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ARGENTINA Y ESTADOS UNIDOS ACORDARON 
UNA FORMULA ANTE EL CONFLICTO CIA-SIDE
Ahora tenemos “paraguas del espionaje”

Rodríguez Giavarini y Colin Powell acordaron que la crisis entre los espías se resuelva por los “canales institucionales”.
El embajador Walsh negocia con funcionarios del Gobierno. Apuntan
a Richarte.



James Walsh, embajador norteamericano.
Es quien hace los planteos al Gobierno.

Nicolás Gallo recibió la visita de Walsh.
Escuchó las críticas que hizo a la SIDE.

Por Sergio Moreno

Los gobiernos argentino y norteamericano apelaron a una fórmula conocida en este país para evitar que una litis perjudique las relaciones bilaterales: el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini y el secretario de Estado norteamericano Colin Powell acordaron establecer un “paraguas” por sobre el litigio entablado entre la CIA y la SIDE, de manera que este enfrentamiento –aún sin resolver– no afecte la buena marcha de las relaciones entre ambas naciones. El conflicto entre las centrales de espionaje se tratará de dirimir por los “canales institucionales correspondientes”, pero como la vía CIA-SIDE está cortada, la faena quedó en manos del embajador de Estados Unidos, James Walsh, quien se ha lanzado a poner fin al affaire. Para ello ya se ha entrevistado con el secretario general de la Presidencia, Nicolás Gallo, con el titular de la SIDE, Carlos Becerra, y con el secretario de Seguridad, Enrique Mathov. Los americanos consideran que los cambios en la secretaría han sido “cosméticos” y apuntan al número dos del organismo, el sushi boy Darío Richarte.
El establecimiento del “paraguas del espionaje” fue acordado en los días previos al viaje que Rodríguez Giavarini realizara el pasado 7 de mayo a Washington para entrevistarse con Powell. Según aseguraron fuentes diplomáticas a este diario, fue el canciller argentino quien, al final de la reunión, sacó el tema.
–Señor secretario, nos queda pendiente este asunto... –comenzó Rodríguez Giavarini.
Powell sabía a qué se refería el argentino. Llamó a uno de sus secretarios y le habló al oído. El salón todo estaba en silencio. Rodríguez Giavarini continuó cuando el secretario de Powell terminó de hacer su trabajo.
–Hemos acordado con el Departamento de Estado, es decir con usted, que este conflicto se resuelva por los canales institucionales correspondientes para que no interfiera en nuestra agenda bilateral.
Powell sonrió.
–Estoy de acuerdo con eso que usted dice que yo he acordado.
Las sonrisas distendieron el rigor de los músculos de la delegación argentina.

Espías espiados 

El conflicto por el cual el canciller debió dar explicaciones a Powell nació cuando Fernando de Santibañes era jefe de la SIDE. En ese entonces, el jefe de estación de la CIA en Buenos Aires, Ross Newland, hizo llegar su queja cuando descubrió que agentes de la inteligencia civil argentina efectuaban seguimientos a los suyos. El episodio estaba connotado porque, según el chief station, la central argentina se había mostrado reticente a colaborar en la vigilancia de los movimientos de la embajada rusa (los americanos volvieron a poner en su mira a sus antiguos adversarios de la Guerra Fría)
La crisis estalló cuando Página/12 publicó fotografías de Newland. Los americanos atribuyeron esa gravísima filtración a una maniobra pergeñada por el entonces jefe de Contrainteligencia de la SIDE Alejandro Brousson. Brousson, un oficial del Ejército que fuera desplazado del Ministerio del Interior en 1993 acusado de espiar a organizaciones estudiantiles y sindicales, fue erigido por De Santibañes y su segundo, Darío Richarte, como mano derecha de la conducción de la SIDE. Richarte es a su vez uno de los bastiones de la juventud Antoniana –también conocida como Grupo Sushi– que responden a la conducción estratégica (ahora ejercida desde Miami) de Antonio, el hijo varón mayor del Presidente Fernando de la Rúa.
Fue una escalada. De las quejas de Newland a De Santibañes y a su sucesor en la SIDE, Carlos Becerra, el conflicto creció al punto de que el embajador Walsh llegó a plantearlo a Rodríguez Giavarini. El canciller estaba en autos tras la severa amenaza que hizo la CIA de retirar su baseen Buenos Aires, que fue tratada en una reunión en la Rosada –informada por este diario– de la que participaron Becerra, Mathov, Richarte y el jefe de Gabinete, Chrystian Colombo.
Las presiones americanas rindieron frutos a medias. Brousson fue relevado y en su lugar fue designado otro antoniano, Gabriel Presas, hasta ese momento director de Asuntos Jurídicos de la SIDE. También ascendió a la conducción de la secretaría otro radical puesto por los sushis, Víctor Cipolla, que fue nombrado director general de operaciones, una oficina que concentró la jefatura de Contrainteligencia y la de Contraterrorismo.
La ratificación de una línea de conducción encabezada por Richarte y la versión de que Brousson mantiene intactas sus influencias en la secretaría encresparon los ánimos de los americanos. “Es cosmética”, dijeron.

It’s Richarte, stupid 

Lejos de resolver el conflicto, el Gobierno atinó a frenar la escalada. Esa fue la lógica de las gestiones encargadas por Rodríguez Giavarini y acordadas, finalmente, con Powell. El tutelaje del “paraguas del espionaje” recayó, de hecho, en Walsh. El embajador americano sabe que la CIA no va a descuidar la vigilancia en la conflictiva Triple Frontera. Desde la central de Langley han dado instrucciones para continuar con las operaciones en el área –que consideran un santuario del terrorismo islámico– y, cortada toda cooperación con la SIDE, recostarse en otras fuerzas de seguridad argentinas como la Prefectura y Gendarmería (esta última es la encargada de custodiar al chief station Newland, a raíz de un pedido que la CIA le hiciera al jefe de la fuerza, comandante general Hugo Miranda).
A pesar de que un vocero del Ministerio del Interior desmintiera la existencia del encuentro, otro funcionario del Gobierno sostuvo ante este diario que Walsh y Mathov habrían conversado sobre los nuevos lazos de cooperación entre la CIA y las fuerzas de seguridad. Diferente fueron las charlas que el representante norteamericano mantuvo con Becerra, por un lado, y con Gallo, por otro. A ambos Walsh les planteó, con la suavidad posible para un embajador del país más poderoso del mundo, los “inconvenientes” que Washington encuentra en la “reformulación” de la conducción de la SIDE. Con palabras más o menos sutiles según sea su interlocutor –Walsh y Becerra se dicen amigos–, el embajador dio a entender que la presencia de Richarte y la línea antoniana sigue irritando a los hombres de Langley.
Hasta ahora, el “paraguas del espionaje” ha servido para que el embajador americano no cruce las puertas del despacho presidencial. Un versión que afirmaba lo contrario fue desmentida a este diario por un alto funcionario de la cancillería argentina. Eso no quiere decir que, si no se produce algún cambio “más sustancial” –a entender de los norteamericanos- en la secretaría de Inteligencia, “Jimmy” Walsh se decida a conversar con Fernando de la Rúa.

Rodriguez Giavarini y Powell 
Ambos acordaron el “paraguas”

 

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