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Un artista del crimen
Incomprensiblemente ausente de las librerías locales, Raymond Chandler (sin duda el más grande escritor de policiales de todos los tiempos) puede ser visitado en la antología The Raymond Chandler Papers, Selected Letters and Non–Fiction, 1909–1956, editada por Tom Hiney y Frank McShane.

El estilo soy yo

POR MARTIN SCHIFINO, DESDE LONDRES La reflexión sobre el estilo, territorio de flaubertianos y belle–lèttristes, quizás no sea un tema que se relacione inmediatamente con Raymond Chandler, una de las eminencias del policial negro norteamericano; pero ciertamente era un tema que obsesionaba al autor. En una carta de 1950, recopilada en la nueva antología The Raymond Chandler Papers, Chandler notaba: “Como escritor de misterio, creo que soy un poco una anomalía (...): no sólo soy un letrado sino además un intelectual, con todo lo que me disgusta el término. Parecería que una educación clásica sirviera de poco para escribir novelas en la dura lengua vernácula. Creo que es al revés. Una educación clásica lo pone a uno al amparo de muchas pretensiones”. La referencia a su clasicismo es de hecho una constante en estas cartas. Nacido en Chicago en 1888, de madre irlandesa y padre norteamericano, Chandler emigró a Irlanda en 1895 y de ahí a Inglaterra, donde se educó en un colegio pupilo de Dulwich; como era habitual entonces, creció repitiendo latín y griego.
Una de las constataciones que se desprende de la lectura de la correspondencia es que Chandler se sintió siempre un hombre de letras. La distinción entre novelas de género y novelas literarias le parecía ociosamente nominal (al releer en 1945 El Halcón maltés de Hammett, dice que es la mejor novela de los últimos veinte años, sin referirse a ningún género en particular). En este sentido, la continua pregunta de por qué no escribía algo “serio” le resultaba inane, un amargo efecto de lo que llamaba la “inseguridad arribista” del establishment literario norteamericano, en particular de la crítica neoyorquina capitaneada por Edmund Wilson. Es interesante confrontar estas opiniones con una carrera literaria que progresivamente fue borrando los límites genéricos, desde las novelas todavía formulaicas como El sueño eterno o Adiós, muñeca hasta la intrincada El largo adiós. Chandler creía, flaubertianamente, en la supremacía de la voz sobre el tema. “A largo plazo, no importa qué tan poco se hable de ello, lo más duradero de la escritura es el estilo”, dice en una carta del 1947.
La historia de cómo incubó su estilo tan imitado –y en esencia, tan inimitable– también se encuentra dispersa en estos papeles. En 1932, al ser despedido por alcoholismo de su trabajo en una petrolera, Chandler, entrado en la cuarentena, empezó a escribir ficción en revistas pulp. Allí transcurrió su entrenamiento. Más tarde, en 1939, le confiaría a Erle Stanley Gardner (el creador de Perry Mason y un autor pulp de quien Chandler admiraba la soltura) que hacía resúmenes extremadamente detallados de relatos ajenos, para después reescribirlos una y otra vez hasta quedar conforme. Pero no siempre lo estaba. En otra carta del mismo año, el de la publicación de su primera novela, Chandler admitía: “El sueño eterno es bastante irregular. Dentro de mis capacidades, quiero desarrollar –lentamente– un método objetivo, hasta llegar al punto en que pueda llevar a una audiencia a través de una novela genuinamente dramática, incluso melodramática, en un estilo muy vívido, aunque no demasiado populachero ni demasiado vernacular”.
Chandler había vuelto a los Estados Unidos a los veinticuatro años, y el hecho de haber aprendido slang casi como una lengua extranjera lo animaba a incorporarlo en sus novelas. “El uso literario del slang es de por sí estudio”, dice una y otra vez, y hasta le escribe a un amigo que no se va a explayar al respecto porque “me pasaría una semana escribiendo”. El tema, evidentemente, lo ocupaba. Del mismo modo, estaba fascinado por los usos del norteamericano, una lengua que le parecía comparable al inglés shakespeareano en su fluidez. Uno de los papeles que se conservan en esta colección contiene observaciones sobre las diferencias con el inglés británico. Dos de ellas –cuyo contenido es debatible, aunque no la preocupación que trasuntan– resumen su actitud ante la escritura: el “estilo norteamericano”, creía Chandler, era más refractario a los clichésque el británico, pero en él se echaba en falta el lastre de una sólida continuidad cultural. Él, por su parte, aspiraba a componer una voz auténticamente vernácula, donde lo zafio se fundiera con las afinadas vibraciones del motor de la lengua inglesa.
Y eso fue lo que logró, sin duda, haciendo posible más tarde la voz mega-norteamericana de autores duros como Ed McBain, Elmore Leonard y James Ellroy. Irónicamente, sin embargo, el reconocimiento crítico llegó primero en Inglaterra, donde enseguida vieron a Chandler como algo más que un escritor de misterio. Entre sus admiradores confesos estaban W.H. Auden, Stephen Spender y otros poetas de Oxford; Evelyn Waugh llegó a decir que Chandler era el mejor novelista de Norteamérica. En ninguno de los casos, de cualquier modo, el autor parece haberse impresionado mucho. La voz de sus cartas es notablemente firme, casi nabokoviana, en cuanto a la seguridad que transmite. En una torre que uno no imagina tanto de marfil como de acero, Chandler permaneció apartado del sistema de celebridades literarias; incluso después de triunfar en Hollywood como guionista, siguió llevando una vida prácticamente de anacoreta.
La antología The Raymond Chandler Papers, Selected Letters and Non-Fiction, 1909–1959 fue compilada por Tom Hiney, biógrafo de Chandler, sobre la base de la primera selección de cartas a cargo de Frank McShane, que se publicó en 1981. Mucho material, de cualquier manera, es nuevo: varios poemas, un artículo sobre la entrega de los Oscar de 1946 y hasta una entrevista con Lucky Luciano. La selección ha sido hecha prestando suma atención a las obsesiones centrales de Chandler, de manera que uno puede rastrear coherencias temáticas a lo largo de cincuenta años. Haciendo votos de ostentosa humildad, los editores empiezan su breve prólogo con un epígrafe tomado de una carta de Chandler, que dice: “Me disgusta completamente el asunto de las antologías”. Es uno de los pocos momentos del libro en que conviene hacer oídos sordos.