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OPINION
Por Mario Wainfeld

La línea de bandera

La TV mostraba rostros llorosos, gente crispada, narrando sus dolores, sus temores, sus broncas. No era, por una vez, la histeria de las efímeras estrellas de los reality shows, sino la expresión de gente del común, los trabajadores de Aerolíneas que estaban sin cobrar su sueldo, a un tris de perder su trabajo, de ver diluido su futuro. No eran las lágrimas taimadas de los ganadores de refinados castings, sino la expresión honesta de mujeres y hombres desamparados. La reacción colectiva fue la identificación y por ende, la participación en la congoja que en estos días se palpa por la calle, acaso comparable al bajón colectivo que sucedió al suicidio de René Favaloro. Todos parecieron sentir que las campanas doblaban por todos.
Amén de la tristeza, emergieron acá y allá símbolos patrios: la bandera, el himno coreado a voz en cuello sin el –tan argentino– pudor de desafinar o llamar la atención.
Hoy habrá banderas camino a la cancha de River y –ojalá– flamearán al final del partido con Colombia. Ya era costumbre, eso del fútbol como único reducto de la identidad (y de la arrogancia) común, pero había dejado de serlo como modo de identificación colectivo, como reclamo de unidad, como emblema de pertenencia, como forma de expresar que todos y cada uno tenemos un lugar en el mundo.
La propia expresión “línea de bandera” se pronunció enfatizando, subrayando su palabra final. Como si fuera sinónimo de “línea nuestra” o algo así. En verdad “línea de bandera” alude a un tipo de empresa aérea que –dentro de un estado nación– tiene algunos privilegios y algunas cargas. Ambos se vinculan al objetivo de atender a las necesidades de toda la comunidad nacional, de vertebrar el territorio estatal. De fomentar una sociedad integrada, sin atender exclusivamente al móvil del lucro. En el fondo, quienes se llenaban la boca exclamando “bandera” no estaban desencaminados: la Argentina fue, es, debería seguir siendo, un estado nación integrado, capaz de asegurar educación, trabajo, igualdad de oportunidades y acceso a los códigos de la modernidad a todos sus habitantes.
A fuerza de verlo, de padecerlo, los argentinos saben que la desaparición de empresas estatales viene de la mano con la ruptura del tejido social, el surgimiento de pueblos fantasma, una mayor incertidumbre en sus vidas. “¿Dónde viviré, tendré trabajo, qué lengua hablarán los hijos de mis hijos?” se preguntan millones de compatriotas. Esa es la verdadera inseguridad que construye delincuentes que deberían estar en el colegio primario o kiosqueros aterrados que razonan –y a veces reaccionan– como vengadores ocultos.
El nacionalismo ha sido –en la Argentina como en tantos otros lugares– una máscara de autoritarismo que quisieron encubrir bajo miles y miles de metros de telas de bandera los conflictos sociales o de clase, las diferencias de proyectos, el pluralismo y la diversidad cultural. Lo que no debería escamotear es que pertenecer a una nación orgullosa, más o menos independiente, capaz de planificar de algún modo el porvenir de sus pobladores es una necesidad, una primera forma de asomarse a lo colectivo, un modo de superar la debilidad de cada cual, y aún de hacerle una gambeta a la finitud de cada destino individual.
El lenguaje cotidiano bautizó, no hace tanto tiempo, “saludo a la bandera” a un gesto ritual, vacío, hueco de contenido. Acaso con realismo o con cinismo podría decirse que sólo eso le queda a un país que no tiene proyecto ni educación ni alimento ni trabajo para un creciente tercio de sus escasos pobladores, que no tiene moneda, que dedica la mayoría de su excedente a pagar una deuda sideral y creciente. Tal vez así sea y tal vez sea tarde. En todo caso, lo que pedían a su modo quienes, embanderados, cantaban el himno y quienes se emocionaban–identificaban al verlos era desandar un camino de desintegración e individualismo cerril que se ha dado en llamar “modelo” y que cada vez deja más gente afuera.

La decisión presidencial

Para el Gobierno, Aerolíneas es otra versión de la especialidad de la casa: un incendio que debe apagarse o –casi siempre– reducir a brasas que pronto volverán a ser llamas. Los bomberos, en este caso, fueron dos de los ministros más activos, la de Trabajo y el de Economía. En verdad los dos negociadores no tenían la misma composición de lugar y eso algo se notó, aunque no discreparon en público. Domingo Cavallo –fiel a sí mismo– piensa que lo mejor es cortar el nudo gordiano: que la empresa quiebre, los convenios laborales pierdan vigencia y “en un par de días” (los números de Mingo suelen ser de una fantasía arrolladora) todo se reconvierta con los laburantes como variable de ajuste. Patricia Bullrich aspiraba a la continuidad, que –en rigor– si no se alteran otras variables (esto es si no se modifica toda la estructura del transporte aéreo) será sólo la prolongación de la crisis, patearla para adelante, seis meses o un año.
Las reuniones con los españoles fueron tensas y algo desprolijas, tanto que participaron de ellas –diríase con voz, pero sin voto– gobernadores que habían viajado con Cavallo para proponer el megacanje, ese faraónico modo de postergar lo irresoluble. Varios asistentes, no integrantes del Gobierno, confirmaron a Página/12 que Bullrich fue tan aguerrida o enérgica como solitaria, que se percibió que el superministro no estaba fascinado por el tema (“un problema entre una empresa y sindicatos”) y que la ausencia del Presidente argentino casi se podía tocar.
El Presidente, en tanto, tenía celular rojo con Bullrich y repetía el discurso público de la ministra: el problema era Ricardo Cirielli, el sindicalista que no quería acordar con los empresarios españoles. En voz baja Fernando de la Rúa dice que Cirielli está telecomandado por Carlos Ruckauf. Cada día más, De la Rúa atribuye la mayoría de sus dificultades políticas cotidianas a la mano negra del gobernador bonaerense. Así lo expresó ante algunos de sus ministros y también ante Rafael Pascual y un pequeño grupo de diputados: el gobernador bonaerense está detrás (o delante, si se quiere) de Luis D’ Elía, de Hugo Moyano, de Cirielli.
Otros integrantes del Gobierno añaden leña al fuego de esas sospechas: dos fuentes del Gabinete deslizaron a Página/12 que “hay funcionarios de Ruckauf que se están presentando como ministros” de un inminente nuevo gobierno nacional, peronista. Las fuentes acusan a Diego Guelar de haber asegurado ante un colega, embajador argentino acreditado en un importante país extranjero, que será canciller en cuestión de meses.
Tal vez algo de eso haya, pero esa visión conspirativa se obstina en negar la pertinencia de los reclamos de D’Elía, Moyano y Cirielli, que expresan un descontento que los trasciende.
En el propio Gobierno registran que culpabilizar a Cirielli del estancamiento de las negociaciones es una mirada poco equilibrada. De esto se habló en una reunión que mantuvieron ayer Cavallo, Bullrich, el Presidente, Chrystian Colombo y Carlos Bastos. “No podemos plantear que el único intransigente es Cirielli. No podemos ser claros para un solo lado”, “Tenemos que presionar más a la SEPI, debemos ejercer más presión sobre el Estado español”, dijeron al menos dos de los presentes ante De la Rúa.
Habrá que ver si esa convicción de su propia tropa convence al Presidente de jugarse más a fondo y ponerle el cuerpo a la negociación. El estilo y los tiempos delarruistas desconciertan y fatigan aún a los suyos. Una anécdota de estos días, relatada por fuentes extragubernamentales, puede ser ilustrativa. De la Rúa recibió a directivos de la UIA que le acercaron su sonada propuesta. Mientras los industriales intentaban glosar el documento y Colombo elogiaba sus intenciones, De la Rúa lo leía afanosamente, lo iba cuestionando palabra por palabra. Hasta, pluma fuente en mano, le tachaba frases enteras o reemplazaba algunos vocablos por otros. Los industriales –que no deseaban discutir párrafo por párrafo sino promover un debate general– comentaban pasmados esa obsesividad presidencial que termina siendo un modo de no dilucidar lo esencial.

Indulto e ainda mais

“Para indultar son necesarias dos cosas: poder y decisión. ¿Usted piensa que De la Rúa los tiene?”, pregunta el alto dirigente peronista, uno de los pocos que sigue cerca de Carlos Menem. El, claro, cree que la respuesta es “no” y se suma a las largas huestes de oficialistas y opositores que aseguran que de eso, de un eventual indulto a Carlos Menem por su responsabilidad en la causa de las armas, no se habla ni ahí.
Epur si muove. Como se adelantó en esta columna y también informó Joaquín Morales Solá en La Nación, cunde acá y allá un discurso que apunta a justificar, avant la lettre un posible perdón presidencial. El principal argumento es que la venta ilegal de armas fue una cuestión de Estado, una decisión política tomada a pedido de los Estados Unidos. El razonamiento, machacado por operadores menemistas, fue retomado por el general Martín Balza cuya situación en el corto plazo parece ser muy sombría. Fuentes confiables aseguran que en el acto del Día del Ejército –ése en el que De la Rúa se dio el gustazo de compartir tribuna con Galtieri y Harguindeguy– el juez Jorge Urso le anticipó al general Ricardo Brinzoni que es posible que necesite para el 13 de junio una prisión militar para albergar a Balza, quien ese día debe prestar indagatoria.
A ese supuesto dato, que le daría al presunto delito la tipificación de una jugada política, se aunan los anhelos de “gobernabilidad” a los que suelen ser sensibles De la Rúa y Raúl Alfonsín.
Tal vez no haya habido aún conversaciones precisas. Pero el tema ronda diálogos y mentes. Y cada uno añade su granito de arena.
Rodolfo Barra recuerda, en cenáculos de abogados, que no hace falta condena para indultar. El ejemplo vivo de ese adagio es el contertulio presidencial Galtieri, a quien se perdonó sin sentencia firme y por eso sigue siendo general de la Nación e incrementando el gasto público.
Carlos Corach, uno de los justicialistas que intenta convencer a Menem de bajar el perfil, niega haber hablado del tema con integrantes del oficialismo. Pero, navegando por Internet, encontró una información que sí hizo circular entre sus compañeros: una decisión de la fundación de la familia Kennedy de reconciliarse y hacer un reconocimiento público al ex presidente Gerald Ford. Ford había indultado a Richard Nixon por el Watergate y los Kennedy se ensañaron en aquel entonces con él. Ahora reivindican su gesto, por haber “pasado una página en la historia” y “haber liberado las energías de la Nación”. El material, acompañado de la sugerencia de dedicarse de conjunto más a resolver los problemas y menos a Comodoro Py, fue acercado por alguna mano solícita al actual Presidente.
Movida más o menos, la pregunta del dirigente peronista que inicia este párrafo suena razonable. El Gobierno no parece tener plafond para pagar los costos de un eventual perdón a Menem. Pero, claro, nada se pierde con probar y presionar un poco. Otra apuesta a placé es tratar de enredar a Cavallo. La citación resuelta por el juez Julio Speroni a Carlos Sánchez, hombre de Mingo por entonces y por ahora, levantó algún entusiasmo en las carpas menemistas.
Entusiasmo del que suele carecer el ex presidente. Está atribulado, obligado a hospedarse en hoteles porque su hija le niega albergue en sus mullidas casas y dolido por el odio que le propina la única persona de su destruida familia que aún lo quería. En ese marco, su pedido de viaje a Siria, la patria de sus antepasados, a la sazón carente de acuerdos de extradición con nuestro país, parece indigerible para Urso. Página/12 adelantó ayer que es muy difícil que se lo permita.
Encerrado en su país, ni siquiera en sus casas Menem ve licuarse su poder. Seguramente no es sólo por haber dejado la Rosada, sino también porque muchos de los que ahora cantan el himno o sufren como propio el vaciamiento de Aerolíneas advierten día a día cuál fue la herencia de sus diez años de mandato.


 

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