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Nuevas sospechas de vida en Marte
¿Por
qué marcianos? ¿Por qué tantas especulaciones vehementes
y tantas fantasías desbocadas sobre los marcianos, y no, por ejemplo,
sobre los saturnianos o los plutonianos? Pues porque Marte parece, a primera
vista, muy semejante a la Tierra. Es el planeta más próximo
con una superficie visible. Hay casquetes polares de hielo, blancas nubes
a la deriva, furiosas tormentas de arena, rasgos que cambian estacionalmente
en su superficie roja, incluso un día de veinticuatro horas. Es
tentador considerarlo un mundo habitado.
Carl Sagan, Cosmos
Por Mariano
Ribas
Marte está
allí, colgado en lo alto de las noches de invierno. Su brillo y
su típico color anaranjado lo hacen inconfundible. Pero Marte es
mucho más que un punto de luz en el cielo: en realidad, y tal como
lo han revelado distintas naves espaciales a lo largo de las últimas
décadas, no parece haber nada más parecido a la Tierra en
todo el Sistema Solar. Es nuestro hermano menor. Tiene grandes llanuras
cubiertas de rocas y un fino polvillo, dos casquetes polares, zonas bombardeadas
por cráteres, y también, depresiones y grandes cañones.
Tiene cuatro estaciones y un día que dura apenas algo más
de 24 horas. Actualmente, Marte es un planeta helado y seco, pero está
repleto de marcas que delatan un pasado muy diferente: hay surcos que
sugieren antiguos ríos; fosas suaves que, quizá, son los
recuerdos de grandes lagos; e incluso, una enorme zona llana en su Hemisferio
Norte, que para algunos geólogos planetarios alguna vez podría
haber sido el fondo de un océano. Si es que en Marte existió
el agua líquida y hoy no, necesariamente se debió a que
era un lugar distinto de lo que es ahora, envuelto por una atmósfera
robusta y con temperaturas mucho más acogedoras que las actuales
(casi siempre, bajo cero). En esas condiciones, la vida pudo haber tenido
su chance. Los marcianos quizás existieron. Y quizás, aún
existan: muchos científicos sospechan que el agua y la vida pueden
estar escondidas debajo de la superficie marciana, donde las temperaturas
y las presiones son más altas. Hace unos días, el tema de
la vida en Marte volvió a encenderse: después de recuperar
y analizar parte de la información obtenida por las naves Viking
1 y 2 (que amartizaron en 1976), un científico norteamericano asegura
que uno de los polémicos experimentos realizados por estas naves
detectó posibles formas de vida en el suelo de Marte. La flamante
investigación ha sido publicada por varias de las principales revistas
científicas del mundo. Lógicamente, el anuncio ha sido recibido
con cautela y escepticismo, pero también, con bastante atención,
porque parece estar bien fundamentado.
Vikingos en
Marte
Las Viking 1 y 2 (de la NASA) fueron uno de los éxitos más
extraordinarios de la exploración planetaria. Y hace poco se cumplieron
veinticinco años de su ya legendaria misión en Marte. Eran
dos naves gemelas y dobles: cada una de ellas estaba formada por un orbitador
y un vehículo de descenso. Después de viajar durante cerca
de un año por el espacio, la Viking 1 se colocó en órbita
marciana en junio de 1976, y al mes siguiente su vehículo de descenso
(o lander) se separó y amartizó suavemente en
la Planicie de Chryse (a unos 20 grados de latitud norte). En agosto,
llegó la Viking 2, y su lander se posó en un punto de la
Planicie de Utopía, a unos 5 mil kilómetros de distancia
de su compañera. La principal tarea de los dos orbitadores era
fotografiar todo el planeta en detalle. Y lo lograron. Pero la parte más
jugosa de la misión Viking estaba en los dos landers: esos sofisticados
aparatos transmitieron a la Tierra las primeras imágenes de la
superficie de Marte tomadas in situ. Toda una hazaña. A pesar de
estar separados por miles de kilómetros, ambas naves mostraron
vistas muy similares: grandes desiertos, cubiertos de rocas y un fino
polvillo anaranjado. Es que Marte, básicamente, es eso, un gran
desierto. El inolvidable científico Carl Sagan fue uno de los involucrados
en la misión, y así recordaba aquel mágico momento
del primer amartizaje: Recuerdo que me quedé asombrado ante
la primera imagen del vehículo de aterrizaje que mostraba el horizonte
de Marte. Aquello no era un mundo extraño... había rocas,
arena acumulada, todo tan natural y espontáneo como cualquier paisaje
de la Tierra. Marte era un lugar.
Buscando vida
Los landers hicieron un poco de todo: fotografiaron el paisaje marciano,
midieron las temperaturas y la presión atmosférica (ambas
bajísimas), analizaron la composición del aire (casi todo
dióxido de carbono), registraron vientos y tormentas de polvo,
y desplegaron sismógrafos. Y lo más importante: buscaron
vida. Ese era el punto más fuerte de la aventura de las Viking,
el que mayores expectativas había generado. Era lógico,
porque los científicos sabían que de haber vida en otro
lugar del Sistema Solar, ese lugar era Marte. Los dos landers eran verdaderos
laboratorios, preparados para realizar distintos experimentos destinados
a detectar posibles microorganismos extraterrestres. Gracias a un complejo
brazo robot de 3 metros de largo, las naves hicieron pozos y tomaron muestras
de la polvorienta superficie. Una vez recogidas, el brazo llevaba las
muestras al interior de la nave, donde había un completo set de
instrumentos para analizarlas: hornos, lámparas, sistemas refrigerantes,
reactivos químicos, cromatógrafos y espectrógrafos,
y hasta un contador Geiger (que mide la radiactividad). Cada uno de los
lander realizó 3 experimentos que, mediante distintas estrategias,
apuntaban a encontrar actividad biológica. Y es aquí donde
esta historia comienza a conectarse con el presente.
Resultados
ambiguos
Los resultados fueron bastante confusos. Tanto que en su momento
algunos científicos de la misión Viking creyeron haber encontrado
indicios de vida en algunas de las muestras. Pero luego la idea fue desechada,
y las distintas reacciones observadas en los experimentos (como la emisión
de ciertos gases, que quizás reflejaban algún tipo de metabolismo
por parte de microorganismos marcianos al ingerir nutrientes) fueron atribuidas
a simples reacciones químicas en los materiales de la superficie.
Además, las naves no encontraron rastros firmes de moléculas
orgánicas, proteínas, ácidos nucleicos o hidrocarburos
simples, es decir, los materiales relacionados con la vida en la Tierra.
El balance final de los experimentos biológicos de la Viking no
dio ni un sí, ni un no. Aunque ala hora de optar, se eligió
por un prudente no. Y así, el tema quedó archivado y en
el olvido. Hasta ahora.
Una pista curiosa
Después de su amartizaje, las Viking continuaron funcionando
durante unos años. Es más, el lander del Viking 1 siguió
transmitiendo datos a la Tierra hasta 1982. Desde entonces, toda la información
quedó archivada en cintas magnéticas, juntando polvo durante
casi dos décadas. Y aquí es donde aparece el neurobiólogo
norteamericano Joseph Miller, un científico de la Universidad de
California del Sur que había trabajado en la NASA a principios
de los años 80. Miller es una eminencia en el estudio de los ritmos
circadianos, y había investigado los ciclos de sueño de
los monos a bordo de naves espaciales. Además, siempre se mostró
interesado por las misiones Viking, especialmente por los famosos experimentos
biológicos en Marte. Hace varios años, Miller tropezó
con unos gráficos publicados en Geophysical Journal basados en
uno de los experimentos biológicos realizados por el lander del
Viking 2: durante esa prueba, se detectaron liberaciones de gas muy periódicas
en una de las muestras que había sido rociada con nutrientes, dentro
de una de las cámaras de experimentos de la nave. La cuestión
es que en 1999, y tentado por el asunto, Miller se decidió a revisar
meticulosamente los resultados de aquellas pruebas. Volvió a la
NASA y trató de averiguar dónde estaban esos registros.
Sabía que, quizá, tenía en sus manos algo potencialmente
interesante.
El experimento
polémico
Pero conseguir esa información no fue nada sencillo. Para
su sorpresa, Miller descubrió que los datos estaban codificados
en un formato tan antiguo que los programadores que lo conocían
ya habían muerto. Pero por suerte, consiguió unos registros
impresos que habían sido conservados por Patricia Straat y Gilbert
Levin, dos de los científicos originales de la misión Viking.
Con esos registros en la mano, Miller comenzó a trabajar. El experimento
había sido más o menos así: el brazo robot de la
nave tomó una muestra del suelo, la colocó en una cámara
interior, y luego recibió una sopa de nutrientes combinados con
carbono radiactivo. La idea era que cualquier organismo marciano que consumiera
los nutrientes, liberaría el carbono radiactivo en forma de gas.
Y ese gas, entonces, sería detectado por un monitor de radiación.
Pero las cantidades liberadas fueron menos de lo que se esperaba. Y entonces,
el proceso no fue atribuido a ninguna forma de vida, sino a simples reacciones
químicas relacionadas con los superóxidos del
suelo marciano. Pero recientemente, Miller encontró algo más.
Un curioso
hallazgo
Al analizar los registros de la emisión de gases durante esa
prueba en el lander del Viking 2, el científico detectó
un patrón muy llamativo en las emisiones de esos gases. Así
es: el flujo de gases emitido por la muestra analizada fluctuaba a lo
largo de un ciclo de 24 horas y 40 minutos. Y así todos los días,
durante más de dos meses. Y resulta que esa es prácticamente
la misma duración del día en Marte. Miller ató los
cabos y creyó confirmar su sospecha: según él, esa
señal estaba reflejando los ritmos circadianos de alguna forma
de vida presente en la muestra de suelo. Si no, todo junto sería
una coincidencia demasiado grande. No sólo parece haber un
ritmo circadiano, sino que ese ritmo se mostró extremadamente preciso,
de 24 horas 40 minutos, lo cual es particularmente significativo, porque
eso es lo que dura un día en Marte, dice Miller. Por otra
parte, la fluctuación coincide con una variación térmica
de dos grados, aproximadamente dentro de la nave, provocada
por los grandes cambios de temperatura en la superficie de Marte. El científico
hace notarque aquí, en la Tierra, los ritmos circadianos están
asociados a los cambios de temperatura.
Una hipótesis
osada
Por todo esto, Miller descarta la hipótesis meramente química,
y se juega por la variante biológica, entre otras cosas, porque,
según él, una reacción puramente química no
puede estar tan sincronizada con una fluctuación de temperatura
de sólo 2 grados. Además, los superóxidos expuestos
a una solución acuosa como la que se utilizó en aquel
experimento se destruyen rápidamente, y los ritmos circadianos
del suelo marciano duraron nueve semanas, explica el neurobiólogo.
Y agrega otro detalle: Cuando la muestra fue calentada hasta 160
grados, la actividad cesó... seguramente, el calor mató
a los microorganismos. Y cierra de modo categórico: Estoy
convencido en un 90% de que el Viking encontró bichos marcianos.
Miller acaba de presentar sus resultados en un reciente simposio de astrobiología,
celebrado en San Diego, California. Sus análisis ya están
circulando en Internet, y han sido publicados en varias publicaciones
científicas, entre ellas, la famosa revista inglesa New Scientist.
Y lógicamente, se ha disparado la polémica. Muchos astrónomos
y astrobiólogos aceptan la seriedad del trabajo de Miller, pero
abren un razonable paraguas de escepticismo: El detectó una
variación diurna muy precisa en ese experimento, y eso es realmente
interesante, pero todavía no se pueden sacar conclusiones firmes
sobre la vida en Marte, dice John Bridges, un experto en Marte del
Museo de Historia Natural de Londres.
Final abierto
Si efectivamente las Viking encontraron vida en el suelo de Marte,
hay una pregunta difícil de esquivar: ¿cómo hacen
los marcianos para vivir en un planeta actualmente helado, seco y bombardeado
por radiación ultravioleta (porque en Marte no hay capa de ozono)?
Parece extraño que algo pudiese soportar esas condiciones. Sin
embargo, aquí mismo, en nuestro planeta, hay formas de vida que
se han adaptado a los ambientes más hostiles: los llamados extremófilos,
microorganismos que son capaces de vivir en oscuros lagos debajo del hielo
antártico o, en la otra punta, en agujeros volcánicos en
el fondo del Océano Pacífico, soportando temperaturas altísimas.
Si en la Tierra la vida se ha sabido adaptar a las condiciones más
hostiles, bien podría haber sucedido lo mismo en Marte, un planeta
que, por otra parte, fue mucho más acogedor en su infancia. Durante
los próximos años, nuevas naves espaciales, las descendientes
de las gloriosas Viking, se posarán en otros sitios del planeta.
Y claro, además de buscar agua, uno de los objetivos más
importantes de la nueva avanzada marciana, también buscarán
vida. Entonces, y sólo entonces, sabremos si Miller tiene razón
con respecto a los marcianos.
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La
piedra y la vida
En 1996 una roca marciana
encontrada en la Antártida (conocida como ALH 84001) hizo
hablar al mundo: fue analizada, y mostró aparentes evidencias
de formas de vida primitivas y microscópicas. Los supuestos
microorganismos marcianos habrían habitado el planeta rojo
hace unos tres mil seiscientos millones de años. Pero en
los últimos años, el tema de la famosa roca marciana
ha tenido muchas idas y vueltas, y todavía no se puede decir
nada seguro. De todos modos, los científicos tienen esperanzasbastante
justificadas de que las próximas naves espaciales encuentren
algo vivo en Marte, o al menos, señales de algo que vivió.
Como la superficie de Marte es muy fría, es muy probable
que cualquier microorganismo marciano haya emigrado forzosamente
debajo del suelo, en búsqueda de más calor y humedad.
Por eso, las naves que exploren el terreno no sólo analizarán
muestras de la superficie, sino que también cavarán
pozos. Quizás, la última palabra la tendrán
los astronautas: la primera misión tripulada a Marte está
prevista para alrededor de 2019.
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