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el Kiosco de Página/12

Sharon, el sitiador sitiado
Por Manuel Vázquez

Israel es uno de los pozos sin fondo de la razón contemporánea y es que los sueños de la razón pueden engendrar monstruos. La victoria de Ariel Sharon confirma otra vez la hegemonía del Likud y la de un peligroso político militar que casi se adapta a la silueta del ángel exterminador. Hasta ahora, Sharon no ha hecho otra cosa que predicar el expansionismo israelí, practicarlo y mantenerlo costase lo que costase, incluso machacando campamentos de refugiados palestinos en el Líbano, acción que lo hizo famoso como uno de los carniceros más singulares de la segunda mitad del siglo. El último estallido de violencia que rompió la pauta pacificadora de Clinton lo provocó Sharon con su presencia desafiante en la plaza de las mezquitas y ahí está a la disposición del consumo mediático un político mesiánico, de los convencidos de que los pueblos escogidos por los dioses más ciertos tienen todo el derecho a crear y defender su espacio vital. Curioso: el expansionismo primero prusiano y luego hitleriano, se basaba en el mismo principio.
Las grandes potencias imperiales encabezadas por Inglaterra fueron diseñando el Estado de Israel a partir de la descomposición del Imperio Turco en la Primera Guerra Mundial, mediante la fundacional Declaración Balfour y luego, tras la segunda contienda, Israel se convirtió en Estado pasando por encima de los cadáveres y los derechos históricos y vivenciales de los pueblos árabes habitantes de la zona. También pasaron por encima del cadáver del alto comisario de la ONU, el conde Bernardotte, víctima del terrorismo israelí, impune e imparable y servido por activistas que con el tiempo serían estadistas e incluso uno de ellos recibió el Premio Nobel de la Paz. Tierras y propiedades de los palestinos fueron expropiadas y el primitivismo de las estructuras políticas, sociales, institucionales y militares de los pueblos árabes propició el expansionismo judío, respaldado por una importante tolerancia universal cargada de mala conciencia por los padecimientos causados a los israelíes en su larga diáspora y por la barbarie final del Holocausto nazi. Sartre, en un memorable trabajo sobre la cuestión judía, marcaba la pauta de la inteligencia progresista europea que aun reconociendo la brutalidad de la irrupción del Estado de Israel, y la miseria a la que quedaban condenados los palestinos, no podía evitar cierta sensación ética de justicia histórica ante la reconstrucción del imaginario de lo que pudo ser el Israel del subconsciente cristiano.
Más de cincuenta años de existencia del Estado de Israel lo confirman como un hecho consumado y sus razzias expansionistas han creado problemas obviados durante la Guerra Fría. La crueldad ejercida por los israelíes contra la población árabe, hasta el punto de haber legitimado el derecho a la tortura como una razón de supervivencia, ha sido uno de los espectáculos más difíciles de digerir por la buena conciencia occidental, capaz de combatir la crueldad de Milosevic y no la del poder político militar israelí aplicado a matanzas disuasorias de la capacidad de resistencia de los palestinos. La histeria de un Estado a la vez sitiador y sitiado, dominado por una relativa mayoría social opuesta a hacer concesiones o devoluciones fundamentales a los palestinos, se confirma con la victoria de Sharon, acogida con alivio por algunos dirigentes palestinos que prefieren la claridad de ideas exterminadoras de Sharon que el quiero y no puedo pacifista de los laboristas.
El sector maximalista de la resistencia palestina escoge el enfrentamiento directo que pueda acentuar las contradicciones en el seno de los israelíes, el sitiador sitiado. También creen los maximalistas que la recomposición de la estrategia del nuevo orden internacional podría propiciar un frente de países árabes contra el Estado de Israel, aunque hasta ahora cada confrontación ha reportado a los israelíes victorias y expansiones más o menos contundentes. El sector palestino posibilista, representado ahora por Arafat, tiene los mismos problemas que los laboristas israelíes: el quiero y no puedo pactista. Sharon ha predicado durante su fulminante campaña electoral que él es una garantía para la paz, como si guiñara el mismo ojo que De Gaulle guiñó a los rebeldes argelinos. De momento su nombre sólo evoca la paz de los cementerios.

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