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Chino
Básico
Por Gao Xingjian
No
tengo posibilidad de saber a ciencia cierta si fue el destino el que empujó
mi vida en estos días, pero varias felices coincidencias han creado
esta oportunidad, que debo, en definitiva, llamar destino. Dejando de
lado la existencia o no de Dios, me gustaría decir que, a pesar
de ser ateo, siempre he sentido reverencia por lo desconocido.
Un escritor es una persona común. Tal vez sea una persona más
sensible, pero las personas sumamente sensibles son, muchas veces, las
más frágiles. Un escritor no habla como representante de
la gente o como la personificación de lo correcto. Su voz es inevitablemente
débil pero es, precisamente, esta debilidad de lo individual lo
que la vuelve auténtica. Lo que quiero decir aquí es que
la literatura sólo puede entenderse como la voz del individuo.
Sin embargo, a veces la literatura fue forzada a funcionar como un himno
nacional o el estandarte de la raza o el amplificador de las ideas de
un partido o la voz de una clase o grupo. La literatura puede ser empleada
como una poderosa herramienta de propaganda. De esta manera, la literatura
pierde lo que le es más esencial y se transforma en un mero sustituto
del poder o del interés. En el siglo que concluyó, la literatura
estuvo profundamente mucho más que antaño marcada
por la política y el poder, y los escritores mucho más sujetos
a una opresión sin precedentes.
Silencio
y política
A fin de que la literatura salvaguarde la razón de su existencia
y no se transforme en herramienta política, deberá volver
a ser una voz individual, una literatura sustentada en los sentimientos
personales de un individuo. Con esto no estoy queriendo decir que la literatura
deba divorciarse por completo de la política o que deba rehusarse
a complicarse en debates políticos. Las controversias acerca de
las tendencias literarias o las inclinaciones políticas de un escritor
fueron preocupaciones serias que atormentaron a la literatura en el siglo
pasado. La ideología provocó que controversias relacionadas
con tradición y reforma se transformaran en controversias relacionadas
con conservadurismo o revolución y que todas las modificaciones
de los asuntos literarios se dieran en el marco de la lucha por deslindar
qué cosa era progresista o reaccionaria. Si la ideología
se une con el poder y se transforma en una fuerza real, entonces tanto
la literatura como el individuo terminarán siendo destrozados.
La literatura china en el siglo XX tuvo que soportar y por cierto,
casi fue sofocada por ellos los dictados políticos de moda:
tanto la revolución en la literatura como la literatura de la revolución
firmaron la sentencia de muerte de la literatura y del individuo. El ataque
a la cultura tradicional china, en nombre de la Revolución, terminó
en la prohibición y en la quema de libros. Muchos escritores fueron
asesinados, encarcelados, exiliados o condenados a trabajos forzados durante
el curso de los últimos cien años. Esta época fue
más extrema que cualquiera de los períodos de las dinastías
imperiales en la historia de China, creando dificultades enormes para
escribir en chino y más aún, para cualquier discusión
sobre la libertad creativa.
Para el escritor que aspiraba a conservar su libertad intelectual, la
elección era el silencio o la huida. Para un escritor, sin embargo,
permanecer en silencio por un tiempo prolongado equivale al suicidio.
Para evitar el suicidio y el silencio, pues, el escritor no podía
sino exiliarse. Esto siempre ha sido así, tanto en la historia
de la literatura oriental como de la occidental, desde Qu Yuan hasta Dante,
Joyce, Thomas Mann, Solzhenitsyn y un gran número de intelectuales
chinos que se exiliaron después de la masacre de Tiananmen en 1989.
Éste es el inevitable destino del poeta y del escritor que continúa
buscando preservar su propia voz.
Escribir
para la historia
Durante los años en los que Mao Zedong implementó la
dictadura total, ni siquiera la huida fue una opción. Los lejanos
monasterios que dieron refugio a los facultativos en los tiempos feudales
fueron totalmente devastados y escribir, aunque fuera en secreto, implicaba
riesgo de muerte. Para mantener una cierta autonomía intelectual
sólo se podía hablar con uno mismo y eso en la más
absoluta soledad. Debería mencionar que sólo en este período,
cuando era imposible hacer literatura, llegué a comprender por
qué la literatura era tan esencial: porque permite a las personas
preservar su conciencia humana.
Se puede decir, en efecto, que hablar con uno mismo es el punto de partida
para la literatura y que usar el lenguaje para comunicarse es secundario.
Una persona derrama sus sentimientos y pensamientos por medio del lenguaje
que, puesto por escrito, se convierte en literatura.
Comencé a escribir mi novela Soul Mountain para mitigar mi soledad
interior, cuando los textos que había escrito bajo una rigurosa
autocensura fueron prohibidos. Soul Mountain fue escrita sin la más
mínima esperanza de que pudiera ser publicada. Desde mi experiencia
de escritura, puedo decir que la literatura es la afirmación del
hombre de su propio valor y que esto se valida durante la escritura. La
literatura nace primero como la necesidad de los escritores de una cierta
satisfacción personal. Si llega a tener algún impacto en
la sociedad, eso sucede por añadidura y no depende de los deseos
del escritor.
En la historia de la literatura hay muchos ejemplos de obras que no han
sido publicadas en vida del autor. Si esos autores no hubieran encontrado
su autoafirmación en el proceso mismo de la escritura, ¿cómo
habrían podido continuar con su tarea? Como sucede con Shakespeare,
aún ahora es difícil indagar sobre detalles de las vidas
de cuatro genios que escribieron las más grandes novelas chinas:
Journey to the West, Water Margin, Jin Ping Mei y Dream of Red Mansions.
Todo lo que queda de esas vidas es un ensayo autobiográfico de
Shi Naian, cuyas declaraciones sobre el consuelo que encontraba en la
escritura apenas si permiten entender que haya persistido en su tarea
sin aspirar a (y sin obtener) ningún tipo de reconocimiento en
vida. ¿No están en la misma posición Kakfa y Pessoa,
el poeta más profundo del siglo XX? Los textos que ambos escribieron
no pretendían cambiar el mundo y mientras más profundamente
conscientes fueron del desamparo del individuo, mejor hablaron de ello.
La
tiranía de lo nuevo
El lenguaje es la última cristalización de la civilización.
Es intrincado, incisivo y difícil de asir. Penetra en la percepción
humana y vincula a los hombres con el propio conocimiento del mundo. La
palabra escrita es, también, mágica. Permite la comunicación
entre individuos aislados, aunque pertenezcan a diferentes razas o distintas
épocas. Es también la manera en que el presente compartido
de la escritura y la lectura se conecta con su eterno valor espiritual.
La literatura trasciende las fronteras nacionales para hacer más
profunda la universalidad de la naturaleza humana. La literatura trasciende
la ideología y la conciencia racial de la misma manera que la existencia
de individuos trasciende cualquier tipo de ismos. Esto es
porque la condición humana es superior a cualquier teoría
o especulación acerca de la vida. La literatura es una observación
sobre los dilemas de la existencia humana y en ella nada es tabú.
Las restricciones en literatura son siempre externas: imposiciones políticas,
sociales, éticas y consuetudinarias que la transforman en decoración
para sus diferentes marcos conceptuales. Tampoco es un adorno o una moda
social. Tiene sus propios criterios de valoración estética.
Una intrincada estética relacionada con las emociones humanas es
el único criterio de juicio para las obras literarias. Por supuesto,
tal juicio difiere de persona a persona, porque las emociones son variables
en los individuos. Sin embargo, esos juicios estéticos subjetivos
tienen estándares de reconocimiento universal. La capacidad de
la apreciación crítica formada por la literatura permite
al lector experimentar los sentimientos poéticos de belleza, de
humor e ironía, de lo sublime y lo ridículo, de pena y de
absurdo que el autor ha depositado en su trabajo.
Una estética basada en las emociones humanas no pierde vigencia,
aunque las modas en arte y literatura se sucedan. Sin embargo, las evaluaciones
literarias que fluctúan como modas se preocupan sobre todo por
qué cosa es lo último. Esto es: lo nuevo es bueno. Este
es el mecanismo general que gobierna los mercados, incluido el mercado
del libro. Pero si los juicios estéticos de los escritores siguieran
las reglas del mercado, eso llevaría al suicidio de la literatura.
Especialmente en la llamada sociedad de consumo, creo que la tiranía
de lo nuevo es un recurso para tener a la literatura a merced del mercado.
Hace diez años, después de haber terminado Soul Mountain
que ocupó más de siete años de mi vida,
escribí un ensayo a propósito de la literatura, que me gustaría
ahora recordar. Una clase de literatura -decía entonces
que ha recobrado su carácter innato puede ser llamada literatura
fría (arte puro). Existe simplemente porque la humanidad necesita
sostener una actividad espiritual que gratifique sus deseos. Esta suerte
de literatura no se está dando por estos días. Sin embargo,
mientras en el pasado tuvo que luchar contra la opresión de las
fuerzas políticas y las costumbres sociales, hoy tiene que dar
batalla contra los valores comerciales de la sociedad de consumo. Para
existir, la literatura depende de la buena voluntad que tiene la soledad
de resistir. La literatura fría es literatura que huye de las presiones
del mundo para sobrevivir. Es una literatura que rechaza ser aplastada
por la sociedad en su busca por la salvación espiritual. Si una
sociedad no se acomoda a esta clase de literatura no utilitaria, no es
solamente una desgracia para el escritor individualmente considerado,
sino una tragedia para la humanidad. Si un escritor se dedica a esta clase
de escritura es probable que encuentre dificultades para su propia subsistencia.
En consecuencia, dedicarse a escribir esta clase de literatura puede ser
considerado un lujo, una forma de gratificación espiritual. Si
esta clase de literatura tiene la suerte de ser publicada y circula, es
gracias a los esfuerzos del escritor y sus amigos. Cao Xueqin y Kafka
son ejemplos de estas literaturas marginadas y desconocidas por la sociedad,
de escritores que consagraron sus vidas a una actividad espiritual sin
esperanza de recompensa alguna. No buscaban la aprobación social
sino simplemente el placer de escribir.
Escrito
sobre un cuerpo
Es mi buena fortuna la que me hace estar recibiendo, en vida, este
gran premio de la Academia Sueca y debo reconocer, en este momento, la
ayuda que me brindaron muchos amigos de todo el mundo que, durante años,
sin pensar en el reconocimiento social o comercial y enfrentando todas
las dificultades, han traducido, publicado, presentado y evaluado mis
escritos. También debo agradecer a Francia por haberme aceptado.
Allí encontré las condiciones para escribir en libertad:
lectores y público. Afortunadamente no estoy solo, aunque escribir,
de la forma en la que he definido este compromiso, sea una tarea solitaria.
Lo que quisiera decir ahora, también, es que la vida no es una
celebración y que el resto del mundo no goza de una paz como la
de Suecia, que desde hace 180 años no tiene guerras. Este nuevo
siglo no será inmune a las catástrofes simplemente
porque las hubo, y muchas, en el pasado. Los recuerdos no se transmiten
como los genes. Los seres humanos no somos lo suficientemente inteligentes
para aprender del pasado y cuando la maldad arde en la mente humana pone
en riesgo su propia supervivencia. La especie humana no necesariamente
cumple con las etapas del progreso: historia y civilización no
avanzan conjuntamente. Desde el estancamiento de la Europa Medieval a
la decadencia y caos de estos tiempos en el centro de Asia, pasando por
las catástrofes de las dos grandes guerras del siglo XX, los métodos
de matar se han vuelto cada vez más sofisticados. Los avances científicos
y tecnológicos no son parámetros para decir que la humanidad
sea más civilizada.
El uso de algunos ismos que vienen del discurso científico
para explicar o interpretar la historia desde una perspectiva basada en
una pseudo-dialéctica ha fallado en sus intentos de clarificar
el comportamiento humano. Ahora que el fervor de la utopía y de
la revolución continua del siglo pasado se ha hecho trizas, hay
un inevitable sentimiento de amargura entre los que han sobrevivido. La
negación de una negación no es necesariamente una afirmación.
El nuevo mundo utópico sostuvo la premisa de la destrucción
del antiguo. Esta teoría de la revolución fue aplicada a
la literatura y transformó lo que había sido un reino de
creatividad en un campo de batalla. Mucha gente fue vencida y las tradiciones
culturales fueron pisoteadas. Todo tenía que empezar de cero, la
modernización estaba a la orden del día y la historia de
la literatura fue interpretada como un cataclismo continuo.
Ideología
y verdad
El escritor no puede ocupar el papel del Creador, por lo tanto no
tiene necesidad de alimentar su propio ego asimilando su figura a la de
Dios. Esto no sólo le traería trastornos psicológicos
-llevándolo a la locura sino que también transformaría
al mundo en una alucinación, según la cual todo lo externo
a sí mismo sería el purgatorio. No es justo que el escritor
se sacrifique por el futuro o que demande a otros que lo sigan en ese
sacrificio. El escritor tampoco es un profeta.
Lo que importa es que quien escribe viva en su tiempo, que deje de ser
un embaucador, que pueda sobreponerse a las desilusiones, que mire con
lucidez el presente y que, a la vez, investigue su propio yo. Su yo es,
también, un caos total y a la vez que vuelve su mirada cuestionadora
hacia el mundo y los otros, el escritor también debe mirarse a
sí mismo. El desastre y la opresión usualmente vienen de
otra parte pero la cobardía de los hombres puede intensificar el
sufrimiento y provocar desgracias en los otros. La verdadera naturaleza
del comportamiento humano es suficientemente inexplicable; el conocimiento
de sí es aún más difícil de comprender. La
literatura es simplemente un hombre enfocando su mirada sobre sí
mismo, tejiendo un hilo de conciencia que eche luz sobre ese yo que comienza
a crecer.
La subversión no es el objetivo de la literatura. Su valor reside
en descubrir y revelar lo que es poco conocido. La verdad de la literatura
es difundir conocimientos insuficientemente extendidos. Como muchas otras
cualidades básicas de la literatura, ese contenido de verdad pareciera
ser inexpugnable.
El nuevo siglo ha llegado. No me preocupa si es realmente nuevo de verdad,
pero lo que parece evidente es que la revolución en la literatura
y la literatura revolucionaria y también la ideología
llegarían a su fin. La ilusión de la utopía que amortajó
a más de un siglo se ha desvanecido y cuando la literatura se libre
de los grilletes de tal o cual ismo, deberá volver
a los dilemas de la existencia humana. Aunque estos dilemas hayan cambiando
poco, serán los tópicos eternos de la literatura.
Esta es una época sin profecías ni promesas y creo que esto
es bueno. El escritor, jugando el papel de profeta y juez, no debería
existir más. Sobre todo teniendo en cuenta que muchas de las profecías
del siglo pasado resultaron ser fraudes. Y no es necesario crear nuevas
supersticiones sobre el futuro. Es mejor esperar y ver. Será bueno
también para el escritor volver a su papel de testigo y combatiente
por la verdad. En las manos de un escritor con una actitud seria hacia
la escritura, aún las más fabulosas invenciones literarias
tienen la premisa de retratar la verdad de la existencia humana. Ésa
ha sido la fuerza vital de los trabajos que han permanecido desde los
tiempos antiguos hasta el presente. Ésa es precisamente la razón
por la cual tanto la tragedia griega como Shakespeare nunca se volverán
obsoletos. La literatura no es una simple réplica de la realidad
porque penetra en la superficie y llega a lo más profundo; remueve
las falsas ilusiones, baja la vista y ve tanto los grandes acontecimientos
como los eventos comunes.
Por supuesto que la literatura también se basa en la imaginación
pero esta suerte de viaje con la mente no es poner un montón de
basura toda junta. Si la imaginación se divorcia de los verdaderos
sentimientos y las invenciones se separan de las bases de la experiencia
humana sólo pueden dar una producto insípido y débil.
Es cierto que la literatura no sólo se basa en las experiencias
de la vida común o lo que el escritor liga de su propia experiencia.
Esto es posible porque las cosas son escuchadas y vistas a través
de la lengua y a través de las relaciones que se establecen con
las obras de otros autores. Esto, también, explica la magia propia
de la literatura. Porque el lenguaje no es una colección de conceptos
y el mensaje que transmiten esos conceptos. El lenguaje activa simultáneamente
sentimientos y sentidos y es por eso que los signos y señales visuales
no pueden reemplazar el lenguaje de la gente. La necesidad humana del
lenguaje no es meramente la transmisión de significado; es, al
mismo tiempo, escuchar y afirmar la existencia de la persona.
Honorables miembros de la Academia: gracias por otorgarme este Premio
Nobel de Literatura, que recibo como homenaje a esa literatura que es
constante en su independencia, que rechaza el sufrimiento humano y la
opresión política, sin servir a sus intereses. Agradezco
por premiarme con este prestigioso reconocimiento por obras que están
lejos de los dictados del mercado, trabajos que hasta ahora han despertado
poca atención pero que empiezan a trascender. Al mismo tiempo,
también les agradezco que me permitan hablar ante los ojos del
mundo. Han permitido que una frágil y débil voz individual,
que normalmente no tiene la atención de los medios, se dirija al
mundo. Creo que éste es, precisamente, el sentido del Premio Nobel
y les agradezco a cada uno de ustedes por esta oportunidad de hablar.
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