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Un
yanqui en la Patagonia (Sudamericana) de Bailey Willis, Las Islas
Malvinas. Descubrimiento, primeros mapas y ocupación/ Siglo XVI
(Academia Nacional de Geografía) de Vicente Guillermo Arnaud y El
viejo Expreso de la Patagonia (Ediciones B) de Paul Theroux son
tres títulos recientes imprescindibles para toda biblioteca interesada
en los viajes o los aspectos menos obvios de las relaciones entre
escritura y territorio. Tres títulos esenciales para una “Biblioteca
del Fin del Mundo”.
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TESTIMONIOS
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Nada que ver
POR
GUILLERMO SACCOMANNO
La Patagonia puede entenderse como una moda tilinga que comprende tanto
la indumentaria como la gastronomía, el recorrido turístico
como la decoración de interiores. Las grandes editoriales, atentas
a los comportamientos del mercado y los consumidores, no dejan escapar
todo producto que pueda, más allá de ocuparse de la Patagonia,
generar ganancias. Desde ya, nada de esto tiene que ver con la realidad
áspera que padecen los patagónicos, saqueados en sus recursos,
afectados en su identidad, con el territorio marcado por el despojo y
la subasta a extranjeros.
No son pocos los textos publicados últimamente sobre la Patagonia.
En algunos resalta el oportunismo, en otros el relevamiento apurado de
color local, y en otros (los menos), la calidad literaria se alquimiza
con el documento. Entre los libros editados recientemente hay algunos
materiales atractivos que, aún cuando aspiran a satisfacer las
apetencias de los editores, tienen un valor que excede las reglas de la
mercadotecnia.
Así, merece ser destacado el imprescindible Un yanqui en la Patagonia
de Bailey Willis (1857-1949), notable geólogo norteamericano, estudioso
de la hidrología, a cargo de una comisión especializada
en el análisis del suelo, quien fue admirador del Perito Francisco
Moreno y de Ramos Mejía. Willis supo enfrentarse a la burocracia
para concretar sus ideas de progreso. Su libro, juzgado en ocasiones como
una biblia patagónica, alterna las memorias con la
descripción de paisajes y costumbres. Con un tono que en ocasiones
bordea la poesía y suele incursionar en el humor, Willis narra
su experiencia en la Patagonia entre 1911 y 1915. Publicado por primera
vez en 1947 por la Stanford University Press y agotado desde hace décadas,
el texto de Willis fue rescatado por un especialista en su obra, el ingeniero
y escritor Sergio Sepiurka, autor a su vez del ensayo Sueños
de Cordillera (1997). Si un interés presenta Un yanki en
la Patagonia no se debe únicamente a su carácter testimonial,
sino al sesgo entre épico y pionero de este científico que
no le temió ni a los rigores climáticos ni a los peligros
de la zona. Willis, hombre de ciencia y acción, tal como lo define
Sepiurka, puede ser leído con la motivación de conocer la
historia, pero a esta intención se le impone el registro típico
de la crónica aventurera.
Algo más que una curiosidad es Las Islas Malvinas, subtitulado
Descubrimiento, primeros mapas y ocupación/Siglo XVI. En este minucioso
trabajo de investigación, el diplomático Vicente Arnaud
(su currículum abarca una amplia gama de actividades en relaciones
exteriores y destinos) desarrolla un rastreo obsesivo de cartas que hacen
a la historia malvinense. Desde los primeros mapas realizados por el piloto
y astrónomo Andrés de San Martín, integrante de la
expedición de Hernando de Magallanes hasta los compuestos por Andreas
Walspoerger en 1548 y Enricus Martellus Germanus en 1549, Arnaud prueba
haber buscado estos documentos en lugares tan insólitos como un
mercado de cosas viejas en Turín o en la Biblioteca del Museo Topkapi
en Estambul. Pródigo en ilustraciones, el aporte de este rastreo
no sólo depara un itinerario cartográfico propicio para
despertar la imaginación de escritores y lectores. Este libro representa
además un material que suma su esfuerzo en la recuperación
del territorio.
Pero si hay un libro que conviene destacar entre los recientemente publicados
es la reedición del clásico El viejo Expreso de la Patagonia.
Autor de novelas populares como Saint Jack y La Costa Mosquito, Paul Theroux
escribió crónicas memorables de su pasión de viajero
de tren. El gran bazar del ferrocarril y En el gallo de hierro cuentan
sus recorridos por Europa y Asia. En 1976, Theroux se subió a un
ferrocarril suburbano en Boston y haciendo combinación tras combinación
a través de los rieles de América latina, llegó por
fin a su objetivo, la Patagonia. Amigo del escritor Bruce Chatwin, alentado
en cierta forma por los comentarios que el inglés le hizo acerca
de la Patagonia, el arribo de Theroux a la Argentina estuvo cargado de
expectativa. Aunque no son muchas las páginas que Theroux le dedica
al país en El viejo Expreso de la Patagonia, sus observaciones
son agudísimas. Son los primeros tiempos de la dictadura y la crónica
que Theroux escribe por entonces no es benévola ni amable en el
registro de testimonios que hoy tal vez alguno preferiría olvidar,
como, por ejemplo, ese ejecutivo editorial que respalda a Videla. Ese
ejecutivo conectará a Theroux con otro increíble admirador
de la dictadura: Jorge Luis Borges. Videla le parece un militar bien intencionado,
un caballero.
Prácticamente encerrado entre sus libros, temeroso del eco de las
explosiones que turban la calma urbana, Borges comenta con Theroux las
obras de Kipling y Browning. Pero sus sagaces opiniones sobre tal o cual
autor no consiguen borrar su reaccionarismo. Cuando Theroux le cuenta
el propósito de su viaje, llegar a la Patagonia, Borges se escandaliza:
Allí no hay nada, le dice. Theroux lo confirmará
al bajar, de madrugada, en Ingeniero Jacobacci, para hacer una nueva combinación
de tren, ahora hacia Esquel. Pero en esa madrugada, la nada se le revelará
a Theroux en un sentido en absoluto despreciable. En la vasta soledad
de la Patagonia, Theroux, al encontrarse en una estación perdida
del más desértico sur puede sentirse, conmovido por el paisaje,
como el Ismael de Moby Dick. Sabía que estaba en el fin del
mundo, escribe Theroux. Pero lo más sorprendente de
todo era que seguía estando en el mundo al cabo de todo ese tiempo,
en algún punto inferior del mapa. El paisaje tenía una expresión
adusta, pero no podía negar que poseía rasgos legibles y
que yo existía en él. Eso constituyó un descubrimiento:
su aspecto. Pensé: el fin del mundo es un lugar.
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