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Las torres y después

A la polémica desatada por la posición de Hebe de Bonafini frente al ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y sus cruces con el periodista de Página/12 Horacio Verbitsky –ver más información en página 9– le continuaron ecos, apoyos y ataques. Estas tres opiniones tocan los significados del discurso de la guerra, la lucha de clases, el antisemitismo, los derechos humanos y el terrorismo.

Por Daniel Goldman*.
La lucha contra los prejuicios

Cuando una figura pública utiliza el término “judío” como insulto, es obvio que el resto de la sociedad debe repudiar sus palabras. Y evidentemente ha habido muestras de ello en diversos sectores. Pero sin duda alguna no alcanza con las evidencias. Independientemente del repudio formal debería haber algo más profundo.
Parte de la tarea inherente a los organismos de derechos humanos radica en la lucha contra los prejuicios. Sin embargo ¿no será que también existe un solapado antisemitismo en algunos militantes, personas de honrada conciencia que lamentablemente a veces se expresan en actitudes y palabras con determinados preconceptos y que surgen como parte raigal de una cultura argentina discriminatoria? Soy militante en el movimiento de derechos humanos, y nunca dejaré de activar a pesar de haber sido testigo y hasta confidente de actos prejuiciosos que algunos casos rozaban con la violencia. Como anécdota, siempre recuerdo que un alto dirigente de uno de los organismos (de quien me reservo su nombre hasta la eternidad) me ofreció comprar un autoplan. “¿Y por qué a mí?”, pregunté. “Porque ustedes tienen plata y la picardía de saber que cuando el otro está apretado, pueden comprar una ganga”, me respondió con un tono cómplice, como creyendo que conocía el secreto de los “Sabios del Sion”. Esta anécdota es una de las tantas que he escuchado en mi andar. Pero por supuesto que hubo más graves, como por ejemplo el de los familiares de desaparecidos a quienes en ciertos círculos no se los acompañaba en sus demandas porque eran judíos. O el tema de Israel (que necesariamente es motivo de discusión) y que siempre ocupó un lugar hiperdesproporcionado en algunos debates. Hace un par de años atrás llegué a escuchar “si no era que Israel había infligido torturas a terroristas palestinos como venganza a lo que les había ocurrido en Auschwitz y Birkenau”.
Por eso creo que el tema no es simplemente Hebe Bonafini. Lo mismo acontece en voz baja y hasta en un lenguaje secreto en partidos democráticos y populares, en gobiernos y municipios, en templos, sindicatos y universidades. Porque en definitiva ¿qué es lo que hace que en muchas mesas de usuales familias argentinas, a la hora del almuerzo y después de dos bombas, todavía sigan utilizando “judío” como insulto?
Sin disquisiciones teológicas y sin pretender hacer de esto un ensayo, creo que valdría la pena recordar que en la civilización occidental si hubiera una graduación del sufrimiento –al decir de Leopold Sunz– el judío tendría uno de los lugares destacados sobre el resto de los pueblos. Yo mismo soy hijo de sobrevivientes de la Shoá, palabra que no tiene traducción a ninguna lengua porque el nivel de eliminación sistemática y metodológica resulta incomparable con nada de lo que se haya visto en la historia humana. Y mi familia (abuelos, tíos, primos) fue eliminada sencillamente por “ser” y no por “pensar” de un modo diferente. Simplemente el prejuicio conduce a desterrar el “ser” que va mucho más allá del “hacer”. Y a pesar de esto, mis padres, con toda esa carga de dolor, me educaron a que jamás debería sentir alegría con la muerte de un alemán, porque no puede darme placer ver la muerte absolutamente de nadie, y porque eventualmente si el alemán fuese un nazi (hay que discriminar entre alemanes y nazis, solía decir mi padre) merece juicio previo, y la justicia, como producto de un juicio, debe ser un valor y no un acto de gozo. Aprendimos de nuestras fuentes que donde hay lágrimas el judío debe estar presente. Y sobrevivimos porque amamos la vida y escuchamos la denuncia de los profetas por encima de las voces de los dirigentes.
Por lo tanto en este país en el que ha corrido tanta sangre, y cuyas heridas llevarán todavía mucho tiempo hasta cicatrizar, deberíamos ayudarnos a superar los pensamientos perniciosos, que van más allá de las expresiones de Hebe Bonafini y que son producto de la licencia cultural en la que nos hemos educado y que se encuentran desparramados en muchos núcleos de nuestra sociedad.

* Rabino. Comunidad Bet-El.

 

Por LeOn Rozitchner*.
Con todo respeto

Sin entrar en interpretaciones psicológicas, la polémica que se ha producido en torno a las declaraciones de Hebe de Bonafini, merece, creo, algunas reflexiones. Quienes hemos tomado una posición crítica frente a sus afirmaciones también tenemos el deber de comprender qué nos ha sucedido (y qué le pudo haber sucedido a Hebe de Bonafini para que tan tozudamente, asumiendo todos los riesgos, dijera todo cuanto ha dicho).
¿Cómo no darnos cuenta que lo que las madres haceny piensan depende de lo que nosotros hacemos, pensamos y sentimos? Es como si la sociedad hubiera delegado en las madres el sentir el dolor más intenso del mundo. Y quedarnos cuerdos y racionales, con buenos sentimientos,como perfectos ciudadanos de la democracia. Porque si así no hubiera pasado, sería difícil que los asesinos circulen todavía por nuestras calles: que fueran votados y ocupen el lugar que ocupan. ¿Eso, acaso, no nos vuelve también locos?
Hebe de Bonafini fue una de aquellas figuras que tuvo, junto con las otras madres, el coraje de enfrentar a la dictadura en la época donde el terror barría a los argentinos y los acobardaba, y que las convirtió en un modelo nuevo en la historia de la resistencia contra la barbarie, y que hizo que la Argentina recuperara, por interpósito coraje, el que la población había perdido, entregada como estaba a la complicidad con el terror y el desprecio.
El lugar que ocuparon las madres las llevó a tener también la cabeza bien fría allí donde millones la habían perdido, y movidas por la desesperación y el pensamiento tomar la decisión de enfrentar a los asesinos. Aquella “desmesura” trágica, que llevó a los militares en cambio a calificarlas de “locas”, reservándose para sí la cordura asesina, también esa cordura hizo presa a la población argentina. Y habría que seguir preguntándose si este lugar empecinado que ahora una de ellas ocupa no es el resultado de la defección de esa misma sociedad que hizo posible que la injusticia y la impunidad triunfara. Que las madres no hayan encontrado la reparación necesaria de una justicia social que las consolara, y que dependía de todos nosotros para alcanzarla.
De alguna manera, al acogerlas en su seno y reivindicarlas, era también en democracia, para muchos, una forma de aquietar la propia conciencia: ocupaban el lugar de la denuncia y de la resistencia que los demás se daban el lujo de abandonar de sí mismos, puesto que las había depositado en ellas. Las madres eran el lugar humano donde el máximo dolor que ellas sentían ahorraba el nuestro: que no nos volviéramos “locos” como ellas. Razón puramente razón, sin dolor como fundamento. Donde el dolor de estas solitarias hubiera sido acogido por la sociedad toda y les hubiera dado el cobijo que como madres locas locas de amor por sus hijos necesitaban. Eso se llama justicia: el esfuerzo y la pasión que la sociedad pone en juego para quela justicia se haga. Sería la única forma de acompañarlas en el sentimiento.
Uno puede explicarse sin acompañarla en sus ideas ni justificarla por qué Hebe de Bonafini piensa lo que piensa y siente lo que siente. Cuando esa reparación no ha existido, cuando el doloroso afecto no se ha expandido para transformar ese dolor en razón y en justicia, es pensable que en ella esos sentimientos desbordantes, no acogidos como propios en cada ciudadano, permanezcan actualizando su pasión enardecida en algo parecido a lo que significa el retorno, aunque imaginario,al “ojo por ojo y diente por diente” de las sociedades donde la venganza ocupaba el lugar de la justicia ausente.
Este ensimismamiento de Hebe de Bonafini, sin otros (hasta separarse del pensamiento de tanta gente de izquierda que la respetan y que la acompañó siempre) debe ser comprendido, aunque no lo aceptemos.
Cuando Verbistky dice: “No la he elegido como enemigo ni me alegra este debate ineludible” plantea algo muy cierto. Hay un debate ineludible queviene postergado desde el fondo del recurso a la violencia extrema de algunos grupos de izquierda en los años 70. Y también el de si un judío podía defender la existencia del Estado de Israel y ser al mismo tiempo revolucionario y judío. Este antisemitismo es anterior a la defensa de los Derechos Humanos. Mejor dicho, de ese debate postergado depende la diferencia de lo que llamamos derechos humanos, los supuestos de los cuales cada uno parte. Debemos plantear entonces el lugar obturado en la izquierda sobre su propio pasado. Al hablar de la violencia de los talibanes sobre las torres es como si se repitiera ese mismo interrogante sobre la violencia y sobre los judíos que quedó planteado en los años 70. Y esto no nos remite a la teoría de los dos demonios.
Quizás debamos ahora hablar de lo más penoso, pero es preciso hacerlo. ¿Quién tiene el monopolio del dolor más hondo como para elevar a lo absoluto la verdad que le asigna a su propia conducta? Muchos de nosotros tambiénhemos perdido amigos del alma cuyas muertes seguimos llorando. Así como el perdón no existe para el asesinato, porque son los asesinados los únicos que podrían hacerlo y ya no están vivos, tampoco tenemos derecho nosotros nadie lo tienea hablar por losmuertos. ¿Estamos seguro que ellos apoyarían hoy el atentado a lastorres? Yo no sé qué dirían ellos si pudieran tener la perspectiva que nosotros tenemos sobre lo acertado o fracasado de su propio empeño. Pero si sólo nos quedamos aferrados al instante del horror asesino que les suprimió la existencia, y ocupamos el lugar de los muertos siendo que somos nosotros lo que estamos vivos ¿qué culpa nutrida por el dolor más intenso nos impide permanecer pensando nuestra realidad actual desde nosotros mismos? ¿Y hasta discutir quizás, porque los quisimos tanto, la conducta que ellos tuvieron? Esto no significa dejar de sentir el odio más profundo contra los asesinos. ¿Pero repetiremos necesariamente la concepción política que les arrancó la vida? ¿Preservar la vida y seguir luchando no es un requerimiento también de la izquierda?
Nosotros tenemos sólo un privilegio:sabemos aquello que los muertos no sabrán nunca de sí mismos, porque no han podido sufrir el dolor que nosotros sentimos al perderlos. Y ese querer que estén vivos nos corroe el alma. Querríamos corregirlos, es cierto, como si creáramos las condiciones donde ese sacrificio no hubiera ocurrido y no siga ocurriendo. ¿Qué nos daríamos por sentirlos nuevamente a nuestro lado gozando la belleza de sus vidas idas? Y esto lo decimos compartiendo con Hebe de Bonafini el dolor que ella ha sentido, cada uno con sus propias imágenes, sus cercanías y sus propios recuerdos. ¿Pero es amarlos menos pensar que desde ellos otra política es posible?

 

Por David Viñas.
Derecho a réplica

La ley de la gravedad –como usted, Verbitsky, sabe muy bien–, no la formulan los cuerpos que caen, sino un espectador lateral que la enuncia críticamente. Y que, como en mi planteo frente a los acontecimientos “sin palabras” producidos el 11 de setiembre, se abre como una hipótesis. Y subrayo la palabra “hipótesis” (con la que empezaba mi participación en la mesa redonda organizada por la Universidad de las Madres), porque usted, en su artículo de Página/12 la elude sin más explicaciones cuando esa apertura, precisamente, denegaba cualquier bajada de línea más o menos oportunista o vaya a saber usted qué ademán dogmático. Sobre todo que esa entonación hipotética apelaba a la categoría de lucha de clases. Para cuestionar, desde el vamos, tres variantes de interpretación tan confusas como falaces e inoperantes. Variaciones que han predominado, hasta ahora, en un peculiar periodismo cuyos ejemplos más obscenos son La Nación en la Argentina y la CNN en todas partes. Las variantes que cuestiono, sobreimpresas con el discurso canónico del centro imperial y de sus serviciales corifeos locales, dibujan una secuencia que va de la teología, pasando por lo policial, hasta incurrir en un presunto psicologismo.
A la variante teológica pertenece “la lectura” –es un decir– que hace el doctor Grondona: de acuerdo a las sutilezas de ese crooner televisivo, el inspirador del ataque al Pentágono y a las Torres Gemelas es el mismísimo ángel caído, “genial y perverso” discípulo de Maquiavelo. La Biblia y el príncipe. La escuálida interpretación teológica que, en su momento, postuló la teoría de los dos demonios se encarna ahora en Lucifer. Es que para la demonología siempre fue una especialidad de informantes, proxenetas y familiares de la Inquisición.
La variante interpretativa policial se obstina, por su lado mucho más extenso, en echar mano de la tradicional criminalización que carga la palabra “terrorista”. Pretendiendo olvidar que esa arcaica connotación por parte del discurso del poder, a lo largo de la trayectoria del capitalismo, sirvió en sus diversos momentos para descalificar a grupos que resistían la usurpación de sus tierras y al genocidio. Fueron llamados terroristas, a la bartola, las tribus indias eliminadas en los actuales territorios norteamericanos, y “terroristas” fueron, también –de acuerdo al discurso liberal victoriano– las gentes de Vicente Peñaloza, los paraguayos en la guerra de la Triple Alianza y los indios de la Patagonia y del Chaco. Y qué le cuento, Verbitsky, para el coronel Ramón Falcón, máximo “héroe militar” de la gentry argentina: los malones indios se le habían convertido en “malones rojos”.
No me olvido, en tercera instancia, de los argumentos presuntamente psicologizantes que emplea el discurso del poder imperial y de sus voceros argentinos: el atentado del 11 de setiembre (fecha coincidente para los “terroristas” chilenos de la Unidad Popular), es atribuido a “locos” y “degenerados”. Pero los que ejecutaron la violencia del Pentágono y de las Torres Gemelas no “dispararon sobre la multitud” como postulaba el “delirio” surrealista de 1934, ni como ese soldado norteamericano, veterano de Vietnam, realmente enloquecido por la vertiginosa y ramplona cultura exitista y de consumo beatificada en su propio país.
Ni explicaciones teológicas entonces, Verbitsky, ni explicaciones policiales ni explicaciones que se disfrazan de psicológicas. Prefiero las explicaciones históricas. Objetivas, como solía decirse. Por eso postulé –y postulo– una explicación apelando a la lucha de clases.
Usted propone como contraejemplo que “el movimiento impugnador que, desde Seattle a Génova, había comenzado a echar arena en el engranaje del pensamiento único”. Dice usted bien: arena en Seattle y en Génova. Pero, Verbitsky, en el Pentágono y en las Torres Gemelas: un volcán. Saltos cualitativos. Aquel primer movimiento, legítimo, es la expresión mediada de granjeros, estudiantes, comerciantes, militantes incluso y profesionales de Europa y de América del Norte; esas gentes contestatarias, rebeldes, sin duda, padecen agravios y golpizas. Distinga, Verbitsky: el 11 de setiembre es la respuesta –mediada también– de unas poblaciones que a lo largo de siglos han sido sometidas, humilladas y aniquiladas; la relación entre causas y efectos, para nada lineales en ambos casos, son el resultado de niveles diversos: medianos en Seattle y en Génova; de profundidades seculares, insondables en el Pentágono y en Nueva York. Hace a las diferencias de grado: “movilizaciones” o patear el tablero. Mutaciones también. Y, sí, Verbitsky: reformas o revolución. En distintas etapas y lugares diversos: yo, alma sensible, tironeado en la calle Corrientes/un obrero incinerándose vivo en Neuquén; los Girondinos o la Montaña; Saavedra o los jacobinos porteños; Kerensky o Lenin, gradualismos o “un antes y un después”.
No quiero sobresaturar mis críticas ni mis hipótesis, como hace usted, Verbitsky, con las citas. Ese es un estilo eclesiástico. Me intimida con parrafadas de Marx y de Trotsky, que se convierten en píldoras que a gatas coagulan, con sus esencialismos ahistóricos, la categoría de la lucha de clases. No “bolilla cuatro” del programa de ideas políticas, sino una “dramática en devenir”; nada de santos y señas, sino tragedias en movimiento. Por favor, Verbitsky. Sea bueno. Historia cuestionadora y no fofa metafísica. Textos exasperadamente encuadrados en sus contextos. Y eso se llamaba dialéctica; ese fluir concreto, sin fin, como usted quizá lo recuerde. Con sus mutaciones y contradicciones inscriptas en la estructura global de dominación. (¿No la extraña a veces?) Categoría que el discurso liberal imperialista y sus monaguillos locales han pretendido enterrar. “Los muertos que vos matáis...” Ni Marx ni Trotsky se maquillaban antes de entrar al set de la política. Reflexionaban al pie de los acontecimientos; ya fuera con las revoluciones de 1848, frente a las heterodoxias y fracasos de la Comuna o en relación al gran ensayo de 1905. Y jamás se olvidaban, jubilosamente, de las mutaciones que se producían entre “los de abajo”, ya fuera en 1871 o alrededor del pope Gapón.
En cambio, su adiposa versión del proletariado, Verbitsky, me recuerda las melancólicas cristalizaciones postuladas por el doctor Nicolás Repetto en 1945. Tenía de todo ese paradigma de socialista-liberal. Menos imaginación. Siempre creyó que las únicas manifestaciones populares legítimas tenían que estar formadas por hombres con overol, cantando La Internacional y encabezados por banderas rojas. Hoces, uníos: no funcionaba.
O a veces, sí, Verbitsky; y la mayoría de las veces, no. Los más auténticos revolucionarios mexicanos, en 1810, los de Hidalgo y de Morelos, marchaban detrás de la única bandera que les permitía recuperar su identidad más elemental. Y cuando digo “elemental” me refiero a los elementos de Neruda. Excúseme: fuego, tierra, agua y aire.
No me excuse. Ni yo me excuso cuando usted se mete en mi relación con mis hijos. Y opina lo que se le frunce, Verbitsky. Sobre todo que si lo repitió en la radio y en otros medios, a usted –que es todo un caballero– le hubiera correspondido exigir (sic) que me invitaran para polemizar públicamente. “Como en un duelo”. En cambio, se atuvo a la referencia a mis hijos –María Adelaida y Lorenzo Ismael– alegando que mi mención es infiel. Qué palabra. Me parece, para decirlo de algún modo, que es usted excesivamente desenvuelto. Ni siquiera advierte que, en esa mención, prescindí cuidadosamente de todas las entonaciones particularizadas. Nada de chantajes ternuristas, Verbitsky. Aludí a mis hijos inscribiéndolos donde deben estar: en la serie de “otros miles de compatriotas asesinados por el terrorismo de generales y de almirantes adiestrados por el Pentágono y sustentados por Wall Street”.
–¿Quién es usted, Verbitsky?.
Ay, Horacio, Horacio, Horacio, me parece que usted se abusa de su ingenio. Habrá que atribuirlo a que como es un “periodista estrella” suele confundirse con las nebulosas. Con el suicidio. Nada menos. Antes de afeitarse, ¿nunca se contempló en el espejo y se acarició el cuello? Porque al apelar a su copioso archivo, cita usted, una frase mía –de hace seis años– respecto de ese problema. Discutía ahí, en efecto, “el espacio de decisión personal” que ese acto significa, pero su contexto, Verbitsky, operaba con un ensayo de Albert Camus quien considera al suicidio el tema mayor de la literatura.
Referencia que, a su vez –en aquellos escritos–, me permitía comentar la última decisión de Paco Urondo. No para “equiparar el suicidio con la militancia”. De ninguna manera. No como estrategia general. Sino como drama individual que conjuraba, en ese caso concreto, la posibilidad de ser apresado, torturado y exhibido en la televisión (previamente drogado) para que hiciera declaraciones totalmente contrarias a sus principios éticos.
Y, por último, Verbitsky: introduce usted, de manera arbitraria la figura de Rodolfo Walsh. Desdichadamente confunde usted la literatura de ficción con lo documental. En este caso, el teatro. Y no se trata de una cuestión de géneros, sino de economía libidinal. Otro esfuerzo, Verbitsky, ¡han!, e imagínese usted qué tan ficcional es Rodolfo Walsh y Gardel que el protagonista de esa pieza se la pasa dialogando con su canario que, simbólicamente, es “mudo”.
Verbitsky, no para usted de dar puntadas certeras, cada vez más sofisticadas. Llegará usted a ser un virtuoso. Escribe: “Viñas, en forma implícita, equipara todo recurso a las armas al terrorismo o el suicidio”. Lo implícito, Verbitsky. Lo sobreentendido. Lo tácito. Lo subyacente. Bien. Hemos entendido: usted confunde la metonimia con el paspartú.
Pero lo que no resulta implícito, Verbitsky, sino muy explícito –hablando concretamente de Walsh– es lo que he escrito en un libro que anda por ahí: “Si Rodolfo Walsh era un cristiano primitivo, Verbitsky es un católico”. Para quien sepa leer: Walsh era un aguafiestas; usted ha llegado a ser políticamente inobjetable. Otro tipo de mutación: se trata de dos niveles profesionalmente correlativos, pero cualitativamente antagónicos. Walsh era un artesano de la información que trabajaba en solitario; usted, Verbitsky, notoriamente se ha convertido en un empresario de la información que trabaja rodeado de computadoras y de informantes.
De donde se sigue, privilegiadamente, que tiene usted la última palabra.

 

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