veinte millones de pesos. Ella le había ofrecido a su prima actuar como intermediaria de inversiones de capital. Unas cartas de Zulema, recogidas tiempo después por el juez, dieron cuenta de la demora en una devolución que para esa fecha se hacía impostergable. Ese día, Yiya entró al edificio de Zulema con un paquete de masas. Enseguida, el portero le avisó que su prima había rodado por las escaleras y estaba casi muerta. Yiya pidió sin demoras las llaves de la casa, entró y capturó un frasco con medicina y el pagaré. Fue la hija de Zulema quien notó la falta de ese documento y las sospechas comenzaron a tejerse sobre la deudora que, ya por ese entonces, contaba a otras dos finadas entre sus amigas más cercanas.
Hasta ahí, nadie había notado patrones comunes entre las otras dos amigas muertas de Murano. Cuando se analizó el primer cuerpo, los peritos vieron restos de cianuro alcalino en las papilas estomacales en cantidad suficiente como para matar a treinta personas. Cuando Diego Pérez, el juez de instrucción, ordenó la prisión preventiva, suponía que las masas llevadas al departamento de su prima le servirían para reforzar el efecto de ese otro medio empleado, un aparente medicamento que retiró del lugar.
Yiya estuvo presa por primera vez entre el ‘79 y el ‘82, cuando fue absuelta en primera instancia. Tres años después, el fallo fue anulado y le dieron prisión perpetua. En noviembre del ‘95 quedó en libertad, beneficiada por una conmutación de penas y la ley del dos por uno.
Los viejos cronistas de la época hablan de su extremo poder de seducción y del troperío de amantes lúcidamente manejados por ella. Hubo un médico y otro abogado, además de su marido, entre los hombres mencionados por su grado de sumisión a la señora.

 

La marca de Panchita

No hay olores que la perturben. El trauma es literal: Yiya no huele. Un año después del encierro, en el ‘80 fue sometida a una operación por un aneurisma en el cerebro. Esa pelota formada en el torrente de sangre, como lo explica, fue extirpada. Ahora, en su lugar, hay un gran hueco profundo que Yiya, con una mano extendida, invita a recorrer. “Ahí tuve el cañito: cuando me sentaron veía doble: en mi vida tomé vino y parecía una borracha porque veía todo doble.”
Mercedes nació en Corrientes y, aunque vivió de chica en el campo, fue recorriendo cada provincia
detrás de los destinos de su padre militar. “Todas, menos Salta y Jujuy, y tengo que ir porque ahí está el Señor de los Milagros, después de todo, gracias a él yo vivo.”
Del campo arrastra el apodo pronunciado por primera vez por su abuela como
Yiyi y también arrastra un sonido sordo, uno de los pocos espacios donde su memoria no encuentra sostenes y se pierde: “Era cuando les ponían a los animales el sello a fuego, mirá... de eso me acuerdo: yo me tapaba los oídos y disparaba, porque veía a los animales cómo sufrían, yo me tapaba los ruidos. Algo espantoso era, cuando te ponen con fuego, que te marcan, me acuerdo de eso”.
Panchita se llamaba su muñeca cuando a nadie se le ocurría ponerles nombre difíciles a los juguetes.
Pero Panchita no era un juguete, era una nena que
Yiyi llevaba de paseo. “Siempre me gustaba dirigir, dirigir los juegos, ay... era terrible, quería que me hicieran caso.”

 

Entre frasquitos y pagarés

La puntita de una cuchara con cianuro sobra para matar a una persona, Yiya puso en unas masas dosis como para liquidar a treinta. Convidó el postre a Carmen Zulema del Giorgi de Venturini. Era su prima, su tercera víctima y la que desencadenó la investigación. Pero también le dio un poquito a Nilda Gama, su vecina de piso y a Chicha, su amiga Leila Formisanto de Ayala, conocida de los veranos en Mar del Plata.
–¿Tortas? –se prepara Yiya–. Jamás de los jamases invité a nadie a comer y todos los té los tomábamos afuera, nunca hice té en casa. Me gustaba mucho el teatro o cenar. Se han dicho tantas mentiras, tanto distorsionado... cómo puedo decirlo: escandalosas, tenebrosas, se ha querido presentar algo monstruoso de algo que no fue.
Es absolutamente sincera. Lo es. Sobran pruebas, pero Yiya ni siquiera las niega. Ha construido con su vida otra historia.
Al frasquito que sacó del departamento de su prima mientras todos socorrían a la finada agregó el pagaré firmado por un préstamo. Fue la ausencia del papelito lo que despertó las primeras sospechas.
–Qué frasquito, ningún frasquito –se enoja–; yo tenía perfumes, era la loca de los perfumes, por favor. En mi casa tenía todos los frasquitos con mis perfumes franceses porque a veces uso colonia y un buen jabón, eso sí, de gliserina. Preguntale a Julito que cuando me llama le dicen se está bañando Mercedes. Soy mujer de tres baños diarios. Ahora tengo dos, porque ando toda la siesta en la calle, estoy con él de la mañana a la noche.
Es ridículo regresar al pasado, pero el repaso apasiona. Yiya irá negando cada motivo de la condena. “Fijate –propone– que al principio iban sacando cada vez más cuerpos para abrir.” Ya detenida, una enfermera la llamó: “Vení Yiya y reíte: ahora dicen que envenenaste a once.”
Desde hace años insiste, como ahora, con la publicación de un libro: “La verdad, por Yiya Murano, aunque no sé si va a llamarse así.” Para ella lo importante es borrar el cianuro porque “cuando vos te acercás a una persona envenenada a menos de un metro, te quemás.” Nadie se quemó por aquellos años en los auxilios y, sin quemados, no hay veneno: sin veneno, es cierto, Monserrat dejará de tener a una envenenadora para la historia.

 

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