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fernando PINO SOLANAS,
 A 10 AÑOS DEL ATENTADO

“Fue el Menemismo, con mayusculas”

Hace una década, el director de cine recibió seis balazos calibre 22 y 9 en las piernas y una advertencia: “la próxima es en la cabeza”. El atentado lo lanzó a la política. Hoy hace un balance del progresismo y ve que se perdieron diez años por el "posibilismo".


Solanas en 1991, después del atentado.


La marca de uno de los balazos en la pierna.

Por Miguel Bonasso

No entendió lo que estaba pasando: ese personaje de mal “thriller”, disfrazado con una nariz colorada de payaso, que le disparaba a las piernas. Los golpes de fuego que lo hicieron caer. La advertencia repetida diez veces por los agresores: “si no te callás la boca la próxima es en la cabeza”. Tardó años en reconstruir lo que había detrás de la escena que lo dejaba tirado en el duro cemento de un estacionamiento, pero desde el primer momento Fernando “Pino” Solanas supo que el atentado era obra “del Menemismo con mayúscula”. En estos días, diez años más tarde, sigue pensando lo mismo acerca del posible autor intelectual. Sin embargo, por una de esas curiosas aventuras de la dialéctica, el ataque de los falsos payasos que pretendían acallar sus denuncias sobre la corrupción menemista lo lanzó pleno de indignación a la política activa, partidaria, que el autor de La Hora de los hornos desconocía a pesar de su militancia setentista. Y en esa política partidaria sufriría impactos no menos duros que los seis plomos de 22 y 9 milímetros que los sicarios le metieron en las piernas. Sobre todo una gran frustración y la convicción de que el “posibilismo” de dirigentes como Carlos “Chacho” Alvarez y Graciela Fernández Meijide “nos hizo perder diez años en la construcción de una respuesta popular al modelo neoliberal”. En vísperas de un corto viaje al extranjero; horas antes de que el calendario rubricara el décimo aniversario del atentado, el cineasta dialogó durante cuatro horas con Página/12. En rigor, Pino habló con fervor didáctico y elocuencia, agitando su melena blanca y rizada, dejando poco espacio para preguntas e interrupciones. 
Pero sus recuerdos cobran una especial significación ahora que su enemigo, Carlos Menem, se bambolea entre el tálamo nupcial y las escaleras de Comodoro Py y su otro gran rival, el Chacho, se diluye en el rito reiterado de las renuncias. Hay en la evocación de Solanas un gran porcentaje de “yo lo dije”, que matiza –en medio del tembladeral– con una frase inesperadamente esperanzada: “No es la Argentina la que ha fracasado, es el modelo neoliberal encarnado en su clase dirigente. La Argentina tiene recursos humanos y naturales para salir de este pozo”.
Diez años más tarde, Solanas recuerda la noche del atentado sin otra pasión aparente que la voluntad de persuadir, de confirmar, de cobrarles el diezmo a los que le dijeron tremendista, voluntarista, ideologista, o simplemente agorero. Aunque la satisfacción del “yo lo dije” se vea seriamente mermada por la amargura del tiempo que se perdió. No se advierten, en cambio, otras emociones fuertes como las que proceden del miedo, la angustia, o la indignación que sí le agarró en aquel momento, cuando lo llevaban al sanatorio en silla de ruedas con una manta escocesa sobre las piernas perforadas. ¿Autocontrol? ¿Equilibrio emocional que brindan los 64 años de edad? ¿Cálculo político? En cualquier caso, Pino critica sin retaceos, pero también sin rencores desbordados.
La historia del atentado es nítida. Tan nítida que el menemismo la rechaza por obvia sugiriendo la vieja tesis del espejo: como Solanas era nuestro enemigo, otro enemigo atentó contra él para que pensaran que fuimos nosotros. Pino no lo cree ahora y menos lo creyó entonces. Aquella noche fatal, cuando Menem le envió a su médico personal, Alejandro Tfeli, para examinarlo, lo hizo echar de la clínica con cajas destempladas. La visita le sonó como un remate insolente de la advertencia mafiosa que acababan de propinarle. El padrino que manda a matar a un adversario y luego asiste al velorio para darle el pésame a la viuda.
Ahora piensa que fue tan grande su enfrentamiento público con el entonces presidente que esa misma animadversión debía protegerlo de cualquier agresión. Sólo que la política no suele ser tan cartesiana. La verdad es que Pino Solanas –militante peronista desde los sesenta– votó por Menem en 1989. Pero se convirtió en opositor en la primera semana de gobierno, cuando advirtió que entregarle el Ministerio de Economía “nada menos que a Bunge y Born” implicaba el inicio de una “traición al mandato del voto”. Poco después, el papel estelar del “capitán-ingeniero Alvaro Alsogaray y su hija María Julia en la escandalosa privatización de Entel” lo confirmarían en su calificación: se trataba de una “estafa política” y un “gravísimo delito” que “en nuestro país quedó impune con Carlos Menem y ha vuelto a quedar impune con el señor (Fernando) De la Rúa, que ha olvidado la Carta a los Argentinos y las promesas que encendieron las esperanzas de los ciudadanos maltratados por el despojo que le hicieron los grandes grupos económicos, favorecidos por el señor Menem y su pandilla”.
El primer cruce fuerte surgió a partir de las Galerías Pacífico, que pertenecían al ferrocarril todavía estatal. Pino Solanas, que las había utilizado como una de las locaciones de su película Sur, pretendía convertirlas en un gran emporio de las artes, como luego lo sería el Centro Cultural Recoleta, pero mucho más ambicioso. Una idea que iba a contramano de esas privatizaciones escandalosas que el cineasta criticó desde el primer momento con gran dureza. Y que hoy se pueden apreciar -especula– “en las cajas valerosamente conseguidas por Lilita Carrió”. Y aclara: “Ya en aquel entonces (José Luis) Manzano decía que no bastaba el ‘diego de cometa’ (el 10 por ciento de coima). Pues bien, si el total de las privatizaciones rondó los 30 mil millones de dólares y el dinero lavado ronda los 4500 millones, resulta evidente que la comisión promedió el 15 por ciento”. 
“Galerías Pacífico –explica luego– fue un negociado más del señor Menem. Con su testaferro, el señor Mario Falak y el señor (José) Pedraza (dirigente del gremio ferroviario). Porque el entorno menemista se había preparado para comerse la torta de los activos muertos que tenía el país. Son los mismos grupos que se quedaron con Puerto Madero y conformaron la Sociedad Anónima Puerto Madero. Pregúntenle a Carlitos Grosso, pregúntenle a (Alberto) Kohan, a todo ese entorno, qué tuvieron que ver con la privatización de Puerto Madero. Sencillamente se lo apropiaron. Como se apropiaron del inmueble de Galerías Pacífico y lo transformaron en una sociedad anónima. Para adjudicar sin licitación”.
Su otro gran motivo de confrontación en aquellos años iniciales del menemismo fue la privatización de la petrolera estatal YPF. A Solanas le interesaba el tema energético desde fines de los cincuenta (al comienzo del gobierno de Arturo Frondizi) cuando fue secretario privado del director general de Gas del Estado, Julio Canessa. Y golpeó duro sobre los nuevos dueños, haciéndose acreedor a varios juicios por calumnias de José “Pepe” Estenssoro, el “hombre que desguazó YPF” y murió (tal vez de manera no casual) en un accidente de aviación. De Estenssoro decía, por ejemplo, que compraba áreas de YPF en plena producción al 2 por ciento de su valor real, con el guiño del Presidente. También lo querelló Gerardo Sofovich, a quien Solanas sigue considerando hoy “un verdadero delincuente y un vaciador de Canal 7”. No se retractó y las querellas no prosperaron. 
El primer juicio de los tres que le inició Menem (también sin éxito) fue presentado ante el juzgado federal del doctor Martín Irurzun, dos meses antes del atentado. El entonces presidente se había agraviado por las declaraciones formuladas por Solanas al semanario Noticias el 10 de marzo de 1991. Allí dijo, por ejemplo: “Todo el menemismo y todo este carnaval no tienen nada que ver con el peronismo. Yo los he expulsado, como el pueblo los ha expulsado y los ha denunciado por estafadores, traidores y corruptos”. Como respuesta elíptica, Menem declaró a Clarín que estaba dispuesto a “destapar todas las ollas”, “aun a riesgo de tener que soportar la infamia y la calumnia”. 
El 21 de mayo de 1991, Solanas ratificó ante Irurzun las expresiones vertidas en Noticias. Dos días antes le había declarado a Página/12: “Aquel interesante dirigente del interior que fue Menem en realidad añoraba ser un tilingo más en el mundo de la farándula, de la frivolidad del unitarismo porteño”. En otra entrega de este diario iría más lejos. Parodiando la antigua admiración de Menem por Facundo Quiroga, el cineasta llamaría al presidente “la comadreja de los Llanos”. El mismo 21 de mayo, este diario publicó una contratapa de Pino titulada “¡Diantres...! ¿Me quiere meter preso?”
El 22, a las ocho menos cuarto de la noche, salió a buscar su Peugeot 504 en el estacionamiento de los laboratorios Cine Color, en Vicente López, acompañado por uno de los músicos de Astor Piazzolla, Pablo Ziegler, cuando dos desconocidos desfigurados por sendas narices de payaso apartaron a su acompañante y le dispararon a las piernas a dos metros de distancia. “Es obvio –rememora– que era una advertencia mafiosa: no querían matarme, sino intimidarme para que me fuera del país. Y me lo dijeron: no jodas más o la próxima es en la cabeza”. Curiosamente, “los desconocidos de siempre” habían llamado ese mismo día a la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, para decirle que a ella “le tirarían a la cabeza”. Fiel a su estilo, la Policía Bonaerense, en la persona de un subcomisario apellidado Rienzi, salió a decir que se trataba de un “intento de robo”. 
Solanas recuerda ahora que hubo más de cuatro individuos involucrados en el ataque, que se manejaban con walkie-talkies; que tenían área libre para operar y que uno de los subcomisarios de la seccional era el luego célebre Juan José Ribelli, actualmente preso por el atentado a la AMIA. Tampoco evoca con admiración al juez de la causa, Juan Carlos Tarcia, que se demoró 45 estratégicos días en llamar a declarar a la víctima y lo hizo, finalmente, atosigado por los múltiples pedidos del abogado Julio Raffo.
¿Usted piensa que Carlos Menem fue el autor intelectual del atentado?, pregunta el cronista. “Mire –contesta Solanas–, fui el primero en denunciar a Menem y el primero que Menem persiguió políticamente”. Luego evocará: “Esa noche, en el sanatorio, se juntaron quinientas o seiscientas personas. Yo estaba indignado. Hice responsables a Menem y su entorno”. Y más tarde abunda: “A mí no me cabe la menor duda de que éste fue un atentado del Menemismo con mayúscula. Funcionarios que habían estado cercanos a (Julio) Mera Figueroa en el Ministerio del Interior les dijeron a mis abogados, cuando su jefe dejó el cargo, que en el atentado había actuado la ‘cueva ocho’ de la SIDE”.
La gran reacción nacional e internacional que provocó la agresión le “dio fuerzas” a Solanas y debe haber influido para que se lanzara a la política activa. Algo que le recomendaban, por otra parte, los dirigentes peronistas combativos Luis Brunatti y Germán Abdala, que lo acompañaron decisivamente en aquellos momentos. En cambio, recuerda, la clase política se mantuvo al margen. La oposición no hizo suyo el caso. Y en esta indiferencia hacia el “personaje molesto” (piensa Solanas) puede rastrearse el germen de otras desgracias que se fueron sucediendo, como el asesinato de José Luis Cabezas.
El 20 de noviembre, Día de la Soberanía, el director de Los hijos de Fierro hizo construir una bandera de 400 metros con la que rodeó el Congreso en una movilización que marcó su debut político. En marzo de 1992, escribió en Página/12 una columna titulada “Otro país es posible”, donde convocaba a la formación de un vasto frente social y político opuesto “al modelo neoliberal de la dupla Menem-Cavallo, que venía a concretar el proyecto económico de la dictadura, vaciando y poniendo derodillas al país, vendiendo todos los activos públicos y empobreciéndonos a todos”. Su debut como candidato a senador por el Frente del Sur, en la Capital Federal, le demostró que había agua en la pileta: sacó casi el 8 por ciento de los sufragios y se perfiló como una tercera fuerza que entraba a tallar. En el ‘93 se unió con Chacho Alvarez en el Frente Grande y lograron un éxito electoral destacable: Chacho y Graciela Fernández Meijide fueron elegidos diputados por la Capital y Pino por la provincia de Buenos Aires. Pero pronto, después de las elecciones de constituyentes, confrontó con sus flamantes asociados, por entender que se habían quedado en la crítica “del menemismo”, del “microfenómeno de la corrupción” y no en el “macrofenómeno del modelo de corrupción, el modelo de rapiña que expresaba la globalización y la usura del capital financiero”. “El debate era muy fuerte –recuerda–, porque Alvarez y Meijide decían que de eso no se podía hablar, porque el frente debía prepararse para gobernar en 1995. Alvarez denunciaba a Matilde Menéndez, pero no se podía denunciar a Telefónica y a Telecom”.
Las divergencias se polarizaron en la Constituyente de 1994 y Solanas estuvo a un tris de retirarse como el finado obispo de Neuquén Jaime de Nevares. Entonces, admite: “Yo cometo un error político. Por disciplina partidaria y por aceptar democráticamente la decisión de la mayoría me quedo y no lo acompaño a Don Jaime”.
El gesto, dirá a continuación, no impidió que la línea hegemónica de Alvarez los expulsara del Frente. Durante varios años, Pino Solanas quedó como diputado solitario en el Congreso, mientras se producía el acuerdo de Chacho con José Octavio Bordón y el famoso encuentro de El Molino.
El gusta de reivindicar esa soledad y recordar que con su bloque unipersonal le “metió un palo en la rueda a Menem” al impedir el proyecto de privatización de Yacyretá y Salto Grande en los plazos que se había fijado. También le complace recordar que interpeló en duros términos a Domingo Cavallo.
Como es previsible, hay poca piedad hacia Chacho Alvarez, a quien acusa de “tener un discurso doble y a veces triple”. Y a quien considera uno de los principales responsables de la nueva decepción que agobia al electorado progresista. “A él le debemos, en gran medida, el carecer hoy, después de diez años, de una fuerza política creíble y coherente”.
Las sucesivas renuncias como vicepresidente de la República y jefe del Frepaso le parecen inadmisibles. “Tendría que haber ejercido una fundada oposición desde adentro, haciendo respetar el mandato del voto, el contrato con los electores. Además, ¿cómo se entiende su renuncia después de que forzó al Frepaso a votar la Ley de Flexibilización Laboral, después de haber firmado como presidente en ejercicio la privatización de las obras sociales y haber obligado a votar el impuestazo de (José Luis) Machinea, con la reducción salarial a los empleados públicos del 12 por ciento y, sobre todo, después de haber apoyado la concesión de poderes extraordinarios a uno de los máximos responsables del vaciamiento argentino que es (Domingo Felipe) Cavallo. Este es un hecho gravísimo y sin antecedentes, lo cual da muchísimo miedo”.
¿La causa? “Haber querido ser un paliativo del modelo, antes que una alternativa real a los fondos de inversión, que son quienes realmente nos gobiernan”. En un esquema que, según Fernando Solanas, se impone “por el terror y el chantaje. Antes, con los generales que hablaban de comunismo. Ahora, con la impaciencia de los mercados y el riesgo-país. Tratando de hacerles creer a los ciudadanos que es la Argentina la que se desploma en el abismo, cuando acá lo que agoniza es el sistema, poniendo en evidencia el fracaso de los gerentes, los tecnócratas y los políticos subordinados que en un cuarto de siglo no lograron, siquiera, el simple crecimiento”. 

 

 

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