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ENTREVISTA A JUAN JOSE CAMPANELLA
“Si esperás el fin de la crisis, nunca hacés nada”

El director argentino, que desarrolló una parte de su carrera en Estados Unidos, estrena mañana “El hijo de la novia”, un film que de algún modo retoma el personaje de Ricardo Darín en “El mismo amor, la misma lluvia”, y presenta a Héctor Alterio y Norma Aleandro como una mujer afectada por el Alzheimer.

Estilo: “Siempre intentamos tratar las escenas más dramáticas con humor, y viceversa. Le escapamos todo el tiempo a esas cursilerías dramáticas.”

Por Martín Pérez

A la hora de describir en un par de líneas a su generación, de la que se ocupa en sus films más recientes –con Ricardo Darín como representante protagónico–, Juan José Campanella elige mencionar una vida de ritmo acelerado y muy metida en el trabajo. “Sin tiempo para parar a oler las flores, como decían los hippies”, apunta, al tiempo que su celular no deja de sonar una y otra vez. “No siempre es así”, se disculpa Campanella, que –en la víspera del estreno de El hijo de la novia– no parece tener tiempo, efectivamente, para detenerse a oler nada.
Con Darín acompañado por Héctor Alterio y Norma Aleandro, y Adrián Suar como productor asociado, el cuarto largometraje de Campanella cuenta -como en El mismo amor, la misma lluvia, su anterior opus– la historia de un hombre al que la vida parece haberle pasado de largo. No parece ser el caso de Campanella, pero lo cierto es que el vértigo del estreno de su film sólo se detiene cuando se sienta en el porteñísimo bar Varela Varelita, al que recuerda como el lugar donde comenzó su historia. “Acá empezó todo”, se sorprende Campanella. “Este fue el bar donde veníamos a tomar un café después de los ensayos previos a la primer obra de teatro que escribimos con Fernando”, explica. Fernando es Fernando Castets, compadre de Campanella durante veinte años de carrera creativa, dentro y fuera del cine, y el nombre que acompaña el plural con el que el director habla de todos sus proyectos.
Castets es –como siempre– el coguionista de El hijo..., un film en el que comenzaron a pensar con Campanella apenas terminaron El mismo amor.... “Teníamos ganas de seguir con ese personaje generacional, pero no teníamos una historia para contar”, explica Campanella. “La historia surgió a partir de algo personal, que fue la idea de mi padre de casarse con mi vieja, que tiene Alzheimer. A mí y a Fernando, que es como de la familia, nos emocionó la historia. Y nos dimos cuenta que podíamos empezar a contar desde ahí todo lo que queríamos contar”. A pesar de lo que puede sugerir el título del film, la historia que Campanella y Castets querían contar no era el casamiento, sino la transformación del personaje de Darín. “Si El mismo amor... fue la historia de una pareja a través de varias generaciones, aquí la idea fue contar la historia de varios personajes en una sola época”, explica. “Y dramáticamente es cierto que el personaje de Alterio, del padre, no cambia nunca durante el film. El que cambia es Rafael, su hijo. Por eso la película cuenta su historia.”
Llena de personajes secundarios y de escenas emotivas, El hijo de la novia es para Campanella una apuesta aún más atrevida que su anterior film. Pero, al mismo tiempo, ambos parecen estar hablando de lo mismo. “Cuando comencé a dirigir, hace diez años, yo estaba fascinado con el tema de la locura, de los mundos muy distintos al mío”, confiesa. “Pero luego de Ni el tiro del final, que en mi filmografía es una película bisagra, con Fernando sentimos la necesidad de comenzar a hablar de nuestro medio ambiente, un tema que además nos parece inagotable.”
–Una de las grandes diferencias entre los personajes de las películas es que no aparece el tiempo ni el entorno como responsables de sus desdichas.
–Es cierto. En El mismo amor... la historia del país acompañaba el devenir del desencanto del protagonista, mientras que acá aparece en seguida la frase “Acá siempre hubo una crisis”. Y es verdad. Yo estoy empezando a creer que esta crisis tal vez sea mayor que las anteriores porque ahora también la prensa internacional habla de ella (se ríe), pero si esperás a que deje de haber crisis para hacer algo vas muerto. Cuando hicimos con Fernando nuestra primer obra de teatro fue en 1981, y entonces también había crisis económica, gobierno militar, de todo. Ahora la frase que más escucho es “esto no es como hace dos años”, pero es lo mismo: no se puede esperar a que las cosas estén mejor porque eso es algo que nunca sucede. Yo creo en esa frase que dice el personaje de Darín.
–Uno de los logros es la forma en que el film escapa de los lugares comunes narrativos... ¿Hasta qué punto eso fue algo consciente durante su construcción?
–La historia en este film es la historia de un mundo, y nuestra intención era que fuese surgiendo naturalmente. Recién me doy cuenta ahora, pero sin darnos cuenta seguimos la estructura de uno de mis films preferidos, Qué bello es vivir. Como en esa obra maestra de Capra, vemos durante una hora y veinte la radiografía de la vida de un tipo. Y en los cuarenta minutos finales vemos todo lo que lo va cambiando. Al igual que en la película de Capra, la vida en sí del protagonista no cambia demasiado. Lo que cambia es la percepción que tiene de su vida.
–Sin embargo, si le escaparon a los lugares comunes a la hora de la narración, no hicieron lo mismo a la hora de la emoción...
–Puede ser, pero con el cuidado consciente de no caer en ningún golpe bajo. Para eso nuestra arma fue el humor. Siempre intentamos tratar las escenas más dramáticas con humor, y viceversa. Yo siempre odié que cuando en el cine un personaje cuenta algo terrible que le pasó dos años atrás, termine contándolo en medio de un ataque de llanto. Acá le escapamos todo el tiempo a esas cursilerías dramáticas. Pero porque son falsas. A lo que no le escapamos fue a lo cursi por el hecho de ser cursi. Porque si algo auténtico nos emocionaba... ¿Por qué negarlo? A mí me gusta el final feliz, lo que no me gusta es el final feliz forzado. Ese fue nuestro desafío: hacer una película auténtica, de reír y llorar. Algo que hace mucho que nadie se atreve a hacer por miedo a que lo acusen de cursi. De hecho, en El mismo... nos cuidamos todo el tiempo de no ser cursis. Decidimos no cuidarnos más...
–Hay diálogos que no parecen terminar jamás... ¿No se les fue un poco la mano?
–Es verdad, nos copamos mucho con los diálogos. Nos gusta escribirlos, nos gusta hacerlos y nos gusta verlos en escena. Yo siempre voy a preferir en el cine un buen giro de diálogo natural que cualquier metáfora o proeza visual. Al salir del cine yo me puedo olvidar de dónde estaba la cámara, pero nunca me voy a olvidar de un buen diálogo. Pero debo decir a favor nuestro que somos bastante crueles al ensayar. Si hay algún chiste que se pone en el camino de una escena, lo cortamos inmediatamente...
–Uno de los mejores diálogos es el que el personaje de Darín tiene con su ex mujer, Claudia Fontán. ¿Cómo surgió esa escena?
–Es en gran parte responsabilidad de la propia actriz, que lo improvisó de esa manera al hacer el casting. Su aparición fue algo sorpresivo, ya que no sabía quién era ella. Y a la hora de buscar una actriz para interpretar el personaje desfilaron varias con mucho más cartel, pero ella le encontró la vuelta con humor a su personaje y se compró el papel.
–Esta es su primer película producida por Pol–Ka. ¿Es un film de Campanella o un film de Suar?
–Es mío cien por cien. En el contrato que firmé con Pol–Ka el corte final debe ser compartido, pero jamás surgió ningún problema creativo. Suar siempre fue muy medido en cada uno de nuestros encuentros, y su aporte fue siempre a favor de la obra. Es un tipo que no deja de aprender jamás. Y si ante la duda tal vez antes elegía por el camino seguro, ahora apuesta a lo creativo, al riesgo.
– Una curiosidad es que el personaje de Norma Aleandro reúne todas las puteadas del cine argentino en la boca de una mujer mayor... ¿Por qué hicieron eso?
–Como dije, mi vieja tiene Alzheimer. Y ella siempre fue muy puteadora, pero nunca dejó de ser una tipa educada. Sabía dónde y con quién putear. Pero con su enfermedad se acabó la censura. Así que casi todas las frases de Aleandro en el film son de ella. Su enfermedad me enseñó algo muy importante: el sentido del humor es lo último que se pierde.

 

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