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OPINION
por Mario Wainfeld
¿Qué quiere decir Mosconi?

Apenas 70 años de historia. El retiro del Estado y sus secuelas. La lógica política de Romero. Mestre, en cámara lenta pero siempre para el mismo lado. La decisión de Cafiero. Ruckauf y el invierno. En busca de una estrategia.

“Es preferible el aumento de los costos y hasta un mal servicio público del petróleo a las excelencias que las organizaciones extranjeras puedan ofrecer por cuanto ellas, al fin, exportan en máximo grado las riquezas que se obtienen de sus yacimientos y constituyen generalmente el germen de graves perturbaciones de orden económico y social.” Enrique Mosconi.

El autor de la frase del epígrafe se recibió de ingeniero militar y tenía el grado de coronel cuando Hipólito Yrigoyen, en los estertores de su primera presidencia (1922), lo puso al frente de la flamante empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Mosconi era de los militares preocupados por lo que, ya entonces, denominaban “dependencia crítica”: la debilidad del Estado nacional si no manejaba resortes esenciales de la economía. En verdad, él prefería que la naciente riqueza petrolera fuera explotada por empresas nacionales privadas o mixtas, pero hasta tanto el capital nativo no se decidiera, priorizaba la empresa estatal a la extranjera. Fiel al radicalismo, Mosconi permaneció al frente de YPF hasta el golpe de 1930. En 1929 fue elegido presidente del Círculo Militar venciendo a las huestes del general Uriburu, posterior jefe de los golpistas que desalojaron a Yrigoyen.
Los primeros pozos de petróleo se descubrieron en la Patagonia. En el NOA brotaron muy poco después. En 1926, refiere el historiador José María Rosa, Salta producía irrisorios 233 metros cúbicos de petróleo. En 1928 superaba los 15.000. La parte del león de la explotación estaba en manos de empresas extranjeras: Shell y Standard Oil. YPF comenzó una lucha para garantizarse las reservas futuras. Fue una pulseada que desniveló a favor de la empresa estatal un gobernador radical, apellidado Cornejo.
A partir de ahí comenzó un boom productivo. En 1932, a la vera de los yacimientos, se creó una ciudad que honraba al ya General Mosconi. Ciudad que creció, prosperó, vio capacitarse a sus habitantes, fue destino final y escala de líneas férreas. 
En la infame década de los ‘90 fue condenado a ser un pueblo fantasma, desguarnecido de su industria básica por una privatización desaprensiva. Pensada –en el mejor de los casos– con un táctico criterio de caja y en el peor (muy verosímil) también en función de las jugosas comisiones que habrá devengado a algunos funcionarios y legisladores. Esa privatización, sin salvaguardas sociales, carente del más mínimo planeamiento estratégico, fue celebrada en triunfo por los parlamentarios del oficialismo de entonces, el peronismo, que por años se proclamó heredero de la tradición yrigoyenista y de la de Mosconi.
Menos de setenta años tiene de vida General Mosconi, o sea apenas el término de la existencia de un ser humano. Supo tener más pobladores, ahora quedan 22.000, pocos votos para una elección de Salta, menos que insignificantes para una compulsa nacional. Mosconi no sólo fue desamparado de su fuente de trabajo. Se fueron retirando de él los estados provinciales y nacional, a la par que los trenes. Huérfanos los habitantes de recursos para subsistir, una astuta y pintoresca vanguardia local descubrió el corte de ruta como estrategia de supervivencia, como el único modo de interpelar, con ínfimos resultados pero resultados al fin, a sus representantes. 
Hartos ya de estar hartos sus habitantes hicieron un bastión de la ruta. Ya van varias veces que fueron reprimidos ferozmente. La última ocurrió el domingo pasado: la Gendarmería, enviada por el gobierno nacional, cumplió esas tareas. La orden provino de un juez federal, cercano al peronismo, apellidado Cornejo, como aquel gobernador. Un puñado de familias gobierna Salta, para bien o para mal, desde siempre.

Hay mafias y mafias 

–”Los piqueteros son una mafia, no podemos dialogar con ellos,” justifica una importante figura del gobierno.
–No parecen una mafia, son gente de pueblo, organizada, con reclamos muy moderados –le replica Página/12. Un canal de noticias muestra a la Fuenteovejuna del norte haciendo retroceder a los gendarmes, sin más armas que algunas gomeras, el número y la convicción.
–La mafia no era en sus orígenes una organización criminal, sino una que sustituía la carencia de instituciones– reformula el funcionario.
–Pero cuando ustedes dicen “mafia”, “subversivos,” “guerrilleros” no designan formas alternativas de reclamar, más bien criminalizan el conflicto.
–Nosotros –se confiesa la fuente– al conflicto lo que hacemos es negarlo. 
Y entonces su diagnóstico se vuelve más certero. La falta de políticas de contención y armonización del conflicto social ha operado efectos perversos. En Mosconi, digamos hace ocho días estaban –sin mediación alguna– los ciudadanos ocupando las calles de su ciudad y la Gendarmería cercándolos. Minga de autoridades elegidas por el pueblo en un contexto social y económico agobiante.
“No es posible que Raúl Castells venga a Plaza de Mayo y consiga Planes Trabajar– se indigna otra fuente del gobierno– que ocupe el lugar de intendentes o gobernadores”. “Pero –autocrítica– la culpa la tenemos nosotros que no nos ocupamos de los problemas”. “Por suerte ahora va Quique (Enrique) Martínez con proyectos productivos factibles. Pero debimos articularlos antes. Esa zona no es un yermo como Cutral-Có, pueden programarse cultivos, forestaciones”. 
Nada de eso puede esperarse del gobierno local. Juan Carlos Romero es, en vida, un monumento a la fuga del estado. En el anterior estallido estaba en Israel y no consideró pertinente pegar la vuelta. El miércoles de esta semana, mientras el pueblo de Mosconi armaba una olla popular el gobernador salteño honraba el restaurant del Hotel Plaza de esta Capital. No es pura frivolidad lo suyo, también un designio político: no legitimar a los reclamantes. Una solución perversa si se pondera que el sistema político institucional, que le ofreció 60 sublemas en la elección de octubre del 99, brilla por su ausencia. 
Ramón Mestre comparte el diagnóstico del estadista Romero. Y merece un párrafo aparte.

Párrafo aparte

Mestre comenzó su gesta de gobierno cuando balas de Gendarmería segaron en Corrientes las vidas de Mauro Ojeda y Francisco Escobar, dos jóvenes y humildes correntinos. Fue designado entonces interventor en Corrientes. Se tomó más de un día para ir, aduciendo que –tras haber sido notificado de su nombramiento en la Capital– debía pasar por su Córdoba natal para munirse de sus pilchas. Llegó tarde, cabe esperar que presentable para el tórrido verano mesopotámico. De la investigación sobre esos crímenes jamás se supo.
“Hasta De la Rúa se queja de su lentitud –bromea, off the record, uno de los hombres del Presidente– dice que lo tiene podrido, que es mudo, que nunca sale a defender al gobierno. Rezonga que quiere reemplazarlo pero no sabe por quién”.
“Mestre –caracteriza con sarcasmo un astuto operador alfonsinista– fue un buen gobernador pero trasladado al nivel nacional... es como esos obispos de provincia a los que se envía al Vaticano como cardenales y se pierden en los pasillos... O (grafica, futbolero) como un goleador de Excursionistas que pasa al Real Madrid”.
Algo tiene de vaticano el Ministro del Interior: sus tiempos no se corresponden con las urgencias de los mortales comunes. Lento y pocoexpresivo, nulo comunicador, es –cabe reconocérselo– fiel a sí mismo, se cae para el mismo lado: sus reflejos son siempre autoritarios. Parca fue su verba pero abundó en menciones a subversión, sedición y guerrilla. Su criterio, palmario, fue tratar como delincuentes a los reclamantes, totalmente en línea con Romero.
Dicen en la Rosada que el candidato del Presidente para sustituir al inerte –pero reaccionario– Mestre es Enrique Mathov. Lo cierto es que Mathov, hombre de confianza de De la Rúa, no se mostró menos arrogante, ni menos autoritario que Mestre y como él consideró ajeno a su rol de Secretario de Seguridad salir del ejido porteño para hacer algo con relación a la muerte violenta de dos argentinos. 
“No podemos comprarnos otro conflicto con el menemismo,” explica un operador delarruista justificando que el ministro del Interior funja de partenaire del gobernador de Salta. Huelga resaltar la mezquindad del cálculo. Amén de eso, la apuesta del Gobierno fue que el conflicto se descomprimiera por arte de magia, sin ponerle el cuerpo. Con una sola excepción que merece otro párrafo aparte.

Párrafo aparte (II) 

Juan Pablo Cafiero eligió un camino prolijamente inverso al de Romero y al de su compañera frepasista y antecesora en el cargo Graciela Fernández Meijide quien en una instancia similar ocurrida en La Matanza permaneció en Biarritz. 
Cafiero entendió que lo mínimo que deben hacer los gobernantes ante sus mandatarios en tiempos de carencia y de malaria es ponerle el cuerpo a los problemas. Se mandó para Mosconi sin debatir con sus pares del Gabinete. Se comunicó con Romero para informarle de su viaje pero desechó amablemente las sugerencias del gobernador quien le propuso primero que no saliera de la capital provincial y de mínima que fuera a Orán o Tartagal pero jamás a Mosconi. El análisis de Romero .no magnificar el conflicto. se acompañó con alguna psicopateada sobre falta de garantías respecto de los violentos mosconenses. 
Pero no fue una misión suicida. Sin más guardia de corps que cinco personas, entre ellas su vocero, el Ministro de Desarrollo Social fue al supuesto campo de batalla y encontró solo gente común, antes que ávida, necesitada de conversar y de ser escuchada. Sonaron en sus orejas, duras por el frío, algunas propuestas que debían de haber brotado de entes nacionales o federales: por caso, la de controlar para evitar el daño ambiental de las explotaciones petroleras que aún quedan, una actividad ecológicamente necesaria y trabajo intensiva. 
La excelente crónica que se desarrolla en las páginas dos a cinco describe que los pobladores de Mosconi, aún los piqueteros, quedaron conformes. No esperan milagros, ni promesas. Apenas saber que todavía tienen representantes y funcionarios dignos de tal nombre. Nada de lo antedicho implica que una sociedad arrasada como la de Mosconi sea un edén. Cuentan sus cronistas que pululan en ella rivalidades, cien internas. Piqueteros y pueblerinos convencidos de que hay que despejar la ruta. Comunidades indígenas aisladas del resto. Piqueteros más o menos radicalizados. Algunas de esas divisiones se verbalizaron en la charla con “Juampi”. Son síntomas de dificultades que patentizan la necesidad de articular, de tener mediaciones institucionales, modos legales y acordados de resolver los conflictos. La democracia es, al fin, un sistema de negociación permanente, de concesiones mutuas, de reconocimiento del otro. Aunque haya quienes, como Romero y Mestre, se obstinan en dejar todo librado al libre juego de oferta y demanda entre gendarmes y piqueteros. 

Cuando llega el frío

Se viene el invierno, la vida se hace más dura, sobre todo para los que moran bajo techos endebles y comen mal. Carlos Ruckauf lo sabe y se lo expresó al Presidente y al Jefe de Gabinete. El gobernador bonaerense sabe que su provincia es un polvorín y que el frío agrava las carencias y las necesidades de los más pobres.
Chrystian Colombo porfía en establecer un acuerdo básico de gobernabilidad entre la nación y las provincias. Lo habló en estos días con Ruckauf y ya han desfilado por su despacho casi todos los gobernadores. Según Colombo, la Argentina debería mirarse en el espejo de países del primer mundo (España, Portugal, Irlanda) o del tercero (Chile) que han emergido de situaciones de crisis nacional. Lo hicieron con calidad institucional, con el tramado de reglas esenciales para los inversores extranjeros, con ciertos acuerdos políticos primarios, con algún planeamiento económico. La intención inicial de Colombo era proponer un documento conjunto con la oposición para el 9 de julio. La detención de Carlos Menem tal vez aguó esa posibilidad, pero el Jefe de Gabinete porfía en dar a conocer algunos puntos de acuerdo, algún lineamiento común a futuro. Los palotes de un pacto estratégico básico para un país que, razona el Jefe de Gabinete, se desnacionaliza mucho más allá del desmantelamiento de las empresas públicas. 
Sería toda una novedad. Lo estratégico, lo que alguna vez significó YPF, es gran ausencia de la política nacional desde hace décadas.
El menemismo llevó en su código genético una absoluta desaprensión por el futuro. Aerolíneas, General Mosconi, los records de desocupación son sus herencias más patentes. Habrá otras en años o en décadas cuando se pague, amén del latrocinio y el despilfarro, haber puesto el control del medio ambiente en manos de una liberal fundamentalista que se envolvía en tapados de piel. La mayor frivolidad del menemismo no fincó en su fastuosa vida personal sino en su desdén por el futuro común. 
Más austero en sus modos, el gobierno aliancista proclama en la oratoria presidencial una fascinación por el consenso y la unidad nacional. Pero ésta deviene una quimera cuando –y De la Rúa es un maestro en eso– no toma razón del conflicto, de las diferencias de criterios o de intereses. El diálogo es útil, cuando trascendiendo retóricas, se armonizan intereses, se limitan poderes fácticos, se generan escenarios novedosos. Asignaturas éstas en la que De la Rúa no viene superando el aplazo.

Los nombres

¿Qué evocarán los apellidos De la Rúa y Menem dentro de setenta años?. El de Mosconi evoca a un país que iba en pos de un proyecto nacional, que creía en un destino común, que veía al estado como promotor del bienestar general, que se proponía estrategias de crecimiento e integración. Un país que poblaba y generaba riqueza en la Patagonia y el NOA. 
Claro, hoy “Mosconi” designa a un pueblo fantasma, puro pasado, una zona de conflicto, una comunidad fragmentada. 
A veces la historia, quizá para ser entendida, se expresa en forma de metáfora.


 

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