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CONFESIONES
La angustia de las influencias
Por Julián Barnes
Cada vez que uno de los escritores británicos de mi generación
viaja a España a promover su nuevo libro se les pregunta lo mismo:
¿Puede describir la influencia que ha tenido Tom Sharpe sobre
su obra?. El señor Sharpe, por si es necesaria la aclaración,
escribe una suerte de farsas jocosas (un estudiante, avergonzado al comprar
grandes cantidades de preservativos, procede a inflarlos con gas, meterlos
en la chimenea, alguien enciende la chimenea, ésta vuela por el
aire, ese tipo de cosas) que, a ciertos ojos españoles, tiene un
puesto central y dominante dentro de la literatura británica. El
truco es mantener una expresión educada en nuestro rostro, mientras
uno se pregunta si la traducción ha mejorado notablemente la obra
del señor Sharpe o saboteado la propia.
En Francia, el ascendiente literario se establece de manera diferente.
Si un novelista británico se aleja de la convención, sus
influencias son evidentes: Laurence Sterne, Lewis Carroll, Monthy
Python. Suelo asentir frente a Monthy Python, pero me
reservo la revelación de no haber leído nunca Tristram Shandy.
Pero por supuesto que no estoy siendo sincero con lo de Monthy Python:
no importa cuánto haya saturado mi conciencia hace 25 años,
no puedo recordar haber escrito una sola línea que le deba algo.
En Inglaterra, la cuestión de la influencia se plantea de una forma
algo más sutil: ¿Qué autores admiró
o admira cuando era joven, cuando pensaba convertirse en escritor
o actualmente?. Como la mayoría de los novelistas,
tengo un catecismo listo, con variaciones según el estado de ánimo.
Puedo citar Evelyn WaughGraham GreeneAldous Huxley, Gustav
Flaubert-Ivan TurguenievAnton P. Chejov, Edith WhartonFord
Madox FordJohn Updike o LermontovGiuseppe Tomaso di LampedusaMichel
Tournier o algo más izquierdista, como Scott y Penelope Fitzgerald.
Cuando me canso del juego de los antepasados, tiendo a refugiarme en una
cara adusta y las palabras Shakespeare es muy bueno o señalar
que es perfectamente posible sufrir las influencias de un libro no leído,
o por la idea o el comentario de un libro más que por el volumen
en sí mismo.
No estoy haciéndome el difícil; o no me estoy haciendo el
difícil en el sentido que parece. Realmente no estoy al tanto de
las influencias en mi trabajo. Podría ir más
lejos y decir que todos los escritores que he leído carecen de
influencia sobre mí. Esto puede sonar como una muestra clara de
un nivel de denegación que limita con la psicopatía, pero
me parece que es cierto. Tomemos el caso de Flaubert: lo reverencio, como
hacen otros tantos novelistas; lo releo constantemente; me recuerdo y
le recuerdo a otros su sabiduría y sus consejos prácticos;
estoy de acuerdo con él en que la prosa es como el cabello y brilla
sólo con el peinado, que una línea de prosa debe ser tan
inmodificable como una línea de poesía. Pero cuando pongo
una hoja A4 en mi IBM 196C, como cualquier novelista británico
del siglo XXI, no estoy en comunión con un novelista decimonónico
francés que escribía con pluma de ganso. Escribo en un idioma
diferente; la novela, como la tecnología, ha avanzado. Intentar
escribir como él sería insensato y pretencioso. Después
de todo, él escribía como él, así que, ¿por
qué habría de hacerlo yo?
Soy consciente, teóricamente, de que todo artista produce su obra
dentro de un marco, un continuum social y artístico; incluso quienes
intentan mantenerse autónomos están reconociendo y
por ende, siendo influenciados por lo que sea ese adentro. Puedo
identificar claramente las influencias que habitan y abruman a algunos
de mis contemporáneos.
X es una cámara de resonancia de los famosos. Y es un títere
operado por dedos adultos. Sin embargo, para escribir lo que escribo debo
primero convencerme de que jamás he escrito una novela como la
que estoy a punto de comenzar y, segundo, de que nadie en la historia
de la literatura lo ha hecho tampoco. En caso contrario no tendría
sentido ni empezar. Esto es seguramente ingenuo y probablemente vanidoso,
pero es un autoengaño necesario y permanente. Consideren las alternativas:
si uno viera a sus libros como los críticos más tarde los
verán, inútilmente, en términos de recetas (dos tazas
de Flaubert, espolvoreo de Wharton, una cucharadita de Ford Madox Ford,
un huevo, y una pizca de polvo de hornear Monthy Python) ni siquiera se
acercaría al horno.
Los novelistas nunca han actuado demasiado en las escuelas, y actualmente
lo hacen bastante menos. Lo que hacen en su lugar es construir su propia
escuela siguiendo a los amigables y ejemplares novelistas del pasado.
Tales autores son, a la vez, los maestros y los compañeros de clase;
algunas veces confunden, otras inspiran. Pero su verdadera influencia
consiste en decir, simple y constantemente a través de los años:
Ve y hazlo de otra manera.
Traducción Dolores Graña
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