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La
aventura del hombre
POR
CLAUDIO ZEIGER Aunque
descree de la literatura confesional, las palabras que siguen son lo más
aproximado a una confesión que se puede llegar a arrancar a Juan
Sasturain, quien acaba de publicar una colección de cuentos bajo
el título La mujer ducha, definición que encierra un doble
sentido humorístico, un eco paródico que el autor suele
cultivar con fruición. La confesión reza así: Yo
nunca trabajé para la carrera literaria, para perfilarme como escritor.
Cada vez que tengo que llenar una ficha en el aeropuerto, en el lugar
de ocupación uno pone Periodista. Es más modesto que escritor,
aunque en algún momento te das cuenta de que ya tenés diez
libros publicados y que sos un narrador que existe para los demás.
Creo que esa falta de lugar tiene que ver, en mi caso, con cierta consecuencia
ideológica: unos cuantos y yo mismo hemos practicado la literatura
desde lugares marginales, desde la periferia, no contra la literatura
sino contra el engolamiento y la soberbia. Esos abordajes desde un costado
en mi caso desde el policial o desde la historieta me fueron
dando un perfil determinado. Después de los 50 años, como
es mi caso, sos responsable de tu cara y también de tu actitud
previa. Nunca puse la literatura en el eje central de mi actividad. Quizás
no me ha dado el cuero para eso.
En principio, la pregunta planteada tuvo por objeto el carácter
desperdigado de su obra. Escritor de cuentos para antologías y
de una novela que como es el caso de su Manual de perdedores I y II primero
apareció en forma de folletín en un diario, Sasturain tiene
también algunos textos inhallables. En el prólogo de La
mujer ducha el autor lo explica: Cada uno de los cuentos acá
reunidos por primera vez como se coincide ocasionalmente en un ascensor
o se termina en un geriátrico cuenta una historia, pero además
tiene la suya. Hay nuevos y veteranos, todos trajinados. Media docena
viene de un querido libro inhallable se gratificará con un
ejemplar de éste a quien lo encuentre que se llamó
Zenitram. Por lo tanto, y más allá de relanzar una
carrera literaria de la que Sasturain gusta mantener prudente
distancia, La mujer ducha permite la feliz coincidencia de lo perdido
y de lo nuevo, que también lo hay, aunque en rigor, se trata de
reescrituras.
Hay cuentos escritos a fines de los ochenta y principios de los
noventa en España, por encargo o por necesidad, que es más
o menos lo mismo. `Con tinta sangre está escrito en registro
caribeño, porque frente al jurado del premio policial de la ciudad
de Gijón no quería que sospecharan que era yo, entonces
debía disimular que era un argentino y está narrado como
si fuera un colombiano (un colombiano trucho, obviamente). Se llevaron
una buena sorpresa cuando vieron que era yo. El cuento que le da título
al libro, `La mujer ducha, se llamaba en principio `La bicicleta
sentimental y era brevísimo, no tendría más
de 250 líneas, y se publicó en la revista Feriado Nacional
en 1983. Es una historia de amor que transcurre en una unidad básica
en las vísperas de la caída de la dictadura. Lo reescribí
ahora, o sea veinte años después, desde la mirada de un
narrador lateral que trabaja en una empresa de pompas fúnebres
y un día, parado frente al paredón del cementerio de la
Chacarita, habla con un tipo que soy yo, al estilo de `Hombre de
la esquina rosada sobre el sentido que tenían las pintadas
de entonces, cuando se hacían por militancia política y
no por encargo. Obviamente, con veinte años de distancia se convirtió
en otra cosa. Originalmente era la visión de un peronista como
era yo entonces, y veinte años después cuenta la misma historia
desde otro punto de vista. Es una historia de amor, de lealtades y una
mirada nostálgica sobre el peronismo. En general todos los cuentos
han sido sometidos a reescrituras. Los más viejos son de principio
de los ochenta, y están escritos como ejercicios en el estilo de
Historia universal de la infamia. Inclusive fueron publicados en medios
de la época, cuando estaba más o menos en lo mismo que ahora,
trabajaba en algún medio y me dedicaba a hacer literatura cuando
debería hacer periodismo. A propósito, Sasturain ha
fatigado más de una redacción y tiene algo para decir sobre
la tan llevada y traída relación entre el periodismo y la
literatura.
Lo bueno que tiene el periodismo es que le quita solemnidad al hecho
de escribir. Vos sabés que lo que escribís nunca es demasiado
importante. Si escribiste algo maravilloso, al día siguiente todos
se olvidan. Y a la inversa, si te mandaste un cagadón o algo que
no te parece que está a la altura de lo que podés dar, mañana
tendrás revancha. Por otro lado, los males ya sabemos cuáles
son: el periodismo atenta directamente contra la prosa, contra el uso
del lenguaje. El periodismo supone que el lenguaje tiene que tender a
la transparencia, cuando en realidad si hacés literatura tenés
que partir de la idea de la opacidad del lenguaje, tenemos que forzar
a las palabras. Pero no creo en las contradicciones entre el periodismo
y la actividad literaria. No le busquemos excusas: el que no escribe es
porque no quiere. O no tiene nada para decir.
UN TREMENDO CALIFICADOR
La mujer ducha es, en principio, la reunión de unos trece
cuentos donde la mayoría se identifican por un personaje protagónico
el general Rosca, el caballero Lucadamo, el pistolero Nick Frascara,
Florencio Magneto, devenido San Jodete, apóstol de la desgracia
o Zenitram, el primer superhéroe argentino, por citar a algunos,
tipos asediados por la desgracia pero que, dentro de lo mal que los trata
la vida, suelen encontrar una salida épica que les da un sentido
en medio del gris que los rodea, por más absurdo o farsesco que
pueda parecer lo que hacen. Son iluminados, místicos, obsesivos;
tipos que de la mediocridad suelen pegar un salto demasiado alto y se
estrellan, pero a lo grande. Fracasan con bombos y platillos. Una suerte
de cronista estará allí para reconstruir sus vidas sin sentido,
siempre encontrará una fuente documental para reescribir lo que
finalmente serán los cuentos del narrador-Sasturain.
Así, bajo el paraguas del Borges más apócrifo y paródico,
Sasturain homenajea a quien considera su maestro, con una prosa popular
y elegante al mismo tiempo, y con una potencia adjetivadora más
que envidiable. Estos cuentos son un festival de adjetivos y expresivas
imágenes: un presidente reelecto va a ser un reiterado presidente
que entrega una partida especial en un mordisqueado presupuesto
nacional; un tipo con auténtica vocación de perdedor
es un un desgraciado tenaz, el buen golpeado; hay metáforas
futboleras, como ser pateados desde las inferiores o un general
que a pesar de todos los fracasos sintió que había
tocado el dobladillo del vestido de la Gloria.
Hay un horizonte ideológico que salvo en el cuento La mujer
ducha (ubicado en los tramos finales de la dictadura militar) suele
cristalizarse en los años cincuenta, cuando (a pesar de todo) los
personajes de varios de los relatos podían tener ilusiones y Argentina
imaginarse a sí misma (con mayor o menor grado de fantasía)
como una potencia. O por lo menos como un país que confiaba en
sus propias fuerzas naturales y los talentos individuales (algo maravillosamente
expresado en el cuento Campitos, que gira alrededor del origen
de una expresión futbolera: el semillero de jugadores. Campitos
descubrirá la relación secreta entre el suelo y los cracks
deportivos). El sentido universal de la derrota, la dimensión existencial
del fracaso, no quitan que el clima social de muchos cuentos dé
pie a la alegría, a la sensación vital de que a pesar de
todo se podían compartir valores sociales, grupales, ligados a
la lealtad, la amistad, la tarea común en el ámbito laboral.
Eso sí: siempre está el pliegue de la parodia, el papel
disolvente del humor, porque ya se sabe cómo terminó la
historia de una época y del país. Hay un escepticismo de
fondo que sin embargo nunca se desplaza hacia la ironía o el cinismo.
Sasturain mantiene una relación de amistad y amor con sus criaturas,
locos perdidos en su mayoría. Hace humor con ellos, pero sin burlarse
de ellos. Las historias que se narran en La mujer duchasuelen ser piezas
más o menos paródicas de algún género que
todavía es o ha sido popular o de masas, con ritmo de historieta
o clima de novela negra, según el caso. También se mezclan
los mitos menores y mayores de la cultura argentina relacionados con el
tango, el fútbol y la política. Y eso, como reza el título
de uno de los cuentos (Con tinta sangre) tiene que ver, en
última instancia, con que el autor lleva en la sangre los géneros
menores, que empezaron a reivindicarse en Argentina, en los ámbitos
literarios e intelectuales, cuando ya comenzaba otra época: los
años sesenta.
La nueva ola
Entre la segunda mitad de los sesenta y la primera mitad de
los setenta hubo un gesto de rescate (por usar la espantosa palabra que
se usaba entonces) de las literaturas marginales, recuerda Sasturain.
Era un gesto hecho por placer y por ideología al mismo tiempo.
La posición ideológica era que en países neocoloniales
como el nuestro se manejaba un concepto restringido de cultura, y que
en la literatura quedaban una enorme cantidad de producciones que no entraban
en ninguno de los tres géneros reconocidos. La canción popular
no entraba en la lírica; la historieta no entraba en la narrativa,
y el cine o la televisión no podían ser vistos dentro de
lo dramático. En mi caso, ya que era profesor universitario de
letras, la reivindicación era que el objeto de estudio debía
expandirse. La literatura de los años veinte ya no era sólo
Florida y Boedo sino Florida, Boedo y las letras de tango, la poesía
de Celedonio Flores, por ejemplo. En ese contexto se rescató el
policial negro (Chandler, Cain, Hammet, Mc Coy) como una literatura con
la misma potencia que otras ya reconocidas. De esa reivindicación
a escribir novelas policiales había un paso.
Cuando habla de una época y de un grupo dentro de un segmento generacional,
Sasturain tira una constelación de nombre que aún hoy mezcla
artistas más rigurosamente literarios con otros que
se siguen identificando con la historieta y los géneros populares.
Hay gente con la que tuve experiencias parecidas, a quienes nos
han gustado más o menos las mismas cosas. Tipos como Carlos Trillo,
el negro Alejandro Dolina, Fontanarrosa, Osvaldo Soriano desde luego,
José Pablo Feinmann, aunque él cultiva también otros
estratos, el gordo Carlos Sampayo, Guillermo Saccomanno. Hemos tenido
todos una actitud similar. Sobre todo no hemos demonizado a los medios
masivos; nunca los consideramos como básicamente deformadores,
con esa visión apocalíptica que tenía la izquierda
y que (como Mattelart, por ejemplo) los veía como la última
forma de opresión del imperialismo. La relación con los
medios masivos ha sido determinante, a diferencia de generaciones anteriores.
En los cincuenta, los chicos de entonces fuimos los primeros que además
de libros teníamos radio y televisión no en mi caso
porque era del interior, a donde llegó después. Los libros
vendrían después. Aprendimos entonces que el libro no es
el único portador de narrativa ni de literatura.
BORGES Y PERON
Entre tanta devoción popular y vocación por los marginales,
suena un poco contrastante (por no decir contradictoria) la fuerte impronta
borgeana que muestra Sasturain, no sólo en sus cuentos sino (como
se revela un poco más adelante) como una adscripción a lo
que podrían llamarse los principios borgeanos, su manera de entender
la literatura.
Yo soy un borgeano consecuente y deslumbrado. Creo que hay dos fenómenos
ineludibles y por lo tanto voy a decir una obviedad: Borges y el peronismo.
Pero nuestra generación no los pudo obviar. Son como los padres.
No los podés gambetear. Tenés que hacer algo con ellos.
Yo fui peronista durante mucho tiempo, demasiados años, hasta fines
de los ochenta inclusive, y dentro de esa visión sesgada y sectaria
de la cultura que tenía el peronismo, Borges era exactamente la
vereda de enfrente. Borges era la negación de lo nacional. En un
momento, uno se dio cuenta de que no era tan así porque los ejes
estaban mal colocados. Borges era ungran escritor argentino y en su condición
argentina estaba el hecho de ser como era. Entonces, en mi caso, leer
a este Borges era ir contra ese mandato que lo consideraba como el adversario.
Un poco era lo que le sucedía a la izquierda con la figura de Evita,
a quien necesitaban sacarla del peronismo para reivindicarla desde otro
lado.
Pero si hasta ahora se trata de una cuestión entre la política
y la estética, Sasturain descubriría para sí, en
Borges, algo mucho más decisivo: una de las claves de cómo
encarar su propia narrativa.
Los primeros textos que escribe Borges como narrador son los de
Historia universal de la infamia ¿Y qué son esos textos?
Pastiches, mentiras, textos apócrifos y tramposos, donde la ficción
está disimulada detrás de la documentación que sustentaría
la verdad frente a lo que no lo es. Borges los llamaba ejercicios de un
tímido. Y la única forma que yo tuve de entrar a la narrativa
fue haciendo todo tipo de impostaciones; no he podido escribir nunca si
no es a través de la mediación. O de un género previo
o de una voluntad de estilo predeterminada, como calzar en un cliché
narrativo. Nunca he podido entrar en pelo al relato. Por eso me identifico
plenamente con esa actitud borgeana. Es por esa vieja cosa que uno siente
que quiere escribir pero no tiene nada nuevo para decir. Tiene que ver
también con el papel que uno le atribuye a lo literario. Jamás
pude escribir algo confesional, una novela de aprendizaje. Ya somos grandes
y sabemos que estamos presentes en lo que escribimos y que eso es ineludible,
pero hay un pudor básico, elemental, que me hace parar en este
lugar, escondido detrás de un género. El primer texto narrativo
que escribí, Manual de perdedores, arranca con la escena típica
del empresario que está esperando y la llegada del detective que
va a ser contratado. Necesitaba trabajar a partir de un modelo. No es
necesidad de copiar, sino lo más parecido a hacer cine de género.
Los géneros son pudorosos, sobre todo porque uno no cree que la
literatura sea el campo de la libertad absoluta, abierta. Yo tiendo a
lo acotado, y en eso también me siento absolutamente borgeano.
En ese lugar encontré el desafío.
EL SABOR DE LA AVENTURA
Quedan dos temas para el final: el humor y la aventura. Sobre el
primero de ellos ya se adelantó algo: el humor como una manera
adoptada por el narrador de historias para corretear entre mitos, fracasados
y sueños rotos. Se dijo que ese humor no se desarrolla a costa
de los personajes. Y se dijo que también tiene que ver con el uso
de los adjetivos, las expresiones felices que se pueden saborear a cada
paso durante la lectura de La mujer ducha.
Para Sasturain, el humor es la última vacuna contra la solemnidad,
que es el pecado del que no se vuelve, y contra el aburrimiento, que no
tiene perdón. Es una manera de cuidarse el culo, y el humor está
en nuestra mejor literatura y por supuesto en Borges. El humor, en última
instancia, es el registro de la salud.
La aventura es algo que, según señala el propio autor, fue
el motor central de todos sus trabajos: desde Manual de perdedores a novelas
juveniles como Parecido SA o Los dedos de Walt Disney, y desde luego en
los guiones para la historieta Perramus, que fue dibujada por Alberto
Breccia, hasta los textos ensayísticos de El domicilio de la aventura.
La idea de la aventura me debe haber quedado pegada para siempre
desde Héctor Oesterheld, dice Sasturain. La aventura
es la dimensión en la cual el hombre alcanza su techo. Las cosas
son como deberían ser, entonces se sale de la vida chata. El hombre
descubre que es otra cosa, o que podría serlo alguna vez. La aventura
es cuando la vida alcanza la dimensión que hace que merezca ser
vivida; el hombre que no sabe para qué mierda está en el
mundo, descubre que las cosas tienen algún sentido. Tenemos los
casos emblemáticos de Oesterheld y Walsh, que vivieron a la altura
de lo que habían escrito, y por eso hablo del sentido de pudor
en la escritura: si uno va a escribir determinadas cosas, tiene que estar
a la altura. La primera novela que yo escribí se llama Manual de
perdedores,y no fue un título casual. Creo que lo que corresponde
en esta puta sociedad competitiva, donde un ganador puede parecer bastante
sospechoso, es la digna derrota.
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