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Distancias
Por Juan Gelman
 

 La publicación en estas páginas de mis artículos “Del estado del Estado de Israel” (18-3-01) y “Terrorismos 2 (1-4-01) me ha acarreado una variedad de improperios procedentes, sobre todo, de personas radicadas en Israel. Ofrezco algunos: “judío por casualidad”, “su mente no está capacitada para comprender (lo que pasa en Medio Oriente)”, “cómodo”, “hipócrita”, “judío de tiempo parcial”, y no ha faltado el israeloargentino que se proclama de izquierda y me aconseja ir a la sinagoga para recobrar mi judeidad. Claro que no soy –y temo que no seré– el único judío en padecer tales avatares por criticar las políticas impiadosas que el Estado de Israel propina al pueblo palestino, sin dejar por ello de condenar el no menos impiadoso terrorismo árabe. Al rabino estadounidense Michael Lerner le va peor que a mí (al menos hasta ahora): acaba de explicar en Los Angeles Times del 18 de mayo pasado que ha recibido numerosas amenazas de muerte por su postura “en favor del cese de la ocupación israelí de la Ribera Occidental”. Una de esas amenazas, titulada “Muérete Muérete”, asevera: “Todos ustedes, animales izquierdistas infrahumanos, deben ser exterminados”. Otra profetiza: “Alguien vendrá a matarte, que te pudras en el Infierno”. El rabino Lerner consideró que eran expresiones “normales” de una cierta mentalidad hasta que visitó un sitio de Internet en que se lo identificaba como “uno de los tres principales judíos de EE.UU. que se odian a sí mismos” (los otros dos: Noam Chomsky y Woody Allen), se lo calificaba de “traidor” al pueblo judío y se daba su domicilio con el itinerario para llegar hasta su casa. “A esas alturas –dice el amenazado– la Liga contra la Difamación recurrió al FBI”.
El rabino Lerner es autor de Jewish Renewal: a Path to Healing and Transformation (Harper Collins, 1995) y dirige Tikkun, una revista de circulación nacional “que pone en tela de juicio –señala en su artículo– los supuestos de la ocupación (de territorios palestinos), que insta a desmantelar los asentamientos (israelíes) en la Ribera Occidental y que insiste en que Israel debe reconocer su parte de responsabilidad –no toda le corresponde– en cuanto a los refugiados palestinos”. Establece una distancia entre judaísmo y Estado de Israel: “Así como en la década de 1960 consideramos que el movimiento contra la guerra de Vietnam dimanaba de los valores más elevados de la democracia estadounidense, repetimos ahora, en el marco del movimiento judío por la paz, que son los valores judíos los que nos llevan a reiterar que cada ser humano fue creado a la imagen de Dios y que la brutalidad infligida al pueblo palestino es tan trágica como la que los terroristas palestinos infligen a los israelíes. Es esta equivalencia moral lo que enfurece a algunos judíos que insisten en que ‘ningún sufrimiento es como nuestro sufrimiento’ y en que el sufrimiento pasado justifica la actual insensibilidad hacia el pueblo palestino”. Y apunta: “Muchos judíos no quieren darse por enterados de que Israel es la única parte de este conflicto que tiene un ejército, que han muerto diez veces más palestinos que israelíes y que son los palestinos quienes hoy están confinados en zonas restringidas y se les impide el acceso a los alimentos, la educación y la atención médica. Resulta mucho más fácil culpar a las víctimas y enfurecerse con los mensajeros que formulan objeciones morales graves al comportamiento israelí”. Israelíes de esa clase me escribieron.
“El clima de hostilidad hacia los disidentes (judíos y/o israelíes) ha alcanzado niveles inéditos de incontinencia verbal”, destaca el rabino Lerner y recuerda algo aprendido en los años 60: “Si un pueblo está involucrado en la brutalidad hacia afuera, es seguro que la crueldad y el odio se reflejarán también dentro de esa comunidad... Y la misma deshumanización aplicada a los palestinos ahora empieza a emerger contralos judíos que quieren la paz. Nada importa que mi hijo haya servido en el ejército israelí, que yo sea un firme partidario de Israel o que dirija una sinagoga renovadora en San Francisco. Para esos extremistas de derecha yo sólo soy ‘un judío que se odia a sí mismo’”. Añade que el primer ministro israelí Itzhak Rabin, que acuñó los acuerdos de Oslo conducentes a la paz con los palestinos, fue asesinado por uno de esos extremistas y que el hecho “prueba la facilidad con que el lenguaje del odio se torna acción violenta. Pero aun cuando no desemboque en la violencia, esa clase de lenguaje atemoriza a muchos y les impide hablar con claridad”. La revista Tikkun ha perdido suscriptores y donantes: “La gente tiene miedo de identificarse con una voz que habla de estas cuestiones con franqueza”, advierte su director. Cohibir las críticas al Estado de Israel es, sin duda, el objetivo de semejante terrorismo verbal.
El rabino Lerner propone dos respuestas. La primera: “Dar más amor al mundo. Los que odian también tienen heridas profundas y la compasión, no el odio, es el mejor modo de tratarlas”. La segunda: “Hay que hablar claro sobre estas cuestiones”. Me permito agregar una tercera para conocimiento de quienes me han escrito pidiendo soluciones y no críticas: que en cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas –exigido una y otra vez por su Asamblea General–, Israel respete la partición de Palestina tal como fue establecida en 1947 y se retire de los territorios ocupados, cese en su política de asentamientos ilegales y admita el retorno de los refugiados palestinos, hoy más numerosos que los que habitan en su patria. Tel Aviv debería escuchar al rabino Lerner: “En el pasado –dice– exhorté a los palestinos a renunciar a la violencia y seguir el camino de Martin Luther King y Gandhi. Ha llegado la hora de pedir lo mismo a los judíos, no sólo respecto de los palestinos, sino también respecto de sus pares judíos”. En efecto, esa hora ha llegado. Los israelíes que la niegan con cazas F-14 y con insultos ni aun en la sinagoga encontrarán su judeidad.

REP

 

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