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Loco por el biógrafo

El hombre de la baraja y la puñalada
Nicolás Olivari
Adriana Hidalgo Editora
Buenos Aires, 2000
200 págs. $ 17

Por Guillermo Saccomanno

En superficie, la poética de Carriego parece proyectarse en Nicolás Olivari(1900-1966): escenas de la vida desamparada, dactilógrafas y empleaduchos, pensiones y piringundines. Su filiación en Boedo parece residir en esta mirada. Pero hay una situación poética que lo define. Olivari se burla así de Carriego: “La costurerita que dio aquel mal paso/ y lo peor de todo sin necesidad... bueno, lo cierto del caso/ es que no le ha ido del todo mal”. Esta mirada ácida, menos pietista que la de Carriego y, con mucho, más socarrona que la del tremendismo de Boedo, explicará en buena medida su pasaje gozoso a Florida. En lo político, Olivari pasaría después de sus simpatías comunistas a la adhesión al peronismo. Conocido fundamentalmente por sus libros de poemas La musa de la mala pata (1926) y El gato escaldado (1929), su producción literaria fue signada por los avatares del periodismo y el teatro. Más allá de las poses de un populismo para escandalizar, en Olivari prima una actitud vanguardista en la que conviene reparar.
El hombre de la baraja y la puñalada (1933), dentro de la producción enorme y despareja de Olivari, se revela como una muestra de refinamiento poético y pasión fílmica, rescatada milagrosamente. Su lectura impone, por lo menos, algunas consideraciones. Como todo libro de culto, tuvo un destino tan oscuro como extraño. En este aspecto, el estudio preliminar y las notas de María Gabriela Mizraje proporcionan información y análisis, cuidando no sólo el rigor crítico de la edición sino también la amenidad. La suerte primera del libro estuvo, en buena medida, signada por las contradictorias relaciones entre el cine y la literatura. Es un libro de cine, pero también de poesía, que puede leerse como volumen de cuentos. Las relaciones entre cine y literatura, se sabe, fueron, desde siempre, por lo menos tan apasionadas como conflictivas. El cine deslumbró, en el siglo pasado, tanto a Quiroga y Arlt como a Borges y Bioy, hasta alcanzar en la actualidad a Puig, Piglia y Feinmann. A veces, el acercamiento no pasó más allá de la observación del fenómeno. En otras oportunidades, la atracción de una nueva forma narrativa produjo interrogantes sobre los futuros posibles de la novela. En ocasiones, el cine inspiró búsquedas formales. En el caso de Olivari provocó una fascinación que lo impulsaría a escribir estos textos que también pueden ser leídos como ensayos breves de un humor caníbal. Fascinación: el término, con su etimología, viene al caso. Atracción poderosa de la mirada, magnetismo que captura la atención. Fascismo, anotemos, tiene la misma etimología.
Como arte de masas, el cine seduce a Olivari, pero no deja de motivarle recelo. Por ahí, si un peligro se corre con el cine, es que liquide, de una vez y para siempre, la novela. El cine será entonces, para Olivari, “la menos complicada de las estéticas. Una actitud deliberada. Creer con los ojos”. Olivari estudia con fascinación el cine, toda la emblemática de cuerpos deseantes y deseables de su época y, aunque puede concluir, dramático, que “el cine es el onanismo internacional”, su perspicacia detecta no sólo el poder vehiculizador de ideología a través de mitos populares, sino también su repercusión en el espectador, los efectos sociales. Especie de semiología poética, El hombre de la baraja y la puñalada es un libro para quienes aman el cine con devoción coleccionista, pero también para aquéllos que están dispuestos a sorprenderse con unavisión que filtra con desencanto baudelaireano los mitos de Hollywood. A la par que acusa al cine de hipnótico, Olivari se rebela contra la naturaleza de su seducción.
Estamos en los tiempos del primer sonoro. A propósito de Greta Garbo, Olivari desliza: “Su inefable voz que arranca, como de una cuerda musical, de su clítoris hermafrodita”. Sobre la tremenda Marlene Dietrich escribe: “Ella es la mujer de la aventura casual en un burdel de la Martinica, cuyos ojos están llenos de candor y su sexo está lleno de placas sifilíticas”. Acerca de Jean Harlow: “Su arte es el saber de un traje de baño sumario. Es el saber de un pijamas, calzado en su cuerpo con la dulzura estirada de una media”. Del mismo modo en que Olivari escribe una encendida carta de amor a Lillian Gish, se despacha sobre Gary Cooper (“es profundamente pesimista y no cree en la perfección del género humano”), sobre Maurice Chevalier (“la venganza de París sobre Nueva York”) o sobre Erich Von Stroheim (“la impertinencia con monóculo”). Puede ser cierto que muchos de estos textos destilen un cinismo casi arltiano, pero no lo es menos que trasuntan una perspectiva crítica inusual en el análisis del cine en la época. A propósito de su interés por el cine, en tercera persona, Olivari hace un balance y cuenta que se ha asomado a las oficinas de los señores gerentes de las empresas cinematográficas yanquis y ha salido de ellas dolorosamente herido en su moralidad de artista y en su condición de argentino. “Esas oficinas son un vulgar mercado, que venden a los grandes astros, a las maravillosas estrellas, como si vendieran bolsas de porotos o latas de carne conservada.”

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