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La copa se mira y no se toca

La selección argentina
Sergio Olguín (ed.)
Tusquets
Buenos Aires, 2000
352 págs. $ 16

Por Paula Croci

La publicación de un libro, en casi todos los casos, pone en escena un duelo imaginario entre el escritor –responsable de la “criatura”–, el editor –una especie de intermediario o de partero responsable del alumbramiento– y el lector –un testigo de todo. En este duelo no hay lugar para un empate porque siempre una de las partes sale más o menos satisfecha y más o menos enriquecida por la experiencia literaria.
En cambio, cuando el libro toma la forma de una compilación, como el caso de La selección argentina, la reciente antología de cuentos hecha por Sergio Olguín, aparece en la arena un cuarto participante para juzgar a favor de los autores compilados y para desafiar literalmente al lector.
Más allá de la metáfora deportiva –obligatoria, tal vez, a partir de el título La selección argentina, la ilustración de tapa, el prólogo y, por qué no, del nombre del compilador (en tanto Olguín nos reenvía a otro que jugó para la Selección argentina de fútbol)–, se puede afirmar que en toda compilación se esconde algún tipo de arbitrio o alguna clase de arbitrariedad. Por ejemplo, la relación caprichosa entre el fútbol y la literatura presentada por Olguín –ahora no el jugador sino el compilador- en el prólogo cuando sostiene que “la carrera de un escritor tiene algunas ventajas sobre la del futbolista. A la edad en que la mayoría de los deportistas tiene que ir pensando en su retiro, los escritores recién comienzan su etapa madura. Hay más posibilidades de revancha, de equivocarse y de volver a empezar”. O por ejemplo, el principio adoptado para escoger y después para compilar un conjunto tan heterogéneo de relatos. Cuál primero y cuál después son preguntas que, con certeza, habrán atormentado al compilador, hasta que se decidió por el orden alfabético, el más justo e incontestable de los órdenes. De ahí, que el lector no se enoje o simpatice tanto con el escritor como con ése, el compilador, que eligió primero.
Ahora bien, si el “relato” se ordena alfabéticamente hay menos chances para los sentidos dados desde antes, porque lo que domina es la igualdad por sobre las jerarquías. Sin embargo, se abren más libertades para el lector, porque éste muy pronto entiende que el orden alfabético es poco natural (de hecho, es el menos natural) y puede, entonces, intentar nuevos recorridos.
Ante un semejante ordenamiento de la lectura puede elegirse otro, articulado a partir de los nombres conocidos –Carlos Gamerro, Rodrigo Fresán, Claudio Zeiger, Eduardo Muslip, Eduardo Berti, Andrea Rabih, por ejemplo– o de los que nunca oyó –Osvaldo Aguirre, José María Brindisi, Gonzalo Carranza, Pedro B. Rey, Esther Cross, pongamos por caso–, por la promesa encerrada en los títulos –”El sueños de los justos”, “A cajón cerrado”, “Los meses (Sin pan y sin trabajo)”, “La vida después de la muerte”, “Catástrofes Naturales”– o según los comienzos de historias todavía indescifrables –”Hizo la onda y se fue caminando...”, “Jueves 6 de julio. Me pongo a escribir porque al fin tengo algo que informarte”, “Soy sacerdote porque soy vanidoso”, “A Charidis le faltaba un loco”–, etc.
En fin, el lector puede entrar y salir de los cuentos sin temor, saltearse alguno o leerlos dos veces pero, de cualquier manera, al finalle quedarán uno o dos nombres, una o dos historias que capturaron su atención intermitente.
Más allá del caos de estilos, de temas, de narradores, de escenarios y de tiempos, propio de la historias que se escribieron con nortes diferentes y se aunaron de manera caprichosa y que vuelven inútil todo intento por pronunciarse sobre el valor independiente de cada texto –cada lector encontrará sus propias preferencias, sus “titulares” y sus “suplentes” en esta selección, empiezan las repeticiones. Cada cuento se introduce con un breve cuestionario o entrevista, en las que los autores hablan de su vida, de sus escritores modelos, de sus libros favoritos, de la hora del día en que prefieren escribir y de los acontecimientos que marcaron sus días.
Repeticiones que no se dan tanto porque las preguntas sean idénticas sino porque las preferencias son las mismas. Resultado, quizás, de un perfil de escritor compartido: todos los antologizados son autores argentinos, todos cuentan con treinta y tantos años, casi todos publicaron en V de Vian (la revista que dirige el compilador), todos pasaron por la carrera de Letras, todos vieron las mismas películas y programas de TV, leyeron los mismos diarios y libros de historia y, fundamentalmente, todos fueron reunidos por la misma persona.
Las selecciones corren con la ventaja de que alguien se arriesgó primero. Aunque sean generosas, casi siempre sin pretensiones y con mucho ánimo de recuperar y promover valores olvidados o desconocidos, promesas futuras o primeras obras, su origen incierto nos obliga a preguntarnos ¿de quién es el mérito y de quién la culpa? y este fatal interrogante termina por distraer la atención del lector de los textos literarios.

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