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EN UNA VILLA VENERAN A UN ADOLESCENTE MUERTO POR LA POLICIA
El santo de los ladrones

A él se encomiendan los ladrones del barrio antes de salir “a un hecho”. A él le adjudican curaciones milagrosas, fugas
de la cárcel, asaltos exitosos. Se
llamaba Víctor Manuel Vital, pero lo conocieron como “Frente”. Cuentan que era un pequeño Robin Hood, que repartía con generosidad el producto de sus robos. Tenía 17 años cuando murió, baleado por la Bonaerense. Hoy su rostro aparece en las remeras de sus admiradores.

Junto a la tumba del Frente, sus amigos con la camiseta que lleva su nombre y más allá, Mary, su amiga.

Por Cristian Alarcón

Aquellos que se ven entre las tumbas grises vestidas de flores, al fondo del cementerio de San Fernando, ese grupo de chicos que se recorta contra el paredón que da a la Villa Santa Rosa “parece una patota”, a los ojos de una reciente viuda. Y así lo denuncia la mujer al sepulturero, que la mira y sonríe para tranquilizarla. Está acostumbrado a la visita de pibes de camisetas y pantalones anchos, con ese estilo del Conurbano que incluye las Nike o las Fila, imprescindibles como los tatuajes. Los muchachos rodean la lápida de Víctor Manuel “Frente” Vital, un ladrón de 17 años. Según los testigos cayó fusilado por un policía, cuando estaba escondido y sin armas bajo una mesa en un rancho de la villa San Francisco, mientras gritaba “¡no disparen, nos entregamos!”. Cuando “perdió”, hace más de dos años, ya era famoso en la zona norte, una de las más violenta del Gran Buenos Aires: gozaba de la celebridad de un Robin Hood villero, capaz de regalar lo que llevaba puesto, de enviar “bagallos” para los compañeros presos, asistir a sus familias o “hacer” un camión de La Serenísima para repartir yogures y quesos en carritos tirados por caballos. Después de tanto su popularidad persiste en los jóvenes ladrones: lo consideran milagroso. A él le atribuyen el éxito de curaciones de balazos fatales, fugas de institutos de menores, asaltos cuantiosos y sin heridos. Sus contemporáneos se encomiendan a él antes de salir “a un hecho”. Por eso cada visita a su tumba, los chicos rocían cerveza sobre las flores, y en la trompa de un elefante de porcelana colocan las últimas briznas de un porro, fumado en círculo, como una ofrenda al ángel caído que, según dicen, puede doblar el rumbo mortal de las balas bonaerenses.
Fue poco antes de las once de la mañana del sábado seis de febrero de 1999. Tenían fichada una carpintería de San Fernando, a unas ocho cuadras de la esquina de French y Guillermo Pinto, donde vivía el Frente. Sus compañeros eran de la villa Santa Rita, dos de los miembros de lo que se conoció como la banda de los Bananita. Antes de salir le dejó el oro -pulseras, anillos, cadenas, cruces, medallas– a un amigo de la otra cuadra que no pudo convencerlo de que el lugar era peligroso porque tenía un mulo: en la jerga un custodio privado. Pero lo hicieron. “No puedo más, no puedo más”, decía Coqui, que venía al final, mientras corrían atravesando un barrio de monoblocks que limita con la villa. Frente iba adelante, riéndose con picardía del otro. Alcanzaron a meterse en un pasillo. En el camino descartaron las armas y se guarecieron en el rancho de doña Inés Vera, un lugar de dos por dos, en el que apenas entraban un aparador, una cocina y una mesa. Su generosidad con los botines que hacía no le había zanjeado uno, sino cientos de escondites.
Luisito alcanzó a escuchar que el Frente murmuraba “callate, que zafamos”, cuando vio que pateaban la puerta y una mujer policía y dos hombres entraban al rancho. Entonces se escucharon los gritos, querían entregarse. Pero enseguida sonaron cuatro disparos. Era, según las pericias, la pistola del cabo Héctor Eusebio Sosa, alias el Paraguayo. A Luisito, cuenta, le disparó otro policía, pero él alcanzó a volar hacia la puerta y la bala le rozó el cuero cabelludo. Quedó tirado con medio cuerpo fuera del rancho, haciéndose el muerto. De todos los pasillos salió la gente. Y en menos de diez minutos habían rodeado el rancho. La noticia de que Frente Vital había muerto se esparció como el viento. El Chaías, un chico que fue de los mejores amigos de Víctor, sentado en la casa del Frente, recién bañado, de camisa de jean abrochada al cuello, y peinado con esmero, cuenta cómo llegó corriendo cuando se llevaban a Luisito. “Iba llorando en la camilla, me agarró la mano y me dijo `El Víctor, fijate el Frente`. Nadie sabía nada. Hasta que llegó la madre y sentimos el llanto. Ahí se pudrió todo con los vigilantes, empezaron los tiros y los piedrazos.” Entonces, nació la leyenda. Estalló como un combate.

Plata sucia, corazones limpios

Fue una batalla como no hubo otras en el Norte. Mujeres, viejos, niños, chorros, traficantes, agarraron a las patadas a los patrulleros, a los cascotazos y a las patadas voladoras a los del grupo GEO. La policía reprimió con itakazos. Pero tuvo dos bajas, uno con una clavícula rota. El cielo se puso negro y al mediodía se desató una tormenta que no paró hasta el día siguiente. Por el campito caminaba el Chaías, quebrándose por las ráfagas, bajo una sombrilla de colores. En esa época él todavía no bardeaba, como dice que lo hizo luego, y esta misma semana bajo la protección del Frente. “Antes de salir a laburar le doy un beso a la foto que tengo en un marco con los colores de Tigre.” Lo que sí hacían era disfrutar juntos la plata de los robos. A poco de comenzar el largo relato sobre su hijo, su madre, Sabina Sotello, lo explica no sin cierto pudor: “Yo trabajaba bien como cocinera y ganaba 900 pesos, todo para él, pero era inútil. Ni su hermano ni yo le aceptábamos nada. `Sacá tu plata sucia, metétela en el culo`, le decía. Quise vender mi casa para irme para otro lado. Me dijo `yo me vuelvo`. Después hice un curso de seguridad, para vigilarlo. Trabajaba y trabajo de seguridad en un supermercado. El se reía: `mi vieja botona y el hijo chorro”. Amaba la villa y el placer de robar para darles a los demás. De nene me cortó la cama de arriba de una cucheta y la regaló. Después, ya con su plata, cuando un chico no tenía zapatillas, cuando un chico quería un yogur, ahí estaba él”.
Víctor Manuel era el hijo menor de Sabina. Los dos mayores ya eran grandes cuando él comenzó con el “negocio” de las bicicletas de aluminio que robaba a los trece años, en Belgrano, para vender después a 200 pesos. Pato, encargado de un supermercado y atleta de triatlón donde corre con una remera en la que se lee Frente, dice que aun cuando él tenía dinero en el bolsillo “no podía dejar de bardear”, como si Víctor hubiera padecido cierta cleptomanía que lavaba regalando sus frutos. “Ahora tengo repositores a cargo y no pueden creer que sienta orgullo. Por ahí no puedo estar orgulloso de lo que robaba, pero sí de lo que hacía con la plata.” ¿Qué hacía con la plata? “Acá todo el mundo tiene la foto en la casa, bien enmarcadita, y con él tomando la comunión. Pero además todo el mundo tiene algo que le dio el Frente, o se comió, o se tomó, o se drogó con algo que le dio el Frente”, dice un chico de gorra dada vuelta y tatuajes que le asoman por el cuello de la remera. “El, acá en el barrio, pum, venía con plata: ¿qué queré tomar? ¿Queré fumar? Pum. Tomá. Capaz que le hacía falta plata a alguien, pum, tomá. Acá en el barrio, él andaba sin plata, ¿no me prestás 20 pesos? Pum, sí, Víctor, tomá, ¿entendés? Ahora el barrio, esta villa, desde que se fue él cambió un montón.”
Suena rara, pero es frecuente, la palabra solidaridad o solidario en la boca de estos jóvenes ladrones. Las anécdotas se coleccionan. Aquella vez que habían robado con los chicos de Santa Rita, y se largaban a lo que más le gustaba, que era ir a comprarse ropa. Partieron al Carrefour de Boulogne. Chaja, el que habla siempre susurrando, ligó una chomba UFO. De hecho hubo una vez en que se hicieron de dos bolsas con ropa Lacoste, “y la villa se puso cheta”. “Todos andaban con sus chombitas”, ríen, llenos de sarcasmo. Pero nunca la alegría fue tanta como cuando hicieron ese camión repartidor de La Serenísima. Estaba estacionado en la casa del dueño, en San Fernando. Lo vaciaron y cargaron todo en un carrito de los que usan para levantar cartones los cirujas del barrio, de allí a los pasillos. “Nunca se comió tanto yogur, tanta leche cultivada, tanto queso, fue un fin de semana hermoso y además para cada uno que estaba adentro él mismo se encargó de que les mandaran un bagayo. Esas hormas se comieron en Olmos, en la Nueva, y hasta en Sierra Chica”, cuenta Mary, madre de sus compañeros de ruta, y madre alternativa a la legalista Sabina Sotello, la que le escupía la plata sucia.

Milagros tumberos

¿Cómo comenzó la leyenda del Frente? Como si sus beneficiados sintieran una devoción inmediata, apenas oyeron ese alarido de Sabina Sotello en la puerta del rancho donde le dieron muerte, se sumaron al combate “con la yuta”. Fueron dos días de vigilia hasta que le devolvieron el cuerpo, y hasta que eso no ocurrió, la lluvia no se detuvo. Entonces cientos, venidos de Los Troncos, Santa Rita, Santa Rosa, Bajo Alvear, Del Carmen, La Cava, la 25, y hasta de más allá del Tigre, se reunieron en la esquina de French y Pintos. Pasaba un auto policial allá lejos, y cualquiera de los pistoleros disparaba en la noche. Sabina intentaba sofrenarlos. Les rogó que no lo hicieran. Los hijos de Mary, presos ese 6 de febrero, no pudieron venir porque las madres temían que los policías fueran linchados. Uno de ellos, Carlos, le escribe incesantes poemas desde la cárcel. Uno de ellos, larguísimo, está escrito con prolijidad sobre una plancha de bronce pegada a un mármol, en la tumba: “Ya hace un año que te marchaste y que te mataron gente uniformada de gatillo fácil que llamamos criminales (...) Porque cierro mis ojos y te veo, te sueño cada vez que te nombro y me conformo con soñarte (...) Yo sé que él no nos abandonará, porque él nos ayudará y luchará con nosotros desde el más allá (...)”.
Esa lápida, esa cruz de mármol con su base de cemento y sus flores de tela multicolor, y sus placas hechas en granito, con corazones de Boca diseñados por las chicas que morían por el Frente, es lugar de peregrinación. Mary, la mujer que en los últimos tiempos lo esperaba en su casa y lo acompañaba hasta la puerta después de cada robo, porque él le había confesado que se la tenían jurada y que lo iban a poner –”si me agarran, Mary, que me hagan una corona con los colores de Boca”–, se persigna y piensa en silencio. Uno de sus hijos se refugió en esa tumba cuando en una guerra desatada con los Toritos, de la villa Santa Rosa, su hermano se desangraba después de cinco balazos en el abdomen. Ahora han montado un paredón de hormigón armado que separa el silencio de los sepulcros del bullicio de la miseria del otro lado. Pero en ese entonces toda la división era un alambrado por el cual pasaban las balas, que a él, tras la cruz del Frente, no lo tocaron.
En el carácter sagrado de Frente Vital se juegan las condiciones materiales del Conurbano de los últimos tiempos. Antes de hablar de favores concedidos, los ladrones que lo han sobrevivido hablan de respeto. “No hay más el respeto que había antes. Antes te tenía que dar la sangre para robarles a los que tenían plata.” Así, si el Frente se enteraba que un ladrón se había hecho de un secarropas de una vecina, allá iba, “cacheteaba al gil y ése no aparecía más por el barrio”. O si a sus oídos llegaba que le pidieron un fierro a un señor para un robo y se lo “habían dormido”, él decía: “¡Vos sos un atrevido, así no!”. “¡No, Frente, pum, pará!”. “Qué no, tomátela guacho! No te quiero ver más acá!”. “No se vio más el pibe. Después de que murió el Frente entró a parar otra vez en el barrio”.
Así como había un orden que el Frente ayudaba a mantener con códigos que por ese entonces ya estaban perimidos en la mayoría de las villas, así mismo ahora se establece cierta protección contra el peligro desmadrado del gatillo fácil. “A mí de las balas me protege el Frente, tengo nueve y no me mataron”, cuenta Mary que uno de sus hijos le grita a la policía.
“Es como que vos elegís un ángel –dice Mary, en la tumba–. Más ellos, que andan robando. Cuando al mío le ponen un tiro en el hígado, que fue un fusilamiento igual que el de él, le hablaba y se salvó.” Cuando Chaías cayó en un robo a una panadería de Victoria y le dijeron que iba a un instituto cerrado, rogó y fue a Abasto, de donde se pudo escapar. Corrió tres horas hasta las vías del Roca pensando en él, y llegó. Cuando Laura, una piba que iba a verlos cuando caían presos, le hablaba al cuadro de la primera comunión, la luz del rancho se apagaba. Y Mary, que sueña que la eleva por el aire, y ve desde la altura a sus nietos, durmiendo, mientras a ella le dan ganas de ir al baño. Y él que le dice, andá, guacha, andá que yo te cuido. Acaso se comprenda la dimensión del fantasma del Frenteescuchándolos, eternamente aferrados a la idea de que su muerte les da la protección que no existe en otro lugar que en esa ferocidad solidaria que parece haberlo sostenido durante sus 17 años. Acaso se comprenda así el campeonato de 42 equipos de fútbol villero que disputaron esas camisetas que dicen “Frente” en la espalda, y el chocolate de cada 28 de julio, que es su cumpleaños, y la salva de balazos que un centenar de ladrones le dedicaron desde ese estrecho pasillo donde se reunían, y donde él recibió las balas de la Bonaerense, carente de un ángel, aunque tantos hubieran dado sus vidas por protegerlo.

 

Cronista de las muertes

A un lado el campito, el mismo donde se jugó el campeonato para juntar dinero para la tumba del Frente Vital, a un mes de su muerte. Cuarenta y dos equipos jugaron durante dos fines de semana, y el último partido fue entre el equipo de San Francisco y el de la villa Alvear Abajo. Los finalistas estaban tan ansiosos que no quisieron esperar a un tercer domingo para ver quién se quedaba con el juego de camisetas pintadas con el nombre del Frente en la espalda. Así que se entregaron al gambeteo cuando ya era de noche. Los vecinos pusieron los pocos autos de la villa con las luces altas frente a la cancha. Y cuando la pelota cruzaba la línea central, allá se movían las luces estacionadas en la esquina de French y General Pinto. En esa misma esquina sigue la casa del Frente; y la de Carlos P., un morocho de pelo largo, trencitas y colgantes peruanos venidos de la Plaza Francia donde él cada fin de semana trabaja como “el robot de los chicos”. Carlos se presenta, se entera el motivo de la presencia de los desconocidos y pide que al final del recorrido lo visiten en su casa. “Tengo una lista para darles”, dice. En una casa decorada con todo tipo de adornos artesanales, posters de bailanteros, una foto con Gilda, la cantante también elevada a leyenda, muestra un montón de hojas de carpeta cuadriculadas escritas a mano. Son sus notas, las que ha ido tomando a lo largo de 15 años, y guardan las historias de veinte chicos muertos en los límites del barrio. Estremece leerlas. Son caídos por balas policiales, por balas de otras bandas, por balas suicidas, por balas perdidas, por balas siempre injustas, sobre víctimas siempre jóvenes.

 

HAY UN POLICIA PRESO POR LA MUERTE DE VITAL
Las pruebas del gatillo fácil

Por C.A.

El caso de Víctor Manuel “Frente” Vital tiene varias particularidades. Primero, si bien es uno de los casi 500 casos de gatillo fácil que cuenta la Coordinadora contra la Represión Policial en sus estadísticas, en éste la víctima era un ladrón como otros tantos en el Conurbano. “Yo no niego que mi hijo haya sido delincuente, claro que lo fue. Pero no por eso podían fusilarlo como a un perro”, dice su madre, Sabina Sotello. Segundo, en la investigación del crimen hubo pruebas para procesar a un policía por “homicidio simple”. El cabo Héctor Sosa, alias El Paraguayo, está preso desde el 26 de julio de 2000. Sosa espera el juicio oral que comenzará cuando se termine la “instrucción suplementaria”. La defensa del policía solicitó que se remitan al tribunal todas las causas en las que Vital o el chico que lo acompañaba pero que salvó su vida, uno de los famosos Bananita, aparecen implicados en toda la provincia de Buenos Aires: nadie sabe cuántas, pero son suficientes como para que el trámite demore.
¿Cómo fue posible demostrar ante el fiscal del caso y el juez de garantías que el cabo Sosa lo asesinó a sangre fría? Parte importante de las pruebas recolectadas por los abogados María del Carmen Verdú y Daniel Stragá, de la Correpi, son los testimonios de Inés Vera, la mujer dueña del rancho en el que los dos ladrones se refugiaron; el de su yerno Rubén Darío Núñez, y el de Alicia del Castillo, la vecina que caminaba por el pasillo de un metro de ancho por el que entraron corriendo a la villa Vital y su amigo Luis. Vera declaró tres veces en la causa, la primera en la comisaría. En ella se afirmaba que era alfabeta y que había escuchado “intercambio de disparos” desde afuera del rancho. En la fiscalía, y en dos oportunidades, la mujer aclaró que no sabía leer, que la policía le leyó una versión diferente a lo que había dicho, y en que definitiva lo que sí oyó fueron cuatro disparos.
Esos cuatro disparos también los escucharon Núñez y Luis, quien recibió un balazo que le rozó la cabeza. Del Castillo dijo que Vital la corrió con las dos manos para poder pasar en su huida por el estrecho pasillo: iba desarmado, había descartado las armas. Lo definitivo para la prisión de Sosa fue una pericia multidisciplinaria teniendo en cuenta que Vital tenía cinco orificios de bala, uno de ellos en la mano, y que el policía aseguró que se tiroteó con el ladrón frente a frente. La versión de Luisito es que su amigo estaba escondido bajo la mesa, que Sosa la pateó y que le tiró cuatro veces a la cabeza mientras el chico se tapaba la cara. La bala le cruzó la mano y le entró por el pómulo. Otra le dio en la sien izquierda. Teniendo en cuenta las dimensiones de la habitación, de los muebles y la altura de Sosa, de 1,65, los peritos de la Suprema Corte concluyeron en que para que Vital hubiera estado parado, le deberían haber disparado desde una altura de 3,30 metros. La policía jura que encontró un revólver 22 con una sola bala percutada al costado del cadáver de Vital. “Si la hubiera tenido –dice Sabina Sotello– mi hijo le vaciaba el cargador y el policía estaba muerto.”

 

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