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el Kiosco de Página/12

El Negro Ocampo
Por Rafael A. Bielsa

El jueves por la mañana le dijo a Sara, su mujer: “Mami, buscame una aspirina que se me rompe la cabeza”. Y se fue al baño. Sara escuchó las arcadas. “Será alguna porquería que comió anoche”, pensó; la noche anterior había cruzado al bar de enfrente para ver jugar a la Selección. Después oyó el ruido de la ducha, un silencio, y al rato un ronquido escalofriante. Quiso abrir la puerta del baño, pero el cuerpo del Negro se lo impidió.
Jorge Ocampo fue un espécimen de argentino que floreció durante la década del 60, aunque como él no hubo ninguno. Peronista, compadrito, arisco, manirroto, barullero. Aprendió tarde y de repente que tenía derechos, y desde que lo supo sintió que profesarlos era una obligación de militante. Una vez me contó que, cuando era pibe y se portaba mal, el viejo –que era gendarme– lo ataba a la alambrada que fijaba los límites del terreno en el que vivían, y con un velador roto le metía descargas de 220 voltios para que aprendiera. “Me reconcilié con él cuando murió, y pude abrazar el cajón y decirle en silencio lo que no había podido decirle con palabras a lo largo de la vida.” Después de los alambres y el velador, llegó Perón.
A la casa de la calle Irala, donde vivía el Negro, llegó el jueves por la mañana la ambulancia de SAME, unos minutos después de que Sara los llamara, pero ya no había nada que hacer. “Nosotros no extendemos certificados de defunción”, le aclararon. No tardó en llegar la policía. “Llame a un médico que certifique las causas de la muerte, señora, porque si no tenemos que llevarnos el cuerpo a la morgue y hacerle la autopsia por muerte dudosa. El forense se lo va a cortar desde el ombligo a la nuez”, declaró pormenorizadamente el agente, mientras Sara, como cualquier viuda ancestral, pensaba borrosamente en los tres hijos del matrimonio, en cómo hacer para quedarse con su muerto para llorarlo a solas, en gritar pidiendo auxilio. Sonó el timbre; era un mozo alto y encorvado, con un maletín polvoriento como un lagarto, que dijo tener entendido que acababa de fallecer el señor Ocampo. “Por trescientos dólares olvídese del problema del certificado de defunción, de eso nos ocupamos nosotros. En cuanto a la tarifa por el servicio fúnebre, vamos a tener que conversar, porque la empresa tiene diversas ofertas para los deudos.”
El peronismo del Negro Ocampo tenía curiosas ramificaciones, como por ejemplo hacia los nombres propios. Sus tres hijos se llamaban respectivamente Javier, el nombre de guerra del Negro durante la resistencia peronista, Juan Domingo y María Eva. Recelaba de cualquier otra combinación, y la combatía resueltamente. Una vez le preguntó a un abogado amigo cómo le había puesto al primer hijo. “Homero”, oyó que le contestaban. “¿Homero?”, coreó el Negro, “¿tan chiquitito? ¿Y la piba, cómo se llama?” “Se llama María.” El Negro se quedó esperando unos instantes, y replicó: “¿María qué?” “María nada, María a secas”, le dijo el abogado. Ocampo achinó los ojos. “Homero, María... y decime una cosa, tordo”, le avisó: “cuando tengas la próxima chancleta, ¿qué nombre le vas a poner?: ¿La Cumparsita?”.
Al sector más tanguero del barrio de la Boca, con la cancha recortada contra un cielo intachable, llegamos los primeros amigos. “Vengan, por favor –nos había dicho Sara–, el Negro siempre decía que los amigos eran su familia.” Resolvimos no velarlo, rezarle un responso en la capilla de la Chacarita al día siguiente a las 11, e ir a la cochería para pagar el servicio. Nos recibieron el pollo encorvado que había hecho la visita, y el dueño de la compañía; el color aleatorio de su pelo, y los afeites del rostro, hacían que pareciera él mismo una propaganda del cadáver de muestra de la empresa. “¿A ustedes los llamó la policía?”, preguntamos. “No –contestó el del pelo pintado–, nosotros nos enteramos, y cumplimosuna misión humanitaria, porque en momentos así los familiares no pueden tomar decisiones, y nosotros lo sabemos y los ayudamos. El certificado de defunción ya está –explicó con celeridad–, la muerte se produjo por paro cardiorrespiratorio.” Pagamos y nos fuimos.
El Negro era un peronista polirrubro, peronista de Perón, de los humildes y de los compañeros. Cierta vez se fue a vivir a la Villa Sastre, en el sur de la provincia. Colaboraba con la sección “Nuestros vecinos”, del periódico local Ecos de Temperley. “Es de suma importancia mantener viva la cultura popular y la moral de la resistencia”, solía recitar. En una ocasión, la policía allanó una quinta de Villa La Perla, en las inmediaciones, y se encontró con un espectáculo poco frecuente para la época: una festichola con glorietas múltiples. Había de todo: prostitutas, whisky, travestis, enanos. El Negro, gran pecador, tituló con denuedo: “En un pueblo de virtudes espartanas, se vivieron jornadas de Sodoma”. A quien lo quisiera escuchar, explicaba luego: “No me banco que se utilicen personas con defectos físicos para satisfacer los más bajos instintos”. Del resto de los detenidos, y de los ingredientes líquidos, nadie pudo arrancarle jamás una palabra.
Cuando murió Cacho El Kadre, muchos años después de aquel período monacal, Hugo Anzorreguy mandó una corona, y le pidió al Negro que la cuidara, porque algunos de los asistentes, hostiles con la vinculación de Hugo con el gobierno menemista, le iban a robar la cinta con el nombre. El Negro se apostó a la vera de la ofrenda floral, pero al poco tiempo lo venció el sueño. Cuando cabeceó, advirtió que le habían vuelto a robar la cinta. Nadie supo cómo, pero la cuestión es que, a la media hora, tenía en un bolsillo del perramus color ámbar que había traído del exilio sueco 20 cintas idénticas. Se pasó la noche reponiéndolas, en homenaje al sueño y a los dos amigos, el muerto y el que lo conmemoraba.
El viernes a las 11, las calmas palabras del sacerdote llegaron al corazón de los presentes. Leyó un fragmento de Juan 6, 39 y 40: “...la voluntad de quien me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. La voluntad de mi Padre es que toda persona que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna: y yo lo resucitaré en el último día”. Una mano ruda se apoyó sobre el féretro, dos mujeres se abrazaron como sólo ellas pueden hacerlo en la desgracia, se oyó un sollozo.
Después hubo que pulsear el cajón, cargarlo en el coche fúnebre, e ir hasta la tumba. El empleado de la casa de pompas, esta vez un gordo alto y sin compromisos, explicó que se colocaría el cuerpo en la fosa, se lo taparía y que a partir de ese momento tendría una cruz de madera con su nombre y la fecha de fallecimiento. El tono filantrópico que dio a las características del servicio que estaba prestando “la casa”, no hizo más que poner de manifiesto lo ínfimo de esos pobres pabellones de la muerte.
Antes de que la tierra cubriera al Negro Ocampo, habló Dante Oberlin, dirigente gráfico al que la dictadura le mató dos hermanos, uno de ellos René. Dijo tantas cosas, y tan cabales, que a todos les pareció que el propio Negro estaba entre la gente, con su sonrisa montaraz y el gesto provocador, mirando a diestra y siniestra en búsqueda de una causa que abrazar. “Chau, Negro”, cerró Oberlin, “saludos al René”.
Se murió el Negro Ocampo. Si no se hubiera muerto, no me habría gustado estar en el pellejo del funebrero. Con él, se fue otro pedazo de una Argentina que ya no podrá ser.

 

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