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El cocodrilo y el tomate
Por Sandra Russo

Las mermeladas francesas sin conservantes artificiales esperan aletargadas en la góndola del hipermercado. Las hay de boisenberry, frutos del bosque, naranja amarga. Un poco más allá, en otra góndola, las latas de té inglés se multiplican, como desde hace varios años, en un abanico de variedades que alguna vez fueron exóticas: camomille, earl grey, ahumado, coco, mango, vainilla. En el sector de fiambres y quesos, los brie franceses y los ementhal suizos tampoco provocan aglomeraciones: la gente que este domingo de finales de agosto pasea con sus changuitos por el super gigantesco de Palermo es cauta. En la verdulería, una mujer muy bien vestida –su remera tiene el logo del cocodrilo– hace pesar un tomate. Uno solo. Un tomate muy rojo, redondeado, pulposo, náufrago a la manera de los tomates tan puntillosamente seleccionados, solo en su bolsa de nylon. ¿Cabe una historia en un solo tomate? La señora parece decidida a hacerla entrar. El cocodrilo de su T-shirt está agotado de estar allí, como rugiéndole a la nada. El cocodrilo verde sobre la remera amarilla está más solo todavía que el tomate, porque está viejo, es un cocodrilo de la tercera edad. Los brazos de la mujer gozan de un buen color, seguramente ha estado tomando los primeros soles de este año en su balcón terraza.
Me llama la atención ese acto tan seguro, esa bolsa de nylon tan precisa que la mujer desliza en su changuito, en el que además hay un paquete de yerba, dos gaseosas dietéticas y seis salchichas. Me acerco y le pregunto a la señora, de unos cuarenta y algo, si no se ofende si le pregunto algo. “Depende qué”, me aclara. Me intimido. ¿Es muy íntimo preguntarle a una mujer en el supermercado por qué ha comprado un solo tomate? ¿Cuál será el destino del tomate? ¿Una heladera de mujer solitaria? ¿Una ensalada caprese para esa misma noche? ¿Una pomarola suave, lo más natural posible?
Le pregunto. La mujer se ríe, y con ganas. “No necesito más que un tomate”, me contesta. “Va a ser mi cena de esta noche: salchichas y tomate partido al medio con aceite de oliva y orégano. ¿Algo más?”, sigue riéndose. Me gustaría preguntarle otras cosas. De qué vive, si esta costumbre del tomate solo es nueva o ha sido una de sus características de siempre comprar lo estrictamente necesario. Pero me parece irreverente y le digo que no, que ha sido simple y rara curiosidad ya satisfecha.
Entre el cocodrilo de la remera y el tomate del changuito pasó una era: la de una clase media embobada con el consumo de las delikatessen que parecían piedras semipreciosas al alcance de la mano. Algunos habrán tirado su parte de la manteca al techo no ya en aquel viejo y desenfrenado deme dos, sino en un más acotado deme uno, pero el mejor.
En este país descascarado, en el que las escuelas no dan clases y los hospitales públicos no dan medicamentos, en las góndolas de bazar de los hipermercados siguen expuestas las vajillas para sushi, y en los restaurantes étnicos que florecieron en los últimos años siguen cobrando veinte pesos por un triangulito de polenta nombrada en francés. Pero algo comenzó a tambalear bajo las respectivas urgencias de bolsillo: esa mujer bien puesta comprando su tomate acaso sea una más entre mucha más gente que ha empezado a salir de su burbuja. Vamos rumbo a una época en la que no será refinado quien pague lo que ya no tiene por un espejo de colores que le deformará su propia imagen. Vamos rumbo a una época de tomates aislados en sus bolsas de nylon, y remeras de cocodrilos invisibles.


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