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ENTREVISTA AL ESCRITOR ARIEL DORFMAN 
“Mi desafío es convertir al
lector en un personaje más,
que se busque a sí mismo”

“Terapia”, la nueva novela del escritor argentino/chileno radicado en EE.UU., se vale de una trama a veces delirante para plantear el tema de la dominación. Dorfman habla aquí sobre las motivaciones de su obra.

Por Verónica Abdala

Apenas unos segundos después de que el contestador automático de la casa en que vive el escritor Ariel Dorfman, en Carolina del Norte, responde la llamada, el escritor se anuncia al otro lado de la línea al grito de “aquí estoooy”, antes de deshacerse en una catarata de disculpas. Estaba despidiéndose de su nieta cuando oyó el teléfono. “Pero bueno, ya estoy aquí, hay un tiempo para todo, ¿no es así? En fin, dígame: ¿qué le pareció la novela”, pregunta entusiasmado, y por un momento cuesta identificar a este hombre de amabilidad casi campechana con el intelectual al que la medios gráficos del país en que vive definen como “un maestro de la literatura” (Time), “un novelista mundial de primera categoría” (The Washington Post) o “uno de los seis mejores novelistas de América latina” (Newsweek). Es evidente que Dorfman no pertenece a esa clase de personas que se amparan en su talento para descuidar la buena educación. Y eso que es uno de los verdaderamente grandes.
La última prueba al respecto se titula Terapia y es una novela de suspenso al mejor estilo hitchcockiano en la que, además de arrastrar al lector de una línea a la otra hasta el final, el autor demuestra, una vez más, que la ficción puede ser también una fantástica excusa para hablar de los hombres y de la complejidad del mundo. En este caso, para plantear algunos de los conflictos éticos y morales a los que se enfrentan los hombres y mujeres de hoy, sobre todo aquellos “que tienen el poder de decidir el destino de centenares, miles o millones de personas”. 
Ya hay dos productores “seriamente interesados” en adaptar la novela al cine. Aunque el escritor prefiere ser prudente: “Soy muy escéptico en este sentido, y con esta novela aún más, porque creo que es especialmente subversiva y no pienso entregar a mis personajes a las garras de unos productores de Hollywood que quizás no los respeten. Me obsesiona también que puedan llegar a arruinarme el final, que es sorprendente, e ideológicamente complejo para Hollywood.” Lo que sí tiene decidido es que, en el caso de que las negociaciones avancen, se hará personalmente cargo del guión, que escribirá en colaboración con su hijo mayor, Rodrigo.
“Creo que la literatura es una forma de ser generoso”, define Dorfman. “Lo que tengo para ofrecer, en esta oportunidad, es una experiencia de vértigo, una experiencia placentera, pero que no es necesariamente cómoda”, advierte, en relación con la novela. “Como no es cómoda esta época, en que se nos hace tan difícil saber qué es falso y qué es real, porque todo está mediatizado, por personas, por intereses. Yo quise reflejar eso: entre nosotros y lo real hay una serie de hechos construidos, en el mejor de los casos recortados. Y uno no sabe si elegidos o recortados por quién, no conoce a ese otro que de algún modo determina tu mirada frente al mundo, ejerce un poder, un control sobre uno. En vista de que ésa es la condición de la posmodernidad, el hecho de que seamos parte de un universo en el que nunca está del todo claro qué es verdadero y qué es falso, es que yo intento plasmar esto en el plano de la literatura, de la ficción. Mi novela explora también esa búsqueda de algún fundamento ético: hasta dónde esas decisiones que tomamos o que toman sobre nosotros pueden llegar a hacer daño a otros. Y cómo puede superarse esa contradicción.”
La idea original de Terapia surgió en su libro La última canción de Manuel Sendero, publicado hace más de dos décadas. En esa novela, un grupo de hombres rejuvenecía notoriamente después de su paso por un país en el que habían podido manipular a otros hombres. “Les había hecho tan bien eso de sentirse dioses –dice Dorfman divertido– que habían perdido años. Pero, en definitiva, toda mi obra muestra a los seres humanos descubriendo una historia que los narra, en todos los casos hay un personaje oculto que manipula los destinos de los personajes”. El protagonista de su nueva novela, Graham Blake, es un gurú del marketing: uno de esos hombres de negocios que parecen haber alcanzado la que creen la fórmula de la felicidad –salud, amor y, sobre todo mucho dinero–, hasta que un día simplemente descubren que son cualquier cosa menos felices. Y lo que es peor: se sienten cada vez más lejos de esa posibilidad. Aquejado por jaquecas e insomnio que profundizan su desazón, Blake se decidirá en ese punto a iniciar una terapia con el famoso doctor Carl Tolgate, para superar el stress.
La propuesta del psiquiatra será el puntapié inicial de una historia por momentos delirante, de la que ni el lector ni el protagonista sabrán cómo librarse. A cambio de un pago de tres millones de dólares, Tolgate promete curarlo en sólo un mes: para eso, el paciente debe acceder a manipular los destinos de una familia de bajos recursos durante el lapso acordado, como si fuera un dios. Blake podrá decidir, incluso, si esas personas viven o mueren, mientras controla hasta los detalles más nimios de sus rutinas diarias, a través de una serie de cámaras de televisión.
Como el abogado de Flaubert (que dijo “no ataquen a mi defendido por haber escrito Madame Bovary: ataquen a la sociedad que creó a Emma Bovary”), Dorfman dice: “Reconozco que es una novela compleja, pero porque la densidad del mundo es compleja. La culpa no la tengo yo: vivimos en un planeta en el que algunos gozan de muchísimo poder y otra gente no tiene casi ningún tipo de poder, o al menos da esa impresión. Y en estos veinte o treinta años que yo le estuve dando vueltas al tema, desde La última canción de Manuel Sendero, ocurrió una cosa: ese reparto se ha agudizado, es más desigual que antes. Por eso es que propuse escribir desde adentro el delirio de una persona puesta en una situación de poder y sometida a una terapia muy extraña, en el marco de una novela de suspenso. 
–La estructura como de cajas chinas –porque a Blake, a su vez, aparentemente lo vigilan y manipulan también– recuerda también uno de esos juegos de espejos que le gustaban tanto a Borges. O el sueño de un hombre que es a su vez el sueño de otro...
–Sí, Blake es un hombre que sueña ser Dios, hasta que descubre que hay otro que lo está manipulando a él. Ahora, si bien el planteo puede ser en cierta medida borgeano, hay que aclarar que está puesto en un contexto contemporáneo, muy distinto del que hubiese utilizado Borges. Y en mi novela hay personajes que se resisten a ser el sueño de otro, a ser controlados y determinados por los intereses de terceros.
–En otros de sus libros, como Konfidenz, también hay personajes que creen tener el control de una determinada situación, o de la narración, sin sospechar que hay otro que los determina o los narra a ellos...
–A mí me interesa tomar personajes, como los de Konfidenz, La Nana y el iceberg o La muerte y la doncella, que comienzan por pensar que controlan el universo, las palabras y, si es un hombre, por pensar que controla a la mujer. Para descubrir después que hay otro –una mujer, por ejemplo– que romperá ese monopolio, ese control, que ellos creen tener. Por lo cual lanzan al protagonista a una aventura de descubrimiento del mundo y de sí mismo. Hacia los límites de su poder y los límites de su moralidad, y de su ética. En este caso, frente a dos hombres, el terapeuta y el paciente, que creen tener ambos el control de la situación, aparece una mujer enigmática, que va rehusándose a ese control narrativo, al control de ellos sobre su persona. Terapia es una novela de espionaje industrial, en la que a medida que avanza el argumento, que se revela la trama, aumenta el misterio.
–Y las contradicciones psicológicas de los personajes, que logran confundir o perturbar también al lector.
–Sí, porque lo que yo intento hacer siempre, y creo que logré en este libro, en Konfidenz, en La muerte y la Doncella, es que la estrategia narrativa termine forzando al lector a vivir el delirio y la incertidumbredel protagonista. Mi desafío es convertir al lector en un personaje más, en cuanto a que éste tiene que sentirse también lanzado a un mundo que tiene que ordenar. La posibilidad de autoconocimiento es el objetivo de cualquier terapia, sólo que aquí yo lanzo también al lector a la búsqueda de ese sí mismo. Creo que es lo que intenté hacer siempre: plantear una serie de preguntas sobre las relaciones humanas. Me pregunto, básicamente, cómo podemos amarnos en épocas como éstas.
–En la novela, el médico le propone al paciente la posibilidad de “llegar a conocerse a sí mismo” para descubrir si es o no un hombre decente, sólo que a través de un método que en sí mismo es discutible desde el punto de vista ético. De esa forma queda planteada una suerte de paradoja. 
–Es cierto, es paradojal, ¿pero acaso no lo son las religiones, cuando intentan que los hombres prueben su bondad a partir de la crueldad que un Dios pone en el mundo, supuestamente, para mejorarlos? Los creyentes creen además que la maldad está en el mundo, porque es la manera en que Dios se conoce a sí mismo. Y ésa es también una lógica paradojal: en esa lógica el dueño del mundo, que apunta a probar su bondad y la nuestra, termina convirtiéndose casi en un demonio. Y esa contradicción que usted señala como el fundamento del libro es también la manera en que opera la economía en el mundo contemporáneo, porque no se puede desarrollar industria o ganancia sin dañar a otros. En efecto, para capitalizar, hay que quitarle algo a alguien, para ahorrar hay que echar a alguien, para crecer desplazar a alguien, para competir, destruir a tu rival. Entonces, lo que está aceptado como el bien común para la sociedad es lo que a su vez provoca tanto daño. Y ésa es una paradoja intrínseca al sistema, una paradoja seguramente irresoluble. Eso es lo que está viviendo la Argentina, por ejemplo. Los llamados “males necesarios”, tan crueles. Pues yo los invito a preguntarnos sobre esto, a partir de una novela. No a un nivel sociopolítico, sino a un nivel más íntimo, psicológico. 
–¿Qué certezas se modificaron en usted, si eso ocurrió, durante la escritura de esta novela?
–Yo creí que los dos hombres de mi novela podían disputarse el mundo y descubrí que eso no tenía sentido sin la irrupción de la mujer. Y me sorprendió caer en la cuenta de que, sin esa dimensión, nada tenía sentido. Eso me llevó a pensar que también me había ocurrido algo parecido en Máscara, en Viudas y en La muerte y la doncella, y fue todo un descubrimiento. 
–La figura de la mujer aparece en su obra como aquello que está de alguna manera fuera de control, es lo que irrumpe de manera imprevista y se resiste a se dominado.
–Absolutamente, es la forma de lo imprevisto. Creo también que es, en Terapia, mi voz latinoamericana irrumpiendo en el ambiente de los Estados Unidos y en ese sentido es la que abre ese diálogo tan necesario entre las culturas de nuestro tiempo. Creo que hay una cierta identificación en mi obra entre lo femenino y lo latinoamericano: ¿o no es cierto que los latinoamericanos también nos evadimos permanentemente de los planes que otros parecen tener reservados para nosotros?

En inglés y en castellano

–¿Después de vivir tantos años en Estados Unidos, sigue sintiéndose tan latinoamericano como antes? 

–Me siento de muchas partes, aunque me siento latinoamericano antes que cualquier otra cosa. Siento que mi hogar es mi familia y la literatura. Terapia fue escrito originalmente en inglés, y después traducido por mí al castellano. De manera que también es cierto que hay una invasión del entorno en que vivo en lo que es mi identidad y mi escritura.
–¿Y en qué medida el idioma modifica su mirada ante el mundo, si es que esto ocurre?
–El inglés a mí me da una distancia emocional que me ayuda para escribir. El castellano, en cambio, me permite elaborar más emocionalmente el mundo; con él tengo más capacidad de exploración. Creo que podría definirme como una persona habitada por dos idiomas, que a su vez se invaden el uno al otro. Antes me hacía problema por esto, pero en la actualidad me siento un privilegiado: tengo un pie en cada mundo. Sin embargo y a pesar de todo, mi mirada es latinoamericana y, por lo tanto, ésa es mi identidad y mi pertenencia.

De Donald a Broadway

Ariel Dorfman nació en 1942, en Buenos aires. Dos años después, su familia se exilió por razones políticas en Chile, país en que el escritor se nacionalizó y residió hasta el golpe de Estado de Pinochet, en 1973. Ese año fijó su residencia en los Estados Unidos: allí vive actualmente, junto a su esposa, Angélica, y sus dos hijos varones, en una casa en Carolina del Norte. En los años 60, se hizo conocido a partir de la publicación de Para leer al pato Donald. Comunicación de masa y colonialismo, obra que escribió en coautoría con Armand Mattelart y en la que analizó la historieta de Disney como vehículo del imperialismo cultural. Ese libro le abrió las puertas del mundo académico y lo consagró a nivel internacional como ensayista. Su obra narrativa incluye, entre otras novelas, Máscaras, Konfidenz, Rumbo al sur, deseando el norte, y Viudas. Su pieza teatral La muerte y la doncella lo convirtió en un dramaturgo exitoso: se estrenó en Broadway con Glenn Close, Gene Hackman y Richard Dreyfuss en los roles protagónicos. Y llegó al cine bajo la dirección de Roman Polanski, con Sigourney Weaver y Ben Kingsley. En los últimos años, sus libros fueron traducidos a más de treinta idiomas y sus piezas teatrales, montadas en un centenar de países. Actualmente, Dorfman ejerce la docencia como Profesor Distinguido en la Universidad de Duke y prepara su próxima novela (que espera publicar en uno o dos años) y el estreno de una de sus piezas teatrales, que llegará en 2002 a los escenarios de Londres y Broadway. Terapia (que acaba de publicar en la Argentina Seix Barral) fue elogiada por la crítica en los Estados Unidos y en España y encabezó las listas de best sellers de 2000 en Brasil. Ya hay dos productores interesados en adaptarla al cine.

 

 

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