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LA FABRICA”, UNA EXPERIENCIA INEDITA EN EL BARRIO DE ALMAGRO 
Una auténtica cultura del trabajo

Ante la perspectiva de perder la fuente laboral, un puñado de obreros decidió establecer en IMPA, una fábrica quebrada, un centro cultural. Allí, en un clima de gran solidaridad, comparten espacio recitales, peñas, obras de teatro y la actividad fabril. 

 
Sólo el año pasado, se hicieron allí más de 70 espectáculos.
Sin la cooperativa, el destino de la fábrica hubiese sido un shopping.
 
En “La Fábrica” conviven los obreros con los miembros del centro cultural.

Por Silvina Friera

En la esquina de Querandíes y Rawson, en el corazón de Almagro, el edificio de Industrias Metalúrgicas y Plásticas Argentina (IMPA) se impone como un bastión de resistencia, una cooperativa que, gracias a la lucha de los trabajadores, evitó que la fábrica se transformara en un shopping. En IMPA conviven el trabajo fabril y la creación cultural. Una experiencia inédita que demuestra la existencia de otra cultura, más allá de la que el mercado quiere imponer. 
“Desde el que te abre la puerta hasta el presidente son todos dueños de la fábrica, cobran exactamente lo mismo y laburan igual cantidad de horas. Esto honestamente es una maravilla. Y encima han tenido la delicadeza de cedernos el espacio a nosotros, que no tenemos nada que ver con la industria metalúrgica. La gente dice los negros, como calificativo peyorativo al laburante. A mí esos negros me partieron la cabeza”, explica Javier Distefano, encargado del taller de fileteado. Oscar Starck, asociado que participa activamente en el centro cultural, oficia de anfitrión y conduce a Página 12 por los cuatro pisos de la fábrica, donde se realiza todo el proceso de producción del aluminio que va de la fundición a la laminación. Entre pomos para aerosoles y dentífricos, envoltorios de alfajores y bocaditos, bandejas descartables, máquinas y hornos de fundición, comienza la expedición IMPA. Hace 16 años que Starck trabaja en la fábrica como jefe de laboratorio químico y control de calidad. “Todos ganamos 500 pesos”, asegura con orgullo y acentúa el “todos” como sinónimo de igualdad. “Al principio a los compañeros les costó acostumbrarse a que se dicten talleres, se hagan obras de teatro y recitales”, recuerda. 
Fundada en 1910 con capitales de origen alemán, IMPA fue nacionalizada en 1945. Durante el gobierno de Arturo Frondizi se desarmó su estructura .que incluía una planta en Ciudadela– y se transformó en una cooperativa. En 1997, la última comisión directiva ejerció una política de vaciamiento que incrementó el endeudamiento, al punto de hacerlo impagable, y despidió a 140 trabajadores. Los capitales extranjeros, ávidos de estructuras edilicias, posaron sus ojos sobre la calle Querandíes 4290, a dos cuadras de Rivadavia al 4200, para convertirlo en un shopping. Un puñado de trabajadores decidió dar pelea. En mayo de 1998, con cuentas en rojo, sin luz, gas ni teléfono, los asociados ocuparon la fábrica, recuperaron sus fuentes laborales, desplazaron a los antiguos directivos, nombraron una nueva comisión y entablaron un nuevo desafío: crear un centro cultural.
En el cuarto piso, un viejo depósito reacondicionado funciona como sala de plástica. Livia Koppman, directora de teatro, y Pablo Piñeyro, jefe de producción con 18 años de trayectoria en la fábrica, ceban y ofrecen mate. En una de las paredes, los ojos cómplices del Che miran con ganas de participar en la ronda. La palabra “compañeros” surge en muchas de las frases como si el lenguaje recuperara un término olvidado. “La mayoría de los compañeros entra a las 6 de la mañana y trabaja hasta las 15. Después de tantas horas, los asociados que viven muy lejos quieren volver a sus casas. Por eso todavía participan poco de las actividades”, comenta Starck, que todos los días viaja desde José León Suárez a Caballito, para cumplir con su jornada. Un piso más abajo está el comedor, donde los sábados de noviembre y diciembre del año pasado, empanadas y vino tinto mediante, los asociados se juntaban en las peñas folklóricas. También las clases de gimnasia específica tienen muchos adherentes. “Sirven para atenuar las molestias ocasionadas por los movimientos repetitivos a los que están sometidos los compañeros”, precisa Starck. También en el tercer piso, muy cerca del comedor, hay una máquina, la del ruido constante que se escucha media cuadra antes de llegar a La Fábrica, que los trabajadores bautizaron “Godzilla”, por el sonido de las pisadas del popular monstruo. En noviembre de 1998, Orlando Borrego, compañero del Che en Sierra Maestra, dio una serie de conferencias a los trabajadores de IMPA, presenciada por una nutrida delegación de alumnos universitarios. Recién en mayo del ‘99 empezó a tomar forma la Fábrica Ciudad Cultural. El motivo: el homenaje a Arturo Jauretche por los 25 años de su muerte. “La intención de establecer un espacio cultural en una fábrica -.cuenta Distefano– es generar una movida política. Hacer mucho quilombo sin que tengan la excusa de matarnos, como sucedía en los 70 y obligar al Estado a que se conserven las fuentes laborales”. El año pasado, Koppmann, a cargo de los talleres de la voz, descubrió las instalaciones de IMPA, porque la invitaron a los ensayos de un grupo teatral. Los recuerdos la sumergieron en los 70, cuando estaba en una fábrica metalúrgica con “Arte a propósito”, una agrupación formada por estudiantes y obreros. “Me interesa profundamente la cultura popular, no quiero hacer arte para una elite. Por eso me seduce la historia del hombre común, de las pequeñas gentes y el arte como elaboración de nuevas alternativas”, reflexiona Koppmann. Respecto del precio de las entradas, la política de la fábrica es que sean populares, un promedio de 3 pesos. Además, no cobran seguro de sala. 
El actor Matías Chebel es el coordinador artístico del “colectivo cultural”, integrado por 31 personas que planifican los espectáculos. Conoció la fábrica durante las asambleas generales del Movimiento 501, el que propuso la abstención electoral en las últimas elecciones nacionales. “El crecimiento fue mayor de lo esperado, sólo el año pasado se hicieron más de 70 espectáculos, sin contar los talleres. No hacemos una selección estética de las propuestas que nos presentan. Vemos los materiales, evaluamos la seriedad del trabajo y les preguntamos por qué quieren estar en la fábrica”, comenta. De esta manera evitan que la vorágine de las “modas” utilice el lugar como vidriera. “Siempre se corre el peligro de que el interés por estar en IMPA responda a una actitud snob. Pero esto no deja de ser una fábrica, las instalaciones se ensucian constantemente y el que quiere venir tiene que aceptar estos condicionamientos”, expresa Chebel. “Acá todo pasa por el respeto hacia los otros, algo que no encontrás en las salas oficiales o teatros privados .-aclara Diego Starosta, dramaturgo y director de La Boxe, que se presenta todos los viernes a las 23.30–. Aunque no veo a todos los operarios tomando cursos o asistiendo a las actividades que se organizan, creo que va camino a eso”. 
La Fábrica Ciudad Cultural es un modelo de integración. En Berlín, París y Barcelona varios edificios industriales abandonados fueron ocupados por artistas que levantaron importantes centros culturales. Claude Becker, director administrativo de L’Usine-Lieu Unique, centro cultural de la ciudad de Nantes, estuvo en Buenos Aires en noviembre del año pasado, para brindar unas charlas y visitó varias veces IMPA, asombrado por lo que se estaba gestando. Lieu Unique también desarrolla sus actividades culturales en una fábrica (la de las famosas galletitas francesas LU, de ahí su nombre “Lugar Unico”). Sin embargo, la diferencia con el caso argentino es notable: LU ya no es una fábrica, fue absorbida por una trasnacional que derivó sus actividades a otra ciudad de Francia y la estructura edilicia fue cedida por el gobierno local al área cultural. “Godzilla” ya no hace ruido y el mate está lavado, pero asociados y organizadores del colectivo cultural se sienten orgullosos por la experiencia que están articulando. La “Expedición IMPA” (lejos de las paradisíacas islas del Caribe) fue un bálsamo en tiempos de ajustes salvajes y cultura light. 

La visita de Manu Chao
El 19 de noviembre del año pasado Manu Chao estuvo en la Fábrica Ciudad Cultural. Como suele hacer se mezcló como uno más entre las casi 3000 personas que recorrieron las instalaciones de IMPA en el evento “Fábrica Combustible”, organizado por FM La Tribu. Tomó unas cervezas, escuchó parte del recital de Karamelo Santo y quiso improvisar un par de canciones. Pero la policía amenazó: si Manu tocaba iba a reprimir. El cantante comprendió que la situación era peligrosa y decidió regresar al hotel. Antes de irse estampó su firma en un petitorio de IMPA para que el presidente Fernando de la Rúa condonara la deuda de 2 millones de pesos que la fábrica tiene con el Banco Nación. Manu sorprendió a los organizadores: conocía la historia del endeudamiento, la lucha de los trabajadores por conservar sus puestos laborales y que todos cobran el mismo salario. “Cuando vuelva a la Argentina nos vemos, eso sí con más tiempo, así charlamos de todo esto que es una maravilla”, se despidió el cantante. 

La puesta en escena
Uno de los estrenos más importantes de La Fábrica fue 3EX, obra creada por Gustavo Tarrío y Mariana Anghileri, considerada por la crítica como la propuesta más interesante de la escena teatral de 2000. También estuvieron el espectáculo Dos saxos Dos y la agrupación tanguera Buenos Aires negro, entre otros. En diciembre se destacó La silla mágica, muestra del seminario teatral de La Fábrica, dictado por Ana Cinkö y Raúl Zolezzi, con buenas actuaciones de Alejandra Troilo y Adrián Martín. Se repondrá en abril. Los sábados se presenta La Boxe, con dirección de Diego Starosta y los domingos, Bardo, la puerta de la tierra pura, de Silvana Correa y Mariano Dossena. Entre marzo y abril se estrenarán La masa neutra, dirigida por Jorge Sánchez y Aerótropos, con dirección de Livia Koppmann. El conjunto de tango 34 puñaladas debutará el último viernes de marzo. 

 

 

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