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“EL BAR” TIENE UN GANADOR
QUE SE LLAMA FEDERICO
Cachorro se llevó los cien mil y dejó al poeta con las ganas

Federico Blanco, el �pibe de barrio�, consiguió más votos telefónicos y se quedó con los cien mil pesos. Final a favor de �los buenos� para el primer reality show �del palo� de la TV.

Por Julián Gorodischer

“El Bar” consagró, el viernes, a un participante “modelo” que nunca jugó fuera de las reglas, prefirió el trato amable a la confrontación y exaltó desde el principio los valores de su barrio del Conurbano y su familia “bien constituida”. Federico Blanco, que venció a Eduardo Nocera, su rival más polémico, se quedó con los cien mil en el último tramo, gracias al resultado a favor de los llamados telefónicos. El que lo coronó, y le otorgó el premio y el podio, es el primer reality game show “del palo”, uno que se sintió culposo del género desde el vamos y se propuso, ante todo, un objetivo de máxima: no ser como “Gran Hermano”. “Fede” o “el pequeño galán” o “Cachorro” abonó a la tendencia que se viene dando entre los reality game shows de factura local: el triunfo del “bien” sobre las alianzas del mal, o los villanos.
En “El Bar”, como en “Expedición Robinson” y “Gran Hermano”, subió la popularidad de los voceros de una moral media que no se cuestiona. El público adhirió a Fede y lo vivó “in situ” en el bar de San Isidro; él les retribuyó el apoyo con su frase de cabecera: “Vamos los pibes”. Fue, sin duda, el representante “nac & pop”, uno que agradeció todo el tiempo por haber aprendido a ser mejor persona y aseguró que cada amigo de los “No Alineados” tendría su parte del premio. Ayudó a su rival, Eduardo, cuando tuvieron que enyesarlo, y nunca se propasó (ni un poquito) con la chica, Yael, que se le retaceaba. “Esto es regrosso”, dijo, otras veces, como parte de su “eterno deslumbramiento”, una buena disposición que nada tuvo que ver con el “spleen” –disimulado en bromas compulsivas– de su contrincante.
Eduardo, quien ganó en la competencia por la facturación pero no alcanzó al Cachorro en la de los llamados, inauguró, en los reality..., la autoconciencia del ser filmado. Dijo que estaba para “llevar felicidad a las casas” e intentó abrir puertas (profesionalizadas...pensó en su futuro) en la TV graciosa. Hizo un elogio del artificio, improvisando sketchs como “La cocina del amor” o “el consultorio terapéutico”, en el que se hacía analizar por un mono de peluche. Estuvo convencido de que sería el triunfador, tal vez como recompensa al sacrificio de hacer reír “a la gente” a toda hora, y disimular el dolor de su pie, esguinzado, sólo porque el público quería verlo sonriente.
Reafirmó su identidad televisiva como negación del modelo de participante-ingenuo del tipo de los “No Alineados”, competidores olvidados de las cámaras. “El poeta” o “el loco” o Edu, en cambio, se definió como un intruso o un visitante, un hijo de San Telmo que nunca se dejaría deslumbrar por el “entertainment”. “Borrachos los corazones”, fue su frase, una que resumió sus obsesiones discursivas: el amor y la bebida.
“El Bar” nunca pudo igualar el dramatismo del “Gran Hermano”, ni extendió socialmente frases como el “Estás nominado...” (que declama histriónicamente Soledad Silveyra), ni generó estrellas repentinas de la talla sensacionalista de Gastón, la India o la Colo, tal vez por su excesiva distancia respecto de la historia y su desconfianza a “creérsela del todo”.
Pero, en cambio, abrió las puertas a un nuevo modelo negocio, uno que funcionó, in situ, en el bar de San Isidro, se rió del contexto recesivo instalando un comercio exitoso y convocó colas de dos cuadras, repletas de adolescentes en busca de un autógrafo o de un plano para que los vieran desde casa. Fue un negocio que promovió la venta compulsiva de daikiris y otros tragos, y llenó de música y fiesta una calle de tierra, al borde del río. Tendió un puente entre la pantalla y la experiencia, que permitió acercarse hasta la casa-bar para ver y tocar a los rehenes. Se construyó a sí mismo como un lugar de crítica al género, con confesionarios sin franqueza ni confidencia, y un casting “distinto” que incluyó a un gordo, una travesti y una religiosa. El viernes, sobre el final, sus participantes, a excepción del ganador, no lloraron. Las caricias, el dramatismo posterior a cada expulsión y el “estar emocionado” todo el tiempo tienen, según parece, sus derechos registrados en otro canal, en otro horario. Los de “El Bar” prefirieron las risas y el baile en la pista, el saludo cordial, a lo sumo la promesa de un asado fuera de las cámaras. Eso fue todo, sin estridencias, y hubo que conformarse.

 

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