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el Kiosco de Página/12

Verano

Por Antonio Dal Masetto

Estábamos en el bar, acodados a la barra, soportando el calor que no terminaba de aflojar aunque ya había pasado la medianoche. Eramos tres, Juan, Pedro y yo. No hablábamos, dejábamos que el tiempo se deslizara y de tanto en tanto ordenábamos otra vuelta. Hasta que entró la muchacha, se acercó al mostrador, pidió un porrón de cerveza y prendió un cigarrillo.
De inmediato nuestra noche comenzó a animarse y después se animó más porque uno de los tres le habló y ella -.alta, delgada, pelo rojo y largo. contestó con una insinuación de sonrisa, una sonrisa más bien para adentro, y aunque no pronunció palabra fue suficiente para empezar a compensarnos de la pesadez del clima y del tedio de las horas vacías.
El que había hablado, Juan, siguió, envalentonado, luciéndose, alardeando de su sentido del humor, de su erudición, tratando de que no quedaran espacios de silencio entre frase y frase, ya que la muchacha .aunque no dejaba de sonreír-. seguía callada, tal vez porque la intimidaran un poco esos tres tipos tan pendientes de ella o tal vez porque simplemente no supiera qué decir.
Juan divagó saltando de un tema a otro y luego, siempre cuidadoso de no perder el estilo ni de incurrir en preguntas demasiado indiscretas, se fue arriesgando con algunos intentos de hurgar en la intimidad de la muchacha. Sus gustos en cuanto a cine, libros, música, deportes. No mucho más.
Ella, definitivamente, no rechazaba la propuesta de comunicación, más bien parecía alentarla, aunque seguía contestando sin palabras, y todo el tiempo, mientras asentía y sonreía, se llevaba el cigarrillo a la boca con gestos rápidos para pegar una pitada breve, una pitada inexistente, que no era fumar porque no tragaba el humo, era sólo el ritual del gesto. Y cuando levantaba el vaso de cerveza también entonces era sólo el ritual del gesto, porque no bebía, apenas se mojaba los labios o tal vez ni siquiera eso.
Así estábamos y los minutos transcurrían lentos y pesados y amplios, aunque ahora nos bastaba con ese mínimo acontecimiento de la muchacha bella contra la barra. De tanto en tanto, ante una nueva pregunta de Juan, ella -.¿cuál sería su nombre?-. reclinaba la cabeza sobre el hombro izquierdo, luego sobre el derecho, miraba la estantería donde brillaban las botellas, parecía meditar una respuesta y entonces se insinuaba como una promesa de que fuera a decir algo. Pero no. Parpadeaba y por momentos sus ojos eran dulces y por momentos despedían destellos maliciosos o quizá malignos, y a esa altura de las cosas los tres deseábamos que la muchacha venida como un regalo a través de la noche y el calor nos hiciera un poco de daño.
Pedimos otra vuelta.
Y de pronto, afuera, del otro lado de la avenida, sonaron tres bocinazos y la muchacha giró, levantó un brazo, se despidió con una reverencia breve y la vimos irse con su vestido negro ceñido y muy corto, las piernas enfundadas en medias también negras, los zapatos de tacos altos. Y, así como había contagiado el bar, al salir a la vereda contagió la calle -.grandes árboles, faroles, rumor distante de motores, el gran silencio detrás–. Corrió a través del asfalto y en los pocos segundos que duró el cruce de la avenida desierta sacudió dos veces la cabeza e hizo volar su pelo largo hacia un lado y hacia el otro, un alarde de gracia, una manera de manifestar su felicidad y su libertad, un desafío al mundo y quizá también a nosotros tres.
Y a partir de ahí, la noche de verano de la ciudad fue un poco más nuestra o un poco menos nuestra, vaya saber, pero algo había ocurrido capaz de poner desorden y fiebre en la inercia y en el abandono, un hormigueo nuevo en las venas y en la imaginación. Y después de esa aparición fugaz de la muchacha no hubo nada que pudiera superarla ni borrarla ni reemplazarla, y siguió siendo, durante las horas que sedeslizaban hacia la madrugada, una imagen de afirmación, para placer o nostalgia o desconcierto de quienes la habíamos visto llegar y luego perderse con su belleza silenciosa y su misterio.
Venga otra vuelta.

REP

 

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