Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira
KIOSCO12


SEÑALES DE UN DESVIADO ESPECIAL A LA FINAL DE LA COPA INTERCONTINENTAL
El fútbol y Boca en el lugar de los repollos

Juan Sasturain llegó a Japón para mandar sus impresiones de lo que será el choque entre Boca y el Bayern Munich y quedó sorprendido de entrada, no más, al encontrar un baldío en el que no florecen los picados sino las hortalizas.

Una postal del plantel de Boca en una calle céntrica de Tokio, a tres días del partido contra el Bayern Munich.

Por Juan Sasturain
Desde Tokio

Los trenes, los rieles, tienen algo de poco pudorosos, de sonda que se introduce en intimidades y posibilita perspectivas al fisgón interesado, accesos a las trastiendas de las casas desprevenidas, de las sociedades enteras vistas por la retaguardia. Desde el tren se suelen ver los patios traseros, se suele pasar veloz y furtivo por ventanas abiertas, por costumbres privadas. Cuando está de visita, uno no sólo ve sino mira, mira todo el tiempo; como en el maravilloso, sorprendente Japón no se puede hacer otra extraña cosa que jugar y vivir de visitante, el mirador privilegiado del tren que da a la vida cotidiana, permite el ejercicio impune, la tentación de espiar. Y a diferencia de lo que sucede en otras circunstancias, espiar en Japón –ellos lo hacen todo el tiempo, entre párpados– es casi una forma de la reticente cortesía que impregna todo, pule todo como una lija fina.
Así como este desviado especial que va a ver el entrenamiento de Boca en las instalaciones del Yokohama Marinos no se priva de mirarlo todo desde el tren. Está saturado de signos, repletos de imágenes callejeras en que los textos garabateados, impresos, enmarcados en las paredes o en los papeles de los diarios o en las pantallas reventadas de colores son un dibujo más, pero igual mira, como un vicio oriental más difícil de erradicar que el opio del maestro De Quincey. Y a cierta altura del viaje que supone es una crítica coyuntural de hallazgo o extravío, el desviado especial y sus compañeros verifican asomados y con alivio, que por una vez no deberán encarar la ímproba e inútil tarea de preguntar algo: el estadio que será mundialista finalista dentro de poco más de medio año, el del Yokohama Marinos, está ahí.
Lo difícil, lo imposible, sería no verlo. Inmenso, desproporcionado plato volador de una película de ciencia ficción de los cincuenta, depositado, aterrizado en medio de las casitas bajas de ese suburbio al sur de Tokio que es como un Adrogué para Buenos Aires. Y eso ahí no tiene nada que ver. Durante todo el amable viaje bajo el sol y el cielo transparente de una mañana de otoño, el desviado no ha visto un solo baldío, un solo espacio vacío pese a correr hacia suburbios en que la saturación poblacional va bajando en densidad de estación en estación. No ha visto picar una pelota ni la ha visto abandonada en un rincón del patio de una casa ni en el ángulo de una plaza. No ha visto a chicos jugando a la pelota, ni arcos precarios dibujados en una pared, esbozados con dos palos mal clavados en el piso. La primera cancha de fútbol que ve desde el tren es un estadio para casi 70 mil personas: y es como si hubiera encontrado un teatro, una ópera, el Colón, digamos. Y no debería extrañarle que no haya visto, a lo largo del viaje, a gente representando o intentando pas de deux o cantando arias en la calle...
El fútbol, en Japón, tiene ese tipo de relación con la vida de la (mayoría) de la gente: algo, un espectáculo que se va a ver –a veces– a lugares específicos y que está a cargo de intérpretes especializados. No es un juego que motive a la emulación infantil ni a la pasión del hincha, aunque el desviado ha visto algunas camisetas callejeras en adultos y ningún niño uniformado de ilusión e identidad futbolera. Estos pibes –a diferencia del despierto dormilón Valdano, de millones de pibes en el mundo– no tienen sueños de fútbol. Otras pelotitas y otras destrezas les copan el imaginario, les roban las ilusiones.
El desviado y sus compañeros que caminan hacia el Yokohama que asoma por todas partes y hace fondo imprevisto como el monte Fuji en una de las cien visiones del inspirado Okusai descubren por fin un espacio libre entre casitas de juguete (no electrónico) japonés. A dos cuadras apenas de la “mole de cemento” –gracias, Zavatarelli– camino del estadio como puede ser el acceso entre callecitas barriales de San Martín llegando a Chacarita, aparece el proverbial, el mítico, el esperado baldío. No más decincuenta por setenta parejitos, con los límites de la calle y un talud, es el espacio privilegiado para la expansión futbolera elemental: como aquellos terrenos de la Casa Amarilla (a.M.: antes de Macri) que permitían patear entre cascotes y con arcos de bolsos y pulóveres a la sombra motivadora de una próxima, accesible, soñadora Bombonera.
Y sin embargo... En ese espacio señalado para la práctica salvaje del picado formador, la mano japonesa ha sido más rápida que el pie. La industriosa y ecológica salud primereó en el pique a la pelota que no llegó a picar: hay una huerta. Una huerta prolija, encarrilada de repollos de un verde tan parejito, aunque un poco más oscuro que el del césped impecable en el que Boca, apenas detrás de ese talud y a la sombra del empinado cemento –gracias Pedro Valdez– del Yokohama, se prepara para parar a los por ahora invisibles alemanes. Repollos. Repollos enfilados ocupando el único lugar disponible para cultivar otro tipos de cosas, un semillero metafórico, no tan literal pero más creativo a la hora de producir –reproducir, en el caso japonés– eso que se llama fútbol.
El desviado especial bordea la huerta, se asoma al entrenamiento y a las obras que no cesan en los alrededores del estadio que será ámbito de la final del mundo y se convence de que el diestro, admirable Nakata, es un caso excepcional, nacido –ése sí literalmente– de un repollo. De uno de esos, probablemente. Porque para que crezca el fútbol no se trata de una cuestión de climas o de regadíos ni de ponerle una guía al tronquito. Hace falta algo de descontrol, espontaneidad, espacio y tiempo libre abandono a las sensaciones del juego y una pelota.
Y repentinamente el desviado especial se da cuenta de que en Tokio, que usa la calle hasta la saturación de los espacios, sólo faltan dos cosas sueltas, circulantes por naturaleza: no se ven ni un perro ni una pelota.

 


 

EFFENBERG, LESIONADO, NO JUEGA
Xeneizes con más ventaja

Boca recibió ayer otra buena noticia que le permite aguardar con mucha tranquilidad la final Intercontinental. En el encuentro que el Bayern Munich igualó 0-0 con el Nuremberg por la Bundesliga, el capitán Stefan Effenberg sufrió una lesión en los aductores que le impedirá viajar a Japón con el resto de sus compañeros. Además, el delantero Alexander Zickler padece un fuerte cuadro gripal, por lo que su presencia también está en duda. Mientras tanto, Carlos Bianchi continúa probando el esquema tradicional con cuatro defensores, lo que le aseguraría un lugar entre los titulares a Walter Gaitán.
En un encuentro que según el técnico Ottmar Hitzfeld le iba a servir para ganar ritmo de juego debido a su larga inactividad, Effenberg sufrió una nueva lesión que le demandará diez días de recuperación. El conductor del Bayern apenas pudo jugar 45 minutos y luego fue reemplazado por el croata Nico Kovac. La baja de Effenberg se suma a la del bosnio Hasan Salihamidzic, que se rompió los ligamentos el martes pasado, y a la del paraguayo Roque Santa Cruz, que ya estaba descartado con la misma lesión. Además, los volantes Jens Jeremies y Mehmet Scholl siguen con su proceso de rehabilitación, por lo que tampoco estarán disponibles.
Pero más allá de las bajas, la confianza de Boca también se ve reforzada por el nivel que mostró el Bayern en sus últimos compromisos. Ayer, si bien utilizó algunos suplentes, apenas igualó en Munich 0-0 con el recién ascendido Nuremberg, que marcha penúltimo en la Bundesliga, y quedó a cuatro puntos del Bayer Leverkusen, el único líder. Para colmo, el goleador peruano Claudio Pizarro desperdició un penal en la primera etapa.

 

PRINCIPAL