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Torturaron a la hija de Bonafini

Dos hombres entraron en su casa, le pegaron y la quemaron con cigarrillos. Revolvieron todo pero no se llevaron nada. Las sospechas.


Hebe de Bonafini no tiene dudas: los autores fueron policías.
“¿Quiénes pueden saber que mi hija estaba por cambiar el teléfono?”

Por Romina Calderaro 

Entraron en su casa diciendo que venían a poner un teléfono que efectivamente ella había pedido unos días antes. La quemaron con un cigarrillo y le pegaron en todo el cuerpo hasta desmayarla. Revolvieron toda la casa, pero no se llevaron ni plata ni objetos de valor. Alejandra, la hija de Hebe de Bonafini, está segura de que lo del viernes no fue un robo: “Nosotras no tenemos enemigos. Nuestros únicos enemigos son los policías, los torturadores y todos los asesinos que están sueltos y se quedaron con ganas de hacernos cosas”, dijo a Página/12 la hija de la titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Su madre apuntó directamente a la policía. “Son los únicos que pueden saber que ella había pedido un cambio de teléfono”, aseguró Hebe de Bonafini. Por eso no piensa hacer la denuncia.
María Alejandra tiene 35 años y vivía sola, pero desde hace cuatro meses decidió volver a convivir con su madre, Hebe de Bonafini, por propuesta de ella. “Como yo no estoy nunca, le dije que se venga para que la casa no esté siempre sola”, explicó a este diario la titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. El viernes era uno de esos días en que Hebe no estaba. Alejandra estaba sola porque su madre había viajado a Brasil. Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando sonó el timbre en la casa que ambas comparten en La Plata. “Dijeron que eran de Telefónica y yo les creí porque había pedido el cambio de domicilio de una línea y tenían que venir a poner un aparato. Llegué a ver a dos tipos, un grandote de pelo corto y el otro joven medio rubión. No les pude ver bien la cara porque no me dejaron terminar de abrir la puerta, se me vinieron encima y me pusieron algo en la cabeza que podría haber sido un buzo”, relató Alejandra.
Ella empezó a pegarles, pero como no veía no sabía adónde apuntar. Y ahí empezaron a golpearla a ella. “Me empezaron a pegar en la espalda. Por las marcas que tengo, parecía que lo hacían con una manguera, una cachiporra o algo así, no era con la mano. Cuando yo trataba de cubrirme, me pegaban en los ovarios”, dijo. Después, empezaron a revisar los cajones de la cocina y en uno encontraron cinta adhesiva. Le ataron las manos, la llevaron a un dormitorio y uno de ellos se le tiró encima. “Pero el otro le gritó que no, entonces me dejó”, contó Alejandra. Enseguida le pusieron una bolsa en la cabeza y empezaron a pegarle en el estómago. 
Entonces Alejandra se desmayó y la llevaron al baño. “Respirá, pendeja”, le gritaba uno para tratar de despertarla mientras el otro seguía revolviendo la casa. Si hubiese sido un robo, concluyó Alejandra, se hubiesen llevado la computadora, o la televisión, o la bolsa con ciento setenta pesos en monedas que Alejandra había dejado a la vista, o una pulsera de oro y una cadenita que quedó expuesta cuando revolvieron uno de los cajones u otra cadenita de oro que había sido de la madre de Bonafini y que Alejandra había mandado a arreglar hace poco.
“En otro momento abrieron la heladera. ‘Estas minas toman Coca-Cola’”, se enojó uno de los tipos y me preguntó dónde estaba el alcohol. “Entonces les dije, abrieron una botella de whisky y se tomaron la mitad”. Después le quemaron los brazos. Primero en la parte superior y después, como ella no gritaba, iban llevando el cigarrillo al dorso, que es una parte más sensible.
Después, alguien llamó a uno de los hombres, según Alejandra a un “handy” y no a un teléfono celular, y les dijo que se fueran. “Ya vamos”, contestó el tipo que tenía la voz más gruesa. El otro la pateó, la tiró contra una pared, les dio las últimas patadas y le dijo que cuente hasta cien. Dejaron la radio a todo volumen y se fueron. Alejandra estaba tan mareada que no pudo contar hasta cien. Trató de desatarse y llamó a unos amigos. 
“Es la tercera vez que le pegan a Alejandra. La última fue hace siete años. Estoy convencida de que es la policía. Por eso, no tiene sentido hacer la denuncia. Si no, explicame quiénes pueden saber que mi hijaestaba por cambiar el teléfono”, dijo Hebe de Bonafini, quien se enteró recién ayer de lo que le había pasado a su hija.

 

 

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