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FUNDAMENTALISTAS ISLAMICOS ATACARON POR SEGUNDA VEZ E ISRAEL PROMETE DESTRUIR SU RED
Prepárense para la lluvia de fuego que viene

31 personas murieron –incluyendo a los tres terroristas kamikazes– en 13 horas de carnicería entre anteayer y ayer en uno de los desafíos más graves a Israel -que prepara una respuesta- en toda su historia.

Por Suzanne Goldenberg *
Desde Haifa

Los atacantes suicidas de Hamas dirigieron un desafío sangriento a Washington y a Yasser Arafat ayer en 13 horas de carnicería que perforaron el corazón del Estado judío. Una nación estupefacta y en estado de luto todavía tenía que enterrar a sus muertos de un doble ataque suicida y un coche bomba en Jerusalén Occidental judía que mató a 10 jóvenes el sábado por la noche, cuando Hamas golpeó de nuevo, esta vez lanzando un atacante suicida contra la ciudad portuaria de Haifa que mató a 16 israelíes.
“Vi una bola de fuego. Todo se puso negro. Hubo un ruido terrorífico”, dijo Doron Shek, un chofer de ómnibus que estaba estacionando justo detrás del fatídico ómnibus número 16 cuando estalló la bomba. “Un segundo después, cuando abrí los ojos, el ómnibus delante mío había desaparecido, había sido volado a unos 100 metros más adelante del camino y todo lo que podía ver enfrente mío eran las ruedas, unos pocos asientos y carne humana”. Cerca de 40 personas también resultaron heridas en el atentado de Haifa –árabes así como israelíes– en un ataque tan implacable e indiscriminado como el que desencadenó una carga de explosivos saturada de clavos una noche de flirteo y bebida de adolescentes el sábado por la noche. La víctima de mayor edad en el ataque contra la calle peatonal en el corazón de la Jersualén Occidental judía tenía 20 años; la más joven, 14. Más de 80 estaban en el hospital anoche.
Los dos ataques estuvieron apuntados no sólo contra el Estado judío sino también contra la iniciativa de Washington de imponer un cese del fuego. Yasser Arafat está enfrentando una máxima presión de la comunidad internacional para reprimir a los atacantes al mismo tiempo que está combatiendo un brote de apoyo popular para los islamistas radicalizados como los de Hamas, que han jurado no rendirse en la revuelta palestina de 14 meses de duración.
El impacto político fue electrificante e inmediato, intensificando las demandas norteamericanas de que Arafat suprima a los atacantes y tiradores suicidas que operan libremente en territorio que se supone que está bajo su control. Arafat, golpeado por los múltiples desafíos sangrientos a su cese del fuego –y potencialmente a su supervivencia política y la de su Autoridad Palestina de siete años de existencia– se movió rápidamente, declarando un estado de emergencia en Cisjordania y Gaza y anunciando una prohibición de los grupos radicalizados que han desafiado su orden de deponer sus armas. “Cualquier grupo u organización que no adhiera a esta decisión, especialmente a aquellos que sirven a los fines de las fuerzas extremistas en Israel, son ilegales, particularmente aquellos que asumen la responsabilidad por estos ataques y explosiones contra civiles en Israel”, dijo un comunicado proveniente de su Autoridad Palestina.
Pero era claro que Arafat iba a tener que hacer mucho más que emitir declaraciones fuertes. Funcionarios estadounidenses incluyendo al presidente George W. Bush, el secretario de Estado norteamericano Colin Powell y el enviado de Washington a la región, el retirado comandante de marines general Anthony Zinni, expresaron una frustración uniforme con el fracaso de Arafat en mantener a raya a los militantes palestinos. Dijeron que su paciencia estaba agotada, y que Arafat debe actuar ahora. El presidente Arafat y la Autoridad Palestina deben inmediatamente encontrar y arrestar a los culpables de estos repugnantes asesinatos. También deben actuar rápida y decisivamente contra las organizaciones que los apoyan” dijo el presidente Bush camino de reunirse con el primer ministro israelí Ariel Sharon, de visita en Washington. “Ahora más que nunca, el presidente Arafat y la Autoridad Palestina deben demostrar a través de sus acciones y no meramente de sus palabras su compromiso a combatir el terrorismo”, subrayó Bush.
Anoche no era claro de que modo una Israel furiosa respondería a las múltiples infamias. Pero con Sharon resuelto a permanecer en Washingtonpara su entrevista con el presidente Bush, parecía evidente que lograría la bendición de Washington para una retribución que se espera que será feroz. El primer ministro, luego de su entrevista con Bush, fue contundente: “No esperaremos a que la Autoridad Palestina destruya la infraestructura terrorista. La destruiremos nosotros”. Ayer, a manera de preludio, el Ejército israelí prohibió cualquier vehículo palestino en las carreteras de Cisjordania –excepto ambulancias y camiones de comida– y desplazó sus tanques tropas hacia el corazón de las ciudades palestinas.
La carnicería desatada contra un barrio residencial de clase trabajadora ayer por la tarde en Haifa no tuvo límites, englobando a israelíes nativos, inmigrantes rusos y ciudadanos árabes del Estado judío. Un solitario atacante suicida abordó un ómnibus de pasajeros menos de 13 horas después del ataque de Jerusalén y desató su carga letal contra gente que estaba en la más mundana de las actividades: ir a casa a almorzar. No hubo informes sobre su identidad anoche pero Shimon Kabsa, el chofer del ómnibus destruido, sobrevivió, aunque con heridas serias, y dijo que había detectado al atacante suicida cuando se dirigió a la parte trasera del ómnibus sin esperar su cambio.
Horas después, luego de que socorristas ultraortodoxos recogieran con pañuelos de papel los trozos de carne humana en el pavimento, las luces callejeras hicieron brillar al vidrio pulverizado y el metal desgarrado que permanecía en el lugar. Vicki Lipson, de 16 años, todavía estaba atrapada por el horror del momento. Había salido de su escuela secundaria y se había subido al ómnibus adyacente cuando golpeó la explosión. “Vi el techo del ómnibus volando por los aires y el cuerpo de un hombre también volando por el aire y después cayendo colina abajo –dijo la chica, apoyándose en sus amigos, que eran árabe-israelíes, en busca de consuelo-. Había gente aullando y llorando; otros estaban caídos en el suelo y estaban muy, muy silenciosos. Yo no sabía qué hacer; todavía no estoy segura de qué ocurrió hoy”.
En Jerusalén, mientras tanto, la totalidad de la agonía recién empezaba a vislumbrarse en una ciudad de funerales sucesivos. En el cementerio a la entrada de la ciudad 10 jóvenes fueron enterrados, cada uno rodeado de sus desheredadas familias.

* De The Guardian de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

 

 

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