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el Kiosco de Página/12

 

Intimidad

Por Antonio Dal Masetto

Llamado del amigo Alfredo: “No comentés con nadie, asunto confidencial, en diez minutos en el café”. Lo último que supe de él es que andaba en una agencia de detectives privados. Acudo a la cita. “Estoy en plena investigación, trabajo de escucha, las esperas son largas, me aburro, haceme compañía.” Lo más interesante que tengo para esta noche es ver en la tele Sansón contra los muertos vivientes. Esto suena más prometedor. “Te hago pata.” Allá vamos. Un taxi, saltamos un muro, cruzamos un jardín con pileta, Alfredo abre una puerta usando una ganzúa, buscamos el dormitorio en la planta alta. Nos escondemos debajo de la cama. Alfredo tiene una libreta y una lapicera preparados.
Una hora después. Pasos, voces, luces. Un par de zapatos de mujer y otro de hombre quedan en el piso. Movimiento en el colchón, la pareja acaba de acostarse. La voz de ella:
–Amor, sos un salame, te lo dije mil veces pero no querés aprender. –Cariño, él y yo jugamos al fútbol en el mismo club de chicos, sudamos la misma camiseta, a los veinte íbamos a los boliches a levantar minas juntos.
–Dulce, no me contés de esas atorrantas, no hablemos del pasado, el problema es ahora, ¿cuándo te vas a decidir a cortarle la cabeza? El único que se interpone para que vos progreses es Acuaroni.
Alfredo anota algo en la libreta y me la pasa: “Ese es el tipo que me contrató para este laburo”. Escribo: “Acá hay mucha pelusa, soy alérgico, creo que voy a estornudar”. Alfredo me aprieta la nariz con la izquierda y anota con la derecha: “Ni se te ocurra, distraete, pensá en otra cosa”.
–Papi, acordate cuando te puso purgante en la bebida en la fiesta de fin de año y te hizo hacer un papelón delante de todos y encima te acusó de no tener sentido del humor, que no te aguantabas una joda.
–Tenés razón, cariño, es un redomado hijo de su madre, en la primera oportunidad que se presente lo voy a hacer puré.
–Así se habla, éste es mi príncipe –se oye el chasquido de un beso–. Y nada de primera oportunidad, dulce. Mañana mismo vas y lo mandás al frente con el asunto de las cometas que recibe de los proveedores.
–Pero mami, te estás olvidando que yo también las recibo.
–¿Qué te pasa? Precioso, estamos hablando de él, no de vos. ¿O no te traicionó cuando se quedó con la cuenta de ese cliente que era para vos?
–Amor, me juró por la salud de su señora que no fue intencional, que la cuenta se la enchufaron a él. Por otro lado yo también le hice un montón de porquerías. No nos vamos a poner a enumerarlas ahora.
–Bebé, sos un otario y un blando, si querés ganar no te podés poner en el lugar del otro, hay que liquidar sin piedad al enemigo. Además le creés cuando jura por la salud de la bruja de su mujer, que es una arpía impresentable.
“Ahí tenés una señora que no come vidrio”, anota Alfredo. Escribo: “No creo que Acuaroni esté jugando con la salud de su cónyugue”.
–Me pongo loca imaginando a Acuaroni como superior tuyo y el bagayo luciéndose al lado. Me quiero morir. Yo soy la que tengo que estar por encima de ella, que soy una reina, por linda, inteligente y de buena familia.
Alfredo anota y me muestra: “Es cierto, ella está mucho más fuerte que la otra”. Escribo: “La belleza es un hecho subjetivo, ¿cuándo nos vamos?”
–Amorcito, ya sabemos que Acuaroni es una rata a la que hay que envenenar, pero mi corazón noble a veces me juega en contra.
–Bombón, el corazón sacátelo y dejalo en casa. Tuviste tu oportunidad cuando lo mandaron en comisión al Paraguay. Te previne: dásela con todo, cortale las piernas. Dudaste y ahí tenés los resultados, resucitó y ahora trata de clavarte un picahielo en la cabeza. Alfredo escribe: “Lucidísimo razonamiento de la leona. Me gusta esa mina”. Pido la libreta: “Me estoy quedando dormido y soy de roncar fuerte”.
–Bueno, querida, terminala con esto. Este asunto finalmente es un problema mío, a Acuaroni lo voy a hacer pedazos sin asco, calmate. Yo me encargo del tema, por algo soy el hombre de la casa.
–Sí, sí, sí, hasta que no lo vea no lo creo. Vos tenés una sangre más fría que sopa de pensión. Te faltan agallas.
Alfredo: “Cada vez me cae mejor esta mina, es una dura. Leyó a Chandler, habla como Marlowe. Me acabo de enamorar, somos uno para el otro. No laburo más para Acuaroni”. Yo: “Los hombres duros nunca se enamoran. ¿Cuándo nos vamos?”.
Hay mucho movimiento en el colchón.
–¿Qué tenés? ¿Te pasa algo, mamita?
–Esta noche no porque tengo jaqueca, mañana también voy a tener jaqueca, y me parece que toda la semana y todo el mes voy a tener jaqueca.

REP

 

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