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OPINION

Un �no� a los extremos

Por Claudio Uriarte

El centro pudo mantenerse. Esa es una de las lecturas principales de los resultados de unas elecciones donde las apuestas de los partidos “españoles” (el Popular y el Socialista), se basaban precisamente en la posibilidad de que el Partido Nacionalista Vasco (moderado), que ha dominado la presidencia vasca desde el establecimiento de la democracia en 1978, resultara víctima de la polarización y de las fuerzas centrífugas liberadas por la escalada de violencia de la organización separatista ETA, que desde su ruptura unilateral de tregua en diciembre de 1999 ha causado 30 muertos. Por el contrario, el PNV se reforzó y sus bancas en el Parlamento subieron de 27 a 33, en contraste con el magro aumento de los populares (que pasaron de 18 a 19) y la merma de los socialistas (de 14 a 13).
Los vascos dieron un rotundo no a la polarización entre los extremos del arco político: Euskal Herritarrok, partido de ETA, sufrió la peor elección de su historia, cayendo de 14 a 7 bancas, lo que es reflejo del año y medio de terror que se ha vivido, pero al mismo tiempo el relativo estancamiento del voto popular y socialista mostró el temor a que la represión contra el terrorismo fuera empleada por Madrid para burlar el Estatuto de autonomía por la vía del establecimiento de un Estado cuasi policial. En este sentido, la arriesgadísima apuesta de José María Aznar, quien no dudó en designar como candidato de los populares a Jaime Mayor Oreja, su ministro del Interior (y, por lo tanto, el jefe de la represión) sobreestimó los efectos de la repulsa popular a la ETA, pensando que podía contagiar a las fuerzas del nacionalismo moderado. No fue así; ya que, como dijo en estos días Juan José Ibarretxe, confirmado ayer como el lehendakari o presidente del País Vasco, “si hubiera querido utilizar los votos de EH no estaríamos ante unas elecciones”.
El resultado significa también que los ingredientes de guerra civil implícitos en el enfrentamiento entre autonomistas y nacionalistas se debilitan, dado el escaso entusiasmo que la solución por las armas ha demostrado reunir en ambos extremos del arco político. A partir de aquí viene el camino más sinuoso de dos negociaciones: la de Ibarretxe para conseguir la mayoría parlamentaria de 38 escaños que necesita para gobernar (sin por eso convertirse en un rehén de los votos etarras), y la de un cuerpo político general para conseguir el desarme de la ETA. Nadie pronostica que va a ser fácil.


 

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