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el Kiosco de Página/12

Todo x 2 horas
Por Rafael A. Bielsa *

Durante la última década, se cuadruplicó el número de desocupados en territorio bonaerense, que pasó de ser 268.400 a 1.031.300. Según un informe del Instituto de Estudios Fiscales y Económicos (IEFE), también se multiplicó el número de subempleados, que creció de 344.000 a 975.000. Uno de cada tres bonaerenses en condiciones de trabajar tiene problemas laborales.
En casos de extrema violencia, como lo es el conflicto entre empleadores y empleados (del que resulta como material descartable el desempleado), un sujeto o conjunto puede quedar reducido a un estado de pura presencia, en el que es mirado sin ser visto. Esta categoría, que Janine Puget llama el des–existente, el expulsado, del cual consta su cuerpo pero no su humanidad, necesita de un testigo para restituirlo como ser humano.
A continuación de la marginación, espera –espeluznante– la cadena fatal: la expulsión, que produce excluidos; la reclusión, que engendra sistemas carcelarios y discriminatorios; y la muerte, consecuencia de los “excesos” y otras variantes genocidas. En mitad del atropello, las diferencias entre conflictos tales como los religiosos, los étnicos y los socioeconómicos se eclipsan ante la identidad de los métodos: la manipulación de las personas, su mutación en instrumentos o en desechos, y finalmente su desaparición del mundo que cuenta.

Isabel Pazos tiene 59 años, y cuida a los dos hijos de su sobrino en el centro de la Capital. Vive sola en Adrogué, es viuda, madre a su vez de dos hijos que se fueron al extranjero, y su perra Camila es una compañía exageradamente concisa como para pasar el invierno. Todos los días toma el 102 para volver a casa; desde el pasaje Rivarola hasta Constitución, y de allí el tren hacia el sur. Cuando llega, llama a su sobrino para hacerle saber que todo está bien.
El martes 17 de abril, a eso de las 20.10, en Perón y Uruguay subió al colectivo un chico de 17 o 18 años. Isabel lo recuerda, porque sacó un pasaje de 75 centavos a pesar de que la sección terminaba a las dos cuadras, y entonces debería sacar un suplemento de 5 centavos. Correctamente vestido, con un jean, una campera y cuadernos en la mano derecha. El colectivero algo le dijo, pero el chico enfiló hacia uno de los asientos del fondo. Isabel también se fijó en el colectivero, que respondía intachablemente al biotipo: 35 años, barrigón, de mediana estatura, camisa celeste y ese malhumor atávico que debe ser un requisito de aprobación del examen de ingreso.
Tras cruzar Avenida de Mayo, al llegar al primer semáforo en rojo, el chofer fue hasta donde se había sentado el chico y le hizo algún comentario. Al toparse con el segundo semáforo, repitió la maniobra. Esta vez, Isabel pudo escuchar perfectamente lo que le decía, por lo exasperado de la voz: “Bueno, si no me hacés caso y pagás los 5 centavos, cierro la puerta y vamos todos a la 16ª”. Todos eran unas doce personas, cinco mujeres y siete hombres, que volvían a sus casas, la mayoría con escala en Constitución. La 16ª es la comisaría de San Juan y San José, debajo de la autopista.
Procedió a cerrar las puertas, y a una velocidad más propia de la pista de Indianápolis que de la calle San José se dirigió hacia la Comisaría, sin dejar bajar a nadie y sin permitir que nadie subiera. Ante las crecientes protestas de la gente, el chico fue hacia el lugar del conductor, y luego de musitarle algo, enfrentó al pasaje, se dio vuelta los bolsillos del jean y los de la campera, y balbuceó desfalleciente: “Revísenme, no tengo un solo centavo encima”. En eso estaban cuando llegaron a la seccional. El colectivero frenó bruscamente, y sin abrir la puerta llamó al agente que estaba de guardia. En pocos instantes, eran cinco los policías que se habían trepado al ómnibus.
Sus voces se mezclaban con las de un señor mayor, vestido con algo que se parecía a un atavío gastronómico, un pantalón verde con chaqueta al tono, que le gritaba al colectivero que le haría perder el trabajo. Una señora que instantes antes había avisado algo por un teléfono celular ofreció pagarle al muchacho; el colectivero se negó, argumentando que no se podía porque ya estaba registrado y que no iba a permitir ni que le sobraran 5 centavos ni que le faltaran 5 centavos. Hasta que un individuo menudo, vestido de traje, corbata y pilotín dijo que era abogado, mostró una credencial, y pidió hacer la denuncia contra el chofer por privación ilegítima de la libertad. Se hizo un silencio.
Isabel reparó que la mole del 102 interrumpía el tránsito en San José, y que otro policía había cortado la calle. Mientras dos de los que estaban arriba se acercaban al abogado, un séptimo le pidió al chofer que abriera paso. Enfrente de la comisaría, el colectivero subió dos ruedas laterales a la vereda, con lo que el ómnibus quedó como un curioso cefalópodo metálico y escorado. Isabel recordó no haber visto jamás a un policía hacerle una multa a un colectivo.
Cuatro policías bajaron con el abogado, y fueron a conversar detrás del vehículo. A los pocos instantes, el letrado regresó. “Está todo arreglado”, dijo, mientras extendía una tarjeta al señor que tenía el vestido infrecuente. “La va a necesitar si se queda sin trabajo”, añadió. “Yo no formulo la denuncia, y nos dejan ir a todos.” A los pocos minutos, reiniciaron la marcha hacia Constitución; el chico miraba al piso, como abrazado a un rencor inconfesable. Al llegar a Adrogué, dos horas más tarde de lo habitual, Isabel llamó a su sobrino. Éste estaba a punto de hacer la denuncia... a la policía.

En el mundo que cuenta los minutos y las horas, los placeres y los días, tienen un valor diferente que entre los des–existentes. La madrugada del 5 de abril de 1990, el proyecto de ampliación de la Corte Suprema de Justicia se convirtió en ley en 41 segundos. El 19 de abril, en una sesión secreta de 7 minutos, el Senado dio por buenos los pliegos de los 5 flamantes miembros de la Corte, quienes asumirían sus cargos 7 días más tarde. El 4 de abril de 1992, el traficante sirio Monzer Al Kassar y su esposa Raghda Habal obtuvieron la ciudadanía argentina en el juzgado de Mendoza a cargo de Jorge Burad, luego de un trámite express que no excedió los 3 meses. El 9 de diciembre de 1999, el ex presidente Carlos Menem firmó 104 decretos, a razón de uno cada 14 minutos.

Pocas cuadras antes de llegar a Constitución, mientras la gente hacía comentarios en los que la indignación se repetía como entre espejos enfrentados, el agente que la 16ª había enviado como consigna para mantener la paz social, le preguntó la hora al colectivero. “Son las diez y media”, contestó éste, con tono de cenáculo. Arrellanado en el tambucho y apoyado contra la puerta de entrada, el policía miró en dirección al pasaje, luego hacia fuera, y reflexionó pausadamente: “Al fin y al cabo, tanto escándalo por haber perdido dos horas”.
Francamente; ¡todo por dos horas!

* Titular de la SIGEN.

 

REP

 

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