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“ISRAFEL”, DE ABELARDO CASTILLO
Un Poe de alas rotas

Rubén Stella y Marcelo Mininno componen al torturado escritor checo en su ocaso y juventud, en una puesta que recorre su vida, pero al mismo tiempo sus ensoñaciones opiáceas y su obsesión por volar.

La obra se estrenó en 1966, con
Alfredo Alcón como único actor.
En el Cervantes se luce un nutrido
elenco, con varios papeles.

Por Hilda Cabrera

El desdoblamiento que se hace en esta puesta de la figura del poeta y escritor estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849) aporta razones a aquello de que la juventud anida sólo en la memoria. Un Poe cansado y solitario comparte el escenario de la Sala María Guerrero con ese otro joven alborotador de su memoria. El hombre está en decadencia, pero aún alienta el deseo de ser pájaro. De ahí que se lo vea ahuecar el pecho y elevar los hombros en actitud de despegue. Pero él sigue allí, en la rutina de andar perdiendo el equilibrio y sentir, acaso, que la existencia es una comparsa de fantasmas. El alcohol y el opio le están jugando otra mala pasada a ese Poe que aún se arrebata. El poeta, que interpreta con acotada intensidad Rubén Stella, asume al joven que fue. Un excéntrico para su época. Un rebelde que ambicionaba fundar una revista literaria, tener alas y ser inmortal. Un personaje de actitudes contrastantes, hiperkinético, en la deliberadamente artificiosa composición que hace el actor Marcelo Mininno.
Desgajar al joven del adulto permite desplegar de modo diferente la interioridad del Poe en decadencia, suma color a la puesta y profundiza la sensación de pérdida del pasado, pero también resta unidad a la imagen del poeta, e incluso confunde al espectador en aquellos pasajes en que el Poe alucinado cree enfrentarse a su alter ego, William Wilson, personaje de uno de sus cuentos y su enemigo en esta Israfel de Abelardo Castillo, premiada en 1963 por el Instituto Internacional de Teatro con sede en París. Esas inserciones y desplazamientos obligan al espectador a mantenerse activo y recomponer una y otra vez su imaginario sobre Poe, más aún si ha sido testigo del estreno de esta obra, en 1966, en el desaparecido Teatro Argentino, donde Poe fue protagonizado por un único actor: Alfredo Alcón.
En este reestreno del director Raúl Brambilla (actual director general del Cervantes) importa quebrar la continuidad del relato –que no es una biografía– y mantener al mismo tiempo la estructura circular de la pieza. Sólo en el sentido de que el retorno se produce en un mismo espacio, y no en el de la historia, que aquí tiene principio y fin. El espacio es el de una taberna, situada primero en Richmond, hacia 1826, y luego en Baltimore, nueve años más tarde.
Lo que sucede entre una y otra es esta “probable vida” que imaginó Castillo, atravesada por una simbología que a veces se destaca y otras se esfuma en las sombras nacidas del extravío del poeta. El texto, recortado –según se sabe con la anuencia del autor– expone un mundo personal ilusorio, pero con apariencia de real, por apasionado y rebelde. Recupera a las entrañables tía Muddie (María Clemm) y a la hija de ésta, Virginia, mujer de Poe, y reconstruye sin trazos apologéticos la contradictoriapersonalidad del poeta. No quedan fuera las penurias económicas ni la enfermedad de Virginia, ni los estragos del alcohol y el opio “que promete alas”. Tampoco el desprecio al mercantilismo, la crítica a la burocracia y a la estulticia de funcionarios, políticos y servidores, el recuerdo del desprestigio y de la traición acuñados por un personaje-símbolo, Rufus Griswold, ni la defensa de la individualidad, sobre la que Poe se había explayado, entre otros textos, en El hombre de la muchedumbre.
De todas formas, aquello que prevalece en esta Israfel (ángel de la muerte o símbolo de la música más bella) es el viaje entre el mundo de la realidad y el de los ensueños, trayecto que Brambilla (quien dirigió en dos ocasiones la obra, una en Caracas y otra en Córdoba) subraya con el efecto bruma, recurso técnico que en este caso debiera ser mejor dosificado, como en lo actoral el tono enfático y exasperado que utilizan algunos intérpretes en las escenas que reúnen a amigos y universitarios. Por el contrario, resultan acertadas las composiciones de Jean Pierre Reguerraz, Aldo Pastur, Angel Fernández Mateu, Antonella Costa y María Ibarreta en por lo menos uno de los varios roles que cubren. El diseño escenográfico de Marcelo Pont Vergés es otro elemento a favor, al igual que la iluminación de Carlos García.

 

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