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OPINION
Por Mario Wainfeld

Un blindaje llamado Domingo

El regreso de la campaña permanente. La escenografía dispuesta por el
Superministro. Una oferta al Frepaso. Ruckauf, el canciller, Alfonsín y
Chacho en medio del terremoto. En tiempos de Cavallodependencia.

Domingo Cavallo se reunió con el español José María Aznar y emprenderá vuelo al Canadá. Para no ser menos Fernando de la Rúa convocó a Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Carlos Alvarez y ya se está yendo a por el Papa Juan Pablo II. La agenda del superministro es abierta pero está claro que en estos días volverá a colmarse. Pues bien, el Presidente aspira a no ser menos: verá al primer ministro italiano, de visitante, y pronto recibirá de local al francés Lionel Jospin.
“Somos Cavallodependientes” describe –aliviado, atónito, curioso– un funcionario de primer nivel del Ejecutivo. Los creativos que asesoran al Presidente reformulan a su modo esa lectura: si se entregó el poder, que no se note. El entorno familiar-publicitario ha regresado a su mayor berretín: la campaña permanente. La instalación de la imagen presidencial, dirían los Agulla boys. La ratificación de su liderazgo, prefería el propio De la Rúa. Es, diría Joan Manuel Serrat, el juego que más les gusta. Pese a su obstinación es casi imposible aceptar que es el que mejor saben. Los resultados que han venido obteniendo con esa tozuda táctica vienen siendo, por decir lo menos, poco felices.
El vértigo de los acontecimientos a veces lo disimula o complejiza, pero lo cierto es que el actual gobierno tiene recurrentes patrones de conducta, producto seguramente de su inestabilidad institucional y de las características temperamentales del Presidente. La conducta más recurrente es el tránsito –sin escalas– del pánico a la soberbia autosuficiente (o viceversa) casi sin escalas. Ocurrió con la crisis que desembocó en la renuncia del vicepresidente, omnipotencia primero, miedo después. Produjo recidiva cuando el blindaje hizo sentir a los ocupantes de la Rosada en estado de gracia tras el terror del default. Y vuelve a ocurrir ahora cuando, tras el terror de caer en cesación de pagos, surge un nuevo blindaje hecho de carne y hueso. Macizo, calvo, de penetrantes ojos celestes.

Números que duelen

En el entorno presidencial sueñan competir, foto contra foto, contra Supermingo. “Convocamos a los gobernadores, a los ex presidentes, lanzamos el subsidio a jefes de hogar, conseguimos que Moyano levantara el paro”, se ufanan los allegados al Presidente y fantasean de estar disputando el centro de la escena.
La experiencia indica que esa táctica, que una y otra vez emprende el disco rígido delarruista, está condenada al fracaso. Las encuestas –en esto no difieren las que maneja el Gobierno y la que se publica en la página 6 de esta edición– fotografían un campo de distancia entre la imagen de Cavallo y la de De la Rúa. Nadie cree que los poderes especiales se otorgaron al Presidente. Es más: muy pocos ciudadanos hubieran estado de acuerdo en esa delegación como sí están con la derivación de facultades a “Mingo”.
Ciertos funcionarios de primer nivel celebraron casi a gritos una encuesta de Gallup que dejó muy abajo en imagen a los frepasistas Alvarez y Aníbal Ibarra. Tal vez no advirtieron que –según ese sondeo– la buena imagen nimba sólo a Cavallo y a los presidenciables del peronismo: Carlos Ruckauf, Carlos Reutemann, José Manuel de la Sota. Y que el otro prestigio fuerte, que esa consulta no midió, es el de Elisa Carrió puesta en marcado rol opositor.
Los consultores cercanos al Presidente sudaron frío cuando analizaron otros números: los de la elección de Catamarca del domingo pasado. La Alianza ganó, pero sufrió una fenomenal merma de votos en la capital provincial. La interpretación de los analistas de la Alianza es que las ciudades reflejan más el estado medio de opinión de la Argentina y son el punto fuerte de la coalición gobernante. El interior provincial es más manejable vía el clientelismo político. O sea la Alianza perdió peso en loque fue su puntal en 1997 y 1999 y zafó de perder gracias a los rebusques del clientelismo. Rebusques que sólo maneja en 7 de los 24 distritos electorales, lo que le augura un futuro muy opaco.
Casi no hacen falta números sino un mínimo sentido común para percibir dónde están el poder político y el consenso en estos momentos. No precisamente en la Casa Rosada o en la residencia de Olivos. Tampoco en el Congreso, que –tras insufribles megasesiones que poco favor le harán a su prestigio– le dio a Cavallo menos de lo que pedía pero casi todo lo que quería. Los parlamentarios tendrán de ahora en más un año sosegado, aliviados de los agobios que implica gobernar. Podría usarse para describir su futuro inmediato aquella metáfora de la “figura decorativa” si no ocurriera que muchos representantes del pueblo y de las provincias son entre antiestéticos e impresentables. Las imágenes de TV, sus discursos –con escasas pero ostensibles excepciones (Carrió, Raúl Baglini, Oscar Lamberto, los más conspicuos)– daban entre vergüenza ajena y pena.

El estilo es el hombre

Se fue a España, volvió, pasó por el Congreso un par de veces. Indultó a los senadores justicialistas de las sospechas por las coimas que lubricaron la reforma laboral, se pronunció contra la “judicialización de la política” (una movida que encontró catatónicos a sus aliados frepasistas). Presentó un libro de su autoría. Anunció un blanqueo fenomenal. Reducirá los encajes bancarios. Regañó en público a los banqueros más poderosos. Y, dicen algunos progres de la Alianza que lo alientan desde la tribuna, que no trepidará en exigir bajas de tarifas a las privatizadas de servicios públicos.
Está en todas partes y en todos los detalles. El martes, en medio del fárrago parlamentario, presentó a su equipo. Lo hizo rodeado también por integrantes del gabinete. Los dispuso a su alrededor en forma de U, los que ya estaban de un lado, el staff entrante del otro. Y se encargó, minucioso, de mandar poner un sticker en cada silla indicando quién la ocuparía. La liturgia sugería afectos o importancia directamente proporcionales a la cercanía física con el Superministro. En el gobierno Chrystian Colombo quedó al lado, luego dos de la tropa cavallista, Armando Caro Figueroa y Carlos Bastos. A continuación Enrique Olivera, Pedro Pou, lejos Patricia Bullrich. Mingo y la Piba se conocen desde hace años, fueron aliados políticos durante el gobierno peronista, pero ahora el titular de Hacienda recela de la de Trabajo. Le molestó la jugada que -el mismo día de su jura– casi pone a Bullrich a cargo interinamente de Desarrollo Social. Está convencido de que Bullrich desea para ella –o para algún sector afín del radicalismo– ese ministerio. Cavallo prefiere allí a un frepasista, si es Marcos Makón mejor, y se ha dado tiempo para hacérselo saber (entre requirente e imperativo) a alguno de los chachistas con quien tiene mejor trato.
Por el lado de los economistas la escenografía tampoco tuvo desperdicio. Marx fue el más cercano, seguido del secretario de Hacienda Jorge Baldrich. El frepasista Enrique Martínez quedó a siete sillas de distancia y Débora Giorgi, ex integrante del equipo Machinea, apenas mejor: sexta.

Todos al borde del ataque de nervios

El ministro recién llegado desde la oposición es la mejor (la única, la última) carta del Gobierno. Por añadidura, quiere ser presidente. Una situación digna de ser estudiada en cualquier facultad de ciencias políticas del mundo. Los dirigentes de la Alianza –Raúl Alfonsín y Alvarez incluidos– dicen estar más cerca que nunca de cumplir laspromesas de la Carta a los Argentinos. Una esquizofrenia digna de ser estudiada en cualquier Facultad de Psicología del mundo.
Cabe reconocer algo: hasta el más pintado queda al borde del ataque de nervios tratando de procesar tantos datos nuevos. La hiperquinesis, el neodesarrollismo, el discurso y las acciones volcados a la economía real, la centralidad asumidos por Cavallo. Con contadas excepciones, a oficialistas y opositores se les han quemado los papeles y a todos les cuesta reencontrar su lugar en medio del huracán Mingo.
Carlos Ruckauf, aseguran fuentes aliancistas y alguna del primer nivel de su gobierno, está francamente preocupado y hasta destemplado. Coinciden en que Cavallo lo trató con dureza, que no pudo alinear a su tropa en Diputados, que Duhalde se le está rebelando y armando su juego propio. Los aliancistas agregan que la provincia (y el Provincia) atraviesan dificultades económicas muy severas. Los hombres del gobernador replican que todo está bajo control, que la imagen de Ruckauf sigue bien alta, que la relación con el hiperministro (manejada por el presidente del Banco Provincia y ex miembro de su equipo Ricardo Gutiérrez) es razonablemente buena. En cualquier caso, queda claro que las versiones sobre la situación financiera bonaerense preocupan a Ruckauf quien convocó a los corresponsales de diarios extranjeros para transmitirle su visión de los hechos y prepara un road show a Estados Unidos para mediados de mes con fines similares.
Adalberto Rodríguez Giavarini es –conspicuamente– menos expresivo que Ruckauf. Pero quienes lo rodean narran su visible crispación cuando Supermingo aparece o es nombrado. Cavallo ya le tiró un misil al número dos de Cancillería Horacio Chighizola. Giavarini se opuso a que lo removieran, con éxito. Pero Cavallo –que tiene en menos al canciller como economista y le guarda una añeja bronca porque polemizó con él con energía y bastante éxito en un programa de Mariano Grondona allá por 1995– siempre está dispuesto a una revancha.
Raúl Alfonsín no ha podido recuperarse del shock y como todo el radicalismo acompaña a Cavallo sin entusiasmo pero sin alternativas. Volvió a reunirse con De la Rúa pero sin poder derretir la barra de hielo que se interpone desde siempre entre ellos. Conversó con el ex vicepresidente con quien conserva buen diálogo pero con quien no logra articular movidas conjuntas.
A su vez Chacho Alvarez trata de evitar la diáspora de su tropa (que al cierre de esta edición producía una de sus primeras catarsis y sangrías) convencido de que el Frepaso no debe “volver a empezar” sino seguir en la Alianza. A su ver, una ruptura no sería acompañada por los intendentes frepasistas y significaría un salto al vacío. El camino elegido es un apoyo crítico, difícil de comprender y transmitir. El ex vice se reunió con De la Rúa, por quinta vez desde su renuncia, lo que arroja un módico promedio: una vez por mes. Alvarez intentó convencer a su ex compañero de fórmula que –si se plasmaba la nueva Alianza– su líder sería Cavallo y no De la Rúa. Que para contrapesar el poder del hiperministro era necesario reflotar la Alianza original. De la Rúa asintió. Aunque vale recordar que, como señaló en sus recientes y aceradas declaraciones Federico Storani, De la Rúa siempre dice que sí. Que lo cuente, si no, Ricardo López Murphy, el breve.

Sin preguntas

Un crecimiento del PBI de 4 o 5 puntos antes de fin de año. Reprogramación del pago de los intereses de la deuda externa. Recuperación del consenso y la buena onda colectivas. Renacer de la industria automotriz, entre otras. Los aliancistas miran a Cavallo, su campeón, y se atreven a imaginar horizontes que su gobierno jamás alcanzó. En el camino le han derivado una cantidad de poderes que, o violan la Constituciónnacional o pegan en el poste. Y lo han facultado expresa o tácitamente para arriar varias banderas que no sean las del crecimiento. Por ejemplo, la de la transparencia macillada por el blanqueo y el manto de neblina ofrecido a la tropa senatorial pejotista.
Nadie se pregunta qué pasa si las promesas del ministro no se hacen realidad en el breve plazo que le dará la esperanza colectiva. Nadie se formula siquiera otras preguntas más pragmáticas. Por caso, cómo jugará Acción por la República en las próximas elecciones, cómo intentará traducir en el Parlamento su actual situación –y su actual peso– institucional. Qué nuevas ingestas hará ese Pac Man del poder apodado Mingo.
Los integrantes del Gobierno, como suele ser su costumbre cuando aminora el pánico, buscan reacomodarse sin elaborar mucho sus errores y sin hacerse muchas preguntas


 

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