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OPINION
Las esquirlas de una década
Por Mario Wainfeld

El transporte del éxtasis a la agonía. El caso Aerolíneas.
La apuesta del Gobierno. Los avances de la causa de armas. Las tácticas del menemismo: los planes A y el plan B. Un novio muy solo.

Parece mentira si se miran las ruinas que quedan hoy: el transporte fue -en la Argentina post convertibilidad– uno de los sectores que más se expandió. Pero así sucedió: en los remotos años ‘91 al ‘95, hubo una sostenida reactivación y remodelación de la estructura económica. Las privatizaciones dinamitaron la estructura ferroviaria que –bien o mal– tenía que ver con la ambición de tener un país integrado. El brutal desmantelamiento de los trenes derivó en un crecimiento explosivo del transporte terrestre de mercaderías y de pasajeros. Consiguientemente, crecieron en importancia relativa los gremios como los camioneros y la UTA, tanto como se eclipsaban los sindicatos de industria que habían dominado la historia sindical desde el 45. Con muchos afiliados, sueldos razonables, implantación nacional, astucia comunicacional y disposición para pelear un dirigente camionero llegó a armar una CGT rebelde cuya columna vertebral son los gremios de transporte.
La escandalosa privatización de Aerolíneas (en rigor, su venta al estado español) fue acompañada por una desregulación hecha –como todo en esos tiempos– a lo bestia, sin planificación ni controles. Proliferaron como hongos empresas aéreas que, puestas a competir, descubrieron que el anzuelo más seductor para los potenciales viajeros era el precio del pasaje, mucho más que el cattering (un accesorio) o la seguridad (un bien que, como suele ocurrir con lo esencial, es invisible a los ojos). En corto también prosperó el sector y, a su vera y en su medida, sus representaciones sindicales crecieron en importancia y –una parte significativa de ellas– en combatividad.
En un plano aún más silvestre, el transporte también fue el asilo temporario de empleados estatales que –despidos, retiros voluntarios o indemnizaciones mediante– se reconvirtieron en remiseros que entraron a competir con los más costosos taxímetros. En ese mismo plan, pulularon empresas de colectivos o combis semitruchos, rebusques de desocupados que ofrecían mejor servicio por menos dólares o pesos que –en esta tierra de promisión y en ese solo lugar del globo terráqueo– valen lo mismo. 
Es una demasía del lenguaje llamar .sistema de transporte. a ese microcosmos huérfano de un plan ordenador, comandado por empresarios inexpertos cuando no inescrupulosos, usualmente novatos y con escaso capital, que creció de golpe acunado por un sueño de crecimiento que duró lo que un lirio.
Tras tres años de estancamiento económico, ese (con abundantes comillas) “””sistema””” padece el achicamiento de todos y cada uno de los mercados. A diez años del boom, los remises, los micros, los aviones y los camiones deben ser reemplazados y no es hábito del empresariado nativo prevenir costos de amortización. La competencia en cada rubro es feroz, rayana en el suicidio. La demanda, en achique permanente, resulta irrisoria para la sobreoferta hija de tiempos mejores y –todo lo sugiere– irrepetibles. 
La inseguridad vial y aérea creció en una década de ebria desregulación. Abundaron tremendos choques de micros sobreutilizados con conductores que trabajan mucho más de lo sensato y catástrofes aéreas. Si se los lee bien, son todo lo contrario de “accidentes”. Se trata, en verdad, de costos extraeconómicos del modelo que jamás se ponderan en el CEMA o en la Fundación Mediterránea que desdeñan incluir entre sus variables de análisis a las vidas humanas.
El vaciamiento de Aerolíneas Argentinas y su situación actual es uno de los capítulos de esa afrentosa historia, gravísimo pero para nada original, bien congruente con un contexto de desidia estatal, desdén por el futuro, confianza entre mendaz e irresponsable en el mercado. Un fresco de una época que se completa con todo un detalle: el actual Ministro de Economía es el autor intelectual (y uno de los principales autores materiales) de ese desquicio.

Una pizca de optimismo

Por una vez, el Gobierno se mira en el espejo y no se ve tan mal. “El tema de Siemens lo resolvimos bien, se levantó el corte de La Matanza y en Aerolíneas tuvimos presencia. Y seguramente los españoles algo de plata pondrán”, explica un funcionario con protagonismo.
Carlos Bastos acompaña a Patricia Bullrich para desplegar ante los ojos hispánicos los eventuales beneficios del Plan de Infraestructura. La ministra piensa, sin agresividad pero con firmeza, recordarle al gobierno español qué prodiga ha sido la siembra de Repsol y Telefónica. Claro, deberá admitir que le pongan en el otro platillo mil millones de razones: el apoyo que la Madre Patria otorgó al blindaje que acá será historia antigua pero allá es registro contable más que actual. En ese toma y daca el Gobierno confía no regresar con las manos vacías, zafar por un rato del engorro y marcar una diferencia con el peronismo. 
Claro, aún los más optimistas, asumen que solo se trata de un paliativo. El problema del transporte aéreo es estructural. La oferta está sobredimensionada, los salarios de la empresa estatal española son muy superiores a los de su competencia, no hay lugar para todos en el mínimo mercado argentino y –si de salir al mundo se habla– Iberia se ha apropiado de las rutas más importantes. La asfixia financiera y el vaciamiento, dos datos de por sí letales, son apenas una parte de una crisis cuya integralidad escapa a la lógica de un Gobierno que funciona como un cuartel de bomberos en un universo en llamas. 

Una fiesta mal armada

Mientras Domingo Cavallo, el bombero mayor, sigue ganando tiempo esperando que la economía real se levante y ande, el otro padre del modelo, Carlos Menem, tuvo su boda. Una fiesta vestida de ausencias que aluden a pérdidas personales y políticas. Su hijo ha muerto. Su hija prefirió hurtarle el cuerpo al casorio. 
La flor y nata del poder económico argentino que honró anteriores cumpleaños y festejos, estuvo en otra. Apenas un par de gobernadores, incluyendo el de La Rioja, acompañó el ágape carente incluso de muchos de los dirigentes que le fueron más fieles. Carlos Corach y Eduardo Bauzá, muy discretamente y sin hacerse mayores ilusiones, le habían aconsejado desistir del festejo. Preveían con buena lógica que sería una foto de la actual soledad política de Menem.
Emir Yoma y Erman González faltaron con aviso. Hipertenso, angustiado, el contador desvela a Menem y sus allegados. Está enojadísimo, deprimido, a punto de quebrarse, confiesan aquí y allá mientras le aconsejan al ex presidente que distraiga algunos minutos diarios de su luna de miel para llamar a su amigo el contador-guitarrero y procurar que mantenga sellados sus labios. “Si se calla el cantor, habrá esperanza”, bromea revelando humor y cierta pátina de saber folclórico un menemista paladar negro. 
Mientras, una task force de letrados, operadores judiciales, dirigentes imaginan un abanico de tácticas defensivas. Algunas se explicitan ante el cronista, otras apenas se musitan, otras provienen de la imaginación, la paranoia o la información calificada (vaya a usted saber) de personajes de Comodoro Py: 
Un mínimo común denominador aúna todas las charlas: hay que llevar a Cavallo a platicar con el juez Jorge Urso. Las razones lógicas y jurídicas son las imaginables, la finalidad política es también evidente: piensan que es la única manera de poner de su lado a un Gobierno que no acelera los expedientes pero que tampoco los frena. El laissez faire de los dos De la Rúa, el presidente Fernando y el ministro de Justicia Jorge, fastidia a los menemistas. Pero, filosóficos, ya han aceptado que si no ocurre algún terremoto esa gente no cambiará su proceder. El terremoto en que ellospiensan es llevarlo a Mingo a Comodoro Py. Una ofensiva argumental, mediática y aún jurídica está por advenir y al megaministro ya deben estar zumbándole los oídos.
Un argumento político será sacado del freezer: las armas se vendieron por razones de Estado de alto nivel. Fueron una parte menuda de las estratégicas relaciones carnales con la mayor potencia mundial. Nadie podía entrar armas en Croacia sin un guiño del Tío Sam. El contrabando de armas rumbo a ese polvorín europeo, memoran los hombres del ex presidente, ha detonado escándalos similares al nuestro en una decena de países, uno de ellos Chile. 
Un outsider jamás desprovisto de estilo y de desparpajo, Carlos Escudé, empezó a desgranar en un reportaje gráfico esa justificación, que sumará paladines en los próximos días. Dos problemas parece tener esa argumentación. El primero es muy poco convincente para el caso de los envíos a Ecuador, aunque los menemistas porfíen en que los norteamericanos querían punzar al entonces presidente peruano Alberto Fujimori. El segundo es más grave: desde el punto de vista legal los delitos existen igual y desde el punto de vista de la opinión pública las relaciones carnales van a sonar más como agravante que como eximente de culpa.
En corrillos tribunalicios cundió la especie de que otra movida sería conseguir que todos los expedientes pasaran al Juzgado de Julio Speroni, a quien muchos magistrados y –quizá– algunos letrados del menemismo creen más poroso a las presiones que Urso. Además, la Cámara superior de Speroni, la Penal Económica es un enigma mientras que la Sala II de la Cámara Federal que controla (no es un decir) a Urso es toda una garantía de decisión e independencia. Su rápida sentencia confirmando el procesamiento de Emir Yoma tiene todo el aroma de una réplica contundente a ese rumor y funcionará como un límite muy duro de franquear a esa jugada, real o imaginaria.
De mínima, los menemistas apuestan a que su líder no sea encarcelado, esto es, a que no prospere el cargo de asociación ilícita. Muchos de ellos ponían días atrás algunas fichas a la propia Sala II. “Son jueces serios, no van a avalar ese engendro” pero la decisión de esta semana indica que esa Cámara piensa distinto.
El plan B, del que poco se habla en público, es un indulto presidencial. Corach se reunió en estos días con Ramón Mestre. El ex Ministro del Interior y el actual aseguraron que hablaron solo de temas generales y de la reforma política, pero casi todos los medios gráficos coincidieron en adjetivar como “sugestiva” la reunión y esta columna hará lo propio. Fue una reunión sugestiva.

La cara del ex canciller

La cara de Guido Di Tella decía más que un editorial. Tenso, avejentado, nada parecía quedarle de su sprit de antaño. Y si se compara, no le iba tan mal: por lo menos lo escoltaron tres de sus compañeros de gestión mientras que Erman sólo fue ladeado por sus afectos más próximos. Y volvió a casa, algo que seguramente no logrará Martín Balza el 13 de junio.
A su vez, el ex Jefe se casó festejado sólo por dirigentes peronistas de segundo nivel, lejos de su hija tanto como del empresariado que le hizo de claque durante casi toda una década.
Esa segunda década infame que comenzó como una fiesta en la carpa, en el consumo de la clase media, en el negocio del transporte y en tantos otros. Y que tuvo como marcas de fábrica la falta de sensibilidad social, la desaprensión, la falta de previsión sobre el futuro, la desfachatez de destruir un país (ciertamente en decadencia) sin edificar las bases de otro. Distraídos del porvenir, dirigentes no solo políticos se enriquecieron y cometieron cien tropelías. Apenas una de ellas, un emergente, un síntoma calificado, se ventila en Comodoro Py.


 

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