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MURIO JOSE BARRITTA, EX JEFE DE LA HINCHADA DE BOCA
Se fue el Abuelo de los barrabravas

 Tenía 48 años, pero parecía tener muchos más. Murió a raíz de una pulmonía, casi olvidado por todos, aunque sus restos fueron despedidos por hinchas de Boca al grito de “Se siente/ José está presente”. Estuvo preso cuatro años por asociación ilícita y extorsión. 
José Barritta, “El Abuelo”, fue un símbolo del barrabrava con buena llegada al poder.
Durante dos décadas tuvo estrecha relación con jugadores, dirigentes y políticos.

Por Fernando D’Addario

Durante años, el “fierro central” (“paraavalanchas” sería su traducción al lenguaje cotidiano) de la Bombonera le perteneció, y ése, un detalle nimio para la gente normal, acaso haya sido su capital más codiciado. Hacia allí –y desde allí– se dirigían todas las miradas, y miles de hinchas de Boca crecieron los domingos viendo a ese hombre de camisa blanca, en cuero a veces, canoso, viejo desde siempre, que miraba los partidos de costado, arengando a sus colegas de menor jerarquía con un breve movimiento de su brazo derecho. Los hinchas, barrabravas o no, explicitaban su pertenencia: “Oh, yo soy del Abuelo/ peronista/ y bostero...”. Desde hace un tiempo, ese “fierro” era patrimonio de barrabravas sin nombre ni historia. Desde ayer, forma parte de la leyenda: su dueño, José Barritta, alias “el Abuelo”, murió a los 48 años, a raíz de una neumonía crónica. 
Ayer, entonces, murió un violento. Jefe de una “asociación ilícita” y extorsionador, según dictaminó oportunamente la Justicia. Hombre de familia, calabrés para más datos. Un tipo que besaba a las señoras y a los chicos, que firmaba autógrafos y colaboraba con el Hospital de Niños. Una suerte de ídolo bizarro, reivindicado medio en serio y medio en broma por aquellos que sueñan con insertar en la vida real, aunque mirando desde una distancia prudencial, las ficciones mafiosas inmortalizadas por Scorsese. Lo cierto es que el Abuelo vivió una vida de película, y el recorrido de su argumento obliga a dar vuelta una y otra vez su prontuario, para extraer de él, como si fuese un testamento, las razones de su leyenda. 
Habrá que decir que se hizo de abajo. Llegó a Buenos Aires de la mano de sus padres, cuando sólo tenía dos años, y se crió en una casa humilde de la calle Olavarría, barrio de La Boca. Habrá que decir que su madre, una calabresa que jamás llegó a hablar correctamente el castellano, no llegó a enorgullecerse de su hijo el dotor, pero a cambio lo vio subir imperceptiblemente otro escalafón, paralelo al rango social, nobiliario al fin: el de la barra brava de Boca. En el camino quedaron sus sueños de futbolista (se probó con éxito en Excursionistas, como número cuatro, pero abandonó enseguida debido a su reconocida vagancia), largamente recompensados por sus méritos como hincha. De ser el “muchacho almacenero” (su familia tenía una despensa en San Justo) que le hacía los mandados a los dirigentes pasó a formar parte de los verdaderos buenos muchachos. No tardó en convertirse en hombre de confianza del entonces (fines de los ‘70) jefe de la barra brava de Boca, el también legendario Quique “el Carnicero”. Menos tardó en desplazarlo de la cúpula, en una lucha de poderes dirimida a balazos en la plaza Matheu. Una vez ungido capo di tutti capi (el hincha más poderoso de la hinchada más poderosa del país), el “personaje Abuelo” comenzó a desplazar, paulatinamente, a José Barritta. Todos conocían las hazañas del Abuelo, de las que Barritta salía siempre indemne: en 1981 apareció con sus lugartenientes en la concentración de Boca, previo al partido definitorio con Racing. “Tienen que ganar y dejar de joder a Diego”, les pidieron a los jugadores, y la exhibición discreta de un par de pistolas sirvió para potenciar la efectividad del pedido. José era un temperamental. En 1990, en ocasión de un picado en la escuela de fútbol de Claudio Marangoni, le puso una navaja en la garganta al árbitro, que ante semejante muestra de efusividad hizo todo lo posible para que el equipo del Abuelo ganara por goleada. Aclaración: no hay pruebas de ninguna de estas “anécdotas”. Forman parte de la leyenda, y en función de tal se agrandan, achican o deforman a gusto y placer de quien las cuenta, con el paso del tiempo como aliado. 
Esa misma volatilidad se reconoce en sus vínculos políticos. Apoyó en su momento a Antonio Cafiero en la interna peronista, pero no dudó en sumarse a la caravana menemista, y fue ayudado más de una vez por Carlos Bello, el viejo caudillo radical de La Boca. Algunos dicen que era un hombre sencillo y con bajo perfil. Otros juran que era amante de los autos lujosos y las rubias deslumbrantes. Todos coinciden, en cambio, en que tanto los jugadores como los dirigentes de Boca le tenían un respeto –lindante con el pánico, como corresponde en estos casos– reverencial, del mismo modo que (nobleza obliga) éstos se valían de sus servicios (aplausos, puteadas o apretadas eran las alternativas, los domingos y en la semana) para levantar o defenestrar a sus amigos y/o enemigos de turno. Los futbolistas pagaban un “canon” por la protección y el aliento sostenido. Los dirigentes entregaban cientos de entradas de favor para la barra. En la política interna llegó a sacarle plata a Antonio Alegre y también a su opositor, el simpático Payá. Al mismo tiempo. 
El Abuelo tuvo su pico de gloria, y también tuvo Devoto. En tiempos del Mundial ‘86, su poder era tal que se dio el lujo de interrumpir su estadía en México para venir a ver a Boca en Rosario, volver allá y, con el título honorífico de haber corrido a cadenazos a los hooligans ingleses, tomarse unas vacaciones en Acapulco. Para el Mundial ‘90, a su llegada a Milán los barras debieron dormir en el piso, pero una oportuna visita al plantel allanó rápidamente los problemas de alojamiento. Barritta fue factótum de la “Fundación Nº 12” que, con personería jurídica y todo, llegaba a “recaudar” unos 80 mil dólares mensuales. Los jugadores ponían 10 mil. Del resto se encargaban políticos y estrellas del jet set. 
Y cayó en desgracia en 1994. Lo acusaron por el doble homicidio de Walter Vallejos y Luis Delgado, dos hinchas de River asesinados tras una emboscada al término de un Superclásico. Estuvo prófugo 2 meses. La envergadura del personaje motivó que la Justicia argentina, siempre tan atenta, pidiera apoyo al FBI para su captura. Creían que estaba en Boston. Pero estaba en Lomas de Zamora, tomando mate. Se entregó (no sin antes concederle una entrevista a Mauro Viale) y estuvo preso durante cuatro años, no por homicidio sino por asociación ilícita y extorsión. Cuando salió de la cárcel, dicen que ya no fue el mismo. Los subalternos de la hinchada (muchos de ellos debieron purgar penas más duras por aquel crimen) lo acusaron de buchón, le juraron venganza, y el Abuelo dejó de ir a la cancha. Se jubiló de barrabrava y, también, empezó a morir de a poco. 

Víctimas y ausentes

“Es el día más feliz de mi vida.” La frase pertenece a Jorge Cárdenas, el tío de Walter Vallejos, uno de los dos hinchas de River asesinado por barrabravas de Boca, cuando conoció la muerte de José Barritta. “Era un delincuente disfrazado con la camiseta de Boca. Estoy muy contento de que haya muerto. Por culpa de él mataron a mi sobrino”, comentó Cárdenas, que además indicó que “quedó demostrado que a Barritta no lo quería nadie porque en el entierro había poca gente y casi ninguna bandera de Boca”. 
El ex presidente del Boca, Antonio Alegre, sólo atinó a decir: “Que Dios lo tenga en la gloria, es lo único que puedo pedir”. Alegre repitió que a Barritta sólo lo conocía de vista y que mantuvo una única reunión con él. Guillermo Coppola también se refirió a la muerte del ex jefe de la barra brava de Boca. “Yo no tengo nada que decir contra el Abuelo, no lo vi pelear nunca, no sé las cosas que existían, no estaba metido en la interna. Yo he tenido diferencias en su momento y las he arreglado”, comentó. Sobre la ausencia de jugadores y dirigentes en el entierro, el abogado defensor de Barritta, José Novello, aseguró: “Los dirigentes se hacen presentes cuando te necesitan. Son como los políticos”. 

VELATORIO CON gritos Y APLAUSOS
Despedida azul y oro

Un cortejo compuesto por cuatro Mercedes Benz y un nutrido grupo de hinchas de Boca acompañó ayer los restos de José Barritta, “El Abuelo”, hasta el cementerio de la ciudad bonaerense de San Justo, donde fueron sepultados. “José querido, la 12 está contigo..., José querido, la 12 está contigo”, cantaba el grupito de hinchas de Boca que se había instalado frente a la casa fúnebre ubicada en la calle Izaguirre de San Justo, cuando la camioneta color bordó que trasladaba el féretro, envuelto con una bandera de Boca, con los resto de Barritta, se puso en marcha rumbo al cementerio de esa ciudad.
Al “José querido...”, le siguió otro cántico que reflejaba la identificación de esos hinchas con el ex jefe de la barra brava xeneize: “Se siente, se siente, José está presente”. Después cayó una cortina de aplausos. Hasta el momento en que la camioneta Trafic Mercedes Benz que trasladaba el féretro aceleró (la siguieron otros tres coches de la misma marca alemana e igual color, en los cuales viajaban los familiares más cercanos de Barritta), nadie relacionado con Boca había hecho acto de presencia, para despedir hasta quien no hace muchos años era considerado un factor de poder dentro del club.

 

 

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