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HACE UNA DECADA, LA KGB Y LA LINEA DURA
DEL PCUS INTENTABAN DERROCAR A MIJAIL GORBACHOV
Los tres días que destruyeron a la URSS

Comenzó como un intento de restauración del viejo orden soviético, pero las vacilaciones en su conducción y en sus rangos medios, sumadas a la resistencia, desataron la caída en dominó de la URSS. Esta es la historia del golpe de 1991 contada por una testigo.

Una manifestación en Leningrado (hoy San Petersburgo) en rechazo al intento de golpe de Estado.

Por Pilar Bonet
Desde Moscú

Rusia conmemora hoy el episodio más espectacular de la desintegración de la URSS y del comunismo soviético: la aventura golpista de los dirigentes del Kremlin, que mantuvieron en vilo al mundo durante tres días, desde la mañana del 19 de agosto de 1991, cuando la televisión despertó al país a los compases del “Lago de los Cisnes”, hasta la madrugada del 22, cuando el presidente Mijail Gorbachov y su aterrorizada familia descendieron del avión que les traía a Moscú desde Crimea. Aquel preludio del fin del imperio, que el líder ruso Boris Yeltsin tan bien supo aprovechar, provoca hoy sentimientos confusos entre los rusos y no ha tenido para ellos el mismo carácter liberador que la caída del muro de Berlín para los alemanes.
A la memoria vuelven las tres noches en vela en el parlamento ruso (la “Casa Blanca”), los jóvenes que arrastraban hierros hacia las barricadas, Yeltsin invitando a la resistencia desde lo alto de un tanque, las columnas de carros blindados apostadas en las avenidas, Mstislav Rostropovich avanzando a oscuras por un largo pasillo. A la memoria vuelve la madrugada del 20 al 21 de agosto, el momento de mayor tensión, Luego, vino el pánico en el “kolzó” (el anillo de circunvalación), cuando tres jóvenes murieron víctimas de un encontronazo con los tanques. Y al final, un mitin multitudinario y una efímera sensación de libertad.

Todos los hombres del golpe

Los golpistas no eran torpes aficionados. Desde el punto de vista técnico, el jefe de la KGB, Vladimir Kriuchkov y el ministro de Defensa, Dmitri Yazov, hicieron un extraordinario trabajo entre el 5 de agosto, un día después de que Gorbachov se marchara de vacaciones, y el 18 de aquel mes. Ese día una delegación de los conspiradores, en la que figuraban el vicepresidente del Consejo de Defensa, Oleg Baklanov, el jefe de la cancillería de Gorbachov, Valeri Boldin, el secretario del Comité Central, Oleg Chenin, y el viceministro de Defensa, Valentín Varennikov, volaron a Crimea para entrevistarse con el presidente. Doce eran los principales conjurados, pero sólo ocho de ellos, incluido el vicepresidente Guennadi Yanayev y el primer ministro Valentín Pavlov, constituyeron el llamado GKCHP (Comité Estatal del Estado de Excepción). Anatoli Lukianov, presidente del Soviet Supremo y amigo de juventud de Gorbachov, se quedó fuera para maniobrar mejor, aunque ayudó a redactar los documentos de los golpistas. Yanayev se incorporó a última hora y lo mismo sucedió con el ministro del Interior, Boris Pugo.
Los testimonios del acta de acusación de los golpistas muestran que en pocos días decenas de altos mandos del Ejército y del aparato de la seguridad del Estado fueron movilizados por todo el país. En la conjura, con distintos grados de implicación, estaba la cúspide de la KGB y del ministerio de Defensa, analistas de ambas instituciones que exploraban conjuntamente las posibles consecuencias de un estado de excepción, el jefe de las tropas de paracaidistas, Pavel Grachov (que después sería ministro de Defensa con Yeltsin), los jefes de distintos departamentos del KGB, y el jefe de las tropas del distrito militar de Moscú, entre otros. El ministerio de Defensa había enviado enlaces a los jefes de los distritos militares, Kriuchkov había ordenado escuchar los teléfonos de Yeltsin, vigilar a los políticos que podían oponerse y hacer preparativos para arrestarlos a todos ellos y encerrarlos en diversas bases militares.
Cumpliendo órdenes de Kriuchkov, Viacheslav Generalov, responsable de la escolta del presidente, mandó cortar las líneas telefónicas a Gorbachov desde el avión en el que los golpistas viajaban rumbo a Crimea el 18 de agosto. Con ellos iba también un grupo especial de oficiales decomunicaciones que tenía la misión de aislar al presidente. Aquella misma tarde, fueron movilizadas las brigadas de vigilancia marítima de las tropas fronterizas de la costa del mar Negro. Los golpistas bloquearon también el acceso de Gorbachov al “botón nuclear”, lo que, según su ex jefe de prensa, Andrei Grachov, hoy profesor en París, dejó “incontrolados” durante 73 horas la seguridad nacional de la URSS y el arsenal nuclear de la segunda superpotencia mundial.
Tras visitar a Gorbachov, Varennikov reunió a los jefes de tres distritos militares (Kiev, Cáucaso del Norte y Transcarpatia), de la flota, de las tropas de misiles, de la artillería y de la infantería. A todos ellos, les dijo que el presidente estaba enfermo y que Yanayev lo sustituiría. Mientras sus colegas regresaban a Moscú, Varennikov partió hacia Kiev, porque, según contó el mismo a esta corresponsal, temía que el movimiento nacionalista ucraniano Ruj “organizara un levantamiento que fuera una bomba para nosotros”. Y desde Kiev, en los días que siguieron, mandó incendiarios telegramas a sus compañeros exigiéndoles ser más expeditivos con Yeltsin. “Me irritaban con su indecisión”, dice el veterano oficial, que califica al GKCHP como un “protoplasma” y a sus colegas como “calzonudos”. “No es que fueran incompetentes, sino inconsecuentes y débiles”, asegura el único de los miembros del GKCHP que no aceptó ser amnistiado en febrero de 1994 y que posteriormente convirtió su juicio en un proceso contra Gorbachov.
De la conversación del 18 de agosto hay versiones diferentes. Los golpistas señalan que fue la culminación del trabajo que habían estado haciendo por encargo de Gorbachov para preparar el Estado de Excepción en diversas zonas del país. Gorbachov sitúa la visita de los huéspedes en otro plano más inquietante. Al despedirse, el presidente los llamó “boludos”, pero sus interlocutores, que interpretan a su modo las palabras del líder, no mencionan este detalle.
Tanto si Gorbachov les dio a entender que les daba luz verde para actuar como si no, el presidente no quiso acompañarlos para dirigir del movimiento y los conjurados volvieron al Kremlin, donde les esperaban Kriuchkov, Yazov y Pavlov. Esa misma noche, los golpistas deberían haber contactado a Yeltsin, que regresaba de un viaje a Kazajstán. Pero el avión que llevaba al líder ruso, en contra de los planes de la conjura, no se desvió al aeropuerto militar donde tenía que ir a esperarlo el primer ministro Pavlov. Sin sospechar lo que se estaba tramando, Yeltsin se marchó a su dacha de Arjánguelskoe. Allí Kriuchkov había reforzado la vigilancia con varias decenas de agentes del grupo Alfa, que nunca recibieron la orden de detener al líder ruso, para la que estaban preparados. Kriuchkov explicó a esta corresponsal que Pavlov y Yazov tenían que haber ido a ver a Yeltsin a la dacha, pero que el primero se enfermó. Al parecer, el jefe del gobierno soviético se puso él mismo fuera de juego, al mezclar alcohol con pastillas para la presión, y tuvo que ser hospitalizado.

La operación entra en crisis

En la madrugada del 19 los tanques habían entrado en Moscú y sus mandos, entre ellos el general de paracaidistas, Aleksandr Lebed, vigilaban el parlamento, porque no habían recibido otra orden. Yeltsin obtuvo una victoria cuando el mayor Serguei Evdokimov se pasó al lado ruso con diez tanques. El diputado Serguei Iushenkov, uno de los organizadores de la resistencia, sospecha que la nueva lealtad de Evdokimov, pudo ser bien pragmática. Al entrar en la Casa Blanca, el oficial de la división de élite Tamanskaia, que llevaba horas en su carro blindado, preguntó ansiosamente dónde estaba el baño.
Por la tarde, los golpistas aparecieron ante la prensa. “¿Comprenden que han perpetrado un golpe de Estado?; ¿qué analogía les parece más exacta,la de 1917 o la de 1964?”, preguntó la periodista Tatiana Malkina, que llevaba un angelical vestido de cuadritos para celebrar su 24 cumpleaños. Diez años más tarde, elegantemente vestida de negro, Malkina, hoy esposa de un alto funcionario financiero internacional, no recuerda la respuesta del “pobre Yanayev”, pero sí sus manos temblorosas, que se interpretaron como un síntoma de la fragilidad de la conspiración. Yanayev, que reside hoy en un departamento de dos habitaciones y tiene una pensión de 1.500 rublos al mes, explica que temblaba por la responsabilidad de mentir sin tener todavía el certificado médico falso de la supuesta dolencia. El documento iba a prepararse “por el bien” de Gorbachov, ya que le permitía “mantenerse al margen” mientras los otros hacían el trabajo sucio.
Y podía haber sido bastante sucio, si los oficiales de los grupos de operaciones especiales Alfa y Vimpel no se hubieran negado a emprender el asalto a la Casa Blanca que ya habían preparado, pero que nadie ordenó. Víctor Karpujin y Serguei Goncharov, los jefes del grupo, se negaron a la “operación militar”, porque no consideraban su obligación de oficiales “disparar sobre gente desarmada y abrir un corredor para los tanques”. Los mandos golpistas se dividieron sobre la necesidad de seguir o dar marcha atrás y parece que fue el mariscal Yazov quien, de forma unilateral, decidió sacar los tanques de Moscú y se resistió luego a las presiones de Kriuchkov, Chenin, Baklanov y Lukianov.
Aquellos tres días, Gorbachov se paseó ostentosamente por la playa. Quería demostrar a los guardias fronterizos que le vigilaban desde el mar que no estaba enfermo y en alguno de los buques patrullas llegó a madurar la idea de “liberar” al presidente. Su esposa Raisa temió hasta el último momento que los golpistas decidieran mostrar “sobre el terreno” que Gorbachov estaba indispuesto, y que para ello lo hicieran enfermar de verdad.
Yeltsin definió aquellos tres días como “un acontecimiento planetario”, pero las experiencias posteriores difuminaron los papeles de vencedores y vencidos y dividieron a los héroes del ‘91. En octubre de 1993, cuando Yeltsin se ensañó a cañonazos contra sus compañeros del ‘91, el escenario que todavía se llama “Plaza de la Rusia Libre” fue contaminado por un enfrentamiento fratricida y un centenar de muertos. Los lugares se han desvirtuado y también las ideas. Después de octubre del ‘93, el presidente siguió mandando coronas de flores a las conmemoraciones anuales de la muerte de los tres primeros “héroes de Rusia”, pero oscuros funcionarios sustituyeron a las figuras de primera fila que acudieron a los primeros funerales. Este año, tanto el presidente Putin como el alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, se han ido de vacaciones, y este último, de forma bastante precipitada.

Diez años después

De la euforia del ‘91 queda poca cosa y el discurso sobre “Rusia libre” ha cambiado incluso entre sus ideólogos. “El golpe no debe ser juzgado con la mirada arrogante de los vencedores, sino elaborado individualmente. Hoy debemos pensar cuáles fueron los motivos de los golpistas para arriesgarse a parar la historia y ponerse en ridículo con su intento de restauración y debemos ver en qué medida sus puntos de vista han mantenido su dinamismo y encontrado un terreno abonado en nuestro país durante estos años”, me dice Guennadi Burbulis, que fue el principal ideólogo de Yeltsin y que hoy me recibe en su despacho en la Fundación Estrategia. “A consecuencia de su actitud ante el golpe, capas enteras de la vida intelectual rusa, escritores rusos de la talla de Valentin Rasputin, Yuri Belov, Yuri Bondarev, se vieron marginados de la democracia, y los demócratas, a su vez, resultaron insensibles socialmente y dogmáticos de distinto signo”.
Búrbulis, hoy vicegobernador provincial en Novgorod, considera agosto de 1991 como el Chernobil político del sistema soviético. “Cuando pasó elencanto, resultó que muchos de los que se habían concentrado en la plaza de la Rusia Libre tenían diferentes ideas sobre el futuro”, señala. Efectivamente, unos se transformaron en combatientes en las regiones secesionistas del Transdniester (en Moldavia) y Abjasia (en Georgia), o en Serbia, otros abrazaron el nacionalismo ruso radical e incluso murieron luchando contra Yeltsin en el ‘93. Entre las varias asociaciones de “defensores de la Casa Blanca” que se formaron, está “Zhivoe Kolzó” que ve agosto del ‘91 como el nacimiento del Estado democrático ruso. Konstantín Truievzev, uno de los fundadores, afirma que una gran cantidad de chechenos ingresaron inicialmente en “Zhivoe Kolzó”. La leyenda cuenta que entre los defensores estaba el guerrillero Shamil Basaiev.
Las encuestas del Centro Estatal de Estudio de la Opinión Pública (Tsiom) muestran que el golpe no ha cristalizado como un suceso claro. Un 32 por ciento de los rusos no saben aún si simpatizan más con el GKCP (a los que apoya un 12 por ciento), o con sus adversarios (a los que respalda un 30 por ciento). Un 43 por ciento no sabe quién tenía razón, y un 45 por ciento considera aquellos sucesos como un episodio de lucha por el poder. Un 10 por ciento cree que Gorbachov estuvo entre los golpistas; un 43 por ciento, que Yeltsin aprovechó la confusión para tomar el poder y un 13 por ciento, que actuó valientemente. Sólo el 17 por ciento cree que los rusos vivirían hoy peor si hubiera tenido éxito el GKCHP. Un 46 por ciento, en cambio, opina que vivirían o mejor o como ahora.
Los demócratas del ‘91 entonan nuevas melodías. Búrbulis admite que “la URSS se agotó desde dentro, pero el derrumbe tuvo lugar con una activa intervención externa”. “La desgracia es que el Occidente americanizado se siente indiscutible vencedor de la Guerra Fría y por ello son comprensibles los sentimientos de los ciudadanos rusos, y de parte de la elite, que experimenta un complejo de inferioridad y trata de reanimar los tonos imperiales”, afirma.
Búrbulis reprocha a Occidente el no haber elaborado un plan Marshall para Rusia. Los reformistas del ‘91 expresaban “una confianza sin fronteras ante los norteamericanos y una falta de distanciamiento práctico”. “Ahora comprendemos que los norteamericanos hicieron todo para que no se diera la forma de cooperación ideal que permitiera a la economía rusa ponerse en pie”, afirma.
Sobre agosto del ‘91 quedan aún muchas incógnitas. Esta semana, Gorbachov ha tenido que insistir en que realmente estuvo incomunicado en Forós. Resulta curioso, sin embargo, que, en privado, cercanos colaboradores del ex presidente divergen sobre este punto. Los miembros del GKCHP dicen que, para salvar el país, querían impedir que se firmara el Tratado de la Unión, prevista para el día 20, pero aquel tratado no tenía un sentido tan definitivo como el que pretenden darle hoy, ya que el proceso de desintegración de la URSS no dependía de un documento y posiblemente hubiera cristalizado de una u otra manera. Además, podría haber habido variantes peores. Según Serguei Yushenkov, las repúblicas de la Unión hubieran podido formar estructuras de resistencia al GKCHP, que, tarde o temprano hubieran surgido también en Rusia, y esto hubiera podido acabar en un escenario yugoslavo de desintegración sangrienta de la URSS.
Desde el otoño de 1990 existían síntomas de la “salida de las trincheras” de los defensores de la Unión Soviética. No está claro, sin embargo, si este estado de ánimo, que produjo la dimisión del ministro de Exteriores Eduard Shevardnadze en diciembre, los sangrientos sucesos de Vilna en enero, se plasmó también en la organización de una conjura antes del 5 de agosto. En primavera, la rivalidad entre Gorbachov y Yeltsin había remitido gracias al proceso de Novo Ogoriovo, la villa donde los líderes de las repúblicas soviéticas elaboraban el nuevo Tratado de la Unión. Fue en Novo Ogoriovo donde Yeltsin, el líder de Kazajstán Nursultan Nazarbaiev y Gorbachov fueron escuchados por Kriuchkov mientras hablabansobre los relevos de altos cargos que, de haberse llevado a cabo, hubieran dejado sin trabajo a la mayoría de los conspiradores.
Cabe preguntarse cómo con tanta preparación psicológica, ambiental y técnica, el golpe se desmoronó con tanta facilidad. Los golpistas esperaban un líder y confiaban en que ese líder fuera Gorbachov. Tenían también la esperanza de llegar a un acuerdo con Yeltsin, posiblemente utilizando la animadversión del líder ruso por el presidente soviético, pero les fallaron ambas cosas.

 

Claves

El intento de golpe de Estado de agosto de 1991 se produjo en un contexto de desintegración de la ex URSS.
Lo protagonizaron la KGB y el Ministerio de Defensa, aliados a los sectores más ortodoxos del Partido Comunista.
Pero la voluntad de abrir fuego sobre las masas falló en los momentos decisivos, precipitando el derrumbe del experimento.
El fracaso del putsch terminó de decidir a favor de Boris Yeltsin, presidente electo de la Federación Rusa, la dualidad de poder con Mijail Gorbachov, presidente no electo de la Unión Soviética.
El desenlace final, en el último día de ese año, fue la disolución de la Unión Soviética, y en lanzamiento en Rusia de un intento de capitalismo plagado por la corrupción.

 

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