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POR MARIA MORENO Travestis Mil quinientos hombres han llegado en los bergantines de Pedro de Mendoza. El hambre, las pestes y las flechas los reducirán a quinientos. Algunos vienen cubiertos de chancros sifilíticos, los paños íntimos y el bombachón de listones de seda acartonados por un pus maloliente. Bajo los cascos, las cabezas arden de fiebre y los ojos se ciegan luego de las noches en alta mar que han reproducido durante meses una y otra vez el mareo hipnótico del agua que pasa. Son las mujeres las que deben velar los fogones, cargar las ballestas, avisar a gritos cuando se acerca algún indio, sembrar, carpir, y cosechar lo poco que crece en los parajes del fuerte y, al subir por el Paraná en busca de alimentos, tomar el remo, sondar de proa y esgotar el navío. Van vestidas de varón aunque no han desobedecido los deberes que se juzgan propios de su sexo: varían la receta del monótono pescado que les proveen los timbúes, consuelan con palabras maternales, mintiendo sobre las minas de plata y las tierras fértiles y pobladas de ganado que existirían en un punto siempre cercano. Las que han parido durante el viaje dejan de lado a sus hijos y dan de mamar a sus compañeros. Ésta es la primera escena de moda argentina: una dama vestida de caballero con las mangas arremangadas para hacer mejor las muchas tareas que se le encomiendan, una chaqueta desabrochada de la que asoma un seno redondo e inflado con una gota de leche en la punta. Igualdad Al desembarcar en el estrecho de Ponsonby, el indio fueguino Jemmy Button lleva guantes de cabritilla blanca, botas de caña alta y galera. Desde que el capitán del Beagle Robert Fitz Roy lo comprara a cambio de un puñado de botones no había vuelto a casa. Había estado en la corte del rey Guillermo y la reina Adelaida, volviéndose atildado y melindroso. Los indios de su tribu son altos y desgreñados. Tienen la cara pintada con bandas rojas y blancas y depilada mediante conchillas. Van envueltos con una piel de guanaco y grasa, atuendo que conservan aún bajo la nieve. Cuando le ven descargar la donación hecha por la London Missionary Society bandejas de té, escupideras, vajilla, sombreros de castor y sábanas de hilo miran con atención. La madre y los hermanos de Button se le acercan pero, al descubrirle las botas, le tienen miedo. Sólo cuando Jemmy abre un baúl y reparte entre todos ropas europeas comienzan a reírse y a tocarlo. Es que ahora, luego de haberse transformado en diferentes, vuelven por fin a ser iguales. Ejército Mercedes Antuca, Angela Soldadito, Nicanora La gallega, Arminio El coronel, Joaquín El general, Justina y Adrián que no tienen apodo son los siete hijos que Don Juan Manuel de Rosas tuvo con la cautiva Eugenia Castro. El padre suele ponerles atuendo militar siempre de alto rango y hacerlos desfilar por los jardines de Palermo, seguidos por sus enanos, que van vestidos de prelados. A Nicanora, que es terca y caprichosa, ha tenido que darle más de una vez los quinientos azotes reglamentarios que acostumbra distribuir entre sus soldados, sólo que con la protección de un grueso trozo de cartón. A la batalla de Caseros lleva a Angela y Arminio y no los saca del campo de batalla hasta que comprende que será derrotado. Sabe que la parada, la parodia y el pavoneo son armas de guerra. Pero un Urquiza de poncho y galerita le entra en la ciudad y termina con la comedia. Puma Miss Florence Dixie,
nacida Florence Caroline Douglas, hija del séptimo marqués
de Queensberry, monta a lo macho. Desde Punta Arenas y pampa afuera galopa
con la sola compañía de su marido, un par de amigos y perros
que sólo conocen como alimento el arroz y las galletas. Ella sabebolear
guanacos y desollar potros, lleva el cuaderno de viajes enrollado en sus
botas de montar y el pelo sujeto con una aguja de madera que le atraviesa
el rodete como una lanza. Todo para que no le digan frívola. Por
las noches, en el campamento se desvela mirando el amanecer sobre ese
espacio de pasto comido y despeinado que está en la frontera del
fin del mundo. A veces imagina que los chañares son como las garras
de las brujas, ve en las parvas de paja brava manguitos con púas
y, en las disparadas de avestruces, una flotilla de sombreros de dama
escapados de un cuento fantástico. Ingeniatura Sarmiento,
que en las Vidas de muertos de Ignacio B. Anzoátegui figura como
un hombre con cara de vieja, tomándose por un Albarracín,
hace de árabe en la ciudad de Máscara. Excitado por las
astutas y variadas formas con que una mujer se oculta a los ojos la
tapada limeña lo hace con un sayo, la española con la mantilla
y el abanico, la judía con una sotana de pectoral dorado, la mora
con varias vueltas de velos decide hacer un truco a la primera que
pase. Ve venir a una comitiva velada y, a la cabeza, una criatura que
por el talle fino y el andar coqueto se transparenta deliciosa. Lleva
en los pies macizos grilletes de plata como los que Al-barracín
ha visto, hechos de un tosco material, en las prisiones. Justicia Hipólito Yrigoyen, que tiene fama de austero, siempre felicita por el ahorro de usar el mismo traje a dos diputados que tienen idéntico palm beach. Para persuadirlo de que no es el mismo, los diputados deciden usar cada uno el suyo el mismo día, al mismo tiempo. El presidente les dice: Ya era hora, no sea que porque el otro tenga el traje, haya uno que tenga que faltar a su deberes faltando a la cámara. Fetiche En Mar del Plata, en el pilote de la escollera, ha quedado enganchado un mocasín. El poeta Emeterio Cerro, apiadado de su aspecto maltrecho, de la suela comida por la humedad y de la lengua suelta, dictamina que perteneció a Alfonsina Storni y lo bautiza Pierre. Cabellera Oscura, la cabellera
de Evita acompaña su historia cuando vive entre las sombras de
la bastardía y de la también oscura vida artística.
La tintura rubia remite a la falsificación de una estrella de Hollywood.
Julio Alcaraz el peluquero, pone esa cabellera a tono con
las veladas en la Opera y el Vaticano, rizándola sobre la frente
o retorciéndola en bananas que no se animan a desnudar la nuca.
Los sombreros adornados como huertas, el peinado barroco, son de la época
en que aún aspira a la integración, cuando es la concubina
notable que calla menos por pasividad que por exceso de atención. Variaciones en negro Guillermo
Patricio Kelly, jefe de la Alianza Libertadora Nacionalista Argentina,
se pinta los labios en forma de corazón. Las guedejas enruladas
de su peluca rubia le caen sobre los hombros con tal exageración
que delatan el artificio, pero un pañuelo floreado las llama a
la discreción. Lleva un tapado de terciopelo negro y guantes haciendo
juego, una carterita lo suficientemente grande como para alojar un chumbo
y una bolsa de papel colorado. El pankake ha diluido los últimos
vestigios de su barba sometida al rigor de un rasurado especial con crema
depiladora para dama, y sus zapatos chatos son el resultado de su elección:
durante meses se ha habituado a la disciplina de aprender a caminar con
zapatos de tacos altos pero, como mujer, es demasiado alta para usarlos,
concluyendo que éstos lo delatarían más que unos
simples, propios de una gobernanta austera. La menstruación
Pendait á un fil y como profetizando un duelo, vestida de alpaca
negra y unos jazmines del cabo prendidos en la solapa del saco, Victoria
Ocampo espera de su cuerpo una señal de obediencia. Cree que está
embarazada de su amante Julián Martínez, ese morocho de
huesos notables que en 1913 había dividido a las porteñas
de la alta sociedad en dos bandos: las que estaban enamoradas de él
y las que habían caído en sus brazos. Toda su carne, arrebatada
por una pasión wagneriana, se ha vuelto hacia ese hombre convirtiéndola
en limadura de hierro ante un imán (es decir que él la atrae
haciéndola pedacitos). Pero contra su carne se levanta su sangre,
la de sus padres soliviantados porque el candidato es un bastardo, padre
de otro bastardo una soltera extasiada cerró sus piernas
luego de asegurar entre ellas el semen de ese Adonis que la deseó
al paso, pero que le dio su apellido al hijo de ambos. En la sangre de
Victoria hay filiaciones sino legales legitimadas por el atropello y el
vasallaje, como la de la india guaraní , Agueda. Y ahora en su
matriz quizás exista el germen de una impureza, la de esa otra
sangre que el amante comparte con su marido son primos, germen
que ella legitima a viva voz absolviéndolo como fruto del amor.
Por eso piensa ensuicidarse, pero no en un aborto. Entre la sangre que
tiene y la acorrala con sus mandatos está la que espera, de un
orden más bajo, correspondiente a un dato natural: esa sangre se
niega a verterse entre los pliegues de su prenda más íntima,
que siempre tiene ese aire puritano e higiénico que para asimilarse
no necesita del convento ni del tenis. Cuerpo argentino Un Frankenstein con la cabeza medusina de Facundo, las tetas de la Coca Sarli miembros honorarios del sistema de gemelos kitsch peronista junto con los caniches del General, el pene que Perlongher coloca en Cadáveres en el caño de la combi y el trasero lacayo de Erdosain atravesado por la mazorca que el unitario patilludo recibió en El matadero de Echeverría. El dedo gordo de cada pie sería el de la Deda, protagonista de Brillos de Luis Gusman, y la boca, la de una Venus felatrix como la Samantha de Flores robadas que escribió Jorge Asís. Este cuerpo argentino sale en manifestación, de acuerdo al final de El fiord de Osvaldo Lamborghini, y lleva como atuendo el vestido rosa que César Aira convirtió en fetiche indígena y, sobre las tetas sarlianas, el arnés de Vera Ortiz Beti (anagrama con que Fogwill enmascara a la finadita Beatriz Viterbo). r Bibliografía: Falsas Memorias, Blanca Luz Brum de Hugo Achúgar,Viajes de Domingo Faustino Sarmiento, Cómo fue la vida amorosa de Rosas de Rafael Pineda Yáñez, La rama de Salzburgo de Victoria Ocampo. |